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diciembre 8th, 1989:

Durón y Alvar Fáñez de Minaya

Todos los pueblos, por pequeños que sean, y aun por insigni­ficantes que a algunos parezcan en orden a su presencia en el discurso de la historia, tienen su importancia y su protagonismo. No tanto el pueblo en tanto que acumulo de edificaciones y pai­sajes, sino la gente que en algún momento de su historia, o grupos del mismo a lo largo de siglos, son quienes han tenido realmente ese protagonismo.

Entre los varios centenares de pueblos que constituyen la comarca de la Alcarria, surge uno, cual es la Villa de Durón, que ofrece algunas características históricas que le hacen interesan­te de considerar. Sería una de ellas la de haber sido punto de asentamiento de ese gran capitán medieval que fué Alvar Yáñez de Minaya, primo del Cid y colaborador suyo en aquellas difíciles campañas de conquista y asentamiento de la Transierra castellana, a lo largo de la segunda mitad del siglo XI.

La tradición de Durón dice que uno de los cerros que limitan por el norte al caserío lleva por nombre el de «cerro» o «atala­ya» de Alvar Fáñez de Minaya, por haber tenido en lo alto de ella un castillo este general victorioso. No tanto, pensamos, por este dato concreto, al que quizás le falten los asientos del verismo, y le sobre algo, bastante, de fantasía. Pero sí en el fondo de toda leyenda late una remota realidad que posibilita el que por los historiadores más rigurosos sea atendida esa «conseja» y analizada en lo que vale.

Es evidente que Alvar Fáñez colaboró con Rodrigo Díaz de Vivar en su conquista de Castejón de Henares, y que por su cuenta aún hizo algunas algaradas o «razzias» de castigo hasta Guadala­jara y Alcalá. Luego colaboró en las campañas de conquista de las serranías conquenses, quedando alguna temporada de alcaide del castillo de Zorita, y de Teniente de algunas ciudades como Huete y varias más sureñas. Siempre, Alvar Fáñez a la sombra del Cid, y siempre, en esta Alcarria en la que, de un modo u otro, han quedado anclados sus recuerdos, los ecos remotos de su paso y su estancia.

Durón bien puede enorgullecerse de haber figurado en el periplo viajero y conquistador de Alvar Fáñez de Minaya. Pero también puede hacerlo por haber estado en los anales de otra gran familia de nombres sonoros bien repleta: los Mendoza.  Aunque con todo el territorio sur del Común de Atienza estuvo en poder de la familia Carrillo durante el siglo XV, sería en 1478, ahora hace poco más de quinientos años, que pasaría mediante cambios a la familia de Mendoza.

Y en ella perteneció concretamente al que fuera gran Carde­nal de España, don Pedro González de Mendoza, personaje histórico siempre de actualidad, pero en estos días aún más porque en derredor de él, y de su gran influjo como primer ministro de los Reyes Católicos, participó en los prolegómenos del Descubrimiento de América, en la fundación de la Universidad de Sigüenza, en la construcción del convento de San Antonio de Mondéjar, y en tantas otras cosas de las que ahora, en 1989, estamos cumpliendo «quin­tos centenarios» a cada hoja del calendario que pasa.

El Cardenal Mendoza legó Durón, y todos los pueblos que constituían su sexmo (Budia, El Olivar, Gualda, Picazo y Valdela­gua) a su hijo preferido, al mayor de todos ellos, don Rodrigo de Mendoza, a quien había puesto ese nombre en recuerdo de su pre­tendido antepasado, el Cid Campeador, y que era por ello el más hermoso y altanero. Rodrigo fue denominado por los Reyes Católi­cos como «uno de los bellos pecados del Cardenal», y consiguieron para él la declaración papal de legitimidad, para que así pudiera heredar bienes y prebendas. Don Rodrigo heredó el condado del Cid, que estaba constituido por Jadraque y sus tierras, entre las que se incluía Durón.

Llegamos ahora, tras haber dado algún rodeo que no ha sido en vano, a la conclusión de que la historia de España está engar­zada íntimamente en todas sus expresiones y páginas. Y que la historia, lo decíamos al principio, de sus pueblos, con ser personal e intransferible, está también enlazada en mil expresio­nes. Durón nos aparece hoy como un eslabón decisivo, por realida­des y leyendas, en la historia de España. Mientras Alvar Fáñez escala los cerros de en torno al pueblo, los Mendoza que se dicen descendientes del Cid lo acaparan en señorío y la colman de atenciones y monumentos. Un soplo de siglos, remotos pero bri­llantes, que hoy se columpia por las esquinas todas de la Villa, diciéndonos que nada acaba ni desaparece totalmente, sino que viene, a cada latido, a dar dimensión nueva a la vida.