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septiembre, 1987:

Orfebrería alcarreña

Detalle de la cruz parroquial de Ciruelas, en Guadalajara

 

 «Mazonería son custodias, cruzes, incensarios, calizes, lamparas, y todas peçes que se hazen para el servicio de culto divino”, definía a mediados del siglo XVI el maestro Juan de Arafe y Villafañe (1) su arte de esculpir y arquitecturar el oro y la plata. De estos hombres, que habiendo bebido la savia pura del clasicismo italiano, se lanzan a la creación de obras cuajadas de inquieta fantasía ornamental, ha surgido, firme, la denominación de todo un estilo artístico, netamente español: el plateresco. De estos vajilleros, percoceros, y mazoneros que constituyen el gremio ilustrísimo de la orfebrería se reconoce heredada, en gran parte, la mejor arquitectura española. 

Del sugerente mundo de la orfebrería traigo aquí tres importantes ejemplos hasta ahora desconocidos. Los tres se conservan en sendas iglesias de la provincia de Guadalajara, para las que fueron creadas en el siglo XVI: una región y una época que se funden en grandiosas realizaciones del arte hispano. 

Es la primera la cruz parroquial de Ciruelas, salvada de guerras y revoluciones, y sin estudiar hasta el momento. Posee una traza netamente gótica en su macolla, que consta de dos pisos de seis lados cada uno, donde se alberga el apostolado cristiano, con ornamentación de arbotantes y pináculos. El árbol o cruz propiamente dicha, de chapa de plata repujada con apliques de oro, es ya trabajado con arreglo a la ornamentación plateresca, aunque presenta todavía muchos detalles gotizantes. Cristo y la Virgen aparecen presidiendo sus dos caras. Multitud de figuras bíblicas y escenas de la Pasión, en tamaño inimaginablemente pequeño, se muestran en brazos y remates. Fechable hacia 1525, su autor fue Martín Osca, platero seguntino hasta ahora desconocido (2). Presenta su nombre en letras góticas en macolla y cruz, así como la marca de Sigüenza (un castillo y un águila) y probablemente la de Burgos (un castillo achatado con figura irreconocible). 

Le sigue en el tiempo la cruz parroquial de La Puerta, obra ya de un vigoroso estilo renacentista. Un Cristo de perfecto dibujo y gran ejecución figura en su anverso, mientras que su reverso aparece, en medallón laureado, el arcángel San Gabriel, titular de la parroquia, acuchillando al diablo. De su ejecución minuciosa y admirable da idea el detalle de que, adornando el remate de las botas del arcángel, aparecen sendas cara de guerreros, perfectamente cinceladas. En el resto de la Cruz aparecen grandes medallones con figuras de evangelistas, santos y santas, emblemas bíblicos, etc., así como grutescos y victorias por los brazos. Es obra de hacia 1540, pues en tal fecha acordó el Concejo de La Puerta encargar una cruz para su parroquia (3). El autor, es sin duda alguna, el orfebre conquense Francisco Becerril, pues su hijo Diego, clérigo, aun andaba su importe en 1577. En es asta de la cruz, sobre la chapa de plata, figuran varias marcas que identifican al autor: junto a la palabra CUEN (ca) se ven el cáliz y la estrella (símbolo de la ciudad a cuya diócesis pertenecía el pueblo), así como un escudo en el que, bajo la letra F, inicial de Francisco, aparece una rudimentaria figura de ternero o becerro, emblema de la familia Becerril. 

Es el tercer ejemplo la gran cruz procesional de Mondéjar, cumplida representación del más exquisito plateresco español. En el lugar alcarreño donde, de la mano de sus marqueses, tiene uno de sus primero asientos en España el arte del Renacimiento (4), nos sorprende esta pieza de plata sobredorada que muestra a Cristo en su frente, y una movida escena del Descendimiento en su reverso. Lucen en sus extremos, dentro de elegantes hornacinas diminutas, las figuras de santos y santas de la iglesia, algunos como San Antonio y la Magdalena, ligados al pueblo en diversas advocaciones. Lo más importantes, sin embargo, de esta cruz son las superficies de sus brazos, en las que estalla febrilmente el apasionado e inquieto mundo de los grutescos: fantásticas alimañas, cabezas de carneros y caballos, angelillos y demonios en compañía despreocupada… tratado todo con elegante y preciosista maestría. Es su autor Juan Francis, que trabajó en la región toledana a mediados del siglo XVI. Sus obras fechadas (una en Buitrago y otra en la colección Hildburg) son de 1546-47. Es muy característico de su arte la placa circular avenerada que se coloca tras sus cristos (5). 

