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agosto, 1989:

El Ayuntamiento de Fuentelencia

                

Por toda la comarca de la Alcarria se encuentran pueblecitos en los que su plaza mayor está presidida por el comunal edificio del Concejo o Ayuntamiento. Suelen tener todos ellos unas características comunes, y aunque sencillos en su desarrollo, destacan sobre el resto de las edificaciones populares que les rodean.

Si hubiera que concretar y resumir las características de los Ayuntamientos alcarreños en uno de ellos, sin duda alguna es el de la villa de Fuentelencina el que reúne las características de mayor elegancia, de dimensiones más amplias, de mejor conservación. Y es por ello que ese edificio concejil viene en esta ocasión en que la Villa de Fuentelencina celebra sus anuales fiestas patronales en honor de San Agustín (la carrera del toro y la caridad de los panecillos mezclados al olor de los cohetes y la música de la plaza) como representante de la docena larga de este tipo de construcciones que aparecen en la comarca referida.

De Fuentelencina debemos recordar que perteneció a la Orden Militar de Calatrava, incluida en la encomienda de Zorita, hasta el siglo XVI, en que sus vecinos no consintieron ser vendidos a señorío particular alguno, y llegaron a reunir la cantidad de 1.232.000 maravedís con que comprar la permanencia de su pertenencia al Rey y a la Orden, siendo considerada Villa de jurisdicción propia. Ocurría esto en 1555, y es a partir de entonces que se comenzó la construcción del edificio concejil en el que se concretaba ese espíritu de autonomía municipal que tanto desearon y cultivaron siempre los vecinos de este pueblo alcarreño. Ejemplo de ese sentido comunal es el monumental conjunto de la «fuente de abajo» toda tallada en piedra y armonizando su entorno con centenarias olmas.

Es muy interesante por sí misma la plaza mayor de Fuentelencina, a pesar de haber sido adulterada la arquitectura popular de alguno de sus costados. Tiene en su centro una fuente de amplio pilón, y una enorme olma comunal, de cuatro siglos de existencia. Se rodea de edificaciones típicamente alcarreñas, y en su costado norte surge llenándole por completo el edificio del Ayuntamiento.

El edificio está construido con sillarejo y elementos muy simples propios de la zona alcarreña. Muestra en su frente un paramento abierto con doble galería superpuesta, en la que aparecen ocho columnas bajas, de piedra caliza bien tallada, y otras tantas en el piso principal, de madera, que soportan arquitrabados dinteles por medio de sencillos capiteles y zapatas de madera tallada.

En la planta baja, y descentrada del muro principal, se encuentra la puerta de acceso al Ayuntamiento, que consta de doble arco con una columna central y escoltado en su parte superior por tres escudos, que representan los emblemas heráldicos del Emperador Carlos I de España, de la Orden de Calatrava, señora de la Villa, y del propio municipio, que partido en mantel muestra un león, una fuente y una encina, constituyendo un ejemplo muy notable de escudo heráldico municipal de inspiración parlante, surgido sin duda en el momento de acceder a la autonomía del villazgo.

Es necesario remarcar el hecho, tan magníficamente ejemplarizado en este Ayuntamiento alcarreño de Fuentelencina, paradigma de otros muchos de la misma comarca, de la permanencia de una tipología de edificio abierto por medio de galerías en su frente, con el objeto de darle una opción de participación ciudadana. Este tipo de uso en edificios públicos es netamente medieval, y la más elocuente de sus manifestaciones se encuentra en las galerías porticadas de las iglesias románicas, que a lo largo de sus muros meridional y de poniente, abren sus galerías para en ellas permitir la reunión de fieles antes y después de las ceremonias religiosas. Sabemos que también los Ayuntamientos de los pueblos grandes tenían esta misma estructura, aunque en nuestra región apenas han llegado hasta nosotros ejemplares de los mismos. Cuando en el siglo XVI, en la hora de las autonomías municipales y obtención del grado de villazgo por muchos pueblos hasta entonces de señorío, se construyen de nuevo los edificios concejiles, se reutiliza la antigua estructura con los nuevos modismos estilísticos, surgiendo tantos de estos Ayuntamientos que, aquí representados por el de Fuentelencina, ponen hoy todavía, en las tierras de Guadalajara, el signo cierto de la comunal empresa.

