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Un pairón molinés en Madrid: el de Cubillejo del Sitio

 

El próximo domingo día 10, a las 11 de la mañana, y en pleno centro de Madrid, concretamente en una isleta que forma el cruce de las calles María de Molina con Serrano, un lugar por donde los alcarreños pasamos muy a menudo en nuestros viajes a la Corte, va a inaugurarse solemnemente un monumento que tratará de hermanar a dos ciudades que, si desiguales en sus fuerzas, están condenadas a entenderse y ayudarse: Madrid y Guadalajara. El monumento ha de ser una reproducción de un pairón molinés, con­cretamente el de Cubillejo del Sitio.

Al acto prometen acudir los patrocinadores de la idea, que han sido de un lado la Excma. Diputación Provincial de Guada­lajara, a través de su Presidente Tomey Gomes, y el Ayuntamiento de la villa de Madrid, con su Alcalde Juan Barranco a la cabeza, mas la Casa de Guadalajara en Madrid, quien en todo momento ha servido de motor y aliento a la empresa, y muy especialmente su presidente José Ramón Pérez Acevedo.

Allí estarán, a su inauguración, las autoridades di­chas, los maceros, la Banda de Música provincial, e incluso con toda seguridad muchos paisanos, selecto grupo de estos doscientos mil alcarreños, serranos y molineses que viven en la gran urbe, aunque su corazón quede pegado siempre a la patria chica. Esas piedras del pairón de Cubillejo conseguirán, sin duda, poner un aire de guadalajareñismo a la calle María de Molina, y un viento doblemente molinés circulará por su anchura.

Y ahora digamos dos palabras en recuerdo de estos monumentos, tan sencillos, tan escuetos, pero tan cordiales y significativos de nuestra tierra como son los pairones. En los caminos de Molina hay muchas piedras que vigi­lan, hoy como hace siglos, los pasos resonantes. Son los llamados hitos o pairones, aunque existen otras modalidades de apelación, con inflexiones de pronunciación que llegan a variar de pueblo en pueblo. Hoy los encontramos a decenas por toda la comarca de Molina. La cos­tumbre, heredada de antiguo, es mantener uno de estos monumentos en cada uno de los caminos que llegan al pueblo. Así, lo normal es que cada municipio tenga seis o siete de estos pairones. Todos tienen dedicación a un santo, advocación de la Virgen o figura cualquiera del celeste imperio.

Lo normal es que pongan, sobre la columna pétrea, y dentro de breves hornacinas que la rematan, las imágenes de alguno de los santos que mas devotamente son venerados en el pueblo. Y, en gran numero de ocasiones, esos pairones están dedicados a San Roque (que fue un santo caminero) o a las ánimas del Purgatorio, por lo que luego veremos. Cada uno, pues, tiene su apelativo, y, como digo, es raro el pueblo molinés que no tiene alrededor de la media docena de estos elementos, con lo que nos viene a salir una cifra que ronda los 500 pairones en todo el Señorío.

No es exagerada, y de ellos hay algunos ejemplares realmente hermosos. La mayoría están construidos en los siglos XVIII y XIX. Hay alguno que sobrevive desde hace varios siglos. Y otros relativamente recientes. La costumbre, en realidad, es de raíz celtíbera, como todo lo profundamente molinés, luego in­fluenciada por los romanos. Y dorada con el manto cristiano que hasta hoy sobrevive. Pero es algo tan realmente nacido de la esencia de la raza, que aunque pasen miles de años, yo diría que lo último que se perderá en Molina son sus pairones.

En cuanto a su origen primitivo, podemos remontarnos a la costumbre romana, y muy posiblemente celtíbera, de que cada caminante que pasara por un lugar de frontera o por un cruce de caminos, debía ir echando una piedra en un montón ya previamente formado. Al pasar de un dominio a otro, al dejar un territorio y entrar en otro, o simplemente al llegar a un cruce de caminos: todo lo que podía suponer una novedad, un cambio en la marcha, se recordaba echando una piedra que pasara a engrosar un montón que, poco a poco, iba creciendo. Es curioso comprobar como esta costumbre aun permanece hoy en día. Al atravesar la raya de Castilla con Aragón, entre Milmarcos y Campillo, los habitantes y caminantes suelen echar pedruscos a lo que ya casi es una montaña de piedras sueltas, tras siglos de práctica y rito. Eso viene a ser el antecedente del pairón, que fue considerado como pieza definitiva, montón de piedras reglamentado y permanente, de sepa­ración de municipios y de señalamiento de cruces de caminos.

Pero aun hay otro aspecto de interés relacionado con estos monumentos. Es evidente que muchos de ellos, podríamos decir que la mayoría, están dedicados a las animas del Purgato­rio, que se representan en populares azulejos, tallas simples, o el nombre exclusivamente. Es, en definitiva, un recuerdo a los muertos, a los hombres y mujeres del pueblo que vivieron en épocas anteriores. Los romanos enterraban sus muertos a la orilla de los caminos, a la salida de las poblaciones. Allí, unas sim­ples lapidas o estelas ponían el nombre del muerto, y tras él aparecía la frase simple Seate la tierra leve que como plegaria todos recibían.

Esos pairones molineses, a la orilla de los caminos, a la salida de las poblaciones, en que se pide un recuerdo y una oración cristiana para las ánimas del Purgatorio, son claros herederos del culto a los muertos practicado en nuestra tierra desde lejanos siglos. En definitiva, todos estos datos vienen a demostrar el antiquísimo e hispano origen de los pairones moli­neses, que tan honda raíz meten en el pretérito.

Estamos seguros que la presencia de alcarreños y moli­neses al acto de inauguración, el próximo domingo día 10, a las 11 de la mañana, del pairón de Cubillejo que ilustra estas líneas con su serena belleza campesina y barroca a un mismo tiempo, será masiva. Con ello podremos brindar, de forma real, el aplauso que ahora enviamos a cuantos han hecho posible esta realidad, senci­lla y hermosa a un tiempo, de trasplantar un trocito de nuestra tierra a esa «corte de los milagros» que es Madrid.

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