Con esta breve visión de tres piezas de orfebrería alcarreña, ya fechadas y atribuidas, he querido dar a conocer una mínima parcela del gran tesoro artístico que aún conserva, desconocido para muchos, la provincia de Guadalajara.  

NOTAS 

  1. En su obra “Quilatador de la plata, orto y piedras”
  2. Ni siquiera Pérez Villamil, en su obra “Estudios de historia y arte: la catedral de Sigüenza”, Madrid 1898, le menciona.
  3. Aporta datos documentales F. Layna Serrano en su obra “El arte retrospectivo en la provincia de Guadalajara”, Madrid 1941, pp. 85-90
  4. Ver mi estudio sobre el arte en Mondéjar, en “Glosario Alcarreño”, tomo I, pp. 129-138
  5. Publica dos cruces de Juan Francis, Charles Oman en “The golden age of spanish silver” (Catalogue), Londres 1968, nº 61-62. y dice él, encuadrándole en el periodo plateresco, que “…was certainly one of the finest Castilian goldmiths of his day”. Ramírez de Arellano, en su “Estudio sobre la historia de la orfebrería toledana”, menciona su nombre solamente.

Guadalajara, esa costumbre

 

Tiene el oficio de escribir una doble vertiente: la íntima que sirve para plantearse el propio sujeto que tal hace las cuestiones que con mayor urgencia le apremian, y la pública, siempre con un impagable tinte didáctico, que se utiliza para contar y cantar a otros aquello en lo que previamente uno cree. Escribiremos hoy, desde ambos supuestos, y atentos a que mañana celebra Guadalajara su renovado «Día de la Provincia», algunas meditaciones en torno al tema. Primero por ejercitar el hermoso don del pensamiento, segundo por dar en voz alta las opiniones que quizás sirvan a otros, pensando en ellas, para mejorar en lo posible a los hombres, a la sociedad, al devenir del mundo. La huella de cada hormiga sirve para labrar la redondez de la Tie­rra.

Y es ello que parece indicado hablar de Guadalajara, de esta costumbre en forma de mapa, de caminos, de horizontes pardos y solemnes atardeceres, a la que hoy conocemos con el nombre de nuestra provincia. Va a ser en Hita donde tenga altar la celebra­ción de este Día. Es oportuno lugar, elevado y fresco, apretado de sugerente historia, lleno de fantasmas con bocamangas de terciopelo: que si los Mendoza, los romanos, el judío Samuel Leví contando monedas de oro, el castillo, las bodegas… tanta histo­ria tiene Hita entre los cuatro límites de su lar, que se hace imposible siquiera entrar a enumerarla. Baste decir que allá va el latido certero de esta tierra, y, aunque pueda parecer tronada exageración yo creo que con sólo mirar el paisaje en que asienta, ya uno sabe que fue castro de los celtíberos, avanzadilla de romanos, castillejo de moros, zoco de judíos, señorío de Mendo­zas, y ciudadela siempre presta a ser tenida por primera en la fila de sonadas posesiones. Lo lleva en la cara: no tiene mérito saberse la historia de este poblachón castellano, que reparte blasones por las esquinas como el que entrega propaganda de apartamentos.

