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diciembre, 1986:

Los monjes de Huerta, señores de Molina

 

En la historia del Señorío de Molina, que estuvo marcada en sus dos primeros siglos de existencia por los condes de Lara, intervinieron también otros personajes e instituciones que influyeron de un modo u otro en su desarrollo, y que incluso llegaron a ostentar el señorío territorial sobre algunas parcelas del mismo. Uno de esos señores fue el Monasterio cisterciense de Santa Maria, hoy en la provincia de Soria, pero durante la Baja Edad Media situado en el límite nororiental de Castilla, y por lo tanto en la misma frontera de Molina con Aragón.

Aunque algunos datos ya son conocidos, y en estas paginas he publicado referencias ciertas sobre el señorío de los monjes de Huerta sobre fragmentos del territorio molinés (1), la reciente publicación de un importante documento viene a mostrarnos otros datos nuevos e interesantes, y nos permite reunir, en gavilla homogénea, las noticias que a este respec­to existían. Dicho documento es el Cartulario de Santa Maria de Huerta, que estudiado por José Antonio García Lujan ha editado la Excma. Diputación Provincial de Soria (2).

En este documento, escrito en magnifica letra gótica de mediados del siglo XIII, ignotos monjes de Huerta fueron copiando cuidado­samente a lo largo de sus apergaminadas paginas todos los importantes documentos que hasta su chancillería llegaban, con prerrogativas, derechos, donaciones y confirmaciones. Conservado hasta el momento de la Desamortiza­ción en Huerta, fue trasladado a Buenafuente, en Guadalajara, donde las monjas cuidaron su venerable vetustez, permitiendo que en 1930, al repo­blarse Huerta con nuevos monjes del Cister, volviera a su lugar de origen, donde hoy se conserva y ha podido ser estudiado por el investigador citado.

De entre los numerosos documentos relativos a los primeros anos de la vida del cenobio castellano, destacan varios que hacen referen­cia a las relaciones de Molina con la institución sacra. Daré en principio una referencia sucinta de dichos documentos, pasando luego a valorar los más interesantes y a centrar el significado de todos ellos en el contexto de la historia del territorio de Molina. Estoy seguro que estas paginas han de interesar a mas de un estudioso que tiene al Señorío molinés por su punto de mas cierta referencia.

El documento mas antiguo es de 1164, y en el confirma el Papa Alejandro III las posesiones que Huerta tiene, entre otros lugares de su entorno, en Arandilla y Grudes. Presupone este documento una donación previa de dichos territorios al monasterio. En 1167, sin embargo, la conde­sa dona Ermesenda, esposa del primer conde y señor de Molina, don Manrique de Lara, hace donación a Huerta de la heredad de Arandilla, con objeto ya por entonces expresado de que se construyera allí un monasterio cistercien­se, filial del soriano.

Otro documento de 1169 nos muestra que Alfonso VIII da su protección total al monasterio, incluyendo todas sus posesiones, entre las que menciona de forma destacada la heredad de Arandilla. De ese mismo ano, de 1169, es un documento que permanecía hasta ahora desconocido, y que es de un gran valor para el conocimiento de la historia molinesa: en ese ano el conde de Molina don Pedro y el abad de Huerta don Martín hacen la relimitación del territorio de Arandilla, que propiedad de los monjes blancos, aparece ya como una autentica isla en el interior del señorío molinés.

En 1172, el mismo conde don Pedro de Molina junto a su cunado don Almalrico, conde de Narbona, hacen donación a Huerta de la mitad de las salinas de Terceguela o Terzaguilla, todavía hoy existentes en termino de Terzaga. Se trataba sin duda de una importante y magnánima donación, pues en esa época la sal era uno de los productos fundamentales del mercado, muy cotizado y codiciado. Al ano siguiente, en 1173, el mismo conde molinés don Pedro y su mujer dona Sancha vuelven a confirmar esta donación, con unas condiciones muy particulares.

