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julio, 1988:

El retablo parroquial de Peñalver

 

Si será Alcarria honda y olorosa Peñalver, que de allí surgieron hasta no hace todavía mucho tiempo los meleros que recorrían el país entero, y aún otros lugares del mundo llevando en sus tinajillas de madera el producto sabroso y dulce de esta región de Castilla. La miel de Peñalver es, pues, conocida en todas partes y apreciada justamente. Tanto, que en el segundo y por ahora último viaje de Camilo José Cela a la Alcarria, allí pone sus reales para divagar literariamente sobre la miel, como si a capital de un reino hubiera arribado.

Lo que ya no es conocido tan en detalle son sus monumentos e historia, de los que aún quedan retazos dolientes o altivas manifestaciones. Del castillo de Peñalver, que estuvo situado en lo alto del roquedal que domina al pueblo por el oeste, solo permanecen en pie algunos muros, entre los que se ha hecho moder­namente el cementerio. En las antiguas salas de esta fortaleza se entrevistaron Sancho IV de Castilla y Jaime II de Aragón en cierta ocasión que concertaron treguas entre sus dos reinos.  Dentro de su término, junto a la carretera que conduce a los Lagos de Castilla, aún perduran las ruinas severas, cargadas de historia y nombres importantes, del convento franciscano de la Salceda, primer reducto de la observancia franciscana en Casti­lla.

Pero no es de esto de lo que en esta ocasión quiero hacer mención, ni siquiera del colosal edificio de su parroquia dedica­da a Santa Eulalia, que posee una bella portada plateresca digna del mejor aprecio. Es del retablo que en su interior atesora, barnizando con su oscura madera la pared última de la capilla mayor.

Es este retablo parroquial de Peñalver uno de los más anti­guos e importantes que se conservan en toda la provincia de Guadalajara. Su estado actual, progresivamente deteriorado a lo largo de los últimos años, es verdaderamente lastimoso, pues en la pasada Guerra Civil fue desmontado y trasladado para su custo­dia a Madrid, de donde se trajo posteriormente, aunque ya muy mermado en sus exuberancias ornamentales, siendo colocadas sus tablas en orden diferente al primitivo, y viéndose privado de dos de sus paneles centrales, en los que con toda seguridad irían tallas de la misma época del retablo, Aunque hoy están cubiertas de polvo sus pinturas, y algo desbaratados sus adornos, es toda­vía este retablo merecedor de una restauración atenta y fidedig­na, no sólo por el interés local o provincial que, en orden al turismo de la zona pueda significar, sino también en lo que respecta a una más cabal comprensión y apreciación del arte pictórico renacentista en Castilla. En este sentido de procurar su «puesta al día» y conveniente resurrección, trabajaremos cuan­to nos sea posible.

A grandes rasgos, y con la única pretensión de dar a cono­cer, a todos los alcarreños y buenos catadores de nuestra arte provincial, este escondido retazo de la pintura del siglo XVI, paso a describirlo. Porque de comienzos de ese siglo es, sin duda alguna, esta obra. En ella chocan dos conceptos del arte típicos del reinado de los Reyes Católicos: mientras en ciertos detalles campea el gótico, flamígero y ya decadente, en otros se alza el plateresco, a tientas y con balbuceos aún. Teniendo en cuenta, además, el consabido retraso con que las modas artísticas van llegando a los pueblos, se puede fechar este retablo de Peñalver en época que oscila entre 1500 y 1520. Mas no se puede afinar, pues la total desaparición del archivo parroquial borró para siempre no sólo ese detalle, sino el que hubiera sido todavía más importante: el del nombre del autor o autores.

La estructura de este retablo es todavía gótica. Tres cuer­pos horizontales y una predela inferior, se parten por igual en cinco calles, la central a base de trabajo escultórico, y las cuatro laterales, simétricas, con pinturas sobre tabla. Cubre todo el conjunto un guardapolvos que arranca desde el primer cuerpo y modela el Calvario cimero: es un guardapolvo éste que se decora con motivos claramente renacentistas, y que alberga a trechos escudos con los emblemas de la Pasión de Cristo. Rematan­do cada pintura, doseletes góticos finamente tallados, de los que sólo quedan media docena, y no en muy buen estado. La separación de las calles se hace a base de finas columnillas góticas, rema­tadas en pináculos sencillos, y albergando a trechos algunas pequeñas estatuillas de las que ya sólo permanecen cinco o seis.

