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diciembre, 1985:

La calle del Doctor Creus

 

Es ésta una de las calles más tradicionales de Guadalajara, de enrevesado trazado, justificado porque en la antigüedad fueron realmente dos calles y una plaza diferentes. Hasta el año 1928 se denominó calle Budierca a su primer tramo, y plaza de Budierca a su parte principal. Comienza en la plaza de Santa María, alcanza, tras dar una brusca vuelta a su derecha, una plazuela central, y acaba después en la calle de Ramón y Cajal.

Como digo, inicialmente fueron tres entidades urbanas las que constituyeron esta calle. La calle y plaza de Budierca, eran el eje central de un barrio que, con el mismo hombre, remonta sus orígenes a la época de dominación árabe en Wad al Hayara. No &e conoce realmente el significado de este nombre, en todo caso es de origen árabe. El barrio se iniciaba nada más entrado a la ciudad por el puente de Infantas y el torreón del Alamín. Y estaba circuido de la muralla en todo su tramo, como albergado por ella. Al otro lado de la muralla estaba el barranco del Alamín, luego llamado de San Bernardo en esa parte, por haber estado el convento de monjas de San Bernardo allí asentado hasta este mismo siglo.

Fue siempre un barrio con vida propia, una especie de pueblo pequeño incrustado, ‑en la gran, ciudad. Su plaza central, rodeada de casitas bajas y sencillas, casi rurales, se centraba por una ancha fuente rumorosa, y el piso era de cantos rodados de río, lo mismo que las calles. Así lo he llegado a conocer. Hace ya años que todo el barrio se urbanizó, con lo que ganó en habitabilidad, pero perdió en tradición. Aún se ven en algunas partes del mismo, concretamente en la calle de la Ronda, restos de la muralla que circuía al barrio y a la ciudad por esta zona.

En la calle del Dr. Creus, la antigua de Budierca, tuvieron su domicilio, desde la Reconquista, artesanos, militares y algunos hidalgos. La familia de los Guzmán puso desde muy antiguo sus casas mayores al inicio de la calle, reformando finalmente su palacio en el siglo XVII, elevando el edificio que aún, casi por milagro, se ve a la izquierda de la calle, donde estuvo muchos años el. Cuartel de la Guardia Civil, y que no es otra cosa que el Palacio de los Guzmán, con rica portada barroca con escudos, e interiores con salones y pinturas. Todo ello actualmente abandonado y en trance de ruina. Más allá se alzaba una casa, de hidalgos, la casa del ciprés, donde nació don Juan Creus y Manso en 1828, y allí vivió su infancia. Por ello fue que en 1928, al cumplirse el Centenario del nacimiento en nuestra ciudad de este eminente catedrático y cirujano, el Ayuntamiento de Guadalajara puso una lápida recordatoria en la fachada de la casa natal y cambió el nombre de la tradicional calle de Budierca por este del Dr. Creus con que ahora la conocemos.

Para exponer con brevedad la biografía del Dr. Creus, dando noticia de su vida y su obra que a todos ilustres sobre esta figura importantísima de la Medicina y la Cirugía española, diremos que pertenecía a familia de artesanos catalanes que vivieron durante varias generaciones en nuestra ciudad llegados en el siglo XVIII a trabajar en la Real Fábrica de Paños. Don Juan Creus estudió en la Facultad de San Carlos en Madrid, obteniendo en 1852 el grado de doctor, y ganando en 1854, a los 26 años de edad, la Cátedra de Patología Quirúrgica en la Universidad de Granada, siendo nombrado en ese momento Académico de la Real de Medicina. Todo un carrerón.

En Granada se labró Creus su fama de notable profesor y sobre todo de magnífico y sacrificado médico, atendiendo con ejemplaridad la epidemia del cólera que en la ciudad andaluza se declaró en la segunda mitad del siglo XIX. Fue perseguido políticamente en el setenio revolucionario. Allí escribió su Tratado de Anatomía Médico‑quirúrgica, que fue declarado de texto en las Facultades de Medicina de España. En 1877, y por concurso de méritos, accedió a la Cátedra de Patología Quirúrgica en la Universidad madrileña. Jubilado, por motivos de salud, en 1820, se retiró a Granada, donde murió el 1 de junio de 1897.

