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enero, 1989:

Guadalajara, ramillete de escudos

 

Quisiera ser en estas líneas, como dice Horacio en su “Arte Poética”, Laudator temporis acti. Ejercer de cantor de los hechos antiguos, poner el índice sobre aquellas fechas que la memoria debiera tener siempre iluminadas, y recordar a los hombres de hoy, no que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que fue, simplemente. Ahí está la historia, ahí están los anhelos, las victorias y los crímenes de los hombres. Praeterita mutare non possumus, que decía Cicerón en su «In Pisonem». No podemos cambiar el pasado: debemos asumirlo.

De ese pasado denso, que forma la historia de Guadalajara, son testigos mudos y perennes algunos elementos: los escudos nobiliarios. Sobre ellos, sobre sus formas alegres y solemnes, recae buena parte del ejercicio de la memoria. A la heráldica no se le ha, dado, hasta ahora, toda la importancia que tiene en el contexto del examen del hecho histórico, Y esos emblemas que de mil diferentes modos han sobrepasado las edades, y sobrevivido a sus dueños o ejecutores, tienen un valor crucial para identificar edificios, para concretar patrocinios, para asegurar la autoría de una obra, de un éxito, de una defección.

La tierra de Guadalajara es, como todas las de España, riquísima en escudos nobiliarios. Por cualquier rincón de la vieja ciudad, en el portón de cualquier casona de pueblo, sobre el polícromo retablo de cualquier aldea, aparecen los escudos de personas, de instituciones, de órdenes, que tuvieron en un pasado día un significado concreto. Tallados en piedra, pintados sobre un lienzo: los emblemas heráldicos son afortunados testigos del tiempo ido. Debemos tomar conciencia de esta importancia, llevarla a su extremo, Y defender todos y cada uno de esos elementos de la destrucción o la rapiña. Porque cada escudo que desaparece es una página del magno libro de la historia que se arranca irremediable.

Al viajero que pasea su mirada por Guadalajara y su tierra, le sorprenderán uno y ciento de escudos. Quedará embelesado ante ese monumental emblema que dos salvajes peludos sostienen sobre el portón gótico del palacio del Infantado: es la enseña de don Iñigo López de Mendoza, segundo duque, benefactor de la Alcarria y gran señor en la guerra contra el infiel de Granada. Su banda de sinople sobre él campo gules y la enseña del Ave María Gratia Plena de sus abuelos los señores de la Vega, van a rodearse de la corona ducal, del grifo protector, del yelmo valiente, de la cívica corona, y aún en trama de cardinas dos decenas de símbolos seguirán diciendo las tierras, los pueblos y los valles por donde la voz y la justicia del Mendoza se oye y reconoce.

Pero la tierra de Guadalajara es muy ancha. Si en la capital encontramos el gran escudo imperial del César Carlos, que llena por completo uno de los muros del palacio de don Antonio de Mendoza, por la provincia salen al paso los tallados emblemas de quienes hicieron la historia y en ellas dejaron su huella: leve mármol de los Suárez de Figueroa en Torija; antigua duda dee los López de Orozco sobre e portón del castillo de Guijosa; complicada razón de mílites y virreyes en la Casa Pintada de Valdés y Tamón en Molina; color y resplandores en los frisos escondidos de la casona de los Dávalos y Sotomayor en Guadalajara; tenebrosa presencia de la palma, la cruz y la espada de la Inquisición en Pastrana, en Cogolludo, en Milmarcos; galante muestra que los pajecillos hacen del escudo de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, en su sepulcro de la catedral; celestial presencia de los querubines que sostienen la renacentista imagen heráldica de los duques de Medinaceli en Cogolludo; o rurales huellas de hidalguía en los escudetes de Fuentes, de Taracena, de Hinojosa, de Atienza y Almonacid…

Sí. En la tierra de Guadalajara asombran por todas partes esos elementos duros, de eterno perfil, que son los escudos. Para llevarle la contraria al poeta Ausonio, que en uno de sus «Epigramas» decía Nec revocare potes, qui periere dies, sí que se puede volver a llamar a los días que ya han muerto. Con el verbo de la pasión tallada, con la curva grácil de la piedra heráldica, de la madera polícroma, del yeso domeñado: en los escudos está la memoria de los días y de los hombres, que los protagonizaron. Por Guadalajara, a cientos. Y nosotros, mirando, y a un tiempo tratando de defenderlos.

Las marcas de cantería en Guadalajara

 

Hay una faceta de la historia y el arte de nuestra provincia alcarreña que es sistemáticamen­te ignorada por cuantos la estudian o admiran. Problemática que se extiende al resto del país y aún diríamos que de Europa, donde aún no se ha abordado con seriedad y rigor este tema.

Que, por otra parte, es verdade­ramente sugestivo, misterioso, quizás clarificador de muchas parcelas de la sociología y la cultura medievales hasta ahora oscuras.

Sé trata de las marcas de cantería que, observando atentamente, se ven en todos los monumentos levantados durante, los siglos de la Edad Media. Son unas casi imperceptibles líneas, círculos o diversas figuras trazadas sobre la piedra sillar de los edificios, unas veces repetidas monótonamente; otras, muy variadas en su forma.