Para cuantos en estos días han vuelto a su villa natal, o para aquellos otros que al reclamo de sus famosas y bullangueras fiestas han acudido de nuevo hasta el llano alcarreño, ahora cuajado de sol y brillos, han sido estas líneas expresión del deseo de que nuevamente admiren su edificio más representativo, y cuiden de él como una auténtica joya legada de sus mayores. Ese escudo heráldico que, surgido de la vieja historia y entroncado con el propio nombre de la Villa, que adorna estas líneas, es también una muestra fehaciente del sentido comunal y concejil de este pueblo.

La heráldica de la ciudad

 

En estos tiempos que corren se está poniendo de moda, ‑como tantas otras cosas que entran por los ojos‑, la heráldica y el saber de escudos y demás asuntos relacionados con la historia. En este día que la ciudad de Guadalajara inicia con alegría renovada sus «Ferias y Fiestas» que siempre fueron de otoño y ahora son ya de verano, por aquello de evitar mojaduras indeseadas, vamos a recorrer sus calles en busca de ese «tiempo perdido» del que nos hablan las talladas piedras de los blasones. En busca de ese personaje, de aquella leyenda, de cualquier gesto añorado.

La historia de una ciudad se encuentra prendida, como en una permanente exposición de arte y de palabras, en los alabastros polvorientos de sus blasones. Guadalajara tiene muchos, aunque también muchos se perdieron. De los que quedan estamos ahora haciendo recopilación para un próximo libro, pero hoy no resistimos la tentación de dejar ver cuatro de ellos, algunos poco conocidos, y dejarlos hablar y contarnos sus historias.

En la Plaza Mayor, en la puerta misma del Ayuntamiento, donde está a punto de empezar la cabalgata y el ruido, se encuentra el primero de ellos, el de los PECHA. Procedente del derribo de su capilla mudéjar en la antigua iglesia parroquial de Santiago, que se encontraba donde hoy la lonja del palacio del Infantado, fué puesto junto a la entrada del Concejo, y desde hace tiempo allí escucha cada día los pasos de quien pasa los soportales y añora, como yo, el ayer perdido.

Fueron los Pecha un linaje venido de Italia, que en el siglo XIV alcanzó el grado de servidores directos de los Reyes, obteniendo una gran fortuna y, sobre todo, la capacidad de influir en la Corte. Asentaron en Guadalajara y emparentaron con los linajes más conocidos de la villa, entre otros los Valdés de Beleña y los propios Mendoza. De esta familia salió fray Pedro Fernández Pecha, fundador de la Orden de San Bartolomé, y creador de su primer eremitorio en Lupiana, del que luego emergería el Monasterio opulento de San Jerónimo, también hoy nostálgico de mejores días tapizados de niebla.

El escudo de los Pecha ofrece una simple fortaleza, un castillo más o menos complicado con almenaje y torreones altivos. Cuando vinieron de Italia, traían una abeja por blasón, pero en Castilla pusieron éste, emblema de la propia monarquía. En su capilla mudéjar de Santiago, sabemos por referencias de antiguas crónicas que había sepulturas de los abuelos mas remotos, y emblemas de todos sus linajes. De tanta pasada grandeza solo ha quedado este testimonio. Las piedras son, en definitiva, las que se salvan de los naufragios del tiempo.

En la calle Mayor, en la zona peatonal alta, se encuentra el segundo. En un lugar recóndito y poco visto: concretamente en el estrecho patio de entrada a la Cámara de Comercio e Industria de nuestra capital. Era ese el palacio de los TORRES y OROZCO, y aparte del escudo, pequeño y sencillo, que hoy preside la portalada de la calle, con un solo castillo por emblema, hay en el patio otras dos placas en las que surgen sendos escudos de la familia propietaria. Este que aquí vemos, cuartelado con barras engoladas y castillos simples está tallado en alabastro fino, y es un ejemplo más de esta heráldica arriacense que debería ser rehabilitada.