También los obispos de Sigüenza, señores espirituales de la zona, expresaron su deseo de beneficiar a los monjes de Huerta, concediendo en un documento de 1175 la percepción de los diezmos que correspondían al Obispo y Cabildo catedralicio, en Arandilla y en las salinas de Terzagui­lla, amen de otros muchos lugares ya por entonces propiedad de los bernar­dos. Era una forma de conceder la total propiedad de hecho y de beneficio sobre esos territorios y minas. Nuevamente, en 1176, el Rey de Castilla Alfonso VIII confirma a Huerta la propiedad de esos lugares.

Aunque ya suficientemente conocido, el mas importante de estos documentos es el que extiende en 1181 el conde de Molina don Pedro junto con el Común de Villa y Tierra molinés, a favor de Santa Maria de Huerta, en que confirma la propiedad de este monasterio sobre el termino de Arandilla, rica finca en el corazón del territorio molinés, y puesta en un idílico entorno de bosques y praderas, para que allí instalaran un monaste­rio que serviría como panteón familiar de la casa de Lara y de los condes de Molina y toda su familia. Después de conceder definitivamente el terri­torio, mas 400 ovejas, 40 vacas, 10 yeguas y tierra suficiente para ser arada por 16 yugadas de bueyes cada ano, el conde trata de asegurar la construcción del monasterio en Arandilla, e incluso pone al Rey Alfonso VIII por testigo de que eso se cumpla. Si sus sucesores no pueden llevarlo a cabo, por falta de dinero, entonces pide que su cuerpo llevado a Huerta y enterrado en su claustro (como efectivamente ocurrió, y aun hoy puede comprobarse).

Confirmaciones papales posteriores aseguran a los monjes de Huerta sus posesiones molinesas. Sendos documentos de Clemente III en 1189, y de Celestino III en 1191, mas otro de Alfonso VIII en 1199, insisten en convalidar a los cistercienses sus dominios en Arandilla, Grudes, las salinas de Terzaguilla y otros territorios hoy de la provincia de Soria

De todo lo referido anteriormente, se desprende la buena vecindad que reino siempre entre los obispos de Sigüenza, su Cabildo cate­dralicio, los señores de Molina y los monjes de Huerta. Ese entendimiento cuajo en las anotadas donaciones, y sobre todo, en el deseo de los Lara molineses de ser protegidos en su otra vida por las oraciones y los espiri­tuales valimientos de los monjes blancos. Es de resaltar nuevamente la intención del conde don Pedro, ya manifestado por su madre la condesa dona Ermesenda, y probablemente, aunque ello no esta documentado, por el funda­dor del territorio don Manrique de Lara, de fundar un nuevo monasterio, filial de Huerta, en el valle de Arandilla, junto a la ermita de Nuestra Señora de Montesinos, y allí poner el panteón familiar de los Lara, en imitación de los que las nobles familias castellanas e incluso la realeza hacían en otros lugares del reino. Es este un dato muy relevante de la historia de Molina, que creo necesario quede bien notorio.

Para terminar, y como un apéndice documental brevísimo, copio las frases con las que el conde don Pedro y el abad don Martín señalan los términos de Arandilla, entre Cobeta, Molina y Selas, refiriendo en latín algunos detalles geográficos que probablemente los buenos conoce­dores de la comarca puedan hoy, ocho siglos después, identificar. Decían así:

Sic autem exterminaverunt, ex parte de Molina sicuti sunt illas pennas extra naves et sunt cruces posite in illas pennas, in rivo usque ad rupem in qua est posita xrux subtus molendinum quod destrusit Petrus Cova, iussione comitis Almarrich, extra la foz; ex parte de Selas sicuti sunt las angosturas in illas pennas; ex parte de Alagonciello sicuti sunt las covas lavradas; ex parte de illo pinar asi comodo la cova de la ferreria.