Pero vamos a la meditación. Que ha de ser doble. Pues por una parte requiere la conciencia fondeo en la razón de qué es esto del «Día de la Provincia». Pero por otra va más allá, y obligadamente se devana la investigación sobre qué es o puede ser la provincia como tal. Para muy larga plática hay con tales temas. Aquí apuntaremos, como en índice de más largo libro, lo que ambas preguntas dan de sí. Y empezaremos por la segunda. Porque la razón de ser de la provincia de Guadalajara, no está todavía muy clara. Como no lo está ninguna de las otras provin­cias españolas. Si algo encierra de hermoso la geografía y la historia ibéricas, es la de su diversidad multiplicada. Los intentos de unión y de raciocinio sobre estas tierras han sido siempre sometidos a revisión y rectificación: es inestable el equilibrio sobre el que España una anda sobre el alambre de las naciones. No hay nada inmutable sobre la faz de la tierra. Y aún menos la definición de España. Su gloria está, precisamente, en su diversidad. Eso no quiere decir que propugnemos el cantonalis­mo o la independencia de sus comarcas: el vivir unas de espaldas a las otras, como algunos insensatos andan por ahí pregonando. La razón política que pide la unión firme del Estado es evidente, y ello no admite discusión. Pero el reconocimiento de la idiosin­crasia de todas y cada una de sus regiones y nacionalidades históricas está más que claro: la Constitución de 1978, que hoy nos rige, así lo vio con acierto. Lástima que entonces se fuera tan tímido, a nivel de estadistas y políticos con rango ejecuti­vo, para replantear, en serio y con rigor, la auténtica división regional de España. Un conservadurismo excesivo de los «constitu­yentes», que olía más a «vagancia» que a derechismo, dejó todo como estaba. Y se tiró por la cómoda calle de enmedio de crear «mini‑estados» reuniendo las provincias que Javier de Burgos en 1833 trazara desde su madrileño despacho centralista.

Esta divagación viene a cuento para decir que Guadalajara es, también, un invento de políticos, que está pidiendo un replanteamiento, al unísono con el resto de las provincias españolas, en cuanto a sus límites territoriales y a su contenido social. En los últimos años del franquismo se iniciaron los estudios en orden a replantear de forma más cabal y lógica la estructura provincial hispana. El estado democrático, atacado de las prisas en sus primeros años, sólo supo del pragmatismo polí­tico y sancionó algo que se cae de puro viejo. No son elucubra­ciones, no: ¿por qué no pueden estar Guadalajara, Azuqueca, Meco y Alcalá de Henares en una misma provincia? Y esto es sólo un ejemplo…

Las prisas siempre. Ahora nos llega un nuevo Día: el de la Provincia de Guadalajara. Y partiendo de las anteriores reflexiones, caemos en las de buscar razón a esto que tenemos en puerta ¿de qué se trata con celebrar esta fiesta civil que cada año añade delante un guarismo romano? Obviamente, no puede quedar tan sólo en sonar de músicas y estallar de cohetes. Tampoco en comida protocolaria, literario mantenimiento o institucional discurso. Debe suponer, para ser útil, una meditación sobre el hecho provincial, sobre lo pasado hecho y lo porvenir a hacer. Replantearse cada vez el camino por donde pasar hacia un mejor futuro.

Guadalajara tiene, como ente provincial, muy pocas alternativas que recorrer: la industrial, ya intentada en ocasiones precedentes, se ha visto que no resulta. Ha de ser por el camino de la extracción de materias primas; minerales, ganade­ras, forestales y agrícolas, por donde debe encaminar todos sus esfuerzos. Planteada una acción verdaderamente efectiva en ese sentido, alentados al máximo todos cuantos presentan fórmulas y empresas orientadas en lo que es evidentemente su potencial más firme, luego vendrá la mejora al más alto nivel de las formas de vida de sus habitantes: los caminos, los teléfonos, las luces (que hoy puede decirse que está ya hecho al completo) y las atenciones sociales, culturales y lúdicas.