En la Plaza de San Esteban se encuentra el tercer ejemplo. Concretamente en el palacio de los Condes de MEDINA, que hoy ha completado su restauración como delegación provincial de la Consejería de Educación y Cultura. Sobre la puerta principal, noble y almohadillada, aparece este escudo coronado de su atributo condal. Es una pieza más moderna que las anteriores, del siglo XVIII ya, con múltiples cuarteles en los que se reparten las armas de una alianza matrimonial. Barras y castillos bordurados de lo mismo y flores de lis en el escudo diestro; luna y sol con la cruz de calatrava, más escaques y ondas en el siniestro. Imagen complicada pero bella de un antiguo escudo de armas arriacense.

El último nos lo encontramos en la plaza de Dávalos, en la pared donde siempre da el sol porque es su costado norte. En ese lugar donde cuatro escuálidos arbolejos y un excesivo montón de coches nos dejan oír también, quizás demasiado fuerte a veces, la voz añorante y fugitiva de los días perdidos. El escudo de los MEDRANO, linaje de pro que desde el siglo XVI al menos reside en Guadalajara, está tenido por un águila de fiero aspecto. Por ser emblema moderno está todo él cuajado de mezclados linajes y símbolos, que sería prolijo describir, pero que aquí damos también en dibujo para que sea recordado y reconocido por quienes, aprovechando estos días de fiesta, quieran darse un evocador paseo por esta Guadalajara que tiene todavía tantas cosas, a través por ejemplo de estos escudos de armas, a quien las quiera oír.

Lópoez de Medina, Fundador de la Universidad de SiGüenza

 

Estamos celebrando este año una efemérides cultural, que quizás está pasando un tanto desapercibida para el común de las gentes, atentas siempre a perentoriedades más a ras de suelo, pero que en cualquier caso es digno y es obligado tener en cuenta. Trátase del Quinto Centenario de la Bula Fundacional de la Universidad de Sigüenza, que en abril de 1489 fué extendida por la Cancillería Vaticana y signada por su Pontífice Inocencio VIII, confiriendo al Colegio de San Antonio de Portaceli la facultad de entregar títulos de bachiller, licenciado y doctor en diversas materias.

El pasado mes de julio, dentro de los Curso de Verano que la Universidad de Alcalá organizó en Sigüenza, y que constituyeron el más sonado éxito de asistencia que se recuerda, se celebró una semana dedicada a conmemorar este hecho a través de diversas conferencias sobre la propia Universidad seguntina, los personajes en ella formados, su facultad de medicina, etc. Yo me encargué de revisar la figura de su fundador, el canónigo seguntino don Juan López de Medina, aportando una visión que creo puede calificarse de novedosa y que, expuesta con todas las precauciones lógicas por cuanto tiene de aventurado y notorio hablar del posible origen de este individuo tan solo por conjeturas heráldicas y deducciones un tanto encauzadas, sirvió para levantar cierta polémica, lo cual considero que es saludable, pues además de que «de la discusión sale la luz» cabría decir que solo cuando a un tema estancado (y este de los orígenes familiares de López de Medina lo era hasta ahora) se le aporta una decisión creativa y un impulso imaginativo, es cuando se le pone en vías de solucionarlo. Yo no he hecho tal, pero creo que he puesto los medios.

De siempre se había considerado que este personaje era de un claro origen ilegítimo. Su padre, según él mismo confiesa, era tonsurado y a mediados de su vida alcanzó a ser canónigo de la catedral seguntina. De su madre nada se sabe con certeza. Pero existen dos elementos muy claros que nos dicen de la pertenencia de este personaje al clan de los Mendoza.

