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Literatura popular en Guadalajara (Cuentos, Leyendas, Autos Sacramentales)

 

La provincia de Guadalajara, que tiene una población eminen­temente rural, y siempre ha vivido de esa tierra que todo lo preside y lo determina, posee un rico patrimonio etiológico en forma de litera­tura popular, que creemos interesante debe ser conocido y, sobre todo, protegido y alentado.

Dentro de una tradición eminentemente castellana, la provin­cia de Guadalajara nos muestra hoy su rica variedad de cuentos, de leyendas, de romances, de loas y de autos sacramentales. Evidentemen­te, solo una pequeña cantidad de ellos ha llegado hasta nuestros días. Las nuevas condiciones de vida, y especialmente la homogenización de la información y las metas culturales han impuesto, como en otros aspectos de lo etiológico y costumbrista, la desaparición por olvido e incluso por rechazo de muchas formas tradicionales del vivir.

Los cuentos que «las viejas cuentan al amor de la lumbre» son similares a los del resto de Castilla. Algunas figuras tradicio­nales de la literatura de ficción en Guadalajara están en muchos otros lugares de nuestra región: el hombre del saco, la princesa encantada, los animales que hablan, etc. Todo ello deriva de una tradición que es a la particultista y popular. Se pierde en la remota Edad Media, de trovadores y poetas palatinos, el origen de estos cuentos hoy popu­lares, y que se han ido transmitiendo de boca en boca durante largos siglos.

Las leyendas, que suelen ser más puntuales, breves y rela­cionadas con el punto geográfico en que se refieren, tienen en Guada­lajara una amplia representación en todas sus formas. Reconocen las leyendas orígenes comunes a otras regiones, a otros pueblos. Como toda literatura popular, las leyendas tienen un origen ancestral, primiti­vo, remodelado por la religión, los usos sociales, la política e incluso las formas de vida de cada pueblo. Y, aunque tamizadas por lo local, muestran un fondo común a muchos lugares.

Pueden considerarse tres tipos de leyendas: las de carácter general; las de carácter estrictamente local, especialmente relaciona­das con hechos milagrosos, apariciones de vírgenes, etc.; y las comar­cales, referidas a hechos semi‑históricos. De todas ellas exis­ten nutrida representación en nuestra tierra alcarreña.

De las leyendas de tema general no merece la pena insistir. De aquellas que tienen un carácter localista, existen bonitos ejem­plos, como la que refiere que los montes Ocejón, Santo Alto Rey y Moncayo eran tres hermanos a los que, por estar siempre peleándose, su madre los castigo a estar siempre viéndose pero nunca juntos; o aque­llas que en Sigüenza, en Molina y Brihuega refieren de la existencia de largos túneles que comunicaban castillos con catedrales; e incluso las que hablan de castillos huecos como en Zafra. También hay leyendas de tipo zoológico, en las que intervienen animales fantásticos, creci­dos por la fantasía popular: la serpiente que cerraba el paso a los viajeros en Salmerón, el oso con el que lucho Alfonso VI en los paramos boscosos del Badiel, o el perro que en Albalate encontró a la orilla del Tajo la Cruz milagrosa.

La mayoría de las leyendas, sin embargo, son de tipo mario­lógico, relacionadas con la aparición de la Virgen María, en los inicios siempre de la repoblación de la comarca, en los momentos en que surge el pueblo de la nada. La variedad de leyendas relacionadas con apariciones e invenciones de la Virgen es tan grande que se hace imposible particularizar. Abundan las formas de aparición sobre árboles, en ruinas, en cabañas, y aquellas otras que ante pastores, labradores y gentes casi siempre humildes, María pide que en aquel lugar se levante una ermita o santuario en su honor.

En el plano de las leyendas de fondo histórico, nuestra tierra posee un rico venero de dichos relacionados con los moros y la reconquista del territorio por parte de los cristianos. Son leyendas elaboradas durante los siglos en que esa reconquista se llevaba a cabo, o poco después, pero siempre por parte del elemento conquista­dor. Destacan algunas como las que suponen las conversiones milagrosas de destacados gerifaltes árabes: del terrible moro Montesinos que asolaba las alturas de Cobeta; de Aly‑Maymon en las cercanías de Sopetrán; de la princesa Elima en su castillo de la Pena Bermeja de Brihuega, etc. También hay leyendas que cuentan amores de guerreros cristianos y princesas moras. O las que refieren lugares y trances donde los islamitas dejaron enterrados sus valiosos tesoros, todos ellos encantados. Finalmente, han sido las leyendas referidas a la reconquista del territorio las que con mayor viveza han llegado hasta nuestros días, e incluso aun suscitan discusiones y estudios: sirva de ejemplo la conseja que dice como Alvar Fáñez de Minaya conquisto la noche de San Juan del ano 1085 la ciudad de Guadalajara, y en otros pueblos de la Alcarria, aplicados a si mismos, refieren parecida hazaña. En algunos puntos de nuestra geografía provin­cial, esa con­quista guerrera y preñada de heroísmos la protagoniza Ruy Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