La figura del Dr. Creus y Manso, es la de un auténtico pionero de la cirugía española. En ese siglo de avances portentosos, de, grandes sacrificios, de audacias sin límites, Creus supo estar en todo momento a la cabeza de cuanto se hacía en la cirugía española. Inició técnicas, abrió nuevas vías, fue rápido y contundente en sus actuaciones, estuvo siempre a la cabecera y en la comprensión del enfermo, que es lo realmente importante.

Se le considera fundamentalmente «turo‑traumatólogo», e iniciador del tratamiento científico de las heridas por asta de toro. Realmente tiene varias publicaciones sobre este tema, pero no es ni con mucho lo más importante de su actividad. Yo destacaría su actuación en la cirugía, otorrinolaringológica, entonces muy incipiente, y de la que él también puede considerarse un precursor, no solo en España, sino en el mundo entero: Realizó complicadas operaciones faciales, de extracción de tumores de lengua, de senos maxilares, de cavum. También se destacó en la cirugía urológica, realizando la talla perineal con más destreza y rapidez que ningún otro.

En definitiva, un hombre bueno y un sabio, cualidades que raramente van separadas. Un hombre que hizo avanzar con pasos de gigantes a la ciencia médica y a la práctica quirúrgica en, España. Un hombre que, nacido en Guadalajara, empujó a la ciencia nacional del siglo XIX como muy pocos otros lo hicieron. Con, su aspecto de bonachón grueso y patilludo, el Dr. Creus ocupará siempre un lugar destacado en la galería de, alcarreños ilustres. Y por ello cuenta, con más merecimientos que nadie, con una calle para él solito. Una calle que, además, y como hemos visto, es de las más antiguas y populares de Guadalajara.

La calle del Doctor Layna Sarrano

 

Siguiendo nuestro recorrido por las calles más pobladas de nuestra ciudad actual, hoy vamos a llegar a una, sinuosa y en pendiente, localizada en el extremo sur de Guadalajara, y en la que una urbanización residencial, concretamente las Cumbres, y gran parte del barrio de la Virgen de la Esperanza, pertenecen a ella. Da comien­zo esta calle en un fondo de saco sin salida, un amplio aparcamiento paralelo a la Avenida de Castilla, frente al Colegio de Santa Ana, y continua ascendiendo y zigzagueando hasta terminar en la calle de Toledo.

Toda ella de moderno trazado, no superior de 15 años, discurre entre residencias individuales, surgidas hace poco en colo­nias adosadas, pasa por detrás de la Residencia de Pensionistas de la Seguridad Social, y ya se introduce entre los bloques gigantescos de las urbanizaciones antes reseñadas. Aun sin contar con una historia relumbrante, esta calle es cordial y querida, no solo por el nombre de quien hoy la titula, sino por el lugar de la ciudad en que ésta emplaza. Realmente su inicio corresponde con toda exactitud a la antigua «era alta» de Guadalajara, donde de pequeño aun pude ver realizar las faenas agrícolas correspondientes a la trilla y el aven­tado, que muchas familias de la ciudad allí practicaban. El recorrido se prolonga por lo que fuera parte alta de la Llanilla, donde se celebraban las Ferias de Ganado, y termina por los llanos donde estuvo antiguamente el Campo de la Hípica, que fue dedicado a competiciones de caballos y a fútbol. El resto fueron campos de labor, que ya quedaron muy limitados cuando se trazo la variante de la carretera general, dejando esta parcela como territorio en potencia urbano, cosa que ha ocurrido de forma total en los últimos años.

Pero vayamos con el personaje que da nombre a esta calle. Quien fue el Dr. Layna Serrano? Parece obvio explicarlo. Todos deben o deberían conocerlo. Al menos su obra. Y sin embargo no es así. El sistema de información «cultural» al que estamos sometidos nos permite conocer a todos los grupos «underground» musicales, atletas del año catapún, cantautores con angustiosa responsabilidad y un largo etcétera de personajes que pasan y desaparecen sin pena ni gloria.

