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En el Quinto Centenario de la muerte del Doncel. Retrato en sepia del Doncel

 

En este año de 1986 que ahora mismo empieza, hemos de acudir a una tarea conmemorativa, que será especialmente relevante en Sigüenza, aunque de seguro toda la provincia ha de sumarse a ella, y en ella todas las gentes que la pueblan. Se trata de recordar que en este año se cumplen los cinco siglos exactos de la muerte del Doncel de Sigüenza. Quinientos años ya que, allá por el verano, en la vega de Granada, don Martín Vázquez de Arce dobló su cuerpo gallardo y dejó caer su espada sin posible regreso: en su pelea contra el moro perdió la vida, y su padre lo trajo a Sigüenza a ser enterrado en la capilla familiar. Su rasgo yacente, su estatua, nos viene diciendo desde entonces tantas cosas que en esta ocasión, y con tal certero motivo, hemos de volver a analizar.

Sería un atrevimiento por mi parte el pretender hacer ahora una biografía del Doncel. Nadie la ha hecho, según los cañones, y cuando alguien se ha atrevido, ha sido para inventar y discurrir en plan literario sobre algo que la escasez de documentos nos ha velado para siempre. Sin embargo, existen los suficientes documentos, algunos de ellos desvelados no hace muchos años, por investigadores segunti­nos, que nos permiten recomponer un poco el que seria retrato en sepia del Doncel.

No sabremos tampoco la ciudad o el pueblo exacto donde naciera. Lo hizo, eso si es seguro, en el seno de una familia de hidalgos, de escasa fortuna pero muchos blasones. Y, sobre todo, de anchos deseos de mejorar y alcanzar gloria. Su solar era indiscutible­mente la ciudad episcopal de Sigüenza. El gran número y el alto poder que alcanzaba el clero en la Ciudad Mitrada, hizo que durante los siglos de su existencia jerarquizada fueran escasos los miembros de la nobleza y la hidalguía que vivieran en ella. Los Vázquez y Arce fueron una excepción. Y allí asentaron, no sabemos desde cuando, pero induda­blemente su heredad estuvo en las tierras de la alta Celtiberia.

Los padres del Doncel se llamaban Fernando de Arce y Catalina Vázquez de Sosa. El era comendador de Montijo, de la orden de Santiago. Su oficio era tanto la milicia como la burocracia. En reali­dad, esa mezcla de cortesanía tan propia del siglo XV, le permitía dedicar las horas del invierno a los asuntos de la corte, y los meses de la primavera y el verano al combate y la misión guerrera. Hablo de corte y no me refiero a la real, sino a la que se formó, desde el siglo XIV, en tierras de Guadalajara. En la corte de los Mendoza, efectivamente, sirvieron siempre los Arce y Vázquez.

Don Fernando el padre fue secretario con el segundo duque del Infantado, y por ello tenía casa en Guadalajara, en la parte baja de la ciudad. Cuando hizo su testamento, en 1497, un año después de morir su hijo, dice ser el y su mujer «vezinos de Sigüenza», aunque su testamento lo redacto y dicto «en la ciudad de Guadalajara, en una cámara de la casa de dicho comendador…» El codicilo que le completo, hecho el 11 de enero de 1504, ya cuando se veía morir, lo redacto en Sigüenza, donde entonces vivía. Sus propiedades estaban todas en la tierra del alto Henares: allí tenían algunas heredades en Palazuelos, en Molino de la Torre, en Mojares y en Horna. También sus «casas de morada» en Sigüenza, y algunas tierras en su termino.

A pesar de esta humildad en el acopio de bienes. D. Fernando de Arce se preocupo siempre de mantenerlos unidos, y sin llegar a fundar un mayorazgo, sus disposiciones testamentarias preten­dieron mantener en la misma persona estos bienes. Estaban destinados para el hijo menor, don Martín, ya que el mayor había elegido la profesión eclesiástica. Al morir tan joven su segundo hijo, los bienes debían pasar a la hija de este, y quedar siempre en posesión de familia en la que aparecerían los apellidos de Arce y de Sosa, debien­do vivir en Sigüenza, o visitando a menudo la Capilla de los ances­tros.

Don Martín Vázquez de Arce nació en 1461. Muy proba­blemente en Sigüenza. Desde muy pequeño entro como paje o «familiar» a ser educado en la casa de los Mendoza, en Guadalajara, en la corte del primer duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza, siguiendo luego junto a su heredero primogénito, don Iñigo López, segundo duque. Era esta una institución admitida y que ampliaba, de una manera muy especial, la categoría de la familia en la Edad Media: no solo los miembros de sangre pertenecían a ella, sino también los sirvientes y personas que, queriéndose educar en su seno, Vivian en el grupo. Martín Vázquez de Arce, en este sentido, fue un Mendoza más.

Su hermano Fernando Vázquez de Arce, mayor que el, pues debió nacer hacia 1444, se dedico a la iglesia. Fue prior de la iglesia de Osma y alcanzó finalmente el Obispado de Canarias. Hombre muy preparado intelectualmente, mantuvo la unión familiar durante años. También tuvieron una hermana, dona Mencía Vázquez de Arce, que caso con Diego Bravo de Lagunas, hombre de armas y también hidalgo, con heredades en tierra del ducado de Medinaceli. En este linaje de los Bravo de Lagunas y Arce nacieron varios militares que mostraron su valor en los siglos en que se desarrollo el Imperio.

Don Martín Vázquez de Arce estuvo casado, no sabemos con quien. Tuvo una hija legítima, llamada Ana de Arce y de Sosa (aunque en algún documento aun se la llama Ana Vázquez de Arce). En 1486, a la muerte de su padre, debía ser una niña muy pequeña. En octubre de 1505 estaba ya casada. Su marido era «el noble caballero don Pedro de Mendoza», de la estirpe mendocina que asentó en tierras del Duero, y vivían en el lugar de Coscurita, de la jurisdicción de Almazán. Sus hijos, para poder heredar los bienes de la madre, tuvie­ron que llamarse de Arce y Mendoza. Pero desconocemos si continuó la estirpe.

De la vida de don Martín Vázquez de Arce no se sabe ya ningún otro dato en concreto. Todo lo demás que haya podido decirse son imaginaciones. Su nacimiento en Sigüenza en 1461 y su muerte en la Vega de Granada en 1486 son las citas ciertas. Que vivió en Sigüenza y en Guadalajara también puede darse por descontado. Y que la mayor parte de su vida, de su formación militar y humanística, discurrió en el palacio de los Mendoza arriacenses, es indudable. Ya hemos visto cual era su familia, sus bienes, su hidalguía y sus blasones. Quizás una existencia, tan fugaz como anodina, si no hubiera sido ennoblecida y agigantada por una muerte sublime. Con Martín Vázquez se hizo buena la frase del poeta italiano, un hermoso morir, toda una vida ennoblece.

One Comment

  1. Bruna dice:

    All things coneddersi, this is a first class post

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