Las cuatro pinturas de la predela representan sendas parejas de apóstoles, entre los que destaca la figura de San Bartolomé por su vigorosa fuerza descriptiva. Despareció la talla de su calle central (hoy ocupada por un vulgar lienzo de la Purísima). De izquierda a derecha del espectador, las tablas del primer cuerpo inferior representan las siguientes escenas: la Resurrec­ción de Cristo; la Asunción de María a los Cielos, llevada de los ángeles; la Adoración de los Reyes Magos y la Pentecostés, siendo las cuatro de tan subido mérito y extraordinaria ejecución que se hace difícil alabarlas una por una: esas cuatro tablas tan sólo, merecerían ya la entrega ilusionada hacia su total recuperación. En su calle central, una moderna talla de Santa Eulalia sustituye al ignorado relieve que ocuparía ese puesto.

En el segundo cuerpo de pinturas, también de izquierda a derecha del espectador, aparece una dudosa escena en la que se representan varios apóstoles reunidos; la Anunciación de María; la Ultima Cena y dos parejas de santos y santas que mientras no se limpie adecuadamente no se podrán identificar. En su calle central, una extraordinaria talla en alabastro sin policromar de la Virgen del Rosario, en el mejor estilo del primer Renacimien­to. Es lástima que aparezca tan alta y distante, porque creo se trata de una obra escultórica de primera magnitud. Los paneles que recubren interiormente estas dos hornacinas centrales, van revestidas de prolija ornamentación gótica, tallada en bajorre­lieve sobre madera. Finalmente, en el tercer cuerpo horizontal, aparecen otras cuatro tablas tan cubiertas de polvo que es prác­ticamente imposible su identificación. La segunda empezando por la izquierda parece ser el Nacimiento de Jesús. Y la tercera es, sin duda alguna, el episodio de la Circuncisión. La última de ellas es muy probable se trate de la Flagelación de Cristo. Separándolas en su centro, un sencillo Calvario del estilo, que remata todo el conjunto.

El hecho del indudable y progresivo deterioro de esta pieza de arte antiguo, por la que nadie todavía ha movido un dedo, es algo que debería avergonzarnos a todos. Los vecinos de Peñalver, preocupados más que nadie por el problema, han realiza­do a lo largo de los últimos años múltiples gestiones ante las instancias administrativas que podrían aportar una solución a este lamentable estado de cosas. Solo buenas palabras se han recibido. Últimamente, se ha iniciado una colecta entre todos los vecinos e hijos de Peñalver con objeto de recaudar fondos y ser ellos mismos quienes pongan en marcha el proceso indispensable de la restauración de su retablo. Cualquier ayuda que en esta empre­sa reciban será capital en orden a conseguir algo que no es sólo para ellos, sino para todos los hombres y mujeres que en Guadala­jara y España amamos el arte pretérito: contemplar en su pureza de color y forma esta pieza extraordinaria de nuestro patrimonio artístico.

El Venerable Martín de Andrés Pérez, Gloria de Castilmimbre

 

El próximo domingo, día 31, celebrará la localidad de Castilmimbre un acto solemne de exaltación y homenaje a la memoria de uno de sus hijos más preclaros: el Venerable Siervo de Dios Padre Martín de Andrés Pérez, que militó en la orden religiosa de los Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos, hoy más conocidos como la Orden de San Camilo de Lelis, que fué su fundador.

Consistirá el acto en la ceremonia religiosa concelebrada entre el Excmo. Sr. Obispo de la Diócesis, don Jesús Pla, el Provincial de los Camilos, y otros ministros de la Religión. Además habrá un acto musical y finalmente, una conferencia sobre la vida y la obra de este Venerable, a cargo de un prestigioso historiador.