Recordaremos en brevedad su vida y su obra, haciendo un esfuerzo por resumir lo que, por admiración y justicia, debiera ocuparnos largo trecho. Nació don Francisco en el pueblecito de Luzón, corazón de la Celtiberia, un 27 de junio de 1893. Allí y en Ruguilla pasó sus primeros años, estudiando luego Bachillerato en el Instituto de Guadalajara y pasando a la Universidad madrileña a cursar la licen­ciatura de Medicina, especializándose después, junto a los maestros del Instituto Rubio y Gali, en Otorrinolaringología. Fue médico del Hospital del Niño Jesús, viajo por Europa e investigó sobre el tema de la «reflexoterapia endonasal», muy de moda en los años treinta, sobre la que llegó a publicar un libro que incluso fue traducido al inglés. Además del ejercicio público y privado de su profesión, siempre acom­pañado de un éxito que le prestigió notablemente, fue fundador en 1922 de la Asociación Medico-Quirúrgica de Correos y Telégrafos por cuyo motivo le fue concedida años después la gran Cruz de Beneficencia de primera clase.

Si su biografía profesional podría acabar con las líneas dedicadas a su actividad médica, la tarea que como investigador de la historia y el arte de Guadalajara, a la par que luchador y defensor de las esencias provinciales y de la cultura de Guadalajara, sería prolija de reseñar en pormenor. Cuando contaba cuarenta años inició Layna sus estudios e investigaciones en torno a Guadalajara. Lo hizo llevado de la irritación noble que le produjo ver como un multi­millonario norteamericano cargaba con un monasterio cisterciense de Guadalajara, entero, y se lo llevaba a su finca californiana. Se trataba de Ovila. Layna investigó, protestó, y así surgió su pasión de por vida.

La Diputación Provincial le nombraba en 1934 Cronista Provincial, y a partir de ese momento se volcaría en cuerpo y alma a estudiar, a publicar, a dar conferencias, a escribir artículos y a defender a capa y espada el patrimonio histórico‑artístico y cultural de la tierra alcarreña. Entre sus muchos títulos y distinciones, cabe reseñar que tuvo también el cargo de Cronista de la Ciudad de Guadala­jara, fue presidente de la Comisión Provincial de Monumentos, fue académico correspondiente de la de Historia y de Bellas Artes de San Fernando, así como de la Hispanic Society of America, habiendo recibi­do el Premio Fastenrath de la Real Academia de la Lengua, y recibiendo la Medalla de Oro de la Provincia de Guadalajara tras su muerte, acaecida en 1971.

Hablar de la obra, referida a Guadalajara y su provin­cia, del Cronista Layna Serrano, nos llevaría mucho espacio. Baste ahora centrar su labor en los apartados fundamentales en que discu­rrió.

En los temas de Historia fue donde Layna se distinguió principalmente: En 1932 publico su primera obra, El Monasterio de Ovila, a raíz de la exclaustración referida del cenobio alcarreño. Al año siguiente apareció la primera edición de Castillos de Guadalajara, obra en la que volcó Layna su ya inmenso caudal de conocimientos históricos, describiendo, tras haberlos visitado y estudiado sobre el terreno, las viejas fortalezas alcarreñas y molinesas. Este libro alcanzó en poco tiempo tres ediciones, agotadas enseguida.

De una conferencia suya titulada El Cardenal Mendoza como político y consejero de los Reyes Católicos apareció en 1935 un folleto interesante, dando a la imprenta, por fin, en 1942, su grande y definitiva obra : la Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI en cuatro gruesos tomos . En esa obra desborda el conocimiento que Layna alcanzo sobre la familia prócer que dio vida durante varios siglos a Guadalajara. Llegó a conocerla, como dijo alguien, como si de su propia familia se tratara.

En 1945, y como fruto de sus investigaciones en el Archivo Histórico Nacional, dio a luz su obra Los Conventos antiguos de Guadalajara, con documentación prolija. Y en ese mismo año, la Historia de la Villa de Atienza, en un volumen de más de 600 páginas, donde plasmo la historia de Castilla, de la reconquista, del territo­rio serrano y alcarreño y, por supuesto, de Atienza, describiendo además su arte y sus costumbres. Todavía en este ámbito de la histo­ria, Layna trabajo duro en el archivo municipal y en el parroquial de Cifuentes, saliendo tras largas horas de dedicación una magnifica Historia de la villa de Cifuentes en 1955.

