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El Venerable Martín de Andrés Pérez, Gloria de Castilmimbre

 

El próximo domingo, día 31, celebrará la localidad de Castilmimbre un acto solemne de exaltación y homenaje a la memoria de uno de sus hijos más preclaros: el Venerable Siervo de Dios Padre Martín de Andrés Pérez, que militó en la orden religiosa de los Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos, hoy más conocidos como la Orden de San Camilo de Lelis, que fué su fundador.

Consistirá el acto en la ceremonia religiosa concelebrada entre el Excmo. Sr. Obispo de la Diócesis, don Jesús Pla, el Provincial de los Camilos, y otros ministros de la Religión. Además habrá un acto musical y finalmente, una conferencia sobre la vida y la obra de este Venerable, a cargo de un prestigioso historiador.

Repasaremos hoy, por darla a conocer a la mayor cantidad posible de nuestros lectores, la figura de este religioso alcarreño que desarrolló su vida a lo largo del siglo XVIII. Nació, como hemos dicho, en Castilmimbre, en 1698, concretamente el 4 de febrero. El actual párroco de la localidad, don Benigno Alguacil, ha encontrado la partida de bautismo de este personaje, así como la relación de sus familiares, en actas de fallecimiento, hasta nuestro siglo.

Existe un raro opúsculo, escrito por Francisco González Laguna, y traducido al italiano por Francisco Rodríguez, impreso en Roma en 1777, titulado Breve Ragguaglio in forma de lettera della vita del servo di Dio Padre Martino d’Andres Perez, del que consiguió ver y leer un ejemplar el padre Minguella, autor de la «Historia de la diócesis de Sigüenza y sus Obispos», en el que con todo lujo de detalles se expone la biografía de este ilustre alcarreño.

En ella nos encontramos una serie de datos, que resumiremos al objeto de presentar con brevedad su quehacer vital, al tiempo que sirva para dar una visión panorámica de su personalidad. Fué Martín de Andrés un hombre dedicado desde pequeño al bien, a la caridad, encontrando pronto su vocación de servicio al prójimo en el seno de una orden religiosa. Cuando tenía 20 años, y con ocasión de haber aparecido por el pueblo un religioso de San Camilo, en Martín se despertaron irreprimibles los deseos de entrar en la orden, y se fue de novicio al Colegio Seminario que existía en Alcalá de Henares, donde hizo sus estudios de Gramática, Filosofía y Teología.

Pronto llegó a ser Maestro en Alcalá, pasando tras un viaje a Roma al Colegio de la Orden en Madrid, y desde allí fué destinado por sus superiores a fundar la Orden en el Perú. Concretamente en Lima, a donde se trasladó a mitad del siglo XVIII, fundando un hospital para acogimiento de enfermos, y al mismo tiempo dando cobijo en el edificio a una Cátedra de Moral dependiente de la Universidad limeña. El Virrey peruano, Conde de Superunda, designó al alcarreño para regir dicha Cátedra, dado el prestigio que sus conocimientos pronto alcanzaron, y de ese modo nuestro personaje entró a formar parte de las memorias del Claustro de la Universidad de Lima durante 25 años continuados.

Ya muy mayor, tuvo un año final lleno de sufrimientos, según cuenta su biógrafo, pues lo pasó en una continua batalla de escrúpulos de conciencia. Finalmente murió, en su hospital de Lima, el 15 de agosto de 1770, siendo allí enterrado. A su muerte, la multitud limeña se precipitó en busca de trozos del hábito, de pelos, etc., para guardar como reliquias, tratando de besar el lecho donde falleció, etc. El entierro hubieron de hacerlo poco menos que en secreto, para evitar la afluencia de muchedumbres enfervorizadas. Así y todo, no se pudo evitar que la sábana en la que descansó el cadáver fuera distribuida, en pequeños fragmentos, entre miles de fieles del padre Martín de Andrés. Son detalles que recuerdan el final de otra biografía de un alcarreño en Lima, concretamente la del padre Urraca, de quien parecen calcadas las últimas páginas de la referencia de este camilo pleno de virtudes.

En cualquier caso, es esta relación breve y medida, la obligada referencia a una figura, cual la del religioso padre Martín de Andrés Pérez, que puso su entusiasmo y su sacrificio en hacer aún más hispana la América sureña, en la que ya por tantas otras razones la huella de Guadalajara había quedado firmemente impresa. En este día que anunciamos, en el que el pueblo de Castilmimbre tributará un encendido homenaje de recuerdo a su hijo preclaro, se pondrá una vez más en evidencia la cantidad y calidad de voluntades que, al son de la religión, de la milicia o de la simple aventura, se concitaron entre los alcarreños de siglos pasados en orden a la forja de una sociedad nueva como fué la hispana en América. Es esta, pues, otra figura que añadir a esa galería que poco a poco va nutriéndose de «alcarreños en América».

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