Repasaremos hoy, por darla a conocer a la mayor cantidad posible de nuestros lectores, la figura de este religioso alcarreño que desarrolló su vida a lo largo del siglo XVIII. Nació, como hemos dicho, en Castilmimbre, en 1698, concretamente el 4 de febrero. El actual párroco de la localidad, don Benigno Alguacil, ha encontrado la partida de bautismo de este personaje, así como la relación de sus familiares, en actas de fallecimiento, hasta nuestro siglo.

Existe un raro opúsculo, escrito por Francisco González Laguna, y traducido al italiano por Francisco Rodríguez, impreso en Roma en 1777, titulado Breve Ragguaglio in forma de lettera della vita del servo di Dio Padre Martino d’Andres Perez, del que consiguió ver y leer un ejemplar el padre Minguella, autor de la «Historia de la diócesis de Sigüenza y sus Obispos», en el que con todo lujo de detalles se expone la biografía de este ilustre alcarreño.

En ella nos encontramos una serie de datos, que resumiremos al objeto de presentar con brevedad su quehacer vital, al tiempo que sirva para dar una visión panorámica de su personalidad. Fué Martín de Andrés un hombre dedicado desde pequeño al bien, a la caridad, encontrando pronto su vocación de servicio al prójimo en el seno de una orden religiosa. Cuando tenía 20 años, y con ocasión de haber aparecido por el pueblo un religioso de San Camilo, en Martín se despertaron irreprimibles los deseos de entrar en la orden, y se fue de novicio al Colegio Seminario que existía en Alcalá de Henares, donde hizo sus estudios de Gramática, Filosofía y Teología.

Pronto llegó a ser Maestro en Alcalá, pasando tras un viaje a Roma al Colegio de la Orden en Madrid, y desde allí fué destinado por sus superiores a fundar la Orden en el Perú. Concretamente en Lima, a donde se trasladó a mitad del siglo XVIII, fundando un hospital para acogimiento de enfermos, y al mismo tiempo dando cobijo en el edificio a una Cátedra de Moral dependiente de la Universidad limeña. El Virrey peruano, Conde de Superunda, designó al alcarreño para regir dicha Cátedra, dado el prestigio que sus conocimientos pronto alcanzaron, y de ese modo nuestro personaje entró a formar parte de las memorias del Claustro de la Universidad de Lima durante 25 años continuados.

Ya muy mayor, tuvo un año final lleno de sufrimientos, según cuenta su biógrafo, pues lo pasó en una continua batalla de escrúpulos de conciencia. Finalmente murió, en su hospital de Lima, el 15 de agosto de 1770, siendo allí enterrado. A su muerte, la multitud limeña se precipitó en busca de trozos del hábito, de pelos, etc., para guardar como reliquias, tratando de besar el lecho donde falleció, etc. El entierro hubieron de hacerlo poco menos que en secreto, para evitar la afluencia de muchedumbres enfervorizadas. Así y todo, no se pudo evitar que la sábana en la que descansó el cadáver fuera distribuida, en pequeños fragmentos, entre miles de fieles del padre Martín de Andrés. Son detalles que recuerdan el final de otra biografía de un alcarreño en Lima, concretamente la del padre Urraca, de quien parecen calcadas las últimas páginas de la referencia de este camilo pleno de virtudes.

En cualquier caso, es esta relación breve y medida, la obligada referencia a una figura, cual la del religioso padre Martín de Andrés Pérez, que puso su entusiasmo y su sacrificio en hacer aún más hispana la América sureña, en la que ya por tantas otras razones la huella de Guadalajara había quedado firmemente impresa. En este día que anunciamos, en el que el pueblo de Castilmimbre tributará un encendido homenaje de recuerdo a su hijo preclaro, se pondrá una vez más en evidencia la cantidad y calidad de voluntades que, al son de la religión, de la milicia o de la simple aventura, se concitaron entre los alcarreños de siglos pasados en orden a la forja de una sociedad nueva como fué la hispana en América. Es esta, pues, otra figura que añadir a esa galería que poco a poco va nutriéndose de «alcarreños en América».