Desde la catedral de Sigüenza al monasterio de Monsalud; y, desde las iglesias románicas de Molina hasta el palacio del Infantado en Guadalajara, por toda la provincia se extienden estas marcas.

Quisieran ser estas líneas, al mismo tiempo que de divulgación de un tema poco conocido, capaces de entusiasmar a quienes podrían llevar a cabo, en una labor plena de sugerencias, el corpus general de las marcas de cantería en la provincia de Guadalajara, paso previo para poder comenzar a elaborar teorías acerca de su significado.

Este es el tema más difícil, quizás, de la interpretación del arte medieval. Más oscuro aún que el de la iconografía de los bestiarios, de los capiteles románicos de fondo mitológico oriental o del orden de los ventanales en los paramentos de las catedrales. Hasta el íntimo significado de las marcas de cantería, tanto en un orden general, como en el particular de cada monumento, nadie ha llegado. Fue don Andrés Pérez Arribas quien, en nuestra provincia, primero publicó un trabajo sobre este tema. Estudiaba y anotaba por épocas y monumentos las marcas de cantero de diversas edificaciones, románicas y góticas del sur de la provincia: iglesia de Alcocer, monasterio de Monsalud, parroquia de Millana, etc. Aportaba algunas ideas acerca de su interpretación que no carecían de interés. Muchos otros autores, con anterioridad, se habían preocupado del tema; Cruzada, Villamil, Mariétegui, Martínez Salazar, Pamo, Simancas y Viriato Pérez‑Díaz, en España, y gran cantidad de extranjeros también lo han hecho, como Didrón, Ainé Klotz, Forrester, Raüzynsky y Bernardo Lopes.

Hubo una época, en los finales del siglo pasado, en que el tema apasionó, y muchos historiadores del arte se lanzaron a las suposiciones. Para Viriato Pérez-Díaz estaba clarísimo el significado franc-masónico de estos signos, pues muchos coincidían con las letras del abecedario de estas sectas, y aún podían encontrarse los mismos signos en edificios de cualquier para de Europa, lo que sería confirmación de haber intervenido en ellos gentes de una misma, Hermandad o secta.

Quien ha hecho más, modernamente un cabal y desapasionado estudio del tema de las marcas de cantería, ha sido el arquitecto español don Vicente Lampérez Romea, quien ha dado un repaso completo a su historia, localización y posibles significados. En realidad, la costumbre de marcar con algún signo las piedras sillares de los edificios, es antiquísima y ya usada por los caldeos, egipcios, persas y romanos. En las murallas de Tarragona he visto personalmente algunos grandes signos grabados.

En la Edad Media se generaliza su uso, coincidiendo con el auge de los gremios y corporaciones obreras. Son los siglos XII ‑ al XV los que más abundancia muestran de ellos, y en el XVI prácticamente han desaparecido. De su posible significado no queda más que decir algunas de las principales teorías que sobre ellas se han dado. Es la primera la que los cataloga como signos de un claro sentido exotérico y mágico, ‑ pues ‑ frecuentemente aparece la cruz esvástica, el macrocosmos o sello de Salomón, el microcosmos o figura pitagórica, etcétera. Vemos muchos de este tipo en las paredes del monasterio de Buenafuente, monumento construido en él siglo XII por monjes canónicos franceses, que podían haber traído consigo sus propios albañiles, canteros y constructores.

Si es cierto su entronque y pertenencia a logias masónicas constituidas por los canteros (no olvidar que el nombre de masón proviene del francés “magón” que significa, albañil, hombre que hace casas) estos signos o marcas sería puestas por sus miembros como prueba de su existencia y mensaje perpetuo de su actividad.

Más fácil es admitir otras teorías. Así, la que propone sean estas marcas como firma de cada cantero o cuadrilla de ellos, para sí justificar su trabajo y cobrar luego por el, sistema de destajo: tantos sillares tallados, tanto, se cobra: De todos modos, es difícil admitir esto, pues en todas las construcciones donde vemos estas marcas, en unos sillares apa­recen y en otros no.

Otras explicaciones para estas: marcas de cantería podrían ser las que las explican como señales que faciliten, posteriormente a su talla, la colocación en los muros del edificio a que se destinan. Serían marcas de asiento en los sillares. En algunos casos está demostrado que las marcas se tallaban cuando ya la pared estaba colocada. De todos modos, aún pueden considerarse a estos signos como marcas personales de un obrero (inicial de su nombre, monograma), como relativo a sus creencias o devociones, al estado social o profesional que tiene aparte del de cantero (una ballesta, una bota, unas tijeras), etc. Incluso podrían ser en otros casos, explicativos de la persona que mandó labrar el edificio, del donante o fundador de un templo o monasterio. En algunos edificios gallegos vemos confirmada esta teoría.