Es el primero, la protección que siempre le dispensó el Cardenal Mendoza. Todos saben que este alto personaje de la política hispana de finales del siglo XV solo ayudó a cuantos pertenecían realmente a su esfera familiar o intelectual más cercana. Mendoza ayuda a López de Medina en todos los escalones progresivos de su carrera eclesiástica, y allí por donde el purpurado alcarreño va gobernando obispados, va entregando a nuestro personaje prebendas y beneficios.

Es el segundo el escudo heráldico de López de Medina, profusamente utilizado por él, e incluso cedido al Colegio de San Antonio que fundó y que luego se transformó en Universidad. Ese escudo consta de una banda cruzada de color rojo sobre campo verde, añadido de dos cuarteles de color azul sobre los que campean sendas estrellas de oro, añadiéndose todo de la frase «Ex Alto» (procedente del Cielo) que como lema adoptó para sí y cedió luego al Estudio seguntino. Ese escudo primitivo de la banda roja en campo verde es el propio de los Mendoza, por lo que ello nos llevó a pensar que, desde la perspectiva de la heráldica medieval, tan elocuente en ciertas cosas, López de Medina estaba expresando claramente su origen mendocino.

Quien fueran los reales progenitores de nuestro personaje, es lo que no está de ningún modo clarificado. Se había dicho que lo había sido el conde de Tendilla. Imposible, porque el primer personaje que usó tal título había nacido en 1419, nueve años después que López de Medina. Hubiera podido ser el marqués de Santillana, o su padre el Almirante de Castilla don Diego Hurtado. Por las fechas de muerte y nacimiento de uno u otro, y la del nacimiento del Arcediano López de Medina (1410) tampoco es posible esa posibilidad. Solo había en 1410 un Mendoza que hubiera podido procrear a este individuo. Y era una mujer. Concretamente doña Aldonza de Mendoza, de cuya vida «liberal» y aventurosa ya parece que hubo sus frutos en otro sujeto que, según la conocida teoría de don Ricardo Sanz, hubiera sido el Cristóbal Colón descubridor del Continente Americano.

Sé que habrá quien sonría ante esta sugerencia. Nada hay probado. Pero los elementos necesarios para elucubrar con cierta fuerza y, solo a título de hipótesis, plantear una salida al misterio del origen familiar, y a la explicación de su meteórica carrera eclesiástica, de López de Medina, están servidos. El tiempo, y en su día los documentos o las pruebas definitivas de su veracidad o falsedad, dirán la última palabra.

Este ha sido nuestro homenaje, sencillo y breve como el último que es, hacia la Universidad de Sigüenza en su quinto centenario y hacia el hombre que la fundó y con ella dio días y siglos de gloria a la Ciudad del Alto Henares. A ese don Juan López de Medina, al que todos los tintes le cuadran. Así fué de polimorfa y rica su personalidad.

El seguntino López de Caravantes, cronista de Perú

 

El pasado miércoles día 2, y con este mismo título, di una conferencia en la ciudad de Sigüenza, en el seno de sus habituales «Jornadas de Estudios Seguntinos», con el mismo título que encabeza estas líneas. Era fruto, cuanto allí, dije, de diversos estudios e investigaciones en torno a un personaje sumamente importante para la historiografía de la América virreinal, y que hasta ahora no se había considerado como seguntino, pues sus orígenes, aunque ciertamente relacionados con la Ciudad Mitrada y con Guadalajara, no se habían especificado al máximo.

Quieren estas breves líneas traer a nuestro habitual «Glosario» la figura de este individuo, don Francisco López de Caravantes, que fue en realidad un «inspector de Hacienda» al servicio de la de los monarcas de la Casa de Austria durante la primera mitad del siglo XVII, pero que de esa rutinaria y prosaica actividad sacó entusiasmo y desplegó su saber y sus energías para redactar uno de los monumentos de la historiografía americana: la Noticia General de los reinos del Pirú, Tierra Firme y Chile, en cuatro gruesos tomos que permaneció inédita y manuscrita durante siglos, en la biblioteca del Palacio Real de Madrid, y que no hace muchos años fué sacada a la luz en forma de libro impreso por la Biblioteca de Autores Españoles.

