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La calle de Topete

 

Una de las calles más céntricas, más tradicionales, más entrañables de Guadalajara, es sin duda la dedicada a Topete, al Almirante Juan Bautista Topete, uno de los héroes románticos de la España liberal del siglo XIX. Pero no solo por esas circunstancias traigo hoy a colación, en este repaso a los nombres y las historias de las calles arriacenses, esta de Topete. Se da la circunstancia de que en ella he vivido casi desde que nací, y en ella se concentran, siempre que su nombre me viene a los labios, los mejores recuerdos de mi vida: las tardes tranquilas del otoño en que los chicos jugábamos a las chapas en el bordillo de la acera. Las carreras del marro en las sofocantes noches del verano. El retumbar del trueno en las tardes húmedas de primavera. O la nevada cegadora del amanecer del invierno. Son muchas cosas más las que, al hablar de la calle Topete, se me vienen a la cabeza. Pero de esas personales vivencias haré gracia a mis lectores.

El caso es que esta calle, corta y de escasa población en la actualidad, pasó de ser un estrecho callejón a soportar hoy un tráfico rodado inmenso, incansable. Desde los primeros días de exis­tencia de la ciudad, este callejón comunicaba la calle mayor con el gran plazal que se abría delante de la iglesia de San Gines, en cuyo solar se construyo el siglo pasado el palacio de la Diputación. Ese es su recorrido hoy: desde Mayor hasta la Plaza Moreno.

En esta calleja lucieron las vallas de un convento durante muchos siglos. Primero fueron las casas de los Gómez de Ciudad Real, que donaron para en su solar edificar el Convento de San Acacio, de monjas concepcionistas, elevado a mediados del siglo XVI. Y luego, tras la exclaustración, fueron los Religiosos Paules quienes ocuparon los viejos caserones y la iglesia cuya fachada daba a la plaza de Moreno. Ya en el siglo pasado surgieron edificios de viviendas en la acera izquierda de esta calle, comiendo algún terreno al de los frailes. En la acera derecha hubo siempre un gran palacio rodeado de edificaciones pobres. Se trataba del palacio de los Herrera, noble familia alcarreña que en el siglo XVI subió con fuerza desde que don Melchor de Herrera, nombrado marques de Auñón, fue secretario y minis­tro de Felipe II.

Precisamente fue ese el nombre con que tradicionalmente se conoció a este pasaje: la calle de Herrera. Y así se llamaba en 1868, cuando tras el triunfo de la Revolución liberal de septiembre, el gobierno municipal surgido de aquel golpe de Estado propuso el nombre de uno de los generales insurrectos, el de Topete, para ocupar esta céntrica calle de Guadalajara. Entonces se dedicaron sendos espacios a los otros héroes del pronunciamiento gaditano: el general Prim tuvo su plaza (que aun conserva) donde antes era el hueco de San Esteban. Y el general Serrano recibió el recuerdo de los arriacenses con la dedicatoria de la Plaza grande que mediaba entre el palacio del Infantado y la Academia de Ingenieros.

La figura de Topete, si no de gran relieve en la histo­ria de España, si que alcanzo gran popularidad con motivo de esta Revolución, la más radical de las ocurridas en el siglo XIX. Había nacido en 1821, y en 1869 era ya General mayor de las fuerzas navales que intervinieron en la guerra de África. Metido en política, a partir de 1862 fue varias veces diputado por el partido de Unión Liberal. Durante el sexenio revolucionario (1868‑1874) en el que tanto colaboro para su victoria, Topete fue ministro de Marina. Aunque era monárqui­co, y declarado partidario de Antonio Maria de Orleáns, duque de Montpensier, se resistió a acatar la llegada de Alfonso XII en 1874.

La participación de Topete en el alzamiento revolucio­nario de 1868 fue capital. En ese momento mandaba la Armada surta en el puerto de Cádiz. En la fragata del Almirante se reunieron, mediado el mes, los conspiradores entre los que se encontraban los generales Prim, Serrano, Dulce y otros varios. El 18 de ese mes, Topete dirigió una arenga a la tripulación de la Armada, y con el disparo de 21 cañonazos anuncio el destronamiento de Isabel II que los sublevados habían decidido. La revuelta popular y el nuevo estado político se extendió inmediatamente a toda Andalucía y luego a España entera: el 19 de septiembre se rebelo Sevilla, el 20 Córdoba, el 21 Málaga, etc.

En esta ocasión, Topete fue elegido presidente de la Junta Revolucionaria Nacional, y aunque en el primer momento lanzo un llamamiento a la nación, fueron enseguida Prim y Serrano quienes se hicieron realmente con las riendas del poder, terminando aquella famosa proclama con un «¡Viva España con honra!» que inicio un nuevo periodo, interesante y controvertido, de la historia de nuestro país.

Estas líneas nos han traído, junto al recuerdo de una de las más entrañables y evocadoras calles de Guadalajara, la figura de un hombre que hoy quizás resulta perfectamente desconocido para las generaciones actuales, pero que hace más de un siglo gozo de gran popularidad y ello le llevo a tener su nombre eternizado en el calle­jero de nuestra ciudad.

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