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La alfarería de Guadalajara en el siglo XVI

 

Una de, las industrias artesanas de mayor antigüedad y raigambre en la ciudad de Guadalajara fue la de la alfarería y cerámica, hasta tal punto de que centró el movimiento de todo un populoso barrio, y durante largos siglos dio de comer y vivir a numerosas familias del burgo. Todos conocen probablemente el barrio de Cacharrerías de Guadalajara, e incluso el pasado año, con motivo del IX Centenario de la Reconquista, en esta misma sección dediqué un trabajo a dicho barrio, desde el punto de vista urbanístico.

Quisiera hoy dedicarme a recor­dar la industria alfarera de Guadalajara, especialmente a partir de un documento interesante por muchos otros motivos, como es el Inventa­rio de los bienes del caballero don Antonio de Mendoza, un segundón solterón de los Infantado, construc­tor nada menos que de un palacio, que luego fue convento de la Piedad y en el último siglo Instituto de En­señanza Media, que figura por méritos propios en la primera fila del estilo plateresco español.

El barrio de Cacharrerías, donde habitaron los alfareros, recibió su nombre nada menos que durante la época árabe. Es por ello que puede considerarse como uno de los más antiguos de la ciudad. Se encuentra situado frente al  Hospital Provin­cial, en la bajada hacia la Estación del FFCC, tras el edificio del Parque Móvil. Constituía un amplio espacio entre el puente y la orilla izquierda del río Henares, y los dos barrancos (la Merced y san Antonio), limitado­ res de la ciudad en sus cercanías del río. Por la parte más alta  limi­taba con la muralla de la ciudad, que se situaba donde hoy están las ruinas del alcázar y Cuartel de San Carlos, frente a la Escuela Universitaria de Magisterio.

Desde la dominación árabe se denominó a este barrio «de la: Alcallería». Es ésta una palabra que viene del árabe «qulla» (botijo o botija) o de «quIaliya» (lugar de alfareros). Desde un principio hubo allí gran cantidad de alfareros, que encontraron en los terraplenes del barranco del Alamín una excelente cantera de buen material para ‑su artesanía. Aquí se producían cerámicas y m charros en gran profusión, y Sin duda fue un centro floreciente de esta industria, hasta el punto de que sabemos que surtía a gran parte de la población árabe desde Toledo hasta Medinaceli. Por algo Wad‑al‑Hayara era la capital de la parte oriental de la Marca Media de Al‑Andalus.

Tras la reconquista de la ciudad por los cristianos en el mes de junio de 1085, en Guadalajara quedaron a vivir numerosas familias árabes. En diversos censos realizados en siglos posteriores, siempre aparecen los moros en número abundante. Desde el siglo XV al XVII hubo una media de 80 familias moras, que equivaldría a unos 500 individuos, viendo en Guadalajara. Y la mayoría de ellos habitaban, según el padrón de 1610, en el barrio de Cacharrerías. En unos documentos que halló el cronista Layna, se hablaba de cómo uno de los mejores Artesanos que trabajó en el palacio del Infantado fue el moro Muhammad de Daganzo, que hacía en su taller de la Alcallería de Guadalajara los azulejos «a la cuerda seca» para las habitaciones y patios de la casona mendocina.

Todavía durante la Edad Moderna siguió este barrio y su artesanal industria muy florecientes, viéndose en los documentos del Archivo Histórico Provincial la gran cantidad de personas, de transacciones y de talleres que existían en este barrio, plenamente activo. Los cacharreros de Guadalajara formaban uno de los gremios más potentes en la Guadalajara del siglo XVI, época de indudable despegue económico. Y ello se debía a que los cacharros aquí fabricados, bien fuera por su materia prima, bien por las técnicas desarrolladas en su manufactura, eran considerados como de primera calidad y Muy apreciados, especialmente entre la clase pudiente de Castilla la Nueva.

En el ya mencionado Inventario de los bienes de don Antonio de Mendoza, que a su muerte, en 1510, sus albaceas redactaron, encontramos una relación exhaustiva de sus pertenencias, y aparecen los, cacharros que en ese momento poseía el ajuar de su palacio; que no me resisto a copiar íntegro en lo que respecta a las piezas de alfarería y cerámica de Guadalajara. Dice así: «17 platos grandes blancos de barro de guadalajara, 13 platos medianos de barro de guadalajara, 12 platillos de falda de mogatez de guadalajara, 24 saleros de mogatez de guadalajara, 122 plateles de mogatez de guadalajara, 97 escudillas de falda de mogatez de guadalajara, 22 jarras de pico de mogatez de guadalajara, 23 escudillas de oreja e redondas de mogatez de guadalajara, 10 salsericas de mogatez de guadalajara, 4 vacinicas de mogatez de guadalajara, 3 vebederos de paxaros de barro de guadalajara, 1 potro de barro de guadalajara, otro plato grande barro de guadalajara, 9 plateles e cinco escudillas de falda de mogatez de guadalajara, 109 plateles de mogatez de guadalajara…» Y sigue luego enumerando otra serie de objetos de cerámica y alfarería de otras partes, de España, entre los que primaban los de Valencia, Talavera y Toledo, lugares también acreditados en este tipo de manufacturas.

Contando todos los cacharros de la casa de don Antonio de Mendoza, nos encontramos con la fabulosa cifra de 616 cacharros, de los cuales 467 eran de Guadalajara y el resto de otras partes de España, lo que significa, qué la artesanía local predominaba en una proporción de 3/1 sobre la foránea. De la alfarería arriacense de don Antonio, 283 eran platos de diverso tamaño, 120 escudillas, 24 saleros, 22 jarros y el resto piezas varias. Es evidente, por tanto, que la nobleza y la clase adinerada, prefiere la alfarería de Guadalajara sobre la oferta de otros lugares.

En el testamento de este caballero, extendido dos años antes de morir, en 1509, encontramos referencia a dos alcalleres o alfareros de Guadalajara a los cuales debía dinero. Eran Algundo y Hernando de Cuéllar.

Finalmente, y como un detalle accesorio, pero curioso, respecto a la personalidad de este personaje que tan honda y maravillosa huella de arte, dejó en su ciudad, referiré cómo en su Testamento desea que se considere a su cuerpo cuando muera. En contra de lo que es habitual en su época, no quiere boato de ningún tipo en lo del enterramiento, y se demuestra que cuando ya se veía morir, aún no había previsto nada respecto a como debiera ser y lo que debiera mostrar su enterramiento, cosa que la mayoría de gentes de su linaje ya lo habría elaborado una y mil veces. El dice así en el, comienzo de su carta última: «E mando que guando desta vida presente falesciere my cuerpo sea enterrado­ en la yglesia de Nra. Sra. de la fuente desta ciudad de guadalajara e que este depositado en la capilla mayor… fasta qué en esta mysma yglesia se haga e edifique lugar convenyble donde yo pueda estar, sin mirar en esto a la vana gloria del mundo más que se haga llanamente… e que mys albaceas myren más al provecho de my anyma que a la vana gloria…»

Palabras sabias, cristianas, humanas, de este hombre bueno y sencillo que fue don Antonio de Mendoza,  entusiasta, como hemos visto, de la artesanía del barro y la cerámica de su ciudad natal, de Guadalajara.

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