Un viaje a Yela

 

El pueblecito de Yela, que es un pequeño y lindo enclave alcarreño por antonomasia, se encuentra enclavado en la altura mesetaria, como queriendo esconderse o abrigarse de los fríos del llano entre repliegues que va formando el inicio de un arroyo que mas adelante terminara por dar sus aguas al Tajuña.

Poco es lo que puede decirse de la historia de este pueblecillo. Tras la reconquista del territorio a los á­rabes, este lugar quedo en la jurisdicción del amplio Común de Atienza, hasta que de el fue desmembrado, mediado el siglo XV, por regalo del Rey Juan II de Castilla a su familiar don Gómez Carrillo, quien en compañía de su mujer, poco después lo entrego en señorío y en concepto de regalo, al monasterio de San Blas de Villaviciosa, de monjes jerónimos, y en 1545 vemos que Yela formo parte del señorío y mayorazgo de los Silva, condes de Cifuentes, y en ellos paso mas tarde a la Casa de los duques de Pastrana y duques del Infantado, en cuyo poder se mantuvo hasta la disolución de los señoríos particulares en el siglo XIX.

Esta breve relación de meritos históricos, nos sitúan a Yela en principio como una mínima aldea surgida de la repoblación de la Castilla transerrana, de la nueva entidad territorial que el reino castellano va a ir creando al sur de la Sierra Central. Así vemos que aparece en la orbita de uno de los más poderosos Comunes de Villa y Tierra de esta parte de la Transierra castellana: de Atienza. Correrá con el discurso de los siglos los avatares que muchos otros pueblos del Común, y final­mente entrara en la danza de los trueques y donaciones entre la nobleza y la iglesia, los poderes facticos de gran parte de nuestra larga historia. Una temporada perteneció al señorío de los jerónimos de Villaviciosa; otra al de los condes cifontinos, y finalmente a los todopoderosos Mendozas, duques del Infantado. En cualquier caso, Yela desarrollo su vida propia, agrícola, sencilla y evocadora en este instante de repaso a su pretérita existencia.

De urbanismo irregular, con bastantes edificios nuevamente construidos tras la Guerra Civil española de 1936‑39, pues en ella fue muy castigado por acciones de guerra, quedan escasos restos del antiguo caserío.

Así, puede aun contemplarse su edificio concejil con torre y campanil metálico. También es magnifico testigo de siglos pasados la fuente de piedra en el centro del pueblo, obra, sin duda, del siglo XVI o aun mas antigua. Su gran pilón, su inmensa imagen pétrea siempre repleta de agua, de musgos, de gris silueteado en medio de la amplia plaza, es evocadora de las épocas en que el pueblo estaba lleno de vida y de gentes, y allí paraban unos  y otras a charlar, a cargar el agua, a enterarse de noticias y susurros.

Es muy interesante también su iglesia parroquial, obra románica del siglo XII en sus finales. Consta de una gran espadaña triangular sobre el muro de poniente, con vanos para las campanas. En el muro sur se abre el atrio porticado, con una serie de arcos semicirculares que apoyan en columnas cortas, rematadas en capiteles de ornamentación vegetal, todo ello sobre un antepecho. El ingreso al atrio es central, por arco mas eleva­do. En el muro del templo se abre la portada, formada por varias arquivoltas semicirculares en degradación, con algunos detalles en zig‑zag y dientes de león como decoración con cierta tradición mudéjar. Esta iglesia sufrió grandes desperfectos durante la Guerra civil española, siendo restaurada posteriormente, habiendo perdido en parte su primitivo arquitectónico del Medievo.

