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El viaje a la Alcarria de Cosme de Médicis

 

Cuando no hace todavía mucho tiempo, Camilo José Cela volvía, esta vez con choferesa negra llevándole en Rolls, a los caminos de la Alcarria, no hacia sino computar de enésima su aventura, poniendo un jalón más en lo que podría denominarse «la historia de los viajes a la Alcarria que en el mundo han sido». Pues ya desde la época de los romanos, cuando Antonino Pío se marcó el Henares de punta a cabo, y muchos siglos después el barón de Rosmithal o Jerónimo Munzer hicieron lo propio a lomos de sus mulas, estos pagos de la Alcarria han tenido visitantes, unas veces ilustres, otras no tanto, que luego han apuntado en sus cuadernos, en forma de recuerdos y a veces de fantasías, sus experiencias.

Sin entrar ahora en valoraciones ni mucho menos pararme a comparar lo escrito y dicho por unos y otros, quisiera en este momento recordar a otro ilustre viajero que tuvo la Alcarria, nada menos que en el siglo XVII, concretamente en 1668. Se trata del príncipe de Florencia Cosme III de Médicis, hijo de Fernando II, también monarca de aquel país, y que como una forma especial de entretenerse, saliendo de los habituales cauces cinegéticos de las monarquías ancestrales, se dio a viajar por todo el mundo occidental, correspondiendo su venida a España en los años 1668 y 1669. En el primero de ellos llegó a Guadalajara. Y expuso sus impresiones, oralmente, a sus acompañantes y amigos, siendo uno de sus cronistas Lorenzo Megalotti, quien luego se encargaría de escribir este viaje y darlo a la imprenta. Pier María Baldi, otro de la comitiva, hizo una bellísima serie de dibujos que ilustró la primera de las ediciones de este viaje.

Viniendo desde Aragón, Cosme de Médicis y su corte bajaron por el Camino Real, que en esos momentos de la segunda mitad del siglo XVIII transcurría ya por lo alto de la Meseta de Alcarria. En ese momento, a lo que se ve, estaba ya abandonado como Camino Real o principal para comunicar Castilla con Aragón el tradicional paso del Henares, utilizado desde la más remota antigüedad por romanos, árabes y castellanos. Cosme de Médicis baja desde la Serranía del ducado hacia la Alcarria, y lo hace por lo alto de la meseta, deteniéndose en ventas y mesones.

Llega a Gajanejos. Entonces se llamaba El Villar, o también Cacamos. «Era, nos dice Megalotti una aldea de setenta, fuegos del Conde de Oropesa, que es cuanto él posee en estos contornos. La tierra es una mezcla de cerros y llanura, de valles en su mayor parte silvestres, entremezclados con bellísimos bosquecillos de carrascos, en todo semejantes a los del día anterior. El Villar está situado en la cima de un cerro o por mejor decir en el lado de un profundo valle que se abre en medio de una gran llanura».

Se extiende luego en hablar de los pueblos del valle del Badiel. Y dice de algunos de ellos: «En el fondo del valle está Utande, aldea de la casa del Infantado de la rama de Pastrana. La tierra es bastante buena, y se cultiva a medias entre el señor y el concejo. No es como el Villar, cuyas tierras pertenecen todas a los habitantes, y ninguna al señor; no son sin embargo tan fértiles como las de Utande. El territorio paga regularmente el 20 por 100 al Rey. No vi perdices, ni conejos ni liebres, debido a una nevada que dos años antes duró cincuenta días y dejó cubierto el terreno». Y luego añade, con relación al  monasterio de benedictinas de Valfermoso: «Abajo en el valle, cuyas partes más altas están todas coronadas de bosquecillos de carrascos, poco más allá de­ Villar, hay un convento de monjas de San Benito, cuya abadesa es señora de la tierra. Aquí recluyó Felipe IV a la madre de don Juan de Austria, que murió allí de abadesa».

Camino adelante, Cosme de Médicis y su séquito llegaron a Torija. Con la imprecisión propia de estos extranjeros, que todo les llama la atención, va relatando lo que encuentra y describe sus impresiones. También en Torija se ejercitó Baldi en el dibujo, dejándonos una estampa panorámica de Torija que es muy conocida. Dice así Megalotti: «De Villar pasamos a Torija, pueblo grande de ciento setenta fuegos, amurallado con una grande y bella fortaleza de piedra viva, toda coronada de torres, que sirve de prisión y contiene un amplio alojamiento para el señor de la tierra. Los habitantes son bastante civilizados. La iglesia de Torija, por fuera y por dentro es bastante hermosa y tiene un campanil con reloj. Vimos algunas casas de tolerable apariencia y habitaciones razonables. La plaza es grande y rodeada de pórticos a la moda de Lombardía. Se hace una feria por San Lucas que dura mucho tiempo, pero no es muy rica».

En Torija se demoró algunos días el magnate toscano. Desde allí reco­rrió la comarca y bajó hasta Hita. A finales del siglo XVII, la antigua villa mendocina no era ni sombra de lo que supuso su florecimiento en la Edad Media. Y nos cuenta el cronista: «El camino durante el día estaba más cultivado que el de la mañana, pero tenía también gran parte silvestre. Se pasaron dos lu­gares, uno a media legua, del, camino en el fondo de un gran valle puesto a la falda de un cerro circundado por una especie de fortaleza antigua, el otro se pasó adelante deján­dolo sobre la mano derecha. El pri­mero se llamó Hita. El segundo Cerruejas (se trataba de Trijueque), y el uno y el otro pertenecen a la ca­sa del Infantado. Su Alteza antes de retirarse dio una vuelta por la comarca y volviendo a casa se acostó a la hora acostumbrada».

Son en definitiva algunas de las apreciaciones de gentes extranjeras que se pasearon por nuestra tierra hace siglos. Aunque desde una ópti­ca peculiar, de naturalista o aburri­do magnate que se entretiene en ver cada día un horizonte nuevo, no cabe duda que pone ante nuestros ojos la tierra que hoy vivimos, pero evocada con destreza y con la garra casi periodística de un italiano via­jero del Siglo de Oro. Es otro «viaje a la Alcarria» a inventariar para una posible Antología.

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