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julio 25th, 1986:

El templo mayor de Santa María de Guadalajara

 

Se ha creído siempre que la iglesia de Santa María es la antigua mezquita árabe transformada por los cristianos tras la Reconquista de la ciudad en el siglo XI. Y ello no es cierto. Por una parte, contribuyo a dicha teoría el hecho de que en cada ciudad tomada a los árabes, solía denominarse con el nombre de Santa María al edifi­cio que había servido de sede a los rezos comunitarios islámicos. Pero esto no ocurrió con carácter general. Y por otra, se sabe que la mezquita de Guadalajara estuvo situada en el «almajil», en torno al actual convento de Carmelitas de Abajo.

El hecho cierto es que este templo, tan típico y carac­terístico de Guadalajara, fue construido de nueva planta a comienzos del siglo XIV, y que fue realizado tanto en su diseño de planta y alzados, como en los detalles de su ornamentación, por artistas mudé­jares de procedencia nazarí. En siglos posteriores, especialmente a partir del XVI, fue recibiendo numerosas modificaciones que le han alterado en su aspecto interior, añadiéndole obras de arte notables (su gran retablo mayor, la capilla de los Guzmanes) pero perdiendo gran parte de su primitivo sabor mudéjar, por el que este templo debió ser tan parecido al del conventual de Santa Clara, hoy parroquia de Santiago.

Su nombre fue tradicionalmente el de Santa María de la Fuente, aunque en escrito antiguo se denomina como Santa María la Blanca. En cuanto a la descripción del templo, podemos decir que conserva gran parte del exterior primitivo. Sobre el muro de poniente, aparece una puerta de ingreso al templo. Sobre el muro meridional, otra puerta, apareciendo un tercer ingreso, hoy condenado, en el muro de la antigua sacristía, que se adhería a este costado del templo. Estas puertas constituyen unos magníficos ejemplos de estilo mudéjar, y se forman con arcos de herradura apuntados o aquillados, de tradi­ción nazarí muy evidente, pues similares ejemplares se encuentran en la Alhambra de Granada (puertas del Vino, de la Justicia y de los Siete Suelos), en las atarazanas de Málaga y en el castillo de San Servando de Toledo. De ladrillo visto, en toda su estructura, el arco propiamente dicho se forma con resaltes en disposición radiada, con­torneándose por una hilada de ladrillo que a trechos forma lazadas sencillas, incluyendo en el interior de ellas fragmentos cerámicos de color verde. Se flanquean de aplanadas pilastras, y en el alfiz mues­tran, la occidental, una decoración en resaltes de ladrillos dispues­tos en radiación convergente hacia el centro de la puerta, mientras que en la meridional este alfiz se constituye por tres pequeños arqui­tos que repiten la misma disposición que la portada, marcando una imposta del mismo material. La puerta de la antigua sacristía repite la estructura de la principal.

La torre se adosa al muro meridional, cerca de la cabecera del templo. Existen indicios de que antiguamente estuvo aislada del resto del templo. Es de planta cuadrada, con gruesos muros de mampostería revestidos de ladrillo, horadados solamente, en sus dos cuerpos inferiores, por estrechas saeteras que iluminan una interesan­te escalera que asciende hasta el cuerpo de las campanas, en que estas aparecen cobijadas por arcos de medio punto, muy elevados, enmarcados por líneas de ladrillo profusamente decoradas a base de juegos y combinaciones con este material. Rematando este cuerpo, airosa cornisa también de ladrillo, y encima otro cuerpo, mas moderno, del siglo XVI, que remata en chapitel de estilo madrileño.

Se circuyen los muros de sur y poniente por airosa porticada sostenida por altas columnas que rematan en capiteles de estilo Renacimiento alcarreño, puesta en los comienzos del siglo XVI, gracias al mecenazgo artístico y constructivo del Cardenal don Pedro González de Mendoza. El resto de los muros del templo se forman por hiladas de ladrillo entre el mampuesto, con enfoscados de diversos tipos. Sobre el crucero resalta una linterna, cuadrada, también de ladrillo, puesta a comienzos del siglo XVII.

Su interior es muy vulgar, pues ha sufrido reformas sucesivas que le han conferido un aspecto anodino. De tres naves, separadas por fuertes pilastras y arcos de medio punto, con acentuado crucero cubierto de cúpula con linterna, y presbiterio elevado. La techumbre de la nave es de escayola, y sobre ella se conserva, hoy invisible al espectador, un artesonado primitivo mudéjar con estructu­ra de par y nudillo, consistente en ocho pares de tirantes sostenidos por sendos canecillos lobulados. A los pies del templo, coro alto.

Se abren capillas a los lados. En la nave de la epísto­la, se encuentra primeramente la capilla de los Figueroa y Torres, ocupando el lugar de la antigua sacristía. Contiene los enterramientos de esta noble familia, con buen altar en mármol, obra del siglo XIX, y varias lápidas sepulcrales. En la cabecera de esta nave, se abre la capilla de la Visitación, fundada en 1480 por don Alonso Yáñez de Mendoza, beneficiado de esta iglesia y canónigo de la de Toledo, familiar del cardenal Mendoza. Solo se conserva de lo primitivo la estatua yacente, en alabastro, que le representa revestido con hábitos religiosos, y manos orantes. Lo demás es añadido del siglo XVIII, en que un descendiente puso hornacina de gusto neoclásico conteniendo el escudo de Yáñez timbrado de capelo.