Lo que sí está muy claro, tras estudiar muchas marcas de cantería de toda España, es que éstas no sirven para clarificar las épocas de construcción de los monumentos, pues marcas, idénticas aparecen en construcciones de muy dispares cronologías e, incluso, estilos artísticos. En definitiva, y aunque nada en concreto pueda afirmarse en tornó a estos símbolos que sobre las talladas piedras de los viejos monumentos nos han llegado con apagados ecos de lejanas voces, sí que, podemos invitar a nuestros lectores a que, en sus excursiones por los pueblos y aldeas de Guadalajara, busquen marcas y apunten sus formas. Eso es lo que hizo el autor con las que presenta un monumento que está cerca de todos, y que a pesar de su construcción en los finales años del siglo XV, tiene repletos sus sillares de portada con marcas de este tipo, Y que junto a estas líneas, reproduzco. Así como otra, bien grande y llamativa, que aparece en un sillar de las ruinas del monasterio de Ovila, junto a Trillo.

Un Mendoza escritor, don Bernardino de Mendoza

 

 Uno de los más interesantes sujetos de la familia de los Mendoza, numerosa y variopinta en cuanto a gentes dedicadas a las más extrañas andanzas, fué sin duda este don Bernardino de Mendo­za, que ejerció, entre otras cosas, de escritor, de militar, de diplomático, y de tratadista de temas militares.

Perteneció este individuo a la familia de los Mendoza de Guadalajara, concretamente a una de sus ramas segundonas, pero no por ello menos encopetadas, ricas e influyentes que la principal de los Infantado. Nació en el seno de los vizcondes de Torija y condes de Coruña, perteneciendo a una larga serie de 19 hermanos. Fueron sus padres D. Alonso Suárez de Mendoza y doña Juana Jiménez de Cisneros. Nació este individuo en la ciudad de Guadalaja­ra, en 1541. Estudió en la Universidad de Alcalá, donde se graduó de bachiller en Artes y Filosofía, licenciándose de lo mismo en 1556, y pasando luego a ser colegial del de San Ildefonso de la ciudad del Henares.

Entró al servicio del Rey Felipe II en 1560, destacando pronto por sus grandes dotes. Actuó en dicha Corte como embaja­dor, siéndolo del Rey en Londres, en París, en Roma y otros lugares de Italia. También fue militar destacado en la guerra de Flandes, en la que actuó no sólo de capitán, sino también de cronista de sus más importantes eventos, y de tratadista teórico y práctico de los sistema militares y guerreros empleados. Inter­vino en las más duras campañas de Flandes, sufriendo en ellas lo indecible, llegando a resentirse su salud de forma que perdió la vista y, muy avejentado y tullido, se retiró a Madrid, donde vivió sus últimos años pobremente, muriendo en 1604. Dispuso su enterramiento en el solar de sus padres, en la iglesia parroquial de Torija (Guadalajara), viéndose aún hoy una lápida sencilla en el presbiterio en la que se lee su memoria de hombre sencillo y valeroso. Uno de los objetivos de la visita a la villa de Torija, ahora remozada con la reconstrucción de su castillo, es sin duda la visita a la sencilla tumba de este gran hombre.

El interés de Bernardino de Mendoza como autoridad científi­ca radica en su Tratado sobre la Guerra. De las diversas obras que escribió, y que abajo se relacionan, la más interesante a nuestro objeto fue la Teórica y Práctica de la Guerra, que escri­bió en 1594. Se trata de un libro de teórica militar comprobada por la práctica. El autor, partícipe en numerosas campañas, responsable de la dirección táctica de muchas batallas, asaltos, y maniobras militares, adquirió una experiencia importante, lo que unido a su inteligencia y capacidad de síntesis, le posibili­tó escribir esta obra, que desde el momento de su aparición fué reconocida como la mejor de su tiempo y de tiempos anteriores, en punto a la basamenta teórica de la guerra.

Expone por una parte diversos elementos mecánicos que son precisas en las batallas. Así, destacan en su obra el trazado de una torre de defensa y una atalaya desmontable de cincuenta pies de altura; una pieza de artillería de escaso peso que sería capaz de atravesar amurallamientos de gran espesor; e incluso describe un puente militar desmontable y transportable, al estilo de los realizados por los zapadores de más modernos tiempos.

En el aspecto técnico de la organización del ejército y las batallas, Bernardino de Mendoza explica las que a su entender serían idóneas condiciones de alojamiento de los ejércitos; la calidad de la tierra para ello; el manejo conjunto o separado de la caballería, la infantería y la artillería; las formas varias de fortificaciones y asaltos; la defensa de las plazas y su aprovisionamiento; el modo de caminar, de luchar y de descansar los ejércitos; el paso de los ríos por éstos, etc. La obra fue traducida al alemán, francés, inglés e italiano. Siempre ha sido considerada como un auténtico hito y punto de referencia del arte militar del Renacimiento, y por ello, y por haber sido un autén­tico avanzado de su época, Bernardino de Mendoza ha pasado con justicia a la historia de la ciencia española.

En cuanto a las ediciones que ha recibido su obra más cono­cida, podemos relacionar las siguientes: Theorica y Pratica de Gverra, escrita al príncipe don Felipe nuestro señor, por don Bernardino de Mendoça, Madrid, Viuda de P. Madrigal, 1595. De este libro se hicieron nuevas ediciones, como la de Amberes en 1596, la de Venecia, ya en italiano, también en 1596, y otras en inglés, en francés y en alemán en años inmediatamente posterio­res.

