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Las ruinas de la Salceda entre Tendilla y Peñalver

 

La mañana de invierno surge blanca, luminosa, escarchada y silenciosa. Invita a caminar entre las hierbas húmedas, bajo los cirros blancos y la brisa tenue y congelada. En lo alto del páramo alcarreño, apuntando a la llanura pero todavía en el recuesto, unas ruinas llaman la atención de los viajeros. Se detienen junto a la carretera que va desde Guadalajara a Sacedón, en las revueltas que da tras atravesar Tendilla, y se quedan mirando para unos tristes montones de piedras que en principio no saben si son los vestigios de antiguo castillo medieval o el aire monótono de una salmodia monasterial hecha piedra de recuerdo.

Es lo segundo, sí. Son los restos mínimos de un convento de franciscanos. De La Salceda nada menos, un cenobio que fundaron los frailes menores, los de la Orden de San Francisco, hace más de 600 años. Fue Pedro de Villacreces, un santazo de esos que solo en la Edad Media podían nacer y desarrollarse, quien creó aquí, primero entre las florestas de agreste monte de carrascos, y luego dentro de los muros de mampuesto y ladrillo de notable monasterio, el primer centro de la reforma franciscana en Casti­lla.

La riqueza y nombradía de este cenobio fue en aumento. Guardianes de su múltiple misión fueron personajes de la talla del Cardenal Cisneros, del arzobispo granadino don Pedro González de Mendoza, o de San Diego de Alcalá. Entre sus muros se alberga­ron joyas auténticas de la cerámica, de la escultura y pinturas españolas, de la bibliografía, del arte efímero y de la música. Sus frailes eran sabios y virtuosos, escribían manuscritos minia­dos y ejercían como nadie la medicina. El canto y la oración, el milagro y la gracia tenían su asiento entre sus muros.

Y hoy solamente queda esto: un informe montón de ruinas, que los viajeros miran entristecidos, aunque ellos nunca tienen moti­vo para estar tristes. Es que la silueta de la mañana cobra recursos de vencimiento, de agonía. Es un elemento el que destaca especialmente entre el fragor silencioso de las yerbas y los montones de derribos. Es el esqueleto de la «Capilla de las Reliquias», que construyera don Pedro González de Mendoza, el hijo de la princesa de Éboli, que llegó a ser obispo de Sigüenza y arzobispo de Granada, aunque fraile de San Francisco, y mínimo en sus votos. El destinó una cantidad importante de su riqueza familiar y personal, para levantar un monumento del que conocemos su originaria prestancia por descripciones contemporáneas y por grabados originales de la época, uno de los cuales reproducimos junto a estas líneas.

La Capilla de las Reliquias en el Convento de la Salceda se construyó en  1615, y se hizo a instancias de quien en esos momentos era Guardián y director máximo del Convento, don Pedro González de Mendoza y Silva, hijo de los primeros duques de Pastrana don Ruy Gómez de Silva y doña Ana de Mendoza y La Cerda. La reforma del convento, al menos en lo físico, fue total. El sufragó la reconstrucción y adecentamiento del templo mayor, le puso retablo, adquirió obras de arte para el claustro, etc. Quiso añadir una obra propia, cual fue esta capilla de las reliquias, que constaba esencialmente de un alzado cilíndrico, con planta circular, y tenía unos cincuenta pies de diámetro.

Tanto por las ruinas que hoy vemos, como por el grabado de F. Heylan que acompaña estas líneas, puede saberse que la Capilla de las Reliquias de la Salceda era un impresionante recinto decorado en un estilo manierista máximo. Se accedía por un corto pasadizo desde la iglesia conventual, y, al ser redonda, se la advertía en su totalidad de un solo vistazo. Enfrente de la entrada tenía una pequeña capilla cuadrada que se vestía con gran retablo transparente. En las paredes, había pilastras adosadas y entre ellas ventanas cuadradas y nichos. Las pilastras llegaban a lo alto, a nivel de un entablamento, que luego se abría en cúpula semiesférica, decorada a su vez por casetones y rellenos en forma de «diamantes». Todo en la decoración de ese espacio era irreal, falso en relación con su tectónica, por lo que se puede clasificar fácilmente de manierista a ultranza.

En el altar mayor de la Capilla, dedicado a Fray Iacomo de la Marca, fraile franciscano patrón de Nápoles, había una estatua de este individuo. Bajo el altar se encontraban los cuerpos incorruptos de tres santos mártires, y aún se repartían otros tantos por las paredes (uno en cada nicho) de la capilla. Además de esos nueve cuerpos enteros (que en el idioma de las reliquias, en el siglo XVII, era todo un fortunón de merecimientos) se encontraban centenares de relicarios distribuidos en forma de arcas, gradas, bustos, etc, que ofrecían al espectador que llega­ba al recinto todo un brillante y colorista espectáculo inolvida­ble. La relación de reliquias allí contenidas está descrita por el benefactor del cenobio, González de Mendoza, en su obra «His­toria de Monte Celia», y es verdaderamente llamativa. Tanto que merecería un día llevar a cabo un estudio meticuloso del real origen de tanto hueso y taba.

Los viajeros, que hoy contemplan la desolación, entre román­tica y penosa, de esta que fue brillante mansión de las reliquias y la religión barroca postridentina, van a seguir su camino pensando, sabiendo ya, que la Alcarria guarda en cada rincón un fabuloso mundo de historias y evocaciones. El paseo en la mañana quieta del invierno les ha devuelto, reforzada, esa creencia en la frase, gastada pero en esta provincia nuestra siempre cierta, de que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Al menos en lo que a brillos, a pinturas y a solemnidades del arte se refiere.

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