Todos estos planteamientos, lógicamente, deben ser hechos por el gobierno de la provincia, la institución repre­sentativa que legalmente actúa como poder ejecutivo y con capaci­dad administrativa en el ámbito territorial. La Excma. Diputación Provincial es ese órgano de poder que decide el rumbo de las cosas en Guadalajara. Y la verdad es que hasta ahora lo ha hecho muy bien, atendiendo de múltiples maneras estas opciones actuati­vas, apoyando en la medida de sus posibilidades el desarrollo de la tierra alcarreña, serrana y molinesa en los rumbos que apunta­mos. El problema que hoy se da, es el de que la administración central y la autonómica, continúan teniendo atribuciones, y el centralismo (madrileño antes y ahora toledano) sigue siendo una rémora palpable a la hora de poner realmente en marcha a Guadala­jara. La autonomía auténtica, a nivel administrativo y decisorio del fomento de sus recursos, de la provincia, haría crecer la dinámica social de nuestro país. Eso es indudable. Pero…

Dejamos aquí nuestros sueños, pasamos a celebrar el Día de la Provincia. La Diputación de Guadalajara, con su presidente Sr. Tomey Gomes al frente, tendrá mañana en Hita su día grande, su jornada festiva, una parada en el camino para mirarse, como desde la altura de un paisaje sugerente, en su torno: lo hecho y lo por hacer. Estamos seguros que el fragor de la fiesta, del mantenimiento y el discurso, no llegarán en ningún momento a cegar, sino todo lo contrario, a iluminar los caminos. Y de ese modo, el futuro siga siendo, para la provincia de Guada­lajara, una ventana abierta a la esperanza.

Resplandeciente Guadalajara

 

Leido por «Radio Guadalajara» el domingo 12 febrero 1984

 Si en la breve superficie y el corto aliento de este «Glosario» tuviera que dejar plasmada mi impresión en torno a una tierra tan plural y hermosa como la de Guadalajara, tendría que reconocer mi incapacidad para llevar a cabo tal propósito. Pero si en aras a la brevedad he de exponer, como en brillante deste­llo de color o nostalgias, los puntos claves por donde la memoria ronda la grandeza y la inigualable belleza de esta tierra, no creo sea difícil ir dejando caer, en un paseo sucinto, ensoñado y palpitante, los perfiles y las músicas de cuanto Guadalajara puede mostrar a quien por ella viaje.

La vega del Henares, riente al sol de esta mañana veraniega, nos ofrece ya un símbolo apretado de la tierra toda: el llano campiñero, en dorado agresivo, se ve salpicado en lonta­nanza por las torres pétreas de los pueblecillos: Yunquera, Fontanar, Azuqueca, Villanueva incluso, se yerguen en puntillas sobre la suave geografía. Cerca del río, la parda tierra de la Alcarria se precipita desde el páramo, y en Guadalajara se urbana con las líneas rectas del cemento, tamizado de grutescos rena­cientes o recuerdos de poetas y caballeros; Hita, más al norte, cobijada por su cerro único, y aun Jadraque, o Sigüenza, le dan al río el toque de bravura y medievalismo que a todos sorprende. En la lontananza cristalina y azulada, las sierras dormitan su pobre pasar, su solitario quejido de pizarras y enebros, en un instante eternizado de costumbres y tradiciones seculares.

Desde la atalaya que supone Guadalajara, no solo de cara a su propia geografía provincial, sino hacia la historia toda de la patria española, se ve pasar, y se puede admirar, y aun meditar sobre ellas, la apariencia serena de la tierra caste­llana, el devenir único de sus gentes, de sus instituciones, de su impar pasado. En este cruce de caminos que es la Alcarria, que es el valle del Henares, que son las riberas de Tajo y Tajuña, crecen y maduran ideas y estilos, poetas y escultores, tradicio­nes y caracteres. Guadalajara se sabe, o debiera saberse, uno de los puntales de la España eterna, de la Castilla indestructible. Como Burgos o Toledo, como Tordesillas o Alcalá de Henares.

Aquí el viajero podrá encontrarse las huellas del roma­no en puentes o calzadas, en villas y castros desperdigados por los caminos de más tránsito en la antigüedad remota. Aquí se encontrará también, por la curva que el Tajo da en Recópolis, el foco culto y guerrero de los visigodos; o la huella sabia y tolerante del Islam en Guadalajara sobre todo. La dinámica medie­val de la repoblación cristiana y castellana ha dejado su huella hasta nuestros días: ciudades amuralladas como Sigüenza, Molina, Zorita, Brihuega y Uceda, captaron la vida de una sociedad en expansión, en júbilo de trabajo, en ilusión de creatividad: por todas partes la vista aún se recrea con templos románicos (allí Albendiego, Pinilla, Buenafuente o Sauca), iglesias góticas (Si­güenza ascética, Cogolludo bravío) y palacios renacentistas (las luces del Infantado en Guadalajara, de los Tendilla en Mondéjar y tantas otras casonas, portalones, escudos y grutescos por toda la piedra de la Alcarria).