Además escribió Bernardino de Mendoza muchas otras cosas, de las que serían mas interesantes estas: Los seys libros de las Politicas o Doctrina Civil de Iusto Lipsio que sirven para el govierno del Reyno o Principado, traduzidos de Lengua latina en castellana, por don Bernardino de Mendoça. Madrid, Imprenta Real, 1604, También los Comentarios de don Bernardino de Mendoça de lo sucedido en las guerras de los Payses baxos, desde el año de 1567 hasta el de 1577, Madrid, por Pedro Madrigal, 1592. Esta obra apareció primeramente en francés, editada en París por Guillaume Chaudiere, en 1581. Luego tuvo otras ediciones en diversos idio­mas: en inglés apareció en Londres, por Sir Edward Hoby, en 1597, y en francés nuevamente en Bruselas, por Guillaume Tome, en 1860. En español es posible leerla en el tomo II del Volumen XVIII de la Biblioteca de Autores españoles, Madrid, por Rivadeneyra, 1853, pp. 389‑561. 

Bibliografía consultada

‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑

ALMIRANTE, J.: Bibliografía militar de España, Madrid, 1876, pp. 510‑56

PICATOSTE RODRIGUEZ, F.: Apuntes para una biblioteca científica española del siglo XVI, Madrid, 1891, pp. 3644‑365

LOPEZ PIÑERO, José M. et al.: Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, 1983, Vol. II, pp.53

GARCIA LOPEZ, J.C.: Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara, Madrid, 1899, pp. 330‑338

ZAPATA: Memorial Histórico Español, tomo XI, Madrid, 1887, pp. 436

Francisco Layna Serrano

Cierta polémica, como siempre ribeteada de tintes políticos, ha traído a la palestra de los «papeles» de Guadalajara la figura de uno de los más importantes historiadores de este siglo, no ya en la provincia alcarreña, sino en el conjunto de nuestra nación. Se trata de la figura de D. Francisco Layna Serrano, quien 18 años después de muerto, y a pesar de contar con la obligada estatua (en la plaza de la Diputación) y la obligada calle (en el plan Sur) que una ciudad agradecida le tributó, parece que ha visto diluirse su recuerdo entre las gentes, jóvenes y menos jóvenes, que hoy dan marcha a nuestro burgo.               

Para que esa figura, señera y capital en los anales de Arriaca, que nunca podrán, aunque se quiera, emborronar o palidecer, esté presente entre todos, recordaremos en brevedad su vida y su obra, ha­ciendo un esfuerzo por resumir lo que, por admiración y justicia, debiera ocuparnos largo trecho. Nació don Francisco en el pueble­cito de Luzón, corazón de la Celtiberia, un 27 de junio de 1893. Allí y en Ruguilla paso sus primeros años, estudiando luego Bachillerato en el Instituto de Guadalajara y pasando a la Universidad madrileña a cursar la licenciatura de Medicina, especializándose después, junto a los maestros del Instituto Rubio y Galí, en Otorrinolaringología. Fue medico del Hospital del Niño Jesús, viajó por Europa e investigó sobre el tema de la «reflexoterapia endonasal», muy de moda en los años treinta, sobre la que llegó a publicar un libro que incluso fue traducido al inglés. Además del ejercicio publico y privado de su profesión, siempre acompañado de un éxito que le prestigió notablemente, fué fundador en 1922 de la Asociación Médico-Quirúrgica de Correos y Telégrafos por cuyo motivo le fue concedida años después la gran Cruz de Benefi­cencia de primera clase.

Si su biografía profesional podría acabar con las líneas dedicadas a su actividad médica, la tarea que como inves­tigador de la historia y el arte de Guadalajara, a la par que luchador y defensor de las esencias provinciales y de la cultura de Guadalajara, sería prolija de reseñar en pormenor. Cuando contaba cuarenta años inició Layna sus estudios e investigaciones en torno a Guadalajara. Lo hizo llevado de la irritación noble que le produjo ver cómo un multimillonario norteamericano cargaba con un monasterio cisterciense de Guadalajara, entero, y se lo llevaba a su finca californiana. Se trataba de Ovila. Layna investigó, protestó, y así surgió su pasión de por vida.

La Diputación Provincial le nombraba en 1934 Cronista Provincial, y a partir de ese momento se volcaría en cuerpo y alma a estudiar, a publicar, a dar conferencias, a escribir artículos y a defender a capa y espada el patrimonio histórico‑artístico y cultural de la tierra alcarreña. Entre sus muchos títulos y distinciones, cabe reseñar que tuvo también el cargo de Cronista de la Ciudad de Guadalajara, fue presidente de la Comisión Provincial de Monumentos, fué académico correspon­diente de la de Historia y de Bellas Artes de San Fernando, axial como de la Hispanic Society of America, habiendo recibido el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua, y recibiendo la Medalla de Oro de la Provincia de Guadalajara tras su muerte, acaecida en 1971.

