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La plaza de Santo Domingo

 

Si a algún rincón, plazal o perspectiva de Guadalajara hubiera que conferir hoy el calificativo de «mentidero» de la ciudad, no cabe duda que este habría que entregárselo a la plaza de Santo Domingo. Y con la competencia, solamente un día a la semana, de Santa Clara, así fue desde tiempo inmemorial, desde hace muchos siglos en que, en este ancho espacio delante de la muralla, a la solana amable del invierno, se reunían las gentes arriacenses a charlar, a comerciar y a chumetear de mil cosas.

Es hoy, sin duda alguna, el centro neurálgico de la ciudad. Más, mucho más que la Plaza Mayor, que se ha quedado como salón de representatividad, pero no vive con latido propio, con auten­tico sentido popular, como lo hace día y noche Santo Domingo. Y por más que se haga, cada ciudad tiene una vida propia, que no se puede romper a golpe de decreto. Cada plaza va por su lado. A esta que hoy comentamos, le viene de muy lejos su carisma. Desde que los árabes, y luego los cristianos repobladores, cercaron a Wad‑al‑Hayara con mura­llas, la parte de oriente quedo aquí, con una gran puerta justo donde hoy se inicia la Calle Mayor desde Santo Domingo.

Era la Puerta del Mercado, y el espacio grande y abier­to que se ponía delante, con una fuente, era el punto de reunión de las gentes de la ciudad y comarca, especialmente los martes, pues allí, efectivamente, desde el siglo XIII, se celebró el día feriado. Enfrente de la puerta y el plazal vacío, salía el camino de la Alca­rria y el arrabal del Amparo. Por aquella puerta penetraban a la ciudad las comitivas regias, desde allí entraban a la calle mayor las procesiones religiosas y los desfiles cívicos.

Ya en el siglo XVI, y con una vista muy especial, los dominicos empezaron a levantar su gran convento de la Cruz. Venidos desde el insano y humilde lugar de Benalaque, junto a Cabanillas, y con la ayuda del caballero Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, y del general de la Orden fray Bartolomé de Carranza, los frailes blanquinegros se instalaron frente a la puerta del Mercado, cerrando por el sur este amplio espacio. La iglesia monumental y el gran convento dieron un nuevo carácter al entorno. Hoy esta iglesia, antiguo conventual de la Cruz, del Convento de Santo Domingo, es denominada parroquia de San Gines, por haberse trasladado allí la que fuera parroquia antiquísima situada en el solar de lo que el siglo XIX fue reservado para levantar el edificio de la Diputación Provincial. Los edificios conventuales se destinaron, andando los siglos, para cuartel, hospital de Guerra, Escuela de Maestría Industrial y otros usos.

Otro de los edificios que desde el siglo XVI o quizás antes, adornaron esta plaza, fue la ermita de la Virgen de la Soledad, humilde construcción que concentró las devociones de buena parte de los alcarreños, y que fue derribada a mediados de este siglo para construir edificios. Estaba situada justamente en lo que hoy es la popular «esquina de Galeprix», o como se llame ahora ese almacén, donde novios y amigas se dan cita segura.

Poco cambió este espacio hasta el siglo XIX, cuando la ciudad pareció decidirse a salir fuera de las murallas. Las casas de los Zabías, en un estilo neomudéjar muy propio de la Guadalajara finisecular, se alzaron en el costado de la plaza, donde hoy se levan­tan los almacenes. Todos los que hemos querido profundamente a Guada­lajara lamentaremos siempre la desaparición de aquellos edificios tan singulares y sencillamente hermosos. A principios de siglo se inició la urbanización de esta plaza, que ya era conocida con el nombre de Santo Domingo, en recuerdo del convento que durante siglos la presi­dió. Surgieron bancos de piedra y arbolitos. Uno de los ángulos, el más arbolado, con pinos soberbios y densa sombra en el verano, sirvió de albergue a la popular estatua en mármol pálido de la Mariblanca, y con ese nombre se le conoció y conoce aun. Allá se puso, después de la Guerra Civil, la estatua de don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, erigida por suscripción nacional del Magisterio español, obra del escultor Blay, y que en principio había estado situada en­frente del palacio del Infantado.

De Santo Domingo no podemos decir más de lo que todos los guadalajareños saben. Si alguien conoce, aunque sea mínimamente, la ciudad de Guadalajara, sabe donde está y como es Santo Domingo. Nueva urbanización hace unos años, con su gran farol central. Sus mínimos y recoletos jardines. Su corrillo de jubilados. Su «puesto de Pepito», para el que nadie me podrá negar el calificativo de autentica institución urbana. Y la terraza de Jovi, mentidero con café y refres­cos, que sigue teniendo el mismo funcionalismo que el portón del Mercado de la Edad Media.

Pasan los siglos, pasan las gentes. Pero el sol sale por el mismo sitio, y los hombres se preocupan de similares cosas. Si en algún lugar queda patente, a pesar de los afeites sucesivos, esa perennidad del humano discurrir, es en la plaza de Santo Domingo de Guadalajara, donde año tras año, lustro tras lustro, siglo tras siglo, nos hemos ido dando cita los alcarreños, y modelados de su ancha mano hemos caminado con alegría por la vida.

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