También en los temas de arte destacó Layna por la abundancia de asuntos tratados, y el descubrimiento de documentos, de artistas y noticias de gran interés. Además de lo ya mencionado sobre Ovila y los Castillos, en 1935 apareció su obra La Arquitectura románica en la provincia de Guadalajara, fruto de viajes y anotaciones in situ. En 1948 apareció, en colaboración con el fotógrafo Tomas Camari­llo, el libro de La Provincia de Guadalajara con infinidad de repro­ducciones fotográficas, y en las que el Cronista aportó el texto.

En revistas especializadas como «Arte Español» y «Boletín de la Sociedad Española de Excursiones» publicó Layna lo más útil de su aportación en historia del arte. Solamente cabe aquí recor­dar algunos de los temas de mayor interés: la iglesia de Santa Clara en Guadalajara; el palacio del Infantado; la parroquia del Salvador en Cifuentes; la capilla del Cristo de Atienza; la iglesia parroquial de Alcocer; los retablos de la parroquia de Mondéjar; las tablas de San Gines, en Guadalajara; la cruz parroquial de La Puerta; la parroquia de Alustante; el sepulcro de Jirueque y decenas de temas mas que permiten considerar su aportación de fundamental.

Aunque en temas de costumbrismo no se entretuvo espe­cialmente, son de gran valor los estudios de Layna sobre La Caballada de Atienza y las tradiciones en torno al Mambrú de Arbeteta y La Giralda de Escamilla. Por ultimo, dedicó el Cronista parte de sus conocimientos en realizar algunas breves Guías turísticas de la provin­cia y de sus poblaciones más interesantes. Todo ello sin contar lo que sobre Medicina o, también sobre temas históricos y artísticos, dedicó a otras provincias españolas, en especial a Logroño y Ciudad Real, sobre las que reunió gran cantidad de datos en torno a sus castillos y fortalezas.

Estas han sido las notas, obligadamente escuetas, sobre la vida y la obra de don Francisco Layna Serrano, alcarreño insigne y figura excepcional que hoy hemos recordado al tiempo que paseábamos su calle, en cuyo nombre las generaciones futuras deberán recordar el trabajo y la entrega apasionada por su tierra que este hombre dio cada día.

La plaza de Santo Domingo

 

Si a algún rincón, plazal o perspectiva de Guadalajara hubiera que conferir hoy el calificativo de «mentidero» de la ciudad, no cabe duda que este habría que entregárselo a la plaza de Santo Domingo. Y con la competencia, solamente un día a la semana, de Santa Clara, así fue desde tiempo inmemorial, desde hace muchos siglos en que, en este ancho espacio delante de la muralla, a la solana amable del invierno, se reunían las gentes arriacenses a charlar, a comerciar y a chumetear de mil cosas.

Es hoy, sin duda alguna, el centro neurálgico de la ciudad. Más, mucho más que la Plaza Mayor, que se ha quedado como salón de representatividad, pero no vive con latido propio, con auten­tico sentido popular, como lo hace día y noche Santo Domingo. Y por más que se haga, cada ciudad tiene una vida propia, que no se puede romper a golpe de decreto. Cada plaza va por su lado. A esta que hoy comentamos, le viene de muy lejos su carisma. Desde que los árabes, y luego los cristianos repobladores, cercaron a Wad‑al‑Hayara con mura­llas, la parte de oriente quedo aquí, con una gran puerta justo donde hoy se inicia la Calle Mayor desde Santo Domingo.

Era la Puerta del Mercado, y el espacio grande y abier­to que se ponía delante, con una fuente, era el punto de reunión de las gentes de la ciudad y comarca, especialmente los martes, pues allí, efectivamente, desde el siglo XIII, se celebró el día feriado. Enfrente de la puerta y el plazal vacío, salía el camino de la Alca­rria y el arrabal del Amparo. Por aquella puerta penetraban a la ciudad las comitivas regias, desde allí entraban a la calle mayor las procesiones religiosas y los desfiles cívicos.