Aquí también, en este mantel inquieto de Guadalajara, los personajes que acrisolan una cultura única y admirada por todo el orbe: el «Buen Amor» del Arcipreste de Hita, se empareja a los «Proverbios» de don Iñigo López de Mendoza; la huella creadora de Santa Teresa marcha paralela con la inquietud espiri­tual del alumbrado Ruiz de Alcaraz; y, en fin, la profunda raíz celtíbera de la danza guerrera y el mito de la botarga, siguen bailando en los ojos atónitos del espectador junto a las devocio­nes marianas de tanta peña, tanta salud y tanta zarza como en la Alcarria existe.

Si de las anteriores frases, quizás excesivamente lite­rarias, pudiera derivarse alguna conclusión práctica, yo propon­dría una sola, que al tiempo es plural y prácticamente inacaba­ble: visitar Guadalajara y sus pueblos, recorrer sus caminos y paisajes, conocer sus gentes y costumbres; es ese un ejercicio que, en el mundo actual, que intenta ser civilizado a base de extender la cultura a todos los niveles, debe ser primordial. La palabra turismo, en este sentido netamente cultural, amplio y humano, pudiera ser el broche, abierto, de estas líneas.

La ermita de la Soledad de Horche

 

Suelen ser las ermitas, aunque no los más espléndidos desde el punto de vista artístico, los monumentos más cordialmente queridos por las gentes de nuestros pueblos de la Alcarria. Porque en ellas, si no esta la galanura del estilo románico o plateresco en toda su pompa, si que se encierra la tradición de una leyenda mariana, la belleza del rostro de la Virgen, o se condensa entre sus muros el cántico y el recuerdo de los años pretéritos: la nostalgia endulza la presencia de las cosas más sencillas.

La villa de Horche esta orgullosa de su ermita de la Soledad. A la entrada del pueblo, en el camino que viene desde Guadalajara, se alza su silueta majestuosa y su campanil le entrega un tono jocoso y tierno. Allá están reunidos, al cálido solaz de la luz del mediodía, algunos viejos o las paseantas que han llegado en su locuacidad hasta el hito que pone frontera al pueblo. El tiempo parece transcurrir más lento y amable en el rellano luminoso de su atrio.

La historia de esta ermita de la Soledad de Horche es sencilla. Sabemos que fue inaugurada, con gran pompa y ritual cristiano, en el mes de julio de 1565. La construcción tuvo lugar poco antes. En un principio estuvo dedicada a la Virgen del Rosario, y es casi seguro que a instancias de algún fraile dominico se iniciaron los trámites de su erección. El caso es que desde un principio tuvo allí su asiento la Cofradía de la referida Virgen del Rosario. El acto de la inauguración fue, como he dicho, solemne y multitudinario. Nos lo refiere con minucia y detalle cariñoso el padre mercedario Juan de Talamanco en su «Historia de Horche», y resumiendo podemos decir que consistió en la presencia del obispo de Neocesárea, fray Pedro de Jaque, fraile dominico, quien dijo la Misa y pronuncio la homilía, ante la presencia de las dos cruces parroquiales, y otras cinco mas, una en cada esquina de la ermita, y otra en su centro. Dentro de cada cruz, dice el cronista que había tres velas ardiendo. A todo esto, echaba incienso con fruición el vecino de Horche Bernardino de Reyna, y se entretenía en regar con agua bendita el espacio arquitectónico Francisco de Santos. Además acompañaron los clérigos Fernán Pérez y el bachiller Calvo, junto al prioste de la Hermandad, Atanasio Pareja. A pesar de lo temprano de la hora, las ocho de la mañana (hay que tener en cuenta que era un 18 de julio), estaba todo el pueblo atento a la ceremonia.

