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Las montañazas

 

Recorrer la tierra de Guadalajara es, no necesitamos repetirlo, uno de nuestros entretenimientos preferidos: encontramos las maravillas del paisaje, las delicias del silencio, la presencia solemne del arte, el inefable encanto de lo rural inmaculado. Es un mundo como quedan pocos, el de esta Castilla eterna, inmersa ya en la Europa de la antepuerta del siglo XXI.

Y en esta tierra de Guadalajara aparecen, para quien espigue en los paisajes sus ansias de encuentros, las montañazas del territorio: los picachos agrestes y majestuosos que como atalayas o columnas de un templo en ruina se alzan sobre el horizonte. Si la provincia alcarreña es, en general, montuosa y agreste, pletórica de elevaciones y valles, salpicada por sus cuatro esquinas de sorprendentes rincones vírgenes, hay algunos picos, algunas cumbres que se alzan majestuosas sobre el resto de los accidentes: nos vamos a ellas, a dejar en el empeño de subirlas el aliento y la vanidad de la juventud.

Solo quiero recordar cuatro de estas vigorosas columnas de la orografía provincial. Para quien desee enfrentarse a la altura, sentir su vértigo, y avizorar desde lo alto el infinito recurso paisajístico alcarreño, con ellas tendrá bastante. La más occidental es también la más típica, la montañaza por antonomasia: el pico Ocejón, que como un espectro en la madrugada pálida de invierno surge sobre las ondulaciones de la sierra de Ayllón, llega en su cúspide hasta los 2065 metros de altura. Desde el se ve la cumbre del Lobo, que doscientos metros mas alta, marca los limites de la provincia de Segovia con la nuestra. Pero al Ocejón es preciso subir, desde Valverde de los Arroyos, o aun mejor desde Majaelrayo. Sobrepasar, después de algunas horas de ascensión lenta, las cotas del Mostajar o del Ocejoncillo, y apurar los últimos tragos de oxigeno en las lajas empinadas y cortantes de la altura, donde el aire es de cristal antiguo y gélido.

En la demarcación de la sierra central, estribaciones meridionales de Ayllón todavía, el Pico del Santo Alto Rey de la Majestad lleva en su largo y pomposo, casi sacral nombre, la carga de una montaña con visos de milagrosa. Es un «monte sagrado» en toda la extensión de la palabra. Su cota más alta, en la que precisamente se alza una ermita dedicada al Cristo de la Majestad, esta en los 1852 metros. Es la brisa suave o el huracán desatado la melodía que siempre suena sobre los suaves cantos y las praderas verdiazules del Alto Rey. Su presencia, desde Bustares oronda y amable, adusta y severa desde Albendiego, incita a la ascensión y la caminata. Es fácil, aunque larga. Y si uno le echa paciencia y alegría, en un día puede subir, comerse un bocadillo en lo alto y bajar luego.

Yendo hacia levante, en tierras que son ya del Ducado de Medinaceli a caballo sobre el Señorío de Molina se alza, como solitario y asustado, el Pico de Aragoncillo, cabeza pelada de la sierra del mismo nombre, y que también en su cumbre mas elevada recibe el nombre de Pico de la Señorita, que suma los 1518 metros en su altura máxima, y que se viste las faldas de encinares, sabinares y matojos de diversas especies. Subirle es lo más fácil del mundo, y arriba compensa con creces el rato de caminata. A lo lejos se ve el alcázar molinés, como un recortable de juguete, y por aquí y allá se pintan los pueblecillos, sosegados por la lejana y azul presencia del Moncayo fiel.

En fin arribamos al ultimo de los cuatro extremos de la partida orográfica que hoy jugamos: entre Orea y la provincia de Teruel, allá por donde la Sierra de Albarracín y los Montes Universales van alzando su cortina espesa de pinos y picos, se levanta la mayor altura del Señorío molinés: el Pico de la Gallina, que tiene la cúspide puesta a 1789 metros sobre el nivel del mar. De oscura vestimenta, siempre pintado de neviscas pálidas y manchas pardas de arcillas y otros minerales, que por allí los hay en abundancia y variedad, esta montañaza es la más lejana para nuestras apetencias camineras, la más inaccesible por lo que supone de andar por montes, por caminos, por distancias sin fin que parecen alejarlo siempre. Pero ahí esta, como un reto.

Cualquiera de los cuatro puntos que hoy hemos repasado será un encuentro sorprendente, fatigoso quizás, pero siempre estimulante, con la Naturaleza y con Guadalajara. Conocer la tierra no es solo andar los caminos y extasiarse en las plazas de los pueblos. Hay que subir a los altos, y respirar la increíblemente limpia atmósfera de nuestros techos.

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