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El Octavo Centenario del monasterio de Ovila

 

Es Justamente este año de 1986 cuando podemos decir con precisión una fecha exacta para el que fuera gran monasterio cisterciense de Ovila, junto al Tajo, en las cercanías de Trillo. Porque hace ahora exactamente ocho siglos, en 1186, que Alfonso VIII, el gran Rey ganador de la batalla de las Navas de Tolosa, Puso a la comunidad ya existente desde hacía unos años en una casa nueva justo en el lugar donde se desarrolló definitivamente el monasterio. Y comenzó con donaciones y privilegios a engrandecerle y colmarla de favores.

Pero veamos con detenimiento la historia de Ovila, porque en su discurrir de siglos nos habla de cómo la historia de la Alcarria se ha mirado en sus piedras doradas y hoy ya, no sólo expatriadas, sino derruidas.

Escueta pero muy clara y definitiva, aparece la primera salida de esta comunidad bernarda al mundo. Aunque fray Ángel Manrique da la fecha de 1175 para su establecimiento, lo cierto es que no fue sino inmediatamente después de la toma de la toma de Cuenca por Alfonso VIII que se produjo el nacimiento de este cenobio. Es en 1181 cuando el monarca castellano adquiere el territorio de Murel a cambio de unos terrenos en Toledo, para Edificar una abadía. Allí, en lo que hoy es término de Morille­jo, junto al río Tajo y en una zona donde probablemente se co­menzó a construir el puente que todavía subsiste, surgió la primi­tiva sede, sencilla y pobre, de los cistercienses.

El Papa Lucio III concede en 1182 una Bula, dando al cenobio de Murel la facultad de ser colegio o noviciado, lo que viene a significar la abundancia de vocaciones que en la región había, aunque los primitivos monjes pobladores llegaron a Valbuena.

Será en 1186, y ahora hace exactamente ocho siglos de ello, que los frailes blancos bajen a poner su nueva casa a Ovila. Es en ese momento cuando el rey Alfonso se vuelca en donaciones y acrecentamientos. Y, aparte del territorio ya concedido de Murel, les entrega los censos y diezmos de Ruguilla y Huetos, cuatro yugadas de tierra en Gárgoles, un molino en Sotoca y otros dos en Carrascosa, así como una heredad en Padilla del ducado y otra en Corbes.

Las obras del monasterio comenzaron en los primeros años del siglo XIII. Su construcción fue siempre lenta y a empujones. Algunas cosas se acabaron, otras no llegaron a cuajar, y así se dio la circunstancia que el cenobio cisterciense de Ovila tuvo siempre un pluriforme aspecto de estilos y tendencias artísticas y constructivas.

Siguiendo con su historia, vemos como Enrique I declara exentos de pechos y tributos a los vecinos de Carrascosa, donándoselos al monasterio para que le sirvan de criados. Donaciones que son confirmadas por su hijo Fernando III. Durante los siglos XIII y XIV continuó Ovila acrecentando sus pertenencias, gracias a los reyes, los nobles y particulares que en sus testamentos dejaban como últimas voluntades importantes bienes y rentas. Así, el rey Jaime I de Aragón dio una carta de privilegio a los monjes blancos alcarreños para que pudieran pasar sus mercaderías y ganados sin necesidad de pagar los tributos oficiales a través de su reino. Y luego es Domingo Pérez, vecino de Sotoca, quien en 1328 dona al monasterio unas casas, viñas y tierras de labor que tenía en su pueblo.

Aún cuando desde el siglo XIV poseía el monasterio de Ovila el santuario molinés de la Virgen de la Hoz, que antes fue de agustinos y sanjuanistas, es en 1461 cuando Pío II concede una Bula para que se posesionen de él de una manera formal y categórica, dándoles también todos los derechos sobre la ermita de Nuestra Señora de Mirabueno, cerca de Mandayona.

