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Chiloeches, tradición y actualidad

 

Estos días en los que la villa de Chiloeches celebra sus anuales fiestas patronales, es un buen momento para recordar a todos de su existencia, y de lo justificado que se hace el plantearse un viaje hasta su caserío blanco y limpio, hasta el aire diáfano de su paisaje montañoso y doméstico, hasta la alegría indomable de sus gentes.

Encajonado en un estrecho barranco que reúne las torrenteras que desde la Alcarria primera van a dar en la campiña del Henares, el pueblo de Chiloeches presenta hoy un aspecto de pulcritud y limpieza que le hicieron acreedor hace algunos años a varios importantes premios de adecentamiento de núcleos de población.

Su nombre es de raíz vascongada, y viene a significar la casa de piedra. Desde los tiempos de la reconquista fue aldea de Guadalajara, parte de su Común de Villa y Tierra. En la jurisdicción de esta ciudad continuó, y bajo el directo señorío real, hasta el siglo XVII, en que todos los vecinos decidieron separarse de Guadalajara, pagando para ello una cantidad de propia compra a las arcas reales. Ocurría esto en 1626, y ya en 1640 estaban tan agobiados los vecinos por causa del pago de los censos y créditos en que se habían metido, que no tuvieron mas remedio que venderse a don Manuel Álvarez Pinto, quien se declaró señor de Chiloeches y los caseríos de Albolleque y Celada.

Este se lo vendió luego a don Juan de San Felices y Guzmán, caballero de Alcántara y consejero de Castilla, quien recibió del rey Carlos II, en 1692 el titulo de primer marques de Chiloeches, que fueron heredando sus sucesores hasta el siglo presente. Ayudó este señor mucho al pueblo, y este le cedió terreno para hacerse un palacio, trabajando en las obras del mismo. El trabajo de sus habitantes se centró en la agricultura y la artesanía del esparto, dedicándose hoy al trabajo industrial en la vega del Henares y en Guadalajara.

Y puestos a señalar lo más interesante de su patrimonio histórico‑artístico, que también los tiene, podemos recordar que en el cerro de «El Castillo» que aparece a la salida del valle de Chiloeches, y que tiene todo el aspecto de un antiguo castro ibérico, se han encontrado importantes restos arqueológicos, consistentes en tumbas, ajuares y restos cerámicos, de la época del Bronce inicial o medio.

La iglesia parroquial es de la advocación de Santa Eulalia. Se trata de un edificio de sillería de piedra caliza, con alta y monótona torre sobre el muro de poniente, y sencilla puerta de ingreso, de arco semicircular de lisas dovelas, en el muro norte, en el que se apoyan varios contrafuertes. En el interior, de tres naves, se ven las columnas cilíndricas con basa adornada de molduras, y capiteles toscanos sobre los que apoyan amplios arcos de medio punto. La capilla del baptisterio, bajo la torre, se abre a la nave izquierda por arco de medio punto, y se cubre con bóveda de horno, de buena labor de cantería.

La iglesia es obra del siglo XVI, y en ella trabajaron diversos canteros y maestros de obra acreditados en la zona campiñera, aunque de origen complutense, arriacense o montañés. La torre comenzó a levantarla Juan García de Solórzano, pero se hundió, y hubo de encargarse de ella el maestro de cantería Pedro Medina, o Medinilla, como se le conoce en muchos documentos, que fue quien la concluyó en 1570. La construcción del templo se debe a Alonso Sillero, Diego Orejón y Juan de Ballesteros. En su interior no queda nada de interés, excepto una dalmática carmesí, con cenefas azules, obra del bordador Antonio Rodríguez en 1579, y una interesante pintura de la Purísima, de escuela madrileña del siglo XVII.

A la salida del pueblo, está la casona de los marqueses de Chiloeches, obra estimable y muy bien conservada, del siglo XVIII, con portada de sillares almohadillados, gran escudo de armas sobre ella, y paramentos de aparejo de sillar y ladrillo, con buenas rejas en las ventanas, y un evocador jardín ante ella.

Sobre el pueblo se construyó hace años un mirador rústico, al que se llega por empinado camino que nace a media cuesta de la carretera que lleva al Pozo y Pioz, y desde el que se contemplan extensos y magníficos panoramas, lo mismo que desde las curvas que va haciendo dicha carretera al ascender hacia la meseta.

En el término se encuentra, bajando hacia el Henares, el caserío de Albolleque, de resonancias árabes en su nombre. Existió desde muy antiguo, y perteneció en el siglo XVI a la familia de los Guzmanes de Guadalajara, que construyeron su pequeña iglesia, pasando luego a ser pertenencia de los marqueses de Chiloeches. Hoy es propiedad particular y está en gran parte reconstruido, sirviendo de base a una gran explotación agraria.

Para terminar, no sobra la mención al escudo heráldico municipal de Chiloeches, de reciente creación y uso, que consta, como vemos en la imagen adjunta, sobre un fondo verde, de una casa de piedra, en plata en alusión al significado del nombre de la villa, y que además suele representar a su Ayuntamiento, que es la pieza arquitectónica mas tradicional de la misma. En los extremos de la misma, cantonadas que se dice en el idioma del blasón, aparecen tres abejas de oro en simbolismo de la existencia de estos animalillos productores de la mejor miel del mundo, la de la Alcarria.

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