La iglesia parroquial de Yela es un ejemplar mag­nifico y muy representativo del arte románico rural de Guadalaja­ra, ese estilo que aun esta por reivindicar de una forma plena y autentica en el contexto del patrimonio artístico español. Su constitución a base de fuertes y cerrados muros, y muy especial­mente su atrio porticado que se abre a la luz y el aire del mediodía, bajo los semicirculares arcos y escoltados por los capiteles sencillos y vegetales que culminan sus columnas, hacen de el un ejemplar bellísimo que prestigia a la Alcarria. Los detalles arquitectónicos de este templo, y los pequeños apuntes ornamentales que aparecen sobre sus puertas, capiteles y caneci­llos, le ponen en un puesto principal en la larga serie de monu­mentos románicos de Guadalajara. Si Yela tiene varios motivos que pueden atraer al viajero, es este de su templo parroquial, de su arquitectura sencilla pero esplendida, plenamente medieval, el mas atractivo de todos.

La picota de Horche

 

Uno de los símbolos mas propios de los pueblos de la Alcarria son las picotas que en muchos de ellos permanecen después de los avatares de los siglos, y que en definitiva vienen a representar su titulación de Villas con autonomía y justicia propia en tiempos pasados. Ese símbolo de villazgo se puso siempre, en ritos multitudinarios y festivos, en medio de la alegría del pueblo, que veía como desaparecía la sujeción a la justicia de otro pueblo cercano.

La historia de las picotas de los pueblos de la Alcarria ha sido muy variada, pero en general ha seguido en todos ellos un derrotero similar: levantas en los finales del siglo XV o primera parte del XVI, siempre en medio de festejos y alegrías populares, se identifico luego con la muerte y la tortura, y muchas de ellas fueron derribadas por los propios pueblos, en el siglo XIX, cuando la incultura de las gentes se dejo arrastrar por cuatro parlanchines. Algunas de ellas permanecieron de pie hasta nuestros días. Otras han ido cayendo, ya en nuestro siglo, a golpes de ignorancia e incomprensión, de falta de afecto por el patrimonio histórico propio.

Entre las picotas más hermosas con que cuenta la Alcarria, debemos recordar las de Fuentenovilla, la de Moratilla de los Meleros, la de El Pozo de Guadalajara… hay muchas todavía que evocan el tiempo pasado. Otras fueron derribadas y aun se plantean, de vez en cuando, en ponerse algún día a levantarla (tal es el caso de Palazuelos, que muestra en el centro de la plaza los trozos sueltos de su picota). Otras picotas, en fin, han visto renacer su silueta de antiguas cenizas, así ha ocurrido con la del serrano pueblecito de Sienes, que por el entusiasmo de sus habitantes y la ayuda económica aportada por Diputación Provincial, ha conseguido ver de nuevo levantada su antigua picota.

Hoy vamos a recordar una que fue muy hermosa y sin embargo ya no queda de ella si no es el recuerdo. Se trata de la picota de Horche. Se decidió su construcción en 1538, cuando obtuvo el titulo de Villa eximida de la jurisdicción de Guadalajara, y se proclamo «Señora de si misma». El vecino del pueblo Miguel de la hoz fue el encargado de construirla, de plantarla sobre cuatro gradas angulares, en medio de la plaza, toda ella hecha de yeso y piedra suelta.

Pero aquella primitiva picota no debía ser muy firme ni del gusto de los horchanos. El caso es que poco después, en 1548, se hizo una nueva picota, esta vez a cargo del famoso maestro de cantería Pedro de Medina, constructor de iglesias, puentes y monumentos por la alcarria. Cobro por ello 50.750 maravedís, y estaba toda «labrada de piedra paxarilla» como dicen las viejas crónicas. También se puso en el centro de la plaza, junto al inmenso olmo «que llenaba con su pompa la mayor parte de la Plaza». En aquel lugar se juntaban los diversos símbolos de un pueblo: el espacio abierto de la Plaza Mayor; el edificio comunal del Ayuntamiento o Concejo; el gran árbol matriz, el copudo olmo; y la enhiesta piedra símbolo de la independencia villariega, la picota.

