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La iglesia del Salvador en Cifuentes

 

En un viaje que, aprovechando el tiempo vacacional, puede el lector realizar este fin de  semana a la alcarreña villa de Cifuentes, tendrá ocasión de conocer uno de los pueblos de mas interesante histo­ria de nuestra provincia, con un riquísimo venero de monumentalidad y tipismo, del que destaca muy especialmente la iglesia principal, de la que a continuación me ocupo con detenimiento. La iglesia parroquial de El Salvador es una magnifica obra arquitectónica del periodo de tran­sito entre el románico y el gótico. Fue construida hacia la séptima decena del siglo XIII, dejando detalles románicos en sus portadas, y una severa y elegante arquitectura gótica en su edificio e interior.

Al exterior, destaca la portada románica de Santiago, abier­ta en el muro de poniente, y constituida por una profunda bocina que se derrama por varias arquivoltas en degradación, siendo la mas interna liso cancel, y el resto repetidamente boceladas, con una de ellas cuajada de talladas puntas de diamante, y mostrando la interna y externa grupos iconográficos de gran fuerza expresiva.

La fecha de construcción de esta puerta puede situarse entre 1261 y 1268. Si desde 1258 era señora de Cifuentes doña Mayor Guillen de Guzmán, entre los anos citados fue obispo de Sigüenza don Andrés, que esta representado en el conjunto de figuras de la arquivolta exterior. Es, pues, de una época muy tardía, segunda mitad del siglo XIII, y todavía estructurada en una clásica disposición románica. Por su conjunto iconográfico podemos afirmar que ha recibido claramente las influencias del arte románico francés, especialmente de la región de Poitou, e incluso de Borgoña. Esta temática es traída por peregrinos santiaguistas. Ciudades del Camino de Santiago, como Saintes y Aulnay, poseen iglesias con conjuntos iconográficos similares a este de Ci­fuentes.

El conjunto de esta portada viene a representar el antiquí­simo poema de Prudencio que titulo la Psicomaquia en el que se desa­rrollaba una batalla entre la Fe y la Idolatría, dentro del alma, siendo ambas posturas socorridas por un ejército de virtudes y de vicios. La batalla terminaba con el triunfo de la Fe y la construcción de un templo. Era, pues, elemento preferido para colocar sobre una puerta de Iglesia. La Edad Media europea lo utiliza profusamente, y a España nos llega con cierto retraso, al menos en Cifuentes. La iglesia francesa de Argenton‑Chateau muestra una disposición similar: una arquivolta con la Psicomaquia; otra más inferior con las vírgenes prudentes; otra con los apóstoles, acompañándose de ángeles, y con Cristo en la Clave.

Lo que vemos en Cifuentes, en la arquivolta exterior de su portada, es lo siguiente, de izquierda a derecha del espectador, surgen siete figuras diabólicas, provistas de elementos de martirio y pecado. Una de ellas sorprende por su verismo: es una diablesa, horri­ble, deforme, desnuda, de grandes pechos lacios, que esta pariendo una pequeña figurilla, puesta boca abajo, coronada y con cetro en la mano; viene a representar, con gran crudeza, el origen diabólico del rey. Son representaciones de vicios. En la parte derecha de esta arquivolta externa se ven otras siluetas de siete figuras que, por este orden, representan, de abajo arriba, una pareja humana, con amplios mantos vestida, que aplastan con sus pies una cabeza monstruosa; el obispo don Andrés, de Sigüenza; un peregrino con sombrero, bordón, cantimplo­ra y manto, que pisa a un demonio; un hombre devoto, orante, con vara de autoridad, pisando otro demonio; una mujer anciana, con vara; y finalmente, una reina. Son las virtudes. Y aun podríamos añadir que la señora de Cifuentes, al participar en la ordenación iconográfica de la puerta de la iglesia que mando levantar, quiso poner algo de su propia biografía; ella, una reina, figura entre las virtudes. Y el rey, aquel Alfonso X que después de gozar de ella la despidió dándole la limosna de unos pueblos, se representa entre los vicios, heredero directísimo del demonio.

En la arquivolta interna están tallados, en relieve menos acusado, y por mano evidentemente distinta, tres grandes ángeles, parejas de apóstoles, y San Pedro y San Pablo con sus atributos.

