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La calle Mayor de Peñalver

 

Uno de los indudables placeres que aun brinda la provincia de Guadalajara a quien la visita, es la oportunidad de pasear por las calles de sus pueblos, saboreando, en los pocos casos que ya quedan, el aire de limpia ruralía, de exquisito rigor popular que sobre el conjunto de construcciones planea. Uno de los pueblos de la Alcarria que mejor conserva ese aire, esa arquitectura popular genuina, es Peñalver, gracias a la voluntad de sus autoridades municipales, y al propio interés e iniciativa de sus vecinos.

Y dentro de Peñalver, quizás es su Calle Mayor el ámbito que con mayor pulcritud mantiene ese rango de tradición inmaculada. Es larga, sinuosa, con altos y bajos, poblada de recias casonas que, a medias entre lo noble y lo rural, enseñan sus anchos aleros de madera, como denticiones oscuras en lo alto; sus portalones anchos e inacabables, a los que ponen custodia portones de maderamen anejo; sus ventanales asimétricos, distribui­dos en algarabía singular sobre las fachadas, en las que el sillarejo de caliza y el adobe blanqueado, mas los palos de la trama que asoman por aquí y allá, ponen el aire de la risa y la bondad. Es una calle única, que merece ser recorrida con reposo, con los ojos abiertos, con una canción leve entre los labios.

Para quien se desplace a Peñalver, para degustar, entre otras cosas, su Calle Mayor, conviene refrescar la memoria de su historia y traer a estas líneas un telegráfico guión de su pretérito. Existía ya en el siglo XII, y la tradición dice que perteneció en señorío a dona Berenguela, madre de Fernando III el Santo, señora que fue de Guadalajara. Lo cierto es que, desde un principio, este lugar fue de la Orden Militar de San Juan, y cabeza de Encomienda. En el siglo XIII era su comendador Don Esteban. Esta encomienda de la orden sanjuanista se formaba con los lugares de Peñalver y Alhóndiga, y sus vecinos se regían, en un principio, por el Fuero de Guadalajara, y posteriormente, en 1272, el capitulo de la Orden concedió fuero propio al lugar de Peñalver y a sus vecinos. El comendador tenía su residencia en el castillo, situado en lo más alto del cerro, sobre el pueblo. Fueron comendadores de Peñalver, entre otros, don Juan de Zomorza, mediado el siglo XV, y don Alberto de Lago, a comienzos del XVI.

Perteneciendo todavía a la Orden de San Juan, en la primera mitad del siglo XVI, Peñalver se hizo villa, con justicias y regimiento propio. Prueba de ello es la picota que todavía existe a la entrada del pueblo, en el camino de Tendilla.

En 1552 fue vendida la villa a don Juan Juárez de Carvajal, obispo de Lugo, hombre de reconocido prestigio en las letras y ambos dere­chos. Murió de prebendado en la catedral de Toledo, y con su inmensa fortuna, las villas de Peñalver y Alhóndiga, y doce mil ducados, fundo un mayorazgo en la persona de su hijo don García Juárez de Carvajal. Los impuestos que padre e hijo intentaron sacar a los Peñalveros, y su régimen despótico y poco respetuoso con los vecinos, hizo que estos siempre mantu­vieran pleitos contra sus señores. La familia siguió, durante varias gene­raciones, en posesión del pueblo, pasando después a otras familias en virtud de casamientos, entre ellos al marques de Almenara, y al duque de Hijar, quien la tenia en el siglo XVIII, poco antes de la desaparición de los señoríos.

Poseyó el pueblo un castillo y una muralla que cercaba todo el caserío. Del primero solo quedan leves restos en lo más alto del cerro sobre el que asienta la villa. Hoy esta convertido en cementerio, y se pueden visitar las raíces de sus anchísimos muros, y algunos gruesos pare­dones, restos de sus torres. El castillo, tanto por su posición, como por las descripciones de antiguos cronistas, debió ser muy bello: todo su recin­to se componía de muralla almenada, con grandes torreones cúbicos en las esquinas, y una torre del homenaje de mayor envergadura. De la muralla que cerro al pueblo, solo levísimos restos quedan, especialmente de las dos magníficas puertas que daban entrada a la villa por sus extremos norte y sur, corriendo de una a otra la larguísima y sinuosa calle Mayor, cuajada de casas de anejo carácter alcarreño.

Ante la puerta norte, de la que queda un compacto muro de mampostería, se alza el rollo o picota, símbolo de villazgo. Es una alta columna cilíndrica de piedra, rematada en varias molduras, con un par de tallados escudos de la Orden de San Juan. Ante la puerta sur, de cuyos arcos se ven los arranques en las casas adyacentes, se sitúa una antigua y gran fuente. 

En el centro del pueblo quedan los leves restos de la que fue primitiva iglesia, de estilo románico, cuya advocación era Nuestra Señora de la Zarza. Dice la tradición que fue de templarios, pero lo mas probable será su construcción, en el siglo XII o XIII, por los caballeros de San Juan, señores del lugar. Solo quedan los basamentos de su semicircu­lar ábside, que hasta hace poco estuvo coronado de canecillos y modillones.

Destacando sobre el resto de las construcciones de la villa, se alza la monumental iglesia parroquial, dedicada a Santa Eulalia. Es un edificio construido en el primer cuarto del siglo XVI, de robusta estructura, en el exterior presenta de interés la gran portada principal, orientada al sur, en la cual aparece, bajo un arco escarzano todo el paramento cuajado de tallas. En lo alto se ve, la Virgen con el Niño adorada de ángeles; dos medallones con bustos de San Pedro y San Pablo; y a lo largo de toda la portada una interminable y magnifica serie de frisos y pilastras cuajados de grutescos, roleos, escudos, conchas y símbolos de peregrinaje santiaguista. La puerta presenta una valiosa guarnición de clavos y alguazas de la misma época, y en su cancel interior aparecen unas cerrajas de forja. En la pared norte se abre otra puerta, mas pequeña, de sobrias líneas rectas, también renacentista, aunque algo posterior. El interior del templo es de tres naves, cubiertas de valiente crucería goti­zante, sujeta de haces de columnas adosadas, todo ello conformando un conjunto armónico, tan propio de los comienzos del siglo XVI, en que el modo gótico se entremezcla al naciente plateresco.

Entre sus piezas artísticas es de destacar la pila bautismal, obra también del siglo XVI, con bella decoración geométrica de arcos entrelazados en su franja superior. Y sobre todo el gran retablo, obra magnifica con pinturas y esculturas, realizado por artistas desconoci­dos en el primer cuarto del siglo XVI. Es una mezcla soberbia de pinturas primitivas y detalles escultóricos que hacen de él una autentica joya del arte religioso alcarreño, merecedor de una restauración a conciencia, pues progresivamente va deteriorándose por el polvo y las humedades. Muy pocos pueblos de nuestra comarca guardan maravillas de tal género.

Todos estos detalles, de historia y de monumentalidad, que Peñalver ofrece al viajero, son el destello que se conjunta con esa Calle Mayor maravillosa, en la que la mirada y el gusto se pierden y anonadan. Esa ha sido hoy nuestra meta, ojala que de aquí a poco, por ejemplo este mismo fin de semana, sea el objetivo viajero de muchos de nuestros lectores. No quedaran defraudados.

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