Años después, en 1589, los del Rosario construyeron un altar propio en la iglesia parroquial, y trasladaron al templo mayor de la Villa la sede de su cofradía. Era una forma de progresar y de facilitar las cosas a los hermanos cofrades. Fue entonces cuando la ermita del camino de Guadalajara se rebautizo y tomo el nombre de Nuestra Señora de la Soledad, quedando a su cuidado la Hermandad o Cofradía de la Santa Vera Cruz. Fue entonces (va ya para los cuatro siglos) que se puso en ella, en su altar mayor, «la prodigiosa Imagen de Maria Santísima en el doloroso paso de sola, y con su Santísimo Hijo muerto en sus brazos».

La ermita es hoy un singular monumento de sencillez y buen gusto. En su aspecto actual nos aparece como obra típica de finales del siglo XVI. Tiene un atrio a mediodía, y sobre el muro mismo una espadaña con un hueco de campana. La puerta de acceso es típicamente castellana, de madera con mirilla. El interior presenta una nave única dividida en dos tramos, con adosadas pilastras de tipo toscano, y la cubierta en forma de bóveda de medio cañón con lunetos. El crucero se cubre con una cúpula de media naranja sobre pechinas, y en los brazos del mismo, y en el altar mayor, aparece cubierta similar a la nave. A los pies del templo aparece un coro alto. El edificio todo es de piedra de sillarejo. Se distribuyen por su interior los diversos pasos de Semana Santa, y presidiendo el altar mayor vemos la venerada imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que es imagen moderna, de vestir, realizada en este mismo siglo.

Merece la pena hacer constar el detalle de que, desde finales del siglo XVI, en que la edificación quedó al cuidado de la cofradía de la Vera‑Cruz, se pensó en realizar un Vía Crucis con Calvario, que finalmente quedo concluida en 1624. En las cruces, como basamentas, se pusieron las cilíndricas piedras que sobraron de cuando una ventolera tiro la picota de la Plaza Mayor. Y el Calvario se hizo frente a la ermita de la Soledad, amontonando buena cantidad de tierra, haciendo con ella un montículo, sembrándolo de olivos, y poniendo en lo alto tres cruces de piedra, con lo cual se remedaba de una forma grafica y muy poco usual el Monte Calvario de Jerusalem. Axial nos lo refiere el padre Talamanco, quien al continuar con la descripción de ermita y Calvario, se apasiona de tal modo (vivía este historiador con amor verdadero todo lo referente a su pueblo natal, como cuadra a los bien nacidos), dice que «A Maria Santísima en su Imagen de la soledad se dirigen los buenos deseos de todos mis paisanos, a ella con razón consagran sus votos, a ella recurren en todos sus peligros». De ese modo, vemos que el corazón de los horchanos ha estado, desde hace siglos, en un tradicional apego a la imagen y devoción de la Soledad. Religiosidad y tradición popular se unen en este recuerdo que hoy hemos querido tener para tan entrañable lugar de nuestra comarca alcarreña.

La romería al Santo Alto Rey

 

El próximo sábado se celebrara en nuestra provincia una de las manifestaciones folclóricas de mayor tradición y vistosidad, una de esas conjunciones de hechos y de ancestralismos, de gentes y querencias que constituyen lo que puede calificarse como un exponente claro de la religiosidad innata en el pueblo de Guadalajara. Será en esta ocasión la población serrana, las gentes de aquellas alturas de Albendiego y Aldeanueva de Atienza, de Bustares y La Nava, de Somolinos, el Ordial, incluso de los recónditos lugares de Gascueña y Prádena, quienes pondrán de manifiesto, un año más, su fe y su entusiasmo por mantener vivas las costumbres heredadas de sus ancestros.

El origen de esta celebración es muy remoto, pues ya en el siglo XVI se tenía por tradicional y antigua esta costumbre. En las Relaciones Topográficas de estos pueblos, enviadas en 1580 a Felipe II, se decía respecto a Bustares: … a media legua de dicho lugar esta en lo alto de la Sierra una casa y ermita que se nombra o llama del Señor Rey de la Majes­tad, la cual es de grandisima devocion, y a donde por esta causa acuden y vienen gentes de muchas partes.