Duro poco, sin embargo. Un desgraciado accidente hizo que la picota de Horche pasara al recuerdo en el mismo siglo en que se construyo. Dice el padre Juan Talamanco, antiguo historiador del pueblo, que en el ano 1590 ocurrió el grave percance que hizo desaparecer la picota de la plaza. Justamente el día del Corpus, en el que existía la costumbre de celebrar en la plaza mayor unas representaciones teatrales de Autos sacramentales y piezas populares, se ataron unas cuerdas a la picota para sostener un gran toldo que cubriera la escena. Se levanto a última hora una violenta ventolera, de tal modo que el toldo hizo de vela, y la maroma de arrastre: la picota dio con sus huesos, con sus talladas y hermosas piedras, por el suelo.

Después se usaron sus piezas cilíndricas como «peanas de las cruces de la Vía Sacra». Un vía crucis que el pueblo tenia construido en dirección a la ermita de la Soledad, fue el destinatario ultimo de las fragmentarias piedras de la picota. Y con los siglos, hasta esos restos desaparecieron. Una verdadera lastima. Aquel gallardo emblema, «el signo que planteo Horche de Villa eximida», como dice su historiador Juan de Talamanco, vino a quedar disuelto, como un azucarillo en medio de un enorme vaso de vacío. Y solo su memoria, diluida en el recuerdo de un viejo libro, ha llegado hasta nosotros. En cualquier caso, un valioso dato a tener en cuenta en ese discurrir lento y denso que es la historia de Horche.

Un escudo para la abadía de Valfermoso

 

De todos es sabido que en este ano de 1986, concretamente en el presente mes de Diciembre, se conmemora el Octavo Centenario de la Fundación del Monasterio benedictino de Valfermoso de las Monjas, hundido en las verduras del valle del rió Badiel, y hoy todavía vivo y entregado a la sociedad que le rodea. Es este de Valfermoso, junto con el cisterciense de Buenafuente del sistal, los únicos monasterios de la provincia de Guadalajara que se mantienen vivos con la misma comunidad que les dio origen, a través de múltiples siglos.

Concretamente la semana pasada, dio solemne comienzo el Ano jubilar, bajo la presidencia de Monseñor Pla y Gandia, Obispo de la Diócesis de Sigüenza. Ello supone que realmente el centenario comienza ahora,  que por parte religiosa, como por la parte cultural de nuestra provincia, estas efemérides serán convenientemente recordadas. En principio, y por parte del Aula de Historia de la institución Provincial de Cultura «Marques de Santillana», se anuncia para el próximo día 17 de diciembre un interesante acto a celebrar en el salón de la Excma. Diputación Provincial: el académico D. Rafael Lapesa, recientemente galardonado con el Premio «Príncipe de Asturias» a su labor de anos en pro del idioma castellano, vendrá a impartir una lección magistral sobre el tema de «El Fuero de Valfermoso», con lo que esta conmemoración no podrá tener mejor pregonero, ni mas sabio.

Con motivo de este acontecimiento centenario, hemos realizado algunas investigaciones respecto a un aspecto hasta ahora inédito de la historia del Monasterio de San Juan de Valfermoso. Trátase de su Escudo de armas, su emblema heráldico, que como toda institución tuvo durante siglos antiguos, aunque actualmente apenas si lo utilizaba. De su gran archivo monasterial, apenas si quedan fragmentos, aunque esos tienen todavía algunos documentos de gran interés como la Carta‑Puebla concedida por los fundadores D. Juan Pascasio y Dona Flambla a los repobladores del pequeño valle alcarreño. No se recuerda, por tanto, la posible existencia de un sello o emblema heráldico medieval. Sin embargo, las religiosas benedictinas que hoy guardan con tanto cariño los vestigios de su pasado, nos mostraron hace poco la impronta en caucho de un sello utilizado por el cenobio, al menos desde el siglo pasado, en el que aparecen unas armas curiosas y que hemos tratado, por unos y otros medios, de desentrañar su significado y darle los esmaltes correspondientes.