Una visita a Salmerón

Desde las altas mesetas que por el norte cierran el amplio valle del río Guadiela, en plena Alcarria baja, van descendiendo arroyos entre los que destaca el que llaman de Valmedina, en cuya orilla derecha, y sobre un otero, asienta el pueblo de Salmerón. Las mesetas son el último reducto de gran planicie elevada que muestra la comarca de la Alcarria de Guadalajara. Su caída hacia el Guadiela se hace a través manchas densas de sabinares y carrascales, con algunos olivos y viñedos en las partes bajas. Salmerón es pueblo grande, de aspecto pulcro, muy bien cuidado y urbanizado, con vida activa y animada. La tarde de primavera, que está ventosa y luminosa, pone en los ojos de Águeda, que ven por vez primera estos horizontes, un punto de alegría aún más alta de que la que por hábito trae.

La historia de Salmerón es común a la de los otros pueblos y lugares que conforman la «Hoya del Infantado», de los que sobresalen Alcocer, Valdeolivas y el propio Salmerón. Fueron señores de estas tierras la que había sido amante de Alfonso X, doña Mayor Guillén de Guzmán, y de ella pasó, a través de diversas herencias, al infante don Juan Manuel, quien por aquí puso, como en todas sus posesiones, un fuerte castillo, del que ningún resto ha llegado hasta nuestros días. En 1471, el rey Enrique IV de Castilla se lo entregó en donación a don Diego Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Santillana, a quien en 1475 hicieron los Reyes Católicos primer duque del Infantado. En poder de esta familia prosiguió durante las siguientes centurias.

Para quien como nosotros llega, en la tarde del domingo, hasta la villa de Salmerón, hay que destacar los elementos de tipo patrimonial y monumental que el pueblo atesora. Por una parte encontramos, nada más aterrizar en el centro de la localidad, el noble ámbito de su plaza mayor, en una de cuyas vertientes se alza el ábside de la iglesia; en otro costado está el Ayuntamiento, edificio del siglo XVIII con soportales, que muestran en su fachada grabadas curiosas frases o arengas moralizantes, además de un par de escudos con leones rampantes. Actualmente está recibiendo este edificio una cuidada restauración que se seguro muy pronto le dejará con su antigua prestancia recuperada.

El resto de la plaza se completa con casas típicas alcarreñas, de las que abundan por el resto del pueblo, con soportales y limpios enfoscados. Varias casonas nobiliarias se reparten por el caserío, algunas con escudos tallados; otras con fachada de sillería y portones adovelados, todas interesantes muestras de construcción civil de los siglos XVI al XVIII.

La iglesia parroquial, que es un enorme edificio de sillería que muestra al exterior nada menos que tres portadas, a cual más interesante, es un verdadero monumento renacentista orgullo de la Alcarria toda. También en el momento actual está recibiendo la restauración que merece, aunque al parecer no va todo lo rápida que debiera. Apuntalamientos, parches y otras muestras del proceso restaurador, deslucían la ocasión de nuestra visita. De todos modos, algo sacamos en claro. Esto. La portada meridional es severamente clasicista, mientras que la del muro occidental presenta un estilo plateresco popular con múltiple arcada semicircular, en algunos de cuyos arcos se inscriben rosetas, y bustos de apóstoles, con cruz de Calatrava en la clave. La portada del norte, que todavía se encuentra, como desde hace muchos años, totalmente tapiada y vedada a la contemplación de los aficionados, presenta una línea renacentista más purista, adornando sus enjutas con un par de escudos. El interior es de aspecto noble y limpia arquitectura renacentista, aunque en el momento de este viaje estaba cerrada y no fue posible dar con quien tenía la llave que nos hubiera permitido verla y admirarla en sus obras de arte y sus retablos.