En la nave del evangelio se pueden ver empotradas dos lápidas sepulcrales, con escudos, pertenecientes a Juan Suárez Hurta­do, comisario de la Inquisición y cura de Santa Maria en 1636, y a Manuel de Albornoz y Sotomayor, también cura de esta iglesia, limosne­ro mayor de los duques del Infantado, hombre piadoso a cuya costa se hizo el altar mayor del templo, en el primer cuarto del siglo XVII. Se ve en ese muro un lienzo representando a la Virgen de la Varga. Se abre la caspilla del Santísimo, fundada por la familia Guzmán a prin­cipios del siglo XVI, en la que fueron enterrándose todos sus miembros hasta el pasado XIX. El primer enterramiento fue el de don Nuño Beltrán de Guzmán, caballero de Calatrava, comendador de Auñón, Bernin­ches y Azequilla, muerto en 1501, y el mas moderno enterramiento fue el de dona Maria Domínguez de Baquedaz Vigil de Quiñones, Zúñiga y Guzmán, marquesa de Andía, de Villasinda, de Auñón y de la Ribera, duquesa de Rivas, fallecida en 1828. Sobre la puerta de entrada, se ven policromas las armas de Guzmán, y en el interior de la capilla aparecen también varios grandes escudos de esta familia con sus diver­sos entronques, y esta leyenda que corre por el friso: Esta capilla de Nuestra Señora de la Paz y Misericordia fue fundada por el M.N. Cavo. don Luís de Guzmán y Maria de Guzmán su muger SSres. de la Villa de Alvolleque Lugar de Enterramiento y descanso y sus suzesores en su casa y Mayorazgos, y se an de poder enterrar en ella los dhos patronos y todos sus hijos y descendientes y demas personas que los dhos patro­nos quisieran señalando ellos el entierro a cada uno y se han de traer y depositar que todos los huesos de la capilla mayor. Buena talla, procedente de antiguo retablo, en su altar.

En la nave central, al pie del presbiterio, se ven varias lapidas o fragmentos recogidos de los muchos que ocuparon antiguamente el templo. Aun se ven las lápidas de Pedro Aguilar y Vera, Juan de Contreras, el conde Colombo, un Enríquez y Zúñiga, un Hurtado, y un Ximenez de Cárdenas, este en desgastada lapida a la entrada del templo. Todos ellos de la más linajuda hidalguía de la ciudad.

En el presbiterio se pueden admirar un frontal de altar, y un pulpito con abundante decoración plateresca, policromados. En la pared del evangelio, aparece el enterramiento de don Juan de Morales, natural de Guadalajara. Bajo moderno arcosolio, aparece la estatua orante, arrodillada sobre un almohadón, del donante, que se cubre la cabeza con bonete de finales del XV. Ante el, buena escena en medio relieve: la Resurrección, con cuatro figuras y un paisaje. Sobre el grupo, escudo del personaje. Debajo, esta leyenda: Este bulto es del honrrado Juan de Morales, tesorero de los muy altos e muy podero­sos señores D. Fernando y dona Isabel, Reyes de Castilla e de Leon, e de Aragon, e de las Sicilias, e de Jerusalem, e de Granada. Falleció a XXII de Abril de MDII años.

El fondo del presbiterio es ocupado por un magnifico retablo, obra del primer tercio del siglo XVII, de autor desconocido. Gracias a las investigaciones de Muñoz Jiménez, hoy sabemos que fue construido exactamente en 1622, con las trazas de fray Francisco Mir, y por los escultores Juan de la Fuente y Diego de Jadraque, habiendo sido dorado y pintado por Lorenzo de Viana. Fue encargado y sufragado por el licenciado Manuel de Albornoz y Sotomayor, clérigo de la Casa de los Infantado, hombre de buen gusto y saneados posibles. Se estruc­tura en dos cuerpos y tres calles, estando ocupados sus espacios expositivos por magnificas escenas de talla en relieve representando pasajes de la Vida de la Virgen, así: la Natividad, la Epifanía y otras, presididas todas al centro por una representación magnífica de la Asunción de María, y en lo alto un Calvario. Es obra renacentista bien policromada y tratada en sus tallas y aspectos estructurales con mesura y elegancia.

Esta es, en breves líneas, la historia y la descripción de este templo mayor de la ciudad, la iglesia de Santa María de la Fuente, que desde el siglo XIV hasta nuestros días ha sabido concer­tar, en su arte constructivo y en las funciones que ha realizado, el devenir histórico de Guadalajara. En su aspecto mudéjar se lee la influencia de una raza y una cultura que fue no solo fundadora de la ciudad, sino gestora de algunos de sus momentos más relevantes. Y en su secuencia secular de funciones, siempre como iglesia principal, y hoy en calidad de Concatedral, Santa María ha servido de «cáliz de ladrillo» para recoger y encauzar el fervor cristiano de las gentes de Guadalajara. Es, por tanto, un digno ejemplo de edificio público que bien merece nuestra atención, nuestro cariño y nuestro recuerdo.