Hablar de la obra, referida a Guadalajara y su provincia, del Cronista Layna Serrano, nos llevaría largo rato del que no disponemos. Baste ahora centrar su labor en los apar­tados fundamentales en que discurrió.

En los temas de Historia fue donde Layna se distinguió principalmente: En 1932 publico su primera obra, El Monasterio de Ovila, a raíz de la exclaustración referida del cenobio alcarreño. Al año siguiente apareció la primera edición de Castillos de Guadalajara, obra en la que volcó Layna su ya inmenso caudal de conocimientos históricos, describiendo, tras haberlos visitado y estudiado sobre el terreno, las viejas forta­lezas alcarreñas y molinesas. Este libro alcanzó en poco tiempo tres ediciones, agotadas enseguida.

De una conferencia suya titulada El Cardenal Mendoza como político y consejero de los Reyes Católicos apareció en 1935 un folleto interesante, dando a la imprenta, por fin, en 1942, su grande y definitiva obra : la Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI en cuatro gruesos tomos . En esa obra desborda el conocimiento que Layna alcanzo sobre la familia prócer que dio vida durante varios siglos a Guadalajara. Llegó a conocerla, como dijo alguien, como si de su propia fami­lia se tratara.

En 1945, y como fruto de sus investigaciones en el Archivo Histórico Nacional, dio a luz su obra Los Conventos antiguos de Guadalajara, con documentación prolija. Y en ese mismo año, la Historia de la Villa de Atienza, en un volumen de más de 600 páginas, donde plasmo la historia de Castilla, de la reconquista, del territorio serrano y alcarreño y, por supuesto, de Atienza, describiendo además su arte y sus costumbres. Todavía en este ámbito de la historia, Layna trabajo duro en el archivo municipal y en el parroquial de Cifuentes, saliendo tras largas horas de dedicación una magnifica Historia de la villa de Cifuen­tes en 1955.

También en los temas de arte destaco Layna por la abundancia de asuntos tratados, y el descubrimiento de documen­tos, de artistas y noticias de gran interés. Además de lo ya mencionado sobre Ovila y los Castillos, en 1935 apareció su obra La Arquitectura románica en la provincia de Guadalajara, fruto de viajes y anotaciones in situ. En 1948 apareció, en colaboración con el fotógrafo Tomas Camarillo, el libro de La Provincia de Guadalajara con infinidad de reproducciones fotográficas, y en las que el Cronista aporto el texto.

En revistas especializadas como «Arte Español» y «Boletín de la Sociedad Española de Excursiones» publico Layna lo más útil de su aportación en historia del arte. Solamente cabe aquí recordar algunos de los temas de mayor interés: la iglesia de Santa Clara en Guadalajara; el palacio del Infantado; la parroquia del Salvador en Cifuentes; la capilla del Cristo de Atienza; la iglesia parroquial de Alcocer; los retablos de la parroquia de Mondéjar; las tablas de San Gines, en Guadalajara; la cruz parroquial de La Puerta; la parroquia de Alustante; el sepulcro de Jirueque y decenas de temas mas que permiten conside­rar su aportación de fundamental.

Aunque en temas de costumbrismo no se entretuvo especialmente, son de gran valor los estudios de Layna sobre La Caballada de Atienza y las tradiciones en torno al Mambrú de Arbeteta y La Giralda de Escamilla. Por ultimo, dedico el Cronis­ta parte de sus conocimientos en realizar algunas breves guías turísticas de la provincia y de sus poblaciones más interesantes. Todo ello sin contar lo que sobre Medicina o, también sobre temas históricos y artísticos, dedico a otras provincias españolas, en especial a Logroño y Ciudad Real, sobre las que reunió gran cantidad de datos en torno a sus castillos y fortalezas.

Esta obra ingente proclamó a Francisco Layna Serrano como un auténtico historiador y un conocedor total de la tierra alcarreña. Su recuerdo sigue y seguirá siempre vivo, ‑en su obra buscada continuamente‑ entre las gentes de Guadalajara y de España toda. Quien, en hipotética situación, alegara la no condición de historiador para Layna, haría muy bien en consultar no sólo sus obras, que son las que hablan por sí mismas, sino las opiniones de cuantos, en España y todo el mundo occidental, tienen en algún momento que ocuparse de los antecedentes históricos de nuestra tierra. La consulta de Layna es obligada. Su lección de historia auténtica ha quedado, pues, imborrable.

La obra médica de Francisco Layna Serrano

Francisco Layna Serrano fue médico especialista en Otorrinolaringología

 

Hasta ahora se había conocido, en muy amplios sectores científicos y cultos, la figura de FRANCISCO LAYNA SERRANO en su faceta de historiador, de ensayista, de articulista y de orador, siempre en temas relativos a la provincia de Guadalajara, de sus pueblos, de sus personajes, especialmente de los Mendoza, etc. En ese sentido, y desde la perspectiva de Cronista Provincial de Guadalajara, de Académico Correspondiente de la Historia y de Bellas Artes, y de defensor permanente de los valores históricos y culturales de la tierra alcarreña, han sido varios los trabajos que se han escrito sobre él (1), por lo que aquí no lo tocaremos más que en su enunciado general. Nuestro propósito, en esta ocasión, es el de valorar la figura de LAYNA SERRANO desde una perspectiva científico‑médica, más concretamente de su faceta como médico especialista en Otorrinolaringología, actuante en una época en que dicha parcela de la Medicina está iniciándose en España, y pudiendo calificar a LAYNA, en ese contexto, como uno de los pioneros de la especialidad en nuestro país. 