convento de agustinos de salieron

Para quien se quiera llevar el recuerdo completo del patrimonio histórico‑artístico de Salmerón, recomiendo que bien a la ida, o a la vuelta, se detenga un momento en ese lugar, también enclavado en el mismo arroyo de Valmedina, y al pie de alta sierra que se ondula en la caída de la meseta hacia el Guadiela, donde se ven las ruinas de lo que fue convento de frailes agustinos de Nuestra Señora del Puerto. Solo quedan los muros de su iglesia, en los que se adivina su presbiterio de planta poligonal con fuertes muros de sillería y bóvedas de nervatura, así como algunos nichos o enterramientos de corte gótico. También queda parte del refectorio y varias dependencias ya muy arruinadas. Se fundó este cenobio en la primera mitad del siglo XIV, por Alfonso XI, y luego los sucesivos monarcas castellanos le fueron dando privilegios y riquezas, pues la tradición aseguraba que en este lugar se conservaba el cuerpo incorrupto de Santa Isabel de Hungría. En este monasterio se impartieron enseñanzas de artes y gramática, y acabó su vida con la Desamortización. La leyenda dice que fue fundado por alto dignatario de la corte de Alfonso XI, don Gil Martínez, a quien le salió en este paraje, estrecho «puerto» para la imaginación popular, una gran sierpe a la que venció invocando a la Virgen María y prometiendo erigir en aquel lugar un monasterio.  Hoy queda viva la devoción a esta Virgen del Puerto en una pequeña ermita ante la cual hay una fuente de abundosas aguas.

La silueta de Salmerón, en su altozano majestuosa y sencilla a un tiempo, se nos pierde cuando el regreso. Queda el gusto de haber saboreado un pueblo más de la Alcarria, un rincón de esos en los que arte y amabilidad se dan la mano. Un lugar a donde merece la pena ir, y estarse un rato.

Aunque pudiera parecer que la villa de Azuqueca de Henares, sumida en la prisa diaria de su actividad industrial, no tuviera historia o no fuera ésta interesante, lo cierto es que sí la tiene, y por estar en una zona de larga y antiquísima trayectoria histórica, cual es el valle del río Henares, por las orillas de esa corriente, y por lo tanto por Azuqueca han pasado todas las civilizaciones que han dejado una huella más o menos marcada en la historia de España. Celtíberos, romanos, visigodos, árabes y cristianos, dejaron a lo largo de múltiples centurias su huella y su recuerdo.

En el «camino de la Barca» que desde Azuqueca baja al río Henares y cruza la carretera general entre los kilómetros 43 y 44, se han descubierto cimientos de construcciones de época romana, a los que añaden anejas una gran cantidad de tumbas de época visigoda, cuyos materiales y ajuares se encuentran por el momento en el Museo Arqueológico Nacional. Es ello un claro indi­cio de haber existido un importante núcleo de población a lo largo de varios siglos en la orilla derecha del río Henares en este término de Azuqueca, en conexión con los restos que en ese mismo entorno, y ya en términos de Alovera, también se han encon­trado. Al parecer hubo algunas «villas» romanas en toda la zona de la planicie del Henares, y, por supuesto, la Vía Augusta atravesaba el término, desde Complutum (Alcalá de Henares) hasta Arriaca (Guadalajara).

En la finca de «la Acequilla» se han hallado restos de población romana, y lápidas funerarias de los primeros siglos de nuestra Era, señalando que por allí pasaba, junto al río, la referida Vía Augusta, que llevaba a los viajeros que desde Mérida se traslada­ban a Zaragoza. Fué este territorio, por tanto, un lugar muy poblado en la época romana.

Procede la palabra Azuqueca del árabe «açouque», que significa mercado, o feria. Lugar de encuentros de la población árabe hispana, fué por tanto un lugar de encuentros de la población árabe hispana, y un punto de residencia de los andalusíes, quienes probablemente no pusieron en ella sino una pequeña aldea de objetivos agrícolas y comerciales. Desde  el punto de vista estrictamente histórico y documental, se conoce su existencia desde la Edad Media, en que aparece como aldea del Común o Alfoz de Guadalajara, en cuya calidad permaneció hasta comienzos del siglo XVII, fecha en la que fué declarada villa por sí, siendo vendida por el rey Felipe IV, en 1628, a doña María de Ibarra y Velasco, marquesa de Salinas, en cuya descendencia prosiguió hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX. En 1752 era señor de Azuqueca don Juan Javier Joaquín de Velasco Albornoz, Sosa, etc., marqués de Salinas del Río Pisuerga. El título prosiguió, siendo marquesa del mismo, en 1870, doña Rosa de Bustos y Riquelme, pasando luego, junto con gran cantidad de tierras del término, a los duques de Pastrana, y, más tarde, al conde de Romanones.

