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julio 18th, 1986:

Doncel inexplicable

 

A principios de este ano, de este 1986 que nos ha traído, más vivida que nunca, la memoria del doncel seguntino don Martín Vázquez de Arce, dedique algunos capítulos de este «Glosario» a recordar aspectos puntuales de este personaje, que murió hace ahora cinco siglos. Con puntualidad nos llega, en esta hora, el aniversario de su caída.

Aunque las viejas crónicas no cuidaron de ponerle cifra al día caluroso en que Martín cayera herido, tuvo que ser por ahora, en pleno julio, cuando ya iba avanzada la campana veraniega de guerra y reconquista (era la primavera la que tocaba el clamor de la marcha, y el verano cuando se recogía la sangrienta cosecha) contra Granada, cuando la aventura de la Acequia Gorda, ‑que fue límpida y cortante como el relámpago culmino con la fatalidad de esa muerte, y dio vida al aliento eterno de la estatua.

Aunque reconozco que esto esta muy mal hecho, y previ­niendo a todos que, como el rebañar un plato con la lengua, «estas cosas no se hacen», hoy me pongo añorante y le traigo a este «Glosa­rio» contenido antiguo. Simplemente porque le cuadra, y porque, aunque ya viejo el texto, quizás hasta con un estilo que tuvo su momento y hoy anda fuera de tono, a mi me gusta: este Doncel Inexplicable se publicó en Nueva Alcarria el 24 de junio de 1972, y tuvo la fortuna de ser, en ese mismo ano, recompensado con el Premio de periodismo de la Jornada de Exaltación alcarreña. Es mi homenaje, y que todos me perdo­nen por no saberlo hacer mejor, hacia la memoria de aquel joven caba­llero, hijo de algo más que de su propia hidalguía, y venero de tantas páginas sinceras y emocionadas: de don Martín Vázquez de Arce, al que, afortunadamente, cinco siglos después de su caída, sigo sin explicar­me.

I

Si Loja en el Genil no hubiera estado; si Illora y Moclín al sur de la Parapanda, y Colmera con su arroyo e Iznalloz se hubiera disuelto en el Cubillas; si Alhendín no tuviera callejuelas ni Montefrío altos campaniles; si Zafayona, Lachar y Armilla hubieran sido el norte vascongado; si Afacar y Cogollos Vera en un atardecer se desvanecieran; si Granada con su Albaicín y sus judos y su Alhambra nunca hubieran existido…

Si Hermes no hubiera sido un infatigable caminante, tan ágil y vigoroso; si los cisnes de Maionia no hubieran dado siete vueltas a la isla cuando en ella nació Apolo; si Ares se hubiera dedicado más a Afrodita que a la guerra; si Hades no hubiera dado tantos cabezazos a Medusa, ni hubiera sido auxiliado por Erinies y Tanatos, ni a Kerberos diera tanto de comer; si a Dionisios no se le hubiera ocurrido la gran idea de plantar viñas, ni Gamínedes fuera tan bello, ni tan juguetón, ni Herakles tan heroico…

Si Fernando el Católico no hubiera cabalgado muy bien a caballo en silla de la guisa e la gineta. Si Isabel la Católica no hubiera criado en su palacio doncellas nobles, fijas de los Grandes de sus Reynos. Si a don Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantado, no le hubiesen visto jamas fazer mudança de aquello que una vez asentara de fazer. Si don Alonso Carrillo arzobispo de Toledo, no hubiera sido omme tan belicoso, ni siguiendo su condición hubierale plazido tener continuamente gente de armas e andar en guerras e juntamientos de gentes…

II

No habría habido tu gloriosa muerte, tu cantada donce­llez, tu cruz tan roja. No habría habido, pequeño Martín Vázquez, las guerras duras polvorientas locas y casi suntuosas del final del XV. No moros por allí danzando y gritando Corán en manojos del aire. No tierras pisoteadas con sangre y aspaventosamente corridas. No tiendas de campana donde velar los tibios pasos de la muerte. Ni habría habido tu aureola dionisiaca y efébica, tu sonrisa poderosa de dios truncado y suficiente, tu quieto afán de leer los troncos de los árboles, coger pequeñas faças relucientes y abrir vientres de infieles para ver los porvenires inciertos. No habría habido tampoco tu casco blanco de plata, tu sideral cruz de santiaguista, tu armadura porcelánica, tu lacia esclavina hecha de pétalos o tus espuelas.