Nació LAYNA en la villa de Luzón (Guadalajara), el 27 de junio de 1893. Hijo de médico rural, en Luzón y en Ruguilla pasó sus primeros años, estudiando luego Bachillerato en el Instituto de Guadalajara y pasando a la Universidad madrileña a cursar la carrera de Medicina. 

Su auténtica fama la consiguió como investigador de la Historia y el Arte en Guadalajara, a la par que luchador y defensor de las esencias provinciales y de la cultura de Guadalajara. Cuando contaba cuarenta años inició LAYNA sus estudios e investigaciones en torno a Guadalajara. Lo hizo llevado de la irritación noble que le produjo ver cómo un multimillonario norteamericano cargaba con un monasterio cisterciense de Guadalajara, entero, y se lo llevaba a su finca californiana. Se trataba de Ovila. LAYNA investigó, protestó, y así surgió su pasión de por vida. 

 Destaca LAYNA SERRANO en sus investigaciones históricas referentes a la familia Mendoza y su importancia en el devenir de la ciudad de Guadalajara. También en sus aportaciones a la historia de las villas de Atienza y de Cifuentes, así como a la arquitectura religiosa románica y militar de los castillos de la provincia de Guadalajara. 

 Fue nombrado por la Diputación Provincial de Guadalajara, en 1934, su Cronista Provincial, dedicándose a partir de ese momento en cuerpo y alma a estudiar, a publicar, a dar conferencias, a escribir artículos y a defender a capa y espada el patrimonio histórico‑artístico y cultural de la tierra alcarreña. Entre sus muchos títulos y distinciones, cabe reseñar que tuvo también el cargo de Cronista de la Ciudad de Guadalajara, fue presidente de la Comisión Provincial de Monumentos, fue Académico Correspondiente de la de Historia y de Bellas Artes de San Fernando, así como de la Hispanic Society of América, habiendo recibido el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua, y recibiendo la Medalla de Oro de la Provincia de Guadalajara tras su muerte, acaecida el 8 de mayo de 1971. 

El aspecto de LAYNA como investigador de la historia alcarreña ya ha sido tratado en otros lugares, por lo que aquí tocaremos exclusivamente su aspecto científico‑médico. Cursó la carrera de Medicina, como hemos visto, en la Facultad correspondiente de la Universidad Central de Madrid. Entre los años 1909 a 1916, obteniendo en su desarrollo 8 aprobados, 9 notables y 11 sobresalientes, incluyendo una matrícula de honor en la asignatura de las enfermedades de garganta, nariz y oídos. Fue calificado con sobresaliente en el ejercicio de Licenciatura, y nunca llegó a obtener el grado de Doctor. 

 Ya en el comedio de la carrera, a partir de 1912, acudió habitualmente al Instituto de Terapéutica Operatoria, la Fundación Rubio y Galí, considerada por entonces, y desde 1880 en que se fundó, el centro más prestigioso de formación de especialistas quirúrgicos. Junto al Jefe del Servicio de Otorrinolaringología, el Dr. José Horcasitas y Torriglia, comenzó su formación en el área de las enfermedades de garganta, nariz y oídos. Al terminar la carrera, en 1916, LAYNA podía considerarse un especialista en esta parcela de la Medicina (2). 

Poco después, en 1917, fue aceptado como médico auxiliar, sin sueldo, del Servicio de O.R.L. en su sección de Laringología, del Hospital del Niño Jesús de Madrid, donde se continuó formando y colaborando junto al director de dicho servicio, el Dr. Hinojar. En ello estuvo hasta 1929, en que por reajuste de plantilla se prescindió de sus servicios. Allí atendió durante una docena de años, en consultas y quirófanos, multitud de niños afectos de problemas inherentes a la especialidad. 

También junto a Hinojar, su auténtico maestro, actuó LAYNA entre 1916 y 1918 en la Cátedra de O. R. L. de la Facultad de Medicina de Madrid. A partir de 1919, y hasta 1922 en que cesó voluntariamente, fue médico especialista 0. R. L. en la Real Policlínica de Socorro de la capital de España. Desde 1923, fue el único especialista otorrinolaringólogo de la por entonces creada Unión Sanitaria de Funcionarios Civiles, en la que actuó durante muchos anos, prácticamente hasta su jubilación. 

En 1922 entró LAYNA COMO médico 0. R. L., en calidad de especialista numerario, en la Asociación Médico‑Quirúrgica de Correos, Telégrafos y Teléfonos, en cuya creación también colaboró activamente, y por cuyos servicios incansables le fue concedida, en 1923, la Cruz de Beneficencia de primera clase. En esta Asociación trabajó LAYNA, asistiendo de continuo en su parcela especializada a todos los trabajadores y familiares enfermos, hasta 1955, en que se jubiló. 

