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El Conde de Molina, Don Manrique de Lara

 

La historia del Señorío de Molina está llena de sujetos relevantes, hazañas memorables e instituciones cargadas de méritos y solera. Pero de todo ello quizás sea capital, y previo a cualquier recuerdo el resonar de las páginas que narran la peripecia vital de su fundador, de su primer señor, del artífice de su Fuero y generador de su grandeza y prosapia. Me estoy refiriendo a don Manrique de Lara, el magnate castellano que fundó, en su estirpe aristocrática, un grupo de dirigentes que, desde lo enriscado de su atalaya molinesa, supieron crear un sistema de vida propio y al mismo tiempo influir en el desarrollo de la vida castellana contemporánea.

Manrique de Lara, a quien los antiguos cronistas llaman también Almarico, y en ocasiones confunden, al denominarlo Aymeric, con su suegro el tercer conde de Narbona, fué un individuo de grandes méritos y capacidad de organización muy señalada, con las dotes indiscutidas de mando político y valentía militar que le hicieron alcanzar un puesto de primera magnitud en la corte castellana y en la historia española del pleno siglo XII.

Nació en lugar desconocido, siendo su padre el conde don Pedro de Lara, y su madre (oficialmente), la esposa de aquel, don Eva Pérez de Trava. Puede darse por buena la fecha de 1102 como la de su venida al mundo. Oficiosamente, los historiadores achacaron por madre de don Manrique a la reina doña Urraca, quien nunca se llevó bien con su esposo oficial, el Rey Alfonso I de Aragón, y parece ser que fruto extramatrimonial resultó este jerarca de la política y la acción.

Acompañando a su padre acudió al sur de Francia, donde murió Pedro de Lara. Allí conoció a la que sería su esposa, con la que enseguida casó: Ermesenda de Narbona, hija del conde de aquel territorio, don Aymeric III. Heredó con ese casamiento el condado narbonense, y en 1133, a su vuelta a Castilla, y por aquello de ser (siempre oficiosamente) medio hermano del Emperador y monarca Alfonso VII, consiguió el cargo de Alférez Mayor del Reino, uno de los cargos (junto al de Mayordomo Mayor) de mayor confianza y poder político. Después fué también gobernador y jefe militar de poblaciones como Ávila, Baeza, Toledo, Almería, Salamanca y Zamora.

Su participación en la conquista de Molina y su territorio junto a Alfonso I el Batallador de Aragón está por demostrar. La forma en que, en 1138, se hizo con el mando del territorio, continúa sumida en la leyenda (creada por el Condestable don Pedro de Portugal y repetida por Zurita, Salazar y Castro, Sánchez de Portocarrero, etc.) pero lo cierto es que en ese año aparece ya titulado como conde y no como alférez, ejerciendo el mando en Molina Dei Gratia, territorio que, según dice en su Fuero “encontró despoblado y abandonado y derruido”. En 1154 firmó el redactado Fuero mayor que serviría para crear y consolidar un estado potente e independiente de Castilla y Aragón hasta finales del siglo XIII.

La estrella de don Manrique de Lara pareció enturbiarse tras la muerte del hijo de Alfonso VII, el que recibió en herencia el reino castellano y al que dominó con el nombre de Sancho III durante unos meses. El hijo que quedaba, el infante Alfonso (el futuro Alfonso VIII de Castilla), niño de cortísima edad, fué puesto bajo la protección del jefe de la casa de los Castro, enemigos generacionales de los Lara. Don Manrique organizó personalmente la salvaguarda del pequeño infante, consiguiendo sacarle del cerco al que era sometido en Atienza, y llevarle hasta tierras castellanas. Los recueros atencinos continúan celebrando aquel hecho histórico en la Caballada primaveral.

Uno de los hijos de Almarico Pérez de Lara, primer señor de Molina, heredó el señorío de behetría de linaje en que se había constituido el alto territorio: era el primogénito, don Pedro Manrique de Lara, quien se ocupó de engrandecer, como lo harían todos sus sucesores, el señorío molinés. El segundo de los hijos de Almarico, llamado Aymerico como su abuelo, recibió en herencia el condado de Narbona. Otros hijos e hijas recibieron altos honores y títulos castellanos.

Don Manrique de Lara, ese casi mítico personaje de la historia de Castilla y más concretamente de nuestra provincia, murió en 1164, en una batalla celebrada en campo cercano a Huete, en 1164. Era a la sazón su contrincante el enemigo mortal, don Fernando Ruiz de Castro. Las lanzas y las espadas, detrás de las lorigas, de las celadas y los lambrequines, de los calderos y los armiños, de los escudos y las gualdrapas, se pintaron de rojo y dieron (es todo un símbolo) el emblema heráldico de este hombre impar, que sería escudo permanente de la estirpe de los Lara (y de otras rancias familias castellanas), y que junto a estas líneas ponemos.

Se trata, en definitiva, de brindar un somero recuerdo a la memoria de este Manrique, de este Almarico, de este Aymerico de Lara que gobernó Castilla, que gobernó Molina en aquel remoto siglo en el que nacía la sociedad porque alguien, él mismo, se dedicaba a entregar Fuero y a dirigir una repoblación de gentes norteñas. El alba, que es siempre niña, de una comarca y de su historia. Caminos se harían luego más anchos, más sonoros los cantos: él fué su iniciador. Y eso tiene un aplauso, que a veces resuena ocho siglos después.

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