En Azuqueca han quedado, en el aspecto monumental, muy leves, las huellas de ese pasado denso y multisecular. La villa es hoy un conjunto moderno y de bien ordenado urbanismo. Destaca en ese conjunto la iglesia parro­quial, dedicada a San Miguel. Es obra del siglo XVI, mos­trando una fábrica de ladrillo y sillarejo con sillares esquine­ros de agradable aspecto y típica combinación en esta comarca de la baja Campiña del Henares. Una torre airosa y un atrio portica­do orientado y abierto al sur con cinco arcos, de buen arte renacentista, y capiteles jónicos en el remate de sus columnas, es todo lo que puede desta­carse en este edificio, sin olvidar el artesonado de su atrio, de buen arte plateresco.

A la salida del pueblo en dirección a Alovera se en­cuentra la ermita de la Soledad, un edificio muy típico del siglo XVII, con amplio pórtico, nave única, ancho crucero y cúpula con linterna, restaurada con acierto. En su interior se conserva la imagen de la Virgen de la Soledad, tallada en 1769 por el escul­tor Juan Pascual Medina.

En su término, y a la orilla derecha de la carretera general en dirección a Madrid, se encuentra el interesante edifi­cio del parador de Cortina. En este lugar, cruce de caminose importante estación de postas y viajes en lo antiguo, existió un breve poblado con la ermita de San Juan, de la que nada queda, y una enorme fuente de piedra tallada con gran pilón, que aún puede admirarse frente a la venta. Este enclave fué posesión de las monjas de San Bernardo de Guadalajara, y luego por los señores de Azuqueca, que 

largamente se lo disputaron a los de Alovera. El edificio actual es un gran caserón del siglo XVIII, de recia arquitectura con abundancia de vanos, enorme portalón para ca­rros, y amplio patio porticado, con distribución típica de una venta o mesón de camino real.

Estas breves líneas vienen a demostrar que Azuqueca, a pesar de su desarrollo industrial y social, también tiene su referencia histórica y su patrimonio histórico‑artístico que conviene conocer y apreciar.

Por la ruta colombina del Descubrimiento: La Gomera, isla colombina

 

En esta época, ‑con el verano recién puesto de blanco y estreno‑, en que todos andan afanados buscando un lugar donde viajar, donde ver cosas, caras y casos nuevos, se me ocurre hacer la sugerencia de un viaje, que aunque traspase en esta ocasión los límites de nuestra provincia de Guadalajara, siempre tiene el acicate de hacerlo a un lugar que tiene el remoto parentesco de haber estado, por la historia o las casualidades, ligado a ella. Se trata de una de las islas Canarias, concretamente de La Gomera.

Fue de allí, y no de Palos de la Frontera, de donde salió realmente Cristóbal Colón al descubrimiento de las Indias Occidentales. Porque si del puerto andaluz, y con la ayuda consabida de los Medinaceli y los Mendoza, partió en agosto de 1492 con su flotilla de tres naves y gentes de todo tipo (había algún que otro alcarreño en el grupo), hubo de recalar en las Canarias, no sólo como punto de descanso en tierra, sino para arreglar la carabela «Pinta» que comandaba Martín Pinzón y que había sufrido averías en el primer tramo de la travesía, cambiando ya de paso el velamen y el timón de la «Niña», y por supuesto para hacer el último acopio de víveres y de agua.

