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marzo 25th, 1986:

El paseo de las Cruces

 

Nadie duda que el paseo más importante, el entorno urbano más agradable y bien cuidado de la ciudad es el paseo de Fernández Iparraguirre, popularmente conocido como El Paseo de las Cruces. En nuestro repaso al callejero de Guadalajara, hablaremos hoy de este lugar, de su antigüedad e historia, y de la figura que le da nombre, popular en la Guadalajara de hoy y de siempre, pero desconocido para la mayoría de sus habitantes.

Como ya hemos visto en ocasión anterior, la muralla de Guadalajara ascendía el barranco de San Antonio desde la torre de Alvar Fáñez, y el puente de San Antonio bordeando lo que es hoy paseo del Cardenal Mendoza o del Matadero, doblaba la esquina en el lugar que hoy ocupa, más o menos, la Casa del Pueblo, Y se abría en amplio receptáculo para albergar el Mercado de los martes, delante de la puerta del Mercado, frente al convento de los dominicos, hoy San Ginés.

Pues bien, en el siglo XVII surgió un convento gigantesco, el de los padres Carmelitas descalzos de la Epifanía, lo que hoy es casa de franciscanos e iglesia del Carmen. Aprovechó este convento para vallas las antiguas murallas, ya por entonces casi arruinadas, de la ciudad, y a su costado meridional surgió un lugar que, como camino que bajaba hacia el barranco referido, y de allí al lejano Henares, empezó por entonces, y hablo del siglo XVII, a ser frecuentado como paseo por las gentes de Guadalajara. Los carmelitas pusieron, pegado a las vallas de su convento, un vía‑crucis formado por una larga hilera de cruces, que acababan en un humilladero al final de la valla conventual, cerca del barranco. La gente dio en llamar a aquel lugar el paseo de las Cruces. Y así se denomina aún.

Cuando en el siglo pasado fue tomando cierto auge este lugar, por la presencia de casas que iban levantándose a ambos lados, y que por rara excepción en las antiguas ciudades permitieron una calzada ancha y despejada, el Ayuntamiento pensó en dedicar un nombre oficial al paseo, ofreciéndolo a un personaje que, por su intenso trabajo por y para Guadalajara, y la temprana edad en que murió, cuando era admirado de todos, no admitió dudas para nadie. Este personaje era Francisco Fernández Iparraguirre.

Había nacido en Guadalajara, el año 1852. En los pocos años que duró su vida, este arriacense supo ganarse un puesto en la ciencia española, y una ferviente admiración de todos sus paisanos, por el entusiasmo, la inteligencia y la valía que demostró en todas cuantas empresas acometió. Dedicado a la botánica, química y ciencias naturales; a la enseñanza y teoría de los idiomas; y a un sin fin de actividades culturales que hicieron brillar nuevamente a la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XIX con un empuje propio.

Fernández Iparraguirre cursó las primeras letras y el bachillerato en su ciudad natal, consiguiendo posteriormente la licenciatura y el doctorado en Farmacia, por la universidad de Madrid, a los 18 años de edad. Cursó también los estudios de profesor de Primera Enseñanza, de sordomudos y ciegos, y de francés, ganando la cátedra de esta asignatura en el Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara, donde actuó a partir de 1880.

En su faceta de científico biólogo se ocupó de estudiar meticulosamente la flora de la provincia, obteniendo una medalla de bronce en la Exposición Provincial de Guadalajara, de 1876, con su trabajo titulado Colección de plantas espontáneas en los alrededores de Guadalajara, En esa tarea, descubrió una variedad de zarza (la «zarza milagrosa) a la que Texidor, profesor de Farmacia de la universidad de Barcelona, bautizó en su honor con el apelativo de Fernandezii. También dentro de su profesión universitaria participó en 1885 en el Congreso Internacional Farmacéutico, presentando varias ponencias al mismo.

En el campo de la investigación lingüística, Fernández Iparraguirre fue un trabajador incansable, abriendo nuevas vías al lenguaje. No solamente laboró en la parcela de las lenguas latinas, dejando varios libros escritos, uno de ellos, en dos tomos, es un interesante Método racional de la lengua, francesa, sino que se convirtió en adelantado para España de la primera lengua universal, ideada por Schleyer, y a la sazón propagada por Kerchkoff, llamada el volapuk. En ese espíritu de fraternidad universal y de búsqueda de caminos para el «desarrollo sin fin», propugnado por el positivismo del siglo XIX, Fernández Iparraguirre dedicó todos sus esfuerzos a la implantación de esta nueva lengua en nuestro país. Escribió una Gramática de Volapuk y un Diccionario Volapuk-Español, fundando la Revista Volapuk con la que intentaba difundir por España toda la bondad y el raciocinio de esta lengua de universales alcances. Antecesor del «Esperanto», la lengua del «Volapuk», de innegable tradición germánica, no llegó a cuajar nunca. Pero no fue, ni mucho menos, porque nuestro paisano Iparraguirre desmayara en su propagación.

Como incansable trabajador de la cultura arriacense, Fernández Iparraguirre fundó, en compañía de José Julio de la Fuente, Román Atienza, Miguel Mayoral y otros el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara, del que fue presidente y socio honorario, dirigiendo su revista, en la que por entonces se publicaron interesantísimos trabajos sobre la historia, el arte y la sociología de Guadalajara. La temprana muerte, que le alcanzó en 1889, cortó su entusiasmo, dedicado por entero a la ciudad y a sus paisanos. Hoy disfruta, en mudo homenaje de la posteridad, de un lugar público que es, sin duda, el mejor y más hermoso exponente del urbanismo de Guadalajara.