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En el Centenario de un seguntino ilustre: José de Villaviciosa

 

En este año que ahora concluye, se ha cumplido un centenario que ha pasado desapercibido y ha dejado a su protagonista sin la celebración que merecía. Se trata del seguntino José de Villaviciosa y Martínez, que fue, aunque inquisidor, poeta, y nos dejó, como parido sin trabajo pero arrullado por una vida dedicada a las leyes, el poema de la Mosquea, uno de los mas ingeniosos y grandilocuentes de la historia literaria española. Estas líneas quieren, simplemente, y al hilo de ese cuarto centenario de su nacimiento, dejar constancia de su existencia y poner su busto en la galería de los seguntinos ilustres y afamados.

Nació José de Villaviciosa y Martínez en Sigüenza, en la primavera de 1589. El dato definitivo que corrobora este aserto es la nota que aparece en el primero de los libros de bautismo de la parroquia de San Pedro de Sigüenza, y que dice así: En primero de abril de 1589 se baptizó Joseph de Villaviciosa, hijo de Bartolomé de Villaviciosa y María Martínez sus padres. Fueron compadres Eugenio Rodriguez y Juan de Villaviciosa (D. Velásquez).

Fueron sus padres don Bartolomé de Villaviciosa, también natural y entonces vecino de Sigüenza, y doña María Martínez Araballes, natural de Fuentelencina. El padre era a su vez hijo de un Francisco de Villaviciosa, natural de Cardenete (Cuenca). Cuando aún era pequeño nuestro personaje, la familia toda se trasladó a Cuenca, por tener que hacerse allí con una herencia muy sustanciosa que les había dejado un lejano pariente. Y allí en Cuenca sentaron sus reales y afincaron hasta el punto de que muchos autores, al considerar la vida de este poeta, le hicieron conquense.

Pero él estudió, además en Sigüenza. Se hizo doctor en leyes y practicó su profesión de abogado en Madrid. Entró joven en contacto con la Inquisición, pero en el nivel de arriba, de los del Tribunal. Su padre había sido en Cuenca secretario del Santo Oficio, y él mismo en 1622 fue nombrado Relator del Consejo General de la inquisición. Se hizo clérigo y obtuvo pronto una serie de prebendas y canonjías de las que, con seguridad, no conocemos todas. Porque su riqueza debió ser mayúscula, como luego veremos. Fue racionero de la catedral de Burgos, y canónigo de la catedral de Palencia con el cargo de Arcediano de Alcor. Poco después, en 1638, le llegó el nombramiento de Inquisidor de Murcia, cargo de mucho renombre y poder, pasando finalmente en 1644 a ser inquisidor de Cuenca, y añadiendo a su cargo el de arcediano de Moya dentro del Cabildo de la catedral de esa misma ciudad.

Tanto dinero personal acaudaló, que se llegó a comprar un pueblo: Reillo, cercano a Cuenca. Tuvo en ese lugar el señorío jurisdiccional, creando un mayorazgo para el que nombró heredero a su sobrino don Francisco Luis de Villaviciosa. En ese pequeño lugar levantó un palacio, construyó una fuente pública y pasó largas y agradables temporadas, dedicándose a la rebusca arqueológica, pues sabemos encontró algunos restos y epigrafías romanas que colocó luego en la iglesia del lugar.

Murió José de Villaviciosa el 28 de octubre de 1658, viviendo en Cuenca. Fue enterrado en la catedral, en un lugar preferente entre los dos coros, pues en esos momentos gozaba de un gran prestigio y poder en la ciudad. Pero poco después sus restos fueron trasladados a la iglesia parroquial de Reillo, señorío de su propiedad, según había dispuesto en su testamento. Allí quedó enterrado, en el pavimento de la nave del Evangelio, y allí seguirán, confundidos con la tierra, sus restos.

Si José de Villaviciosa está catalogado como un personaje seguntino, de los verdaderamente relevantes en los anales de la ciudad del Henares, es por una obra tan sólo, que le ha hecho entrar con todos los honores en la historia literaria hispana. Titula su obra del modo siguiente: La Mosquea poética inventiva en octava rima. De ella dice don Juan Catalina García López, el que fuera cronista provincial de Guadalajara, que es, sin duda, una de las obras poéticas mas notables de la literatura española, y revela muy fácil inventiva y la frescura de ingenio de un autor joven, aunque ya de bien adoctrinado espíritu.

Conoció esta obra tres ediciones primitivas. La primera, en vida del autor, se hizo en Cuenca, en 1615, en la imprenta de Domingo de la Iglesia, en la calle Ancha. La segunda en 1677, ya en Madrid, en la imprenta de Antonio de Sancha, en la calle de la Aduana Vieja. La tercera fue también hecha en Madrid, en 1732, por la viuda de Francisco del Hierro. Posteriormente, ya en este siglo, y en el pasado, se ha publicado completa dentro de la «Biblioteca de Autores Españoles», por lo que es más accesible su consulta. Relata este larguísimo poema de miles de versos, la lucha entre las moscas y las hormigas, haciendo una parodia de la vida humana, algo similar a lo que hizo Lope de Vega con su Gatomaquia. Es curioso y elegante cuanto Villaviciosa dice en su libro, y a pesar de lo «trivial» de su asunto, el resultado es magnífico, pues ofrece una sonoridad y una fuerza en la construcción y las imágenes que le hacen hoy relevante. Sería una tarea interesantísima la de estudiar esta Mosquea de Villaviciosa, a la luz de los nuevos conceptos de la crítica textual y literaria, especialmente desde el punto de vista simbólico, pues a buen seguro saldría una visión interesante y sorprendente de la vida española durante el Siglo de Oro.

Y esta es, en breves líneas, la visión que hemos querido hacer, en esta última semana del año, en torno a don José de Villaviciosa y Martínez, ese gran poeta e interesante personaje seguntino del que ahora se ha cumplido el cuarto centenario de su nacimiento. En la segunda edición de su Mosquea poética aparece el retrato del inquisidor y festivo pensador, y don Juan Catalina García le describe, para todos nosotros, con estas palabras: de edad de unos cincuenta años, bien puesto de carnes, con frente muy despejada, nariz algo roma, pelo, bigote y mosca canos, y se distinguen sus ojos por ser de notable viveza y expresión, como debían ser para mostrar el singular ingenio del alma que por ellos se asomaba. Es una foto breve y oportuna, un retrato único surgido del más allá de los siglos y de los olvidos.

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