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mayo 23rd, 1986:

El teatro en el siglo XVI en Guadalajara

La fiesta del Corpus Christi centraba la actividad teatral de la Guadalajara del siglo XVI. Aquí vemos la procesión de Guadalajara con su cofradía de los Apóstoles.

 

La festividad del Corpus Christi o jornada dedicada al Santísimo Sa­cramento ha tenido, desde hace mu­chos siglos, una entidad muy carac­terizada en Guadalajara. Además del significado puramente religioso, que es lo que hoy prima, en ocasiones anteriores fue lo que con toda jus­ticia podría denominarse una autén­tica «fiesta popular». Todo el mun­do se echaba a la calle, en una jor­nada que generalmente ya era de buena temperatura, y además de asistir a los oficios litúrgicos y contemplar el paso de la procesión, se divertían con las representaciones teatrales que el Ayuntamiento ofre­cía, así como con los desfiles de pan­tomimas, cabezudos, máscaras y ta­rascas. Por la tarde había corrida de toros, y alguna justa caballeres­ca como residuo medieval. La fiesta del Corpus Christie en Guadalajara podemos decir que alcanzó toda su plenitud en el siglo XVI, época de la que tenemos bastantes datos re­lativos a su celebración, y de la que hoy aportamos un documento curio­so, precisamente el de la celebración de esta fiesta en 1586, esto es, hace exactamente cuatro siglos.

Se ofrecían corridas de toros en este día, en la plaza que se formaba delante del palacio de los duques del Infantado. Se daban entre cuatro y ocho toros, y el espectáculo duraba largas horas. A los astados se les alanceaba a caballo y a pie, o se les echaba en otras ocasiones más sin­gulares a luchar contra osos o leo­nes, y finalmente se les mataba.

En la procesión del Santísimo Sa­cramento, solemnísima y multitudi­naria, que era presidida por el corregidor y acompañado de los car­gos municipales y representaciones de los gremios y la aristocracia de la ciudad, dio siempre carácter ‑al menos desde el siglo XV en que te­nemos noticia de que ya salían‑ los Apóstoles. Se formaba esta Cofra­día por diversos individuos que pa­ra la ocasión se vestían con los tra­jes de época de los discípulos de Cristo, poniendo sobre sus caras unas máscaras que así acentuaban el carácter sagrado de su represen­tación, siendo precedidos en el cor­tejo por niños que portaban carte­les con sus respectivos nombres. Estos apóstoles heredaban de sus padres o antecesores directos el de­recho a salir de tal modo en la pro­cesión del Corpus, y es verdadera­mente reconfortante el hecho de que hasta hoy mismo se haya man­tenido esta antiquísima costumbre.

En cuanto a lo que de fiesta real­mente popular encerraba la jorna­da, fue siempre llamativa, ruidosa y múltiple. Es indudable que, por lo menos a lo largo de los siglos XVI y XVII, el Corpus Christie fue la fies­ta más importante y esperada de la ciudad. Una costumbre muy bonita era que por la mañana del luminoso día, salían ricamente vestidos y montados en sus caballos, el Corre­gidor y los comisarios de fiestas del Ayuntamiento, recorriendo las ca­lles por donde habría de pasar la procesión. Reglamentada por unas normas muy estrictas y tradiciona­les, en ella se representaban todos los elementos significativos de la vi­da de la ciudad. Acudían cofradías y representaciones a la iglesia de San­ta María de la Fuente, la Mayor donde se ponía el Santísimo sobre unas ricas andas, y así salía a la ca­lle acompañado de autoridades y gremios. Cada grupo hacía algo con­creto y preestablecido de tiempo in­memorial: los escribanos llevaban hachas de cera encendidas; los procuradores una imagen de la Virgen, etc. Todos los estamentos ciudada­nos competían ‑en esta sociedad más litúrgica que teocéntrica‑ en aparecer con mayor pompa y llama­tividad sobre los demás.