Su padre, don Andrés López de Medrano, había nacido en Soria pero se trasladó a vivir a Guadalajara, donde casó. Su madre, Juana de Caravantes y Medrano, era prima de su padre, y pertenecía a familia de origen también soriano, pero avecindada en Sigüenza desde algunas generaciones antes. Un hermano de esta señora fué don Ginés de Caravantes, canónigo en la catedral seguntina, y su padre (el abuelo materno de nuestro personaje) fué don Luis de Caravantes Ondonero, alcalde por el estado de los hijosdalgo de Sigüenza, y mas tarde alcaide del castillo nombrado por el Obispo don Pedro de La Gasca, pacificador del Perú.

El cronista Francisco López de Caravantes nació en Sigüenza en octubre de 1569, siendo bautizado en la parroquia de San Pedro el día 16 de dicho mes y año. Era el menor de una serie de hijos, todos ellos de mayores sujetos de letras y saberes varios: uno fué religioso santiaguista, otro fraile franciscano, otro médico que también fué al Perú, a ejercer en Huancavelica, etc. Todos ellos, lo mismo que nuestro sujeto, estudiaron en la Universidad de Sigüenza. El padre, que servía en la corte doméstica de los duques de Medinaceli, pudo costarles esos estudios y la formación suficiente para que todos anduvieran libres por la vida.

Después de servir en la burocracia hacendística de la Corte y de Sevilla entre 1588 y 1594, ese año se embarcó López de Caravantes rumbo a América, llegando a Lima y presentándose al Virrey, obteniendo desde momento los mas variados encargos como funcionario real, en el ámbito de la fiscalidad y la recaudación de impuestos, haciendo viajes continuos por todo el territorio del virreinato andino, lo que le posibilitó un conocimiento exhaustivo del territorio, de sus gentes, de sus monumentos, costumbres y finanzas.

Muy apreciado de todos los Virreyes que se fueron sucediendo, bajo el gobierno de Velasco propuso la creación del Tribunal de Cuentas de Lima, viajando a España a defender su idea ante el Consejo de Indias, y consiguiendo que Felipe III suscribiera en 1605 la creación de ese tipo de Tribunal, tanto para Lima, como para México y Bogotá. Vuelto a América, él fue nombrado Contador Mayor con jerarquía similar a la de los Oidores de la Audiencia. Y en el puesto permaneció el resto de su vida, trabajando siempre con auténtica entrega, en el concepto de estar laborando por mejorar la recaudación que repercutiera «en un mejor servicio de Su Majestad».

Muy amigo del también alcarreño Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, al que llamaron «el Virrey Poeta» por sus dotes literarias y especialmente por su protección a escritores de todo tipo, Caravantes inició hacia 1614 la redacción de su «Noticia General del Perú», obteniendo todo tipo de facilidades para sus investigaciones (siempre directas en archivos, por cartas, informes, etc.) y viajes continuos.

La obra referida de este escritor y cronista del Perú es un auténtico monumento a la laboriosidad y al tesón de un investigador. Por todos cuantos han podido consultar la obra ha sido alabada como fuente interminable de datos, especialmente de orden económico. Creo que podemos estar verdaderamente orgullosos de contar en la ya abultada nómina de personajes nacidos en Sigüenza a este Francisco López de Caravantes, que nos dio este verdadero fontanar de noticias americanistas. Su continuo trabajo sobre los papeles, con las luces que, tras el anochecer irradiaban los candiles de aceite, le llevó a una ceguera progresiva, de la que le sacó un cirujano oftalmólogo mejicano, en 1624. Con ello pudo ver concluida su obra en 1630, pero apretado de dificultades económicas, pocos años más tarde, en 1634, moría de una hemorragia cerebral, quedando enterrad en la iglesia de Santa Catalina de Lima, donde aún hoy puede evocarse su memoria.