Por aquella época, finales del siglo XV, el mayor puerto de las Islas Canarias era San Sebastián de la Gomera. Tenía allí su refugio, mitad de piratas, mitad de señorío feudal, don Hernán Peraza, a quien por su crueldad manifiesta terminaron por asesinar los indígenas. Su viuda, doña Beatriz de Bobadilla, de quien se cuentan maravillas, suma en su haber la posibilidad, entre legendaria y real, de haber sido el gran amor imposible de Cristóbal Colón. De allí, tras cargar sus alimentos, sus matalotajes y sus aguas, el 6 de septiembre de 1492 partieron (lo hacían desde tierra española, desde una isla plenamente explorada y conocida) hacia la gran aventura que culminaría 36 días después dando vista a la tierra de Guaraní.

La Gomera, en la provincia de Tenerife, es un lugar impresionante que deberían conocer todos cuantos quieren ver algo diferente a lo demás. En medio del océano surge como un peñón gris de lava. Se trata, como las otras siete islas Canarias, del resto de un antiguo volcán que emergió del mar, hace millones de años, en impresionante vómito de fuego. La tierra, entre gris y negra, suavizada hoy por los verdes toques de los bosques múltiples y los cultivos de plátano o tomate, es un continuo tobogán de cerros, de barrancos y de montañas espigadas. Resguardada en un rincón de la abrupta costa, se encuentra la capital, San Sebastián de la Gomera, a donde llega cada seis horas el «ferry» que transporta viajeros y mercancías desde el puerto de Los Cristianos, al sur de la isla de Tenerife. Ese es su único enlace con el mundo.

En la isla existen otros seis municipios, constituidos por pequeños pueblecitos que cuelgan materialmente de las empinadas vertientes: Hermigua, Agulo, Vallehermoso, Santiago, son los más destacados. En Santiago, junto a una playa gris y silenciosa, abrigado de los cerros en que crece el «cardón» ó «candelabro» (Euphorbia canariensis) con fecundidad asfixiante, se encuentra un Hotel (el Tecina) que acaba de inaugurarse y que es un espectáculo de pulcritud, de lujo y comodidad. Aparte del pequeño y anticuado Parador Nacional que se construyó hace años en San Sebastián, la del Tecina es hoy por hoy la única oferta hotelera de altura que tiene La Gomera.

Los días que pase el viajero en este peñón rocoso del Atlántico, puede dedicarlo a dos cosas fundamentales: por la isla viajar, ver los pueblos, los paisajes, y especialmente el Parque Nacional de Garajonay. Por la capital, recorrer sus calles estrechas, soleadas y cuajadas de monumentos que recuerdan el paso de Cristóbal Colón por el lugar. De Garajonay cabe decir que es uno de los cuatro Parques Nacionales que existen en las Canarias. En este caso, se trata de la conocida «laurisilva», el bosque de brezos gigantes que, salido de una película mágica, se cubre permanentemente de nieblas, de humedad, de verdor restallante, dejando atónito a quien pensaba que solo desiertos cabía encontrar en islas tan inclinadas al Trópico.

De San Sebastián de La Gomera, no puede dejar de verse el llamado «pozo de la aguada», donde Colón se abasteció de agua para sus naves y poder realizar la travesía hasta América: gracias a ese pozo, muy posiblemente, pudo tener lugar tan alta aventura. También se visita, a lo largo de la calle mayor, la iglesia parroquial, construida en estilo «gótico atlántico», la ermita de las Nieves, la Casa del Conde, del siglo XVI y otros pequeños edificios de corte multisecular. Sin olvidar, por supuesto, la Torre del Conde o de Peraza, un típico torreón defensivo medieval puesto sobre la costa.

Cualquier momento es bueno para llegarse a La Gomera. El clima canario es permanente, y a lo largo de las cuatro estaciones europeas allí se manifiesta la primavera: la vertiente norte de la isla, permanentemente sumida en nieblas y humedad vivificante; la vertiente sur, calcinada del sol, con el arrullo constante del mar, es el lugar idóneo para olvidarse que en el Continente hace frío. Ahora que la gesta de Colón se actualiza, y que todos buscan lugares inéditos donde viajar, la oferta de La Gomera es tentadora: merece la pena aprovecharla.