No hubieras sido lo que eres: un fallo de la nada, una grieta de luz en el raído mundo, un cúmulo de polvo brillante y estelar.

III

La historia y el hombre han sido de siempre buenos amigos. Pérfidamente aliados. Contra si mismos, claro. Contra su autentica profesión de historia y de hombres. Nosotros nos hemos reunido en torno a una estatua, que es historia, y, como hombres que somos, hemos entablado amistad con ella. Hemos pensado siempre en lo que hubiera sido de nosotros sin su presencia, sin su apaciguada llega­da cotidiana hasta nuestros ojos. Y hemos creído que nos habrían faltado muchos latidos al corazón, muchas canas en las sienes, muchas horas tranquilas.

Porque el doncel deja de ser, después de muchos anos, puro dato escueto, rancia leyenda enquistada o erudita duda metafísica. Sonrisa o pena. Gil de Siloé o Sansovino. Soltero o paternal. Nos llega puramente astral. Vacío de estatuas y cargado de sangres y carnes y valentías. Con una sombra de árboles sobre su cuerpo, una apenas brotada hierba en las costillas, diez caballos y otros siete perros blancos y lejanos pastando en la miel de su garganta, un apre­tado programa de festejos en su cota de malla, y saltos de paracaidis­tas en los pelos, si, bailes y terremotos, el Diluvio y Noe con un par de mosquitos por las juntas de la coraza, un concierto de Vivaldi entre sus brazos que estrujan una mueca, no es un libro, de algún orondo fraile fallecido de viruela, cascadas o, mejor dicho, canta­rines arroyos por el casco, una nevada tal vez, y San Cristóbal o Rousseau calibrando el numero de pie, otro perro león o dinosaurio recitando versos del marques de Santillana, una hoguera en rescoldo bajo el codo, cuerdas o afiladas ventanas haciendo la guardia de los anhelos veinteañeros, la carne duramente afirmada como un aragonito, capa de sol y lluvia, y cara de cinco de la tarde, de a mi que me importa todo esto, de hay que fastidiarse en que lío me han metido, o ya que ha salido así la cosa pongamos por lo menos cara de circunstan­cias, pero mira que estaría yo ahora bien cazando jabalíes.

Martín Vázquez de Arce murió en guerra. Tantos hay y ha habido con su mismo final… Su hermano, que era eclesiástico y con dinero, le quiso conservar como en un limpio y aséptico formol, tal vez para seguir conversando de santos, de heroísmos, de proyectos… tal vez para mirar su muerte y ver que no es una cosa tan macabra ni inmisericorde. El caso es que esta ahí, que nos ha sucedido, que ahí se quedará, y que intentamos explicárnoslo y no hay manera. Porque esa estatua de hombre, ese hombre petrificado, ese gesto, esa lectura, ese estar tranquilo y conforme no cuadra con la idea que llevamos nosotros de la vida, ni achaca violencia, ni arguye inconformismos. Ni siquiera se preocupa de renovar su libro. Más esfuerzos aun. Nuestra mirada y nuestro cerebro trabajan lentos. Fluye tu imagen por la larga avenida de Sigüenza, por el ancho plazal de Castilla, por el gran truco feria­do del mundo esférico. Tu gesto inerte, tu pálido estar, tú. Calculamos otra vez la posibilidad de que haya sido un ángel el que sirviera de modelo y se cambiara por ti. O la de que el diablo tentador nos engañara con ese signo de adolescencia imberbe y resignada. Todo cabe en tu posible interrogante. Pero nosotros nos quedamos fuera. Sabiendo tan solo que nos has sido dado como un regalo de la historia, como una fabula en silencio, como un florecer los árboles y campos en la prima­vera, o el desfallecimiento de fábricas y altavoces ante el fin ultimo de la vida que se aparece: leer tranquilo, sonriente, bajo la pálida coraza del alabastro.