Las romerías tradicionales de todos los pueblos de la comarca, se realizaban antiguamente en la época de primavera. Además la costumbre imponía que fuera cada pueblo por separado el que ascendiera a la ermita y festejara al Santo Rey de forma individual. De este modo, Albendiego tenia su romería al monte la víspera de la Ascensión; Somolinos lo hacia el día antes; Aldeanueva de Atienza subía por la pascua de la Ascensión, mientras que Bustares y La Nava lo hacían juntos el día 13 de junio, festividad de San Antonio; también tenían días propios para ascender al Alto Rey en romería los lugares de Prádena de Atienza y Gascueña de Bornova. Las romerías más antiguas, sin duda alguna eran las protagonizadas por los pueblos de Albendiego, Bustares y Aldeanueva de Atienza, pues la ermita se sitúa justamente en el punto en que confluyen los límites de esos tres municipios.

Tras la guerra civil española, la despoblación de la zona impuso la costumbre de ascender en romería todos los pueblos comarcanos juntos, estableciéndose la fecha del 12 de septiembre para hacerlo. Existe la tradición de que este cambio de fecha, de la primavera al final de verano, se hizo tras haber caído, en cierta ocasión, un rayo sobre la ermita en el transcurso de una romería, matando a varias personas. Parecen ser especialmente numerosas las tormentas eléctricas en ese mes de mayo en la comarca serrana, y ello también influyo en el cambio de fechas. De tal modo, hoy se celebra en septiembre, haciéndolo un sábado de los comienzos del mes, previamente establecido por los pueblos que participan.

La festividad de la Romería al Santo Alto Rey consiste en la llegada hasta la ermita, en la cúspide de la montaña, de gran numero de personas que acuden mas o menos agrupadas por pueblos. Cada pueblo trae al frente de su representación al alcalde, concejales, párroco y cruz parroquial, con los pendones y estandartes propios del municipio. La mayor parte de las gentes suben en automóviles, a través de la carretera construida por el Ejército hasta unas instalaciones militares situadas en el extremo norte de la cumbre. Otras muchas gentes suben a pie por las laderas, desde sus respectivos pueblos, e incluso algunos ascienden, por penitencia o promesa, descalzos o haciendo los últimos tramos de rodillas. Algunas mujeres arrojan piedras en las orillas de los caminos que proceden de los distintos pueblos, formando los que llaman «mojón de cantos», al tiempo que rezan un Padrenuestro o alguna otra oración.

Una vez congregados en la altura todos los romeros, que proceden de Albendiego, Aldeanueva de Atienza, Bustares, Gascueña de Bornova, La Nava, Las Navas de Jadraque, Prádena de Atienza, El Ordial, Somolinos y otros pueblos colindantes, se celebra una misa al aire libre, en el lugar conocido como «las vueltas del Santo», ante las imágenes que durante todo el ano se custodian en Albendiego y ese DIA son subidas por los romeros. Desde allí se celebra una procesión litúrgica con las autoridades de los pueblos, las cruces parroquiales, y los santos, llegando a la puerta de la ermita donde se celebra la subasta de las andas (en realidad se subastan los «bandos» o brazos de las andas) y de cuanto los romeros han ofrecido. Después de estos actos religiosos, las gentes se reúnen por grupos a comer en el monte, celebrándose en estos últimos años otras manifestaciones populares como «pregón» literario, concurso de trajes típicos serranos, concursos de jotas y rondas, etc.

En resumen, que será una buena ocasión la de este próximo sábado para acercarse hasta Bustares, y tomando la carretera que poco mas arriba se dirige hacia las instalaciones militares del Santo Alto Rey, ascender cómodamente hasta el aire limpio, nítido y refrescante de la altura, y fundirse allí en el sonido y la vibración autenticas de los pueblos serranos de nuestra provincia, en un acto en el que emana con autenticidad la esencia de nuestra tierra, la pura realidad de Guadalajara.