Ya en el siglo XVI, y con una vista muy especial, los dominicos empezaron a levantar su gran convento de la Cruz. Venidos desde el insano y humilde lugar de Benalaque, junto a Cabanillas, y con la ayuda del caballero Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, y del general de la Orden fray Bartolomé de Carranza, los frailes blanquinegros se instalaron frente a la puerta del Mercado, cerrando por el sur este amplio espacio. La iglesia monumental y el gran convento dieron un nuevo carácter al entorno. Hoy esta iglesia, antiguo conventual de la Cruz, del Convento de Santo Domingo, es denominada parroquia de San Gines, por haberse trasladado allí la que fuera parroquia antiquísima situada en el solar de lo que el siglo XIX fue reservado para levantar el edificio de la Diputación Provincial. Los edificios conventuales se destinaron, andando los siglos, para cuartel, hospital de Guerra, Escuela de Maestría Industrial y otros usos.

Otro de los edificios que desde el siglo XVI o quizás antes, adornaron esta plaza, fue la ermita de la Virgen de la Soledad, humilde construcción que concentró las devociones de buena parte de los alcarreños, y que fue derribada a mediados de este siglo para construir edificios. Estaba situada justamente en lo que hoy es la popular «esquina de Galeprix», o como se llame ahora ese almacén, donde novios y amigas se dan cita segura.

Poco cambió este espacio hasta el siglo XIX, cuando la ciudad pareció decidirse a salir fuera de las murallas. Las casas de los Zabías, en un estilo neomudéjar muy propio de la Guadalajara finisecular, se alzaron en el costado de la plaza, donde hoy se levan­tan los almacenes. Todos los que hemos querido profundamente a Guada­lajara lamentaremos siempre la desaparición de aquellos edificios tan singulares y sencillamente hermosos. A principios de siglo se inició la urbanización de esta plaza, que ya era conocida con el nombre de Santo Domingo, en recuerdo del convento que durante siglos la presi­dió. Surgieron bancos de piedra y arbolitos. Uno de los ángulos, el más arbolado, con pinos soberbios y densa sombra en el verano, sirvió de albergue a la popular estatua en mármol pálido de la Mariblanca, y con ese nombre se le conoció y conoce aun. Allá se puso, después de la Guerra Civil, la estatua de don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, erigida por suscripción nacional del Magisterio español, obra del escultor Blay, y que en principio había estado situada en­frente del palacio del Infantado.

De Santo Domingo no podemos decir más de lo que todos los guadalajareños saben. Si alguien conoce, aunque sea mínimamente, la ciudad de Guadalajara, sabe donde está y como es Santo Domingo. Nueva urbanización hace unos años, con su gran farol central. Sus mínimos y recoletos jardines. Su corrillo de jubilados. Su «puesto de Pepito», para el que nadie me podrá negar el calificativo de autentica institución urbana. Y la terraza de Jovi, mentidero con café y refres­cos, que sigue teniendo el mismo funcionalismo que el portón del Mercado de la Edad Media.

Pasan los siglos, pasan las gentes. Pero el sol sale por el mismo sitio, y los hombres se preocupan de similares cosas. Si en algún lugar queda patente, a pesar de los afeites sucesivos, esa perennidad del humano discurrir, es en la plaza de Santo Domingo de Guadalajara, donde año tras año, lustro tras lustro, siglo tras siglo, nos hemos ido dando cita los alcarreños, y modelados de su ancha mano hemos caminado con alegría por la vida.

La batalla de Brihuega en su 275 aniversario

Los Jardines de la Real Fábrica de Paños vistos desde la Villa

Por esta puerta se dio el avance y asalto el dia 9 de Diciembre de 1710 por las Armas de S.M. Nuestro Senor Felipe V, contra las tropas inglesas y holandesas que estaban apostadas en esta plaza a la vista de su Real persona y al dia siguiente se dio la batalla en termino y jurisdiccion de esta Villa. Estas son las palabras que, talladas en la caliza piedra de Alcarria, puede el viajero de hoy contemplar sobre el arco de la puerta de La Cadena en Brihuega. Palabras que mando poner alli, poco despues de tan memorable fecha, el corregidor de la villa, el licenciado Henarejos. Palabras que, a prueba de siglos, de lluvias y de olvidos, nos dicen con su escueta prosa que algo importante vivio el porton, la villa toda, en una fecha que cumple ahora exacta­mente su 275 aniversario.