En este sentido, quisiera aquí agradecer públicamente la colaboración inestimable que en este, y en tantos otros asuntos de investigación provincial, me ha aportado el sacerdote madrileño D. Servando Escanciano Nogueira, quien durante meses ha indagado sobre los posibles orígenes y esmaltes de este sello. De todos modos, entre lo investigado y lo recreado, tenemos ya un Escudo Heráldico que proporcionar a Valfermoso, en esta ocasión señalada de su ochocientos cumpleaños.

En el antiguo sello de caucho, muy borrosas, se veían las figuras, en campo ovalado, de un castillo, un león, un báculo y una corona, con la punta del escudo ocupada por tres figuras circulares, muy pequeñas, de difícil identificación. Indudablemente, al ser este Monasterio de Valfermoso una fundación particular, pero de protección real en siglos posteriores, es lógico que llevara las armas del rey de Castilla, lo que le confería un prestigio indudable. El báculo central, sumado en una corona, vendría a simbolizar el sentido abacial de su estructura, y la protección del monarca sobre su instituto. Lo que se queda realmente misterioso en esta deducción histórica, es el significado o posible simbolismo de la campana en que se muestra esos tres elementos pequeños y redondos. ¿Quizás unas flores de lis degeneradas? ¿Una alusión a la Trinidad? ¿Un simbolismo del dinero? ¿Del trigo? En definitiva, y como siempre que se trata de rehabilitar un escudo o emblema muy antiguo para el que se ha perdido el simbolismo, debe respetarse al máximo la imagen antigua, aunque a nuestro actual entender no se le justifique su presencia.

De esta manera, y tras haber esmaltado el emblema heráldico, quedaría así definido el Escudo Heráldico de la Abadía Benedictina de Valfermoso de las Monjas en Guadalajara: un escudo eclesiástico (ovalado por tanto), que puede rodearse en su embocadura con un cordón multilobulado, o simplemente con una cenefa o bordura simple. Partido, en el campo diestro, de gules (rojo), un castillo de tres torres, de oro, mazonado de sable y aclarado de gules. En el campo siniestro, de plata o blanco, un león rampante, de gules, que mira al centro del escudo. Al centro del emblema, un báculo de sable. Y el báculo sumado de una corona real, cerrada, esmaltada del uno al otro (esto quiere decir que la corona lleva dos colores. el de la derecha, puesto sobre campo rojo, es de plata; y el de la izquierda, puesto sobre campo de plata, es rojo. Esto le confiere una cualidad grafica y resalta perfectamente en el contexto del escudo. En campana (esto es, en la punta o parte inferior del escudo), de color sinople (verde), aparecen tres bezantes de oro puestos en faja. O sea, que sobre el campo verde de la punta, surgen tres pequeños círculos dorados puestos el uno al lado del otro, en postura horizontal.

Hemos interpretado este escudo como la suma de dos: el más antiguo y primitivo, puesto en campana, seria el de Don Juan Pascasio, caballero atencino del siglo XII, que posiblemente usara estas armas tan simples y propiamente medievales en su primera época. Y el más moderno, hoy llenando el cuerpo del escudo, el emblema tradicional de la monarquía de Castilla y León, con los añadidos identificativos del báculo y la corona. Este escudo no lleva timbre ni adorno alguno, pues aunque podría acolarse de un báculo abacial, ello supondría jurisdicción territorial que en realidad las monjas nunca tuvieron.

Creemos que la investigación realizada ha tratado de sumar alguna noticia a este mundo de la historial monasterial y heráldica de nuestra tierra alcarreña, siempre compleja pero atrayente como pocos. Esperamos que este VIII Centenario de Valfermoso que ahora se inicia, sea rico en frutos para cuantos queremos y admiramos la trayectoria de esta ejemplar institución religiosa.