Pero será en el siglo XV cuando de manera solapada pero efectiva, comience la decadencia, larga y melancólica, de Ovila. Las guerras civiles que asolan todo el territorio hispano será una causa más que ayuda a la despoblación de los pueblos de la zona. En el tercer cuarto de siglo XV van pasando, fruto de malos cambios y humillantes contratos todas las posesiones que Ovila tenía en Huetos, Sotoca, Ruguilla y Gárgoles de Abajo, a poder de los condes de Cifuentes. La relajación de las costumbres monarcales se acentuó, llegando al extremo de que en 1465, por no existir abad nombrado, se encargó de la administración de Ovila don Juan López de Medina, como vicario que era entonces de la diócesis de Sigüenza. El expolio se efectuó de manera tan acelerada, que hasta los vecinos de Murel y Morillejo se adueñaron de las tierras que la Orden tenía en sus términos.

Beneficios reales como los que Felipe II en 1562 dio confirmando el censo que Ovila tenía en Brihuega, y la compra de 4.000 maravedíes que en 1577 hizo del pozo de sal de Cobes, apenas si bastaban para sostener a la Comunidad, que desde entonces no pasó de tener seis monjes. Se iban lentamente haciendo obras, mejorando, arreglando, poniendo la mano en un agujero para que el agua se saliera por otro. En 1617 comenzaron las obras del nuevo claustro, del que sólo se llegaron a levantar las caras septentrionales, que aún perduran.

En el siglo XVIII hubo un incendio que acabó con casi todo el archivo monasterial. La zozobra continuó a lo largo de la guerra de Sucesión, y gracias a que la iglesia se hizo parroquial, y el prior considerado como cura párroco, pudo sobrevivir en continua agonía. Llegó luego la guerra de la Independencia, sufriendo considerables mermas económicas y grandes desperfectos materiales. En 1820 se logra una precaria tranquilidad al nivelarse el capítulo de deudas, pero es en ese mismo año que todo vuelve a quedar en silencio y soledad, ante las iras y pasiones desatadas en los pueblos comarcanos. Fernando VII regresa, los devuelve a Ovila y los protege. Pero en 1835, cuando sólo que daban entre sus inmensos muros el abad, cuatro monjes y el lego Clemente, la Orden desamortizadora de Mendizábal supone el colapso definitivo de Ovila, y su muerte.

Todos los objetos de interés artístico del monasterio fueron trasladados a las parroquias de los contornos. Muchas cosas desaparecieron en el viaje, y de lo poco que quedó, la guerra civil del siglo XX se lo llevó por delante. Incluso las nobles ruinas, vacías, del monasterio del Cister fueron motivo de tráfico y vendidas al magnate americano William Randolph Hearst, quien pensaba colocarlas en su casa de San Francisco. En una historia increíble, pero desgraciadamente cierta, que magistralmente y en profundidad ha investigado recientemente el arquitecto Sr. Merino de Cáceres, el monasterio de Ovila fue desmontado piedra a piedra y embarcado rumbo a América, donde hoy todavía se encuentra, absolutamente destrozado y perdida su mayor parte, en unos almacenes de San Francisco.

Para quien hoy, en este octavo centenario de su nacimiento, quiera visitar Ovila, recomiendo paciencia y tragadero. Se llega bien, por caminos de tierra, desde Trillo, donde indican el camino. Pero el alma se viene a los pies al, ver aquello. De lo más antiguo quedan los cimientos de la iglesia y la bodega, obras del siglo XIII bajo el reinado de Enrique I. Lo demás, paredones, ruinosos corrales, doble arquería del claustro bañada por el sol generosamente, techumbres góticas de la iglesia convertida en garaje y almacén de mil cosas variadas, son consecuencia de posteriores tiempos. En cualquier caso, merece llegar hasta aquel rincón del valle del Tajo, palpar la tranquilidad de su ambiente, rememorar, en el silencio de unos simples minutos, tanta vida y tanta historia como por aquel entorno pasaron. Será un modo de conocer y querer más a nuestra tierra

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