También obtuvo, en 1925, el cargo de Jefe del Servicio de O. R. L. en el Patronato de Enfermos, de Madrid, una entidad benéfica regida por un grupo de señoras caritativas, que tenía su sede en la calle Santa Engracia, en el número 13. Cesó voluntariamente en el siguiente año. 

Todavía en 1925 obtuvo, durante un solo curso, sin sueldo y con carácter de interinidad, el puesto de profesor ayudante de clases prácticas de la Cátedra de 0. R. L. de la Facultad de Medicina de Madrid. Pero no siguieron por ahí los pasos de LAYNA SERRANO, y continuó con su asistencia de enfermos, su práctica diaria de consultas e intervenciones, dedicándose de lleno a su profesión, tanto en las entidades públicas referidas, como en su clínica particular, progresivamente más acreditada, que tuvo primeramente en la calle Tres Cruces, nº 7, luego en el número 15 de la calle Concepción Jerónima y, finalmente, en una lujosa mansión del número 106 de la calle Hortaleza.  

La Guerra Civil la pasó LAYNA, con las penurias comunes a todos los habitantes de la capital de España, dedicado a su profesión y a la investigación histórica en la Biblioteca Nacional. A partir de 1941 prestó servicios gratuitos de O.R.L. en la consulta del Dispensario de la zona Centro-­Hospicio de Madrid, siendo desde 1947 médico forense en propiedad, y médico del Registro Civil. De todas sus actividades profesionales cesó hacia 1955‑60, en que se jubiló, dedicándose todavía, hasta su muerte en 1971, a la investigación histórica y a la publicación de artículos y libros sobre Guadalajara. 

La producción científica de FRANCISCO LAYNA SERRANO, centrada en el aspecto de la especialidad médico‑quirúrgica de la Otorrinolaringología no fue excesivamente amplia, pero en todo caso sí lo suficientemente interesante, y con rasgos muy propios de su época, como para que la analicemos someramente. Un detalle inicial a consignar es el de que toda su producción científico­médica la realiza en los primeros años de dedicación profesional, concretamente entre 1916 y 1926, y en esos años publica sus artículos, elaborados en solitario o en conjunción con el equipo del Hospital del Niño Jesús de Madrid, en revistas de tipo médico como son la «Revista de Especialidades Médicas», la «Gaceta Médica del Sur», y en separatas con motivo de sus comunicaciones al I Congreso Hispano‑Americano de Oto‑Rino-Laringología celebrado en Zaragoza en abril de 1925. Es una excepción su libro sobre la «Reflexoterapia endonasal», publicado en 1929, sobre el tema que entonces se encontraba muy de moda. 

La obra médica de LAYNA SERRANO podría clasificarse en tres apartados muy bien definidos: 

a) revisión de temas propios de la especialidad, 

b) revisión de casos clínicos de interés, y 

e) propuesta de tratamientos novedosos. 

Dentro de esta sencilla clasificación encontramos que en el primer apartado, el dedicado a la revisión de temas candentes o de actualidad, LAYNA se ocupa a lo largo de varios artículos en tratar el tema de los cuerpos extraños nasales, de cuya extracción era un gran experto, insistiendo en los síntomas y proceder terapéutico. También estudió el tema de los tumores benignos de la faringe, de los que había visto personalmente muchos y sin embargo no los había encontrado publicados en la cantidad que merecían. Explica el autor los síntomas y expone bastantes casos y la sistemática de su tratamiento, siempre quirúrgico, lo que venía a demostrar la gran soltura con que se movía dentro del campo de la cirugía faríngea. 

Revisa también LAYNA el tema, entonces de moda, de las osiculectomías en las otitis crónicas, señalando sus indicaciones, especialmente la evitación de angosturas del ático y la intención de dejar limpia y depurada la caja timpánica. 

Sobre el método electrofónico aplicado a la sordera, que con gran ingenuidad proponía (con el apoyo de numerosas autoridades en la materia) la curación de las hipoacusias crónicas de tipo perceptivo mediante los estímulos sonoros, LAYNA se muestra partidario aunque admitiendo que los resultados hasta ese momento son muy medianos y no cree en ello como panacea. En este tema da muestras de ser muy cauto, muy científico, aunque algo ingenuo, pero nunca siguiendo la corriente general sólo por imitación. Sigue en este tema a Compaired, muy partidario del sistema, pero la admisión de LAYNA es., en todo caso, muy cauta. 

En el segundo apartado publica un par de casos curiosos de abscesos de septum nasal bisaculados, entonces de origen infeccioso, y ya muy raros, que él trata quirúrgicamente. También publicó una historia clínica de un quiste paradentario, que solucionó con resección intraoral. Otro caso de calculosis nasal muy llamativa fue motivo de publicación. 