Las fiestas consistían en danzas representaciones teatrales, y desfi­les de gigantes, cabezudos y tarascas. Estas cosas las pagaba el Ayun­tamiento, por contrato previo con particulares o compañías de cómi­cos y profesionales. En cuanto al sentido de las representaciones teatrales, y según hemos podido cole­gir de los títulos que en documentos se dan a las mismas, todos ellos estaban relacionados con historias bíblicas o del «Flos Sanctorum», que quizás muy en su origen habían si­do «autos sacramentales» en los que­ la dualidad Bien‑Mal luchaba y se manifestaba ante los fieles. Las dan­zas estaban normalmente protago­nizadas por demonios, soldados, gi­tanos y moriscos, pero en todo caso para esta época, la ciudadanía había olvidado el sentido primitivo (quizás heredado de épocas prehis­tóricas, ibéricas) y el Corpus queda­ba como una fiesta pura, colorista y abigarrada, popular y espontánea en modo tal que ya para hoy la qui­siéramos.

Solían salir músicos, timbales y trompetas contratados por el Ayuntamiento. También los referidos gigantes y cabezudos y una enorme representación de San Cristóbal con       el Niño en brazos. Y vayamos ahora con la noticia y comentario de lo que, exactamente hace ahora cuatro siglos, se preparó como fiesta popular en Guadalajara por parte de su Ayuntamiento. Ha quedado memoria de ello en las Actas Concejiles de los días 31 de enero y 16 de mayo de 1586, en que, muy previsoramente, se habían puesto ya a tratar sobre la fiesta de verano.

Eran comisarios concejiles para la celebración Juan de Zúñiga, Antonio de Obeso y Cristóbal Osorio. Ellos deberían mantener conversaciones con unos y otros, contratar y perfilar lo que sería la fiesta. En enero se habló con un famoso comediante del siglo XVI, Osorio, quien quedó en representar el Día del Corpus dos autos sacramentales por precio de 140 ducados, y si la ciudad quedaba contenta, aún se le habrían de dar otros 20 ducados más, añadiendo 800 reales de señal a la firma del contrato. Pareció muy bien el Ayuntamiento, pues Osorio era hombre muy popular en la Castilla y los madriles de la época. Pero finalmente se deshizo lo hablado. Se ve que a Osorio, quizás en Toledo, en Granada o en el mismo Madrid le pagaron mejor, y dejó a los de Guadalajara con un palmo de narices.

Enseguida empezaron las búsquedas, y se halló a un tal Andrés de Angulo, autor de comedias, dispuesto a «que él y su gente vendrían a representar el día del Corpus deste año en la forma en que antes tenía hecha obligación Osorio». Pero Angulo ofreció más. Por el precio presupuestado él daría no dos, sino una verdadera catarata de autos, de entremeses, de mascaradas y fiestas que inundarían la ciudad durante varios días con su arte su alegría. Pareció muy bien a los ediles esta oferta, y se apalabró con él a pagarle, el día de después Corpus, los 140 ducados previstos, aunque le pidieron dejara una cadena de oro en prenda de su compromiso…

Y esto es lo que hizo Andrés de Angulo con su grupo de cómicos en la Guadalajara de 1586: como presentación, vino un día de la Pascua del Espíritu Santo a representar una obra en el salón del Ayuntamiento. El día de la víspera del corpus por la tarde representó otra comedia en el mismo salón mayor de la Casa Concejo. Y ya el día de la fiesta realizó lo siguiente: a la salida de la procesión en la plaza de Santa María, un auto sacramental. Otro poco después, cuando la procesión pasaba junto a la casa del duque (el palacio del Infantado), seguido de dos entremeses y una danza de máscaras. Más otro auto de devoción y dos entremeses en la plaza del Concejo (la plaza mayor). Y por la tarde de ese día, haría otro auto con dos entremeses y una danza de máscaras «en el tablado que se haze en Santiago» y ya de noche concluiría con «otro auto e dos entremeses en el tablado que se hace en la plaza del concejo desta ciudad delante del corredor del ayuntamiento». Debió ser algo soberbio, impresionante, una compañía de cómicos durante un día entero cambiar incesantemente de vestimentas, de papeles, de tonos y de misiones. Un espectáculo único y fascinante, que hoy no nos queda sino rememorar con las alas de una imaginación que, a buen seguro se nos queda chica.

En todo caso, nos demuestra la vitalidad y las ganas de diversión que siempre tuvo el pueblo de Guadalajara. En eso, como en muchas otras cosas, seguimos siendo los mismos de siempre.