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En el Centenario de la muerte de Francisco Fernández Iparraguirre

 

Todos los aniversarios son útiles, al menos por lo que tienen de capacidad de convocatoria de la memoria de un hecho. Que podría pasar inadvertido, relegado al olvido, silencioso. Pero que al cumplir en alguno de sus extremos la cifra redonda de un centenario, de un milenario o de cualquier otro cómputo meri­torio, hace saltar a la actualidad la figura de un personaje o el recuerdo de un acontecimiento. En este sentido, la diariamente recordada, por pasear su calle, del Dr. Fernández Iparraguirre en Guadalajara, cobra en este año de 1989 nueva actualidad al cumplirse el primer centenario de la llorada muerte de tan sabio, tan trabajador y tan querido ciudadano. 

Estas líneas pretenden simplemente traer al recuerdo de cuantos gustan de tener presentes las glorias pasadas de su tierra alcarreña, la figura de Francisco Fernández Iparraguirre, un científico que en su corto periplo vital dejó un sabroso y denso recuerdo entre sus paisanos. De tal envergadura que hoy aún le recordamos.

Polifacético investigador, entregado a diversas parcelas de la ciencia, de las que preferentemente cultivó la farmacia y botánica, la química y la lingüística, puede decirse de él que fue un hombre del Renacimiento trasplantado a la era de las máquinas. Nació en Guadalajara el 22 de enero de 1852, y murió en Guadalajara el 7 de mayo de 1889. En los pocos años que duró su vida, este arriacense supo ganarse un puesto en la ciencia espa­ñola, y una ferviente admiración de todos sus paisanos, por el entusiasmo, la inteligencia y la valía que demostró en todas cuantas empresas acometió. Se dedicó a la botánica, química y ciencias naturales; a la enseñanza y teoría de los idiomas; y a un sin fin de actividades culturales que hicieron brillar nueva­mente a la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XIX con un empuje propio.

Hijo de un respetable farmacéutico alcarreño, el Sr. Fernández de la Rubia, hizo las primeras letras y el bachillerato en su ciudad natal, con altas calificaciones, consiguiendo posterior­mente la licenciatura y el doctorado en Farmacia, por la Univer­sidad de Madrid, a los 20 años de edad. Cursó también los estu­dios de Profesor de Primera Enseñanza, de sordomudos y ciegos, y de francés, ganando la cátedra de esta asignatura en el Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara, donde actuó a partir de 1880.

En su faceta de científico biólogo se ocupó de estudiar meticulosamente la flora de la provincia, obteniendo una medalla de bronce en la Exposición Provincial de Guadalajara, de 1876, con su trabajo titulado Colección de plantas espontáneas en los alrededores de Guadalajara. En esa tarea, descubrió una variedad de zarza (la «zarza milagrosa») a la que Texidor, profesor de Farmacia de la Universidad de Barcelona, bautizó en su honor con el apelativo de Fernandezii. También dentro de su profesión universitaria participó en 1885 en el Congreso Internacional Farmacéutico de Bruselas, en el que fué vicepresidente, presen­tando varias ponencias al mismo.

En el campo de la investigación lingüística, Fernández Ipa­rraguirre fue un trabajador incansable, abriendo nuevas vías al lenguaje. No solamente laboró en la parcela de las lenguas lati­nas, dejando varios libros escritos, uno de ellos, en dos tomos, es un interesante Método racional de la lengua francesa, sino que se convirtió en adelantado para España de la primera lengua universal, ideada por Schleyer, y a la sazón propagada por Ker­ckhoff, llamada el Volapük.

A pesar de su corta actividad por haberle sorprendido la muerte prematuramente, en el campo de las lenguas «novolatinas» trabajó investigando las formas evolutivas de sus verbos, llegan­do a crear un aparato, construido por él mismo, para la conjuga­ción de dichos verbos. No hemos llegado a conocer el tal aparato, del que dan noticia Diges y Sagredo en su referencia biográfica, pero debía ser verdaderamente notable y curioso. Por las referi­das obras sobre verbos y sus conjugaciones, obtuvo un Diploma de Mérito en la Exposición Literario‑Artística de Madrid de 1885.   

En un espíritu de fraternidad universal y de búsqueda de caminos para el «desarrollo sin fin», que el siglo XIX tuvo como uno de sus elementos más característicos, Fernández Iparraguirre dedicó todos sus esfuerzos a la implantación de la nueva lengua del Volapük en nuestro país. Escribió una Gramática de Volapük y un Diccionario Volapük‑Español, fundando en 1885 la revista Vola­pük con la que intentaba difundir por España toda la bondad y el raciocinio de esta lengua de universales alcances. Antecesor del «Esperanto», la lengua del «Volapük», de innegable tradición germánica, no llegó a cuajar nunca. Pero no fue, ni mucho menos, porque nuestro paisano Iparraguirre desmayara en su propagación. Fué nombrado «Plofed é kademal balid in Spän», lo que venía a significar primer profesor y primer académico en España del Volapük.

Como incansable trabajador de la cultura arriacense, Fernández Iparraguirre fundó, en compañía de José Julio de la Fuente, Román Atienza, Miguel Mayoral y otros, el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara, del que fue presidente y socio honorario, dirigiendo su Revista, en la que por entonces se publicaron interesantísimos trabajos sobre la historia, el arte y la sociología de Guadalajara. La temprana muerte cortó su en­tusiasmo, dedicado por entero a su ciudad y a sus paisanos. El ayuntamiento le dedicó, años después, una calle que, tradicio­nalmente conocida como «Las Cruces» es hoy el más importante paseo de la capital. Entre otras distinciones que alcanzó en vida, hay que recordar la de socio honorario del Ateneo de La Habana, y del Círculo Filológico Matritense, habiendo sido tam­bién individuo de número de la Asociación de Escritores y Artis­tas de Madrid, y de la Asociación Fonética de Profesores de Len­guas Vivas de París.

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