En el tercero de los apartados propuestos, LAYNA publica nuevas soluciones a pequeños problemas de la especialidad, como el de la aspiración de las aletas nasales, que cursan con insuficiencia respiratoria, proponiendo en estos casos la mejora del septum nasal y la realización de una rinotomía subtotal con resección de la cresta intermaxilar. En otro tema muy del momento, propone la resección submucosa de los cometes nasales, en los casos en que éstos presenten una evidente hipertrofia, ofreciendo la sección longitudinal de la parte inferior del comete, vaciándolo a continuación. Finalmente, en otro trabajo aconseja nuevas sistemáticas de curas para los operados de mastoidectomías radicales, siguiendo en el Servicio de O.R.L. del Hospital del Niño Jesús las pautas aconsejadas personalmente por el vienés Neumann, quien en 1923 visitó el Hospital y allí lo implantaron con éxito. 

Se ocupó LAYNA finalmente, dentro del campo estrictamente otorrinolaringológico, en el tema de la «Reflexoterapia endonasal», muy de moda en los años 20, especialmente a raíz de la polémica teoría y práctica que sobre el tema había extendido el Dr. Asuero. LAYNA llegó a escribir un pequeño librito sobre este tema, que incluso se llegó a traducir al inglés. A lo largo de más de 200 páginas, estudia las teorías de Bonnier, Y la aplicación que de ellas hace Asuero, y si no totalmente partidario de ellas, sí las admite en su generalidad, aportando sistemática e ideas nuevas al respecto. Llegó incluso a idear y utilizar algunos instrumentos de su invención para la aplicación de estímulos sobre los cometes nasales. En su obra aporta algunos interesantes gráficos, todos de su mano, en uno de los cuales expresa el pretendido «mapa» del organismo impreso en miniatura sobre el comete nasal, de tal modo que con estímulos en las áreas correspondientes podía llegarse, según esta teoría, a curar cualquier afección orgánica.  

Finalmente, y todavía dentro del tema estrictamente científico o de historia de la ciencia, FRANCISCO LAYNA preparó un breve trabajo sobre psicopatología, titulado «El crimen por imitación», con el que optó, y finalmente ganó, en 1916, una beca ofrecida por el Instituto de Medicina Legal de Madrid para asistir al Congreso para el Progreso de las Ciencias de Valladolid. En este sentido es de reseñar su breve trabajo sobre «La oftalmología en Aragón al final del siglo XIV y en el siglo XV», realizado a base de documentos inéditos, y que se publicó en la «Revista de Especialidades Médicas» de junio de 1916. 

Su jubilación profesional, hacia 1955, no impidió a LAYNA seguir dedicándose con gran interés a los temas de historia de Guadalajara, en los que continuó trabajando prácticamente hasta su muerte, ocurrida el 8 de mayo de 1971. 

Acabarnos con una sucinta relación de la bibliografía de LAYNA SERRANO en la parcela médica que de él hemos estudiado: 

‑     Un caso notable de calculosis nasal, en «Gaceta Médica del Sur», 1915. 

‑     El crimen por imitación, en «Revista de Especialidades Médicas», mayo 1916. 

‑     La Oftalmología en Aragón al final del siglo XIV y en el siglo XV en «Revista de   Especialidades Médicas», junio 1916. 

‑    Ensayos sobre Oto‑ Rino‑ Laringología, Madrid, 1921. Incluye esta publicación los siguientes trabajos: Dos casos notables de absceso bisaculado del septum nasal; Un caso sin transcendencia, pero muy curioso, de lóbulo superior, amigda­lismo aberrante; Aportaciones para el estudio clínico de los tumores benignos de faringe; La osiculectomía y, las otitis medias supuradas crónicas; El método electrofánico y la sordera; Cuerpos extraños intranasales. 

‑     La aspiración de las aletas nasales: Causas y tratamientos, comunicación presentada al I Congreso Hispano‑Americano de Oto‑Rino‑Laringología (Zaragoza, abril de 1925). 

‑     La resección submucosa de los cornetes, comunicación presentada al I Congreso Hispano­Americano de Oto‑Rino‑Laringología (Zaragoza, abril de 1925). 

Tratamiento de elección en los vaciamientos mastoideos, comunicación presentada al I Congreso Hispano‑Amerícano de Oto‑Rino‑Laringología (Zaragoza, abril de 1925). 

Historia clínica de un quiste paradentario, comunicación presentada al I Congreso Hispano­Americano de Oto‑Rino‑Laringología (Zaragoza, abril de 1925). 

La Reflexoterapia endonasal (Deducciones de la experiencia). Indicaciones, técnica, casuistica, Editorial Rafael Caro Raggio. Madrid, s.a. (1929). Con 10 figuras. 

NOTAS 

(1) En este sentido, ver HERRERA CASADO, A.: Los cronistas provinciales de Guadalajara (1885‑1971), en «Wad‑al­Hayara», 14 (1987): pp. 347‑354; MARTINEZ‑GORDO, J. A.: Sigüenza ante el Dr. Layna Serrano; VARIOS AUTORES:: Francisco Layna Serrano: Noticias y, opiniones sobre su vida y obra, Madrid, 1940.
(2) Sobre la historia de la Otorrinolaringología en España, ver H ERRERA CASADO, A.: Nacimiento), desarrollo de la Otorrinolaringología en España (1875‑1936), Tesis doctoral leída en el Departamento de Historia de la Ciencia de la Universidad de Madrid, 17‑VI‑1987, y actualmente en proceso de edición.