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Galaría de notables: Antonio Buero Vallejo

 

Reciente aún la concesión a Buero Vallejo de la Medalla de Oro de la ciudad de Guadalajara, y del Título honrosísimo de Hijo Predilecto de la misma, creo que nadie con más derecho que él a ocupar por unos momentos este hueco de la «Galería de Nota­bles» de la tierra alcarreña. Un paisano a quien en vida se le ha reconocido su trabajo, su inteligencia y su grandeza de espíritu (que también han demostrado, por supuesto, quienes han decidido premiar con tales títulos a quien de este modo se los ha mereci­do. Hay que ser justo. Un aplauso a todos).

Antonio Buero Vallejo conseguía a finales del pasado año el Premio Cervantes de Literatura, que aparte de estar dotado con una importante cantidad en metálico, tiene sobre sí el inmen­so prestigio de haber sido concedido hasta ahora a las máximas figuras vivas de la literatura en castellano. Este detalle puede encuadrar el inicio de la visión que sobre nuestro paisano quiero aportar en estas líneas, forzosamente breves.

Nació Antonio Buero en Guadalajara, el año 1916, y aquí creció, estudió, fué al colegio y al Instituto, y finalmente, a los 18 años, en el de 1934, se trasladó a Madrid donde inició los estudios en la Escuela de Bellas Artes, pues su vocación, ese aspirar a la vida, entre ingenuo y temeroso que tienen los jó­venes cuando les apunta el bigote, le pedía dedicarse al dibujo, al arte de las formas. Vino la guerra y Buero, en plena juventud, se vio envuelto en su vorágine. Aparte de diversos hechos peno­sos, para él y su familia, que le sucedieron con motivo de la contienda bélica (todos los españoles que la vivieron quedaron, como él, marcados de un modo u otro), en los años cuarenta se dedicó a escribir y preparar obras de teatro, que desde un prin­cipio nacieron con una clara voluntad de denuncia social, camino por el que ya discurrió claramente su posterior actividad.    

Aunque Buero ha escrito poesía, y ha participado en el periodismo creativo con estimables ideas, su fama internacional ha quedado afirmada por sus escritos dramáticos, por sus cons­trucciones escénicas, pues escribe siempre sobre un escenario, viendo discurrir la trama sobre las tablas, con la idea de la representación en una embocadura. Es, por lo tanto, un creador muy especial, un hombre para quien el mensaje literario se con­creta sobre el espacio tasado, pero lleno de posibilidades, de un escenario teatral.

Se inició Buero con una obra que ya figura en todas las antologías del teatro español: la Historia de una escalera, estrenada en Madrid en 1949, le dio a conocer como un dramaturgo de excepción. Siguieron muchas otras, todas de vocación dramática y con un mensaje social muy marcado: En la ardiente oscuridad, de 1950; Irene o el Tesoro que fue estrenada en 1954; Un soñador para un pueblo, puesta en escena en 1958, y Las Meninas, apareci­da en 1960, marcan la esencia de sus inicios, las obras que en poco más de una década, la de los años cincuenta, puso a Antonio Buero, junto con Alfonso Paso y pocos más, en las carteleras más populares del país.

Siguieron después sus obras de más profundo mensaje, de más difícil lectura, pero también con connotaciones sociales y preocupaciones relativas a la forma de convivir los españoles en su más reciente peripecia histórica: El Concierto de San Ovidio, estrenada en 1963; El Tragaluz, de 1967; La doble historia del Valmy, puesta en escena por primera vez en 1967, y El sueño de la razón, aquella obra relativa a Goya que se estrenó en 1974. Sigue una serie de obras, que según la crítica han ido bajando en intensidad dramática, y que concretamente la de Diálogo secreto no tuvo ni mucho menos el éxito de público que todas las ante­riores.

La serie ininterrumpida de premios que Antonio Buero Vallejo ha ido cosechando a lo largo de su actividad literaria es muy amplia: destacar al menos los Premios Nacionales de Teatro, que le fueron concedidos en los años 1957, 1958, 1959 y 1980. El Premio de la Crítica de Barcelona lo consiguió en 1960 y el Premio Larra en 1962. Últimamente ha sido la consecución del importantísimo Premio Cervantes, a finales de 1986, lo que ha lanzado a Buero a la fama internacional más consumada.

Siempre ha considerado a Guadalajara, su ciudad, con gran cariño, y en cuantas ocasiones se le ha solicitado, ha acudido a hablar o compartir con sus paisanos diversos aconteci­mientos. La antigua Arriaca ha querido, de diversas formas, rendir tributo de admiración a este personaje de entre los más ilustres con que cuenta su historia. Y así hace unos años puso su nombre a un Instituto de Enseñanza Media, el segundo que se creaba en la ciudad; le ponía una calle en un barrio popular, y aun le hacía, muy recientemente, objeto de la concesión de dos de los más altos galardones que el Ayuntamiento entrega, conjunta­mente: la Medalla de Oro de Guadalajara, y el título de Hijo Predilecto de la misma. Ambos con total merecimiento y aplauso unánime.

Queden pues estos breves retazos de la biografía y la obra de un paisano que, pocas veces con tanto merecimiento, se ha subido hoy a esta galería de los Alcarreños ilustres por la que tantas figuras del pasado se han visto recordadas.

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