Los romances son composiciones rimadas que cuentan leyendas o cuentos conocidos de otro modo. En este sentido, es bastante escasa la tradición en Guadalajara, o al menos han sido muy escasos los ejemplos de romances específicamente alcarreños, serranos o molineses que se han conservado hasta nuestros días.

Uno de los aspectos más interesantes de la literatura popu­lar de Guadalajara son las loas y los autos sacramentales. Ambas son piezas literarias destinadas a la representación teatral, comunitaria, que suele ponerse en práctica en espacios abiertos, como plazas de pueblos, puertas de santuarios, etc., y en ocasiones festivas de tipo religioso. La tradición popular confunde generalmente con ambos nom­bres, loas y autos, a estas representaciones. E incluso les da otros muchos y variados nombres: sainetes, comedias o funciones. Por ello creemos que es más conveniente, al menos desde un punto referencial único, denominarlas como piezas de representación.

De ellas, unas tienen por contenido aspectos divertidos de las relaciones humanas. Se ven retratados tipos o personajes conocidos de todos. Y se celebran humorísticamente sus andanzas y problemas. Pero las piezas que más raigambre poseen en Guadalajara, y se han hecho famosas incluso fuera de nuestras fronteras son las llamadas loas y los autos sacramentales de determinados lugares. Sin llegar a tener el carácter del auto barroco culto, como el presentan situa­ciones de maniqueísmo a ultranza, con perennes luchas del Bien y el Mal, y triunfo permanente del primero. Se relacionan, por supuesto, con la religión católica, sus misterios y ritos, y se representan con motivo de fiestas populares religiosas, muy especialmente en torno al «Corpus Christi» o sus octavas.

Sabemos por noticias documentales de la existencia de estos Autos en lugares como Horche, Valdenuño‑Fernández, Sauca e incluso el mismo Guadalajara. Las calles y plazas de estos lugares servían en los inicios del verano para representar estos autos. Hoy en día aun quedan algunos y se siguen representando en Utande, en Molina de Aragón, junto al barranco de la Virgen de la Hoz, en la fiesta llamada de la Loa, y en Hinojosa, con motivo de la Soldadesca. En Majaelrayo también se representan las loas del Santo Niño. Pero donde estas piezas de la literatura  popular alcanzan mayor variedad e interés es en el serrano pueblecillo de Valverde de los Arroyos, donde se han conservado al menos cinco de estas piezas, y se tiene referencia de la antigua existencia de muchas otras.

En las fiestas de la Octava del Corpus, Valverde revive todos los anos, al compás de las danzas y los vivos colores de sus cofrades del Santísimo, la representación de sus ancestrales piezas en el portalejo junto a la iglesia. Obras como El papel del Género huma­no, El Auto de San Miguel, El sainete de Cucharón, la Loa de las Tres Virtudes y la Loa del Pastor y del Galán, ponen en estas fiestas su nota de color y de gracia espontánea. Las representaciones se hacen por hijos del pueblo, a costa de su trabajo personal, de su preparación y entusiasmo. De ese carácter eminentemente popular de las obras de Valverde surgieron cosas como esa pieza titulada La Mentira Prove­chosa que escribió en 1929 Macario Benito bajo el seudónimo de Beyma, pastor de Ocejón, y que venia a ser «un juguete cómico para represen­tar en verso en dos actos y un epilogo», bueno para ser hecho entre amigos. En esa misma tradición popular, ha surgido en los pasados meses otra excelente pieza, firmada por los autores Cuenca y del Olmo, en que con la técnica ancestral de la loa versificada se pone en representación una leyenda que habla de la aparición y devoción a la Virgen de Castejón en la Villa de Jadraque.

Todas estas son, en definitiva, formas tradicionales, pero vivas y permanentemente renovadas, de la literatura popular, que en la provincia de Guadalajara han tenido durante muchos siglos un gran predicamento entre su población de carácter eminentemente rural, y gracias al continuado interés por salvar y proteger las raíces autóctonas y costumbristas, siguen interesando y manteniéndose. El esfuerzo de todos por recoger, cultivar y mantener viva esta «literatura popu­lar» nunca será en vano.

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