Todos estos arcos descansan en una línea de capiteles que se cobija bajo una imposta corrida que se prolonga por el muro de la iglesia que alberga a la portada. En los capiteles vemos diversas escenas que, en la línea de la izquierda del espectador pueden asimi­larse a una Natividad y varias figuras de monstruos, mientras que en la derecha se ve la Anunciación, escenas de la Pasión de Cristo muy desgastadas, y motivos vegetales. Las representaciones de la imposta, en el lado izquierdo, son verdaderamente curiosas, pues aparece clara­mente una pareja, a punto de ser devorados por la gran cabeza de un monstruo, pareja de hombre y mujer, desnudos y en acto carnal; y siguen otras imágenes de seres humanos en lucha con diablos, así como varias representaciones, entre las que parecíamos: un hombre con jarro de vino, y otro con flauta, que es devorado por las piernas por un monstruo. Un diablo que se cubra la cara con una mascara de botarga sonriente. Un hombre orante que es mordido en ambas piernas por sendas cabezas de serpientes que se enrollan entre si a lo largo de la imposta; esta es una clara representación del pecado de la lujuria, que de este modo se representa en varios monumentos románicos europeos y españoles. También parejas de leones, de lechuzas, de alanos y otros monstruos extraídos del bestiario medieval. Sobre la escena de la Anunciación quedan restos de una leyenda, ilegible, y varias flores de lis talladas. Sobre dicha portada de Santiago, luce un magnífico rosetón gótico.

La otra puerta románica que el templo tenia, la principal orientada al mediodía, desapareció en el siglo XVII al construir el nuevo y soso ingreso que ahora vemos. En la esquina del templo, entre ambas puertas, se levanto en el siglo la airosa torre, que remata en voladiza cornisa amatacanada, como si de una fortaleza militar se tratase. Del triple ábside que en sus inicios tuviera, hoy solo queda el central, que alberga a la capilla mayor. Es de un estilizado aire gótico, y su masa parda se alza sobre la plaza del pueblo, presentando una planta octogonal, con contrafuertes en los ángulos, rematados de florones y pináculos, y cegadas ventanas góticas con cenefa de puntas de diamantes. En sus muros lucen algunos escudos de la familia Calde­rón. La puerta principal es obra de hacia 1645, de sobrias líneas clasicistas.

El interior del templo es de tres naves. El enlucido de sus muros y columnas, y las escayolas falsas de sus techumbres, ocultan la majestuosa traza gótica que el templo tenia siglos atrás. Los pilares son cilíndricos, con adosadas columnillas que rematan en frisos de capiteles unidos y sostienen la nervatura de sus bóvedas. La capilla mayor tiene una bóveda de casquete de esfera, con nervaturas apoyadas en capiteles y columnillas que descienden por los ángulos descansando a un tercio de altura del ábside sobre bellas repisas góticas.

A los pies del templo aparece gran coro alto, y en las naves laterales se abren varias capillas, algunas de ellas con portadas de severa traza barroca y escudos de armas en los frontones. En la nave de la epístola, se visitan las capillas de los Arces o del Cristo de la Misericordia, la de la Concepción y, en la cabecera, la de la Virgen del Rosario o de las Flores, donde se encuentran, engarzados en un altar moderno, cinco magníficos grupos policromados, de talla en madera, que proceden de un altar gótico existente en la ya desapareci­da ermita de Nuestra Señora de Belén. Son cinco grupos de extraordina­ria factura gótica, obra de finales del siglo XV, en los que se representan las escenas de los Desposorios de la Virgen, la Anuncia­ción, la Natividad de Jesús, la Adoración de los Reyes, y la Presenta­ción del Niño en el Templo.

En la nave del evangelio, se abren las capillas de los Calderones o de San Vicente Ferrer, la sacristía, la capilla del Sagrario, y en la cabecera, la de los condes y señores de Cifuentes, en la que se ve una tribuna a donde llegaban a escuchar la misa y oficios divinos desde su palacio en la plaza. De la abundante colec­ción de altares, cuadros, estatuas y joyas artísticas que guardaba este templo, nada quedo tras la Guerra Civil, de 1936‑39. Destaca, tras su recuperación y restauración, el pulpito gótico de la segunda mitad del siglo XV, tallado en alabastro y procedente del convento de Santo Domingo de la villa. Se apoya en pedestal piramidal invertido, en el que aparece tallado prolijo escudo de armas que apoya sobre una cabeza bifronte,  consta el dicho pulpito de cuatro paneles decorados con flamígera traza de arquillos y pináculos, destacando el central, con escena de la Pentecostés, y los otros con imágenes de frailes domini­cos que sostienen vitelas con frases de caracteres góticos, así como variados escudos nobiliarios, todo ello en un magnifico medio relieve.

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