           Alguien podria preguntarse: Y que fue aquello que mere­cio la eternidad del recuerdo sobre la piedra?. Una batalla. Cuando el marques de Mejorada, dos dias despues, redactaba el parte oficial de la accion de guerra, no encontro mejor frase para terminarle que esta: la conclusion es que debemos a Dios la mas completa Victoria que jamas se ha oydo.

           La participacion de la villa de Brihuega en el hecho memorado fue de tal envergadura, que el Rey Felipe V expidio poco despues, en mayo de 1711, una Real Cedula que comenzaba de esta manera: Por quanto en atencion a lo que la villa de Brihuega a padecido con la ocasion del tiempo que se mantubieron en ella los enemigos, y del sitio y asalto que se les dio en aquella villa, por orden mia… He venido en perdonarla todo lo que estubiere debiendo de todo genero de contribuciones y reparttimientos has­tta el dia referido, y en concederla remision de todas ellas por cuatro anos desde el mismo dia en adelante, incluiendose en una y otra gracia todo genero de Rentas Reales, repartimientos extraor­dinarios, donativos, utensilios, alojamientos, transitos y demas cargas…

           Nos hemos reunido hoy a conmemorar aquel suceso. Que tuvo de protagonista al pueblo de Brihuega, y que centro en aquellos dias de comienzos del diciembre de 1710 la atencion de Europa toda. Porque en aquella batalla concluyo una de las mas largas y sangrientas guerras continentales. Y porque, en defini­tiva, aquella accion guerrera sirvio para poner definitivamente en el trono a la disnastia de Borbon, familia que, despues de 275 anos, continua ocupando con majestad dignisima el trono ancestral de Iberia.

           El asalto a Brihuega y la batalla de Villaviciosa fueron los hitos maximos, finales y definitorios de una gran Guerra que los historiadores conocen como la de Sucesion. Aunque la villa briocense vivio plenamente aquellas durisimas jornadas, los hechos le cayeron encima sin apenas darse cuenta, y vivio con la intensidad maxima una situacion que en cierto modo le venia ajena e inesperada. El comportamiento de la villa y sus gentes en ocasion tan memorable, merecieron luego la recompensa de su monarca, el respeto de la historia y el honor de poder expresar en voz muy alta, que alli fue donde se concreto el acceso defini­tivo de los Borbones a la Corona de Espana.

           Si en este dia de conmemoracion y memoria, estamos viviendo paso a paso los hechos y los lugares que fueron entonces protagonistas, bien merece la ocasion que nos detengamos breve­mente a analizar, en medula y colores, aquellas razones y sinra­zones que abocaron a la batalla.

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           Y porque no hablar, en sucesion sintetica, de las dinastias que han tenido el trono hispano como punto de referen­cia y de entrega? Los castellanos tuvieron una larga y magnifica serie de Alfonsos que pusieron los pilares de la grandeza del pais: el sexto que conquisto, hace ahora 900 anos, Toledo y la Alcarria toda; el octavo que llevo sus victorias hasta las Navas de Tolosa; el decimo que puso su ciencia al servicio de la Pa­tria; y el tercer Fernando que con su valor y santidad amplio las fronteras castellanas.

          Serian despues los Trastamaras, con piezas de altura tal como Isabel y Fernando, brillantes en el firmamento de las historias, o puntos de oscuridad como Enrique IV el inepto. Despues la dinastia de los Austrias, que pusieron tambien su mosaico de personajes sobre la severa piel de toro y sus cada vez mas dilatados dominios: tras el gran Carlos, cesar y rey, o el segundo Felipe arquitecto y funcionario, la angustiosa serie de los felipones y el segundo Carlos, sombra humana solamente. Y, tras esta jornada de Brihuega, los Borbones que nos dieron mas grandezas que miserias, y en cuya nomina figuran, frente al inseguro Fernando VII, el firmisimo Felipe V; ante el incapaz Carlos IV su padre el tertio Carolo de los puentes y las mura­llas, de las salinas y las universidades, capaz de construir un nuevo pais bajo su mandato. Luces y sombras en una dinastia que alcanza hasta hoy, en la figura de nuestro actual monarca, S.M. D. Juan Carlos I, dignisimo en su puesto y defensor de la convi­vencia y el entendimiento entre todos los espanoles.

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          Pero es hora de analizar, de recordar aquellas batallas tan senaladas, Brihuega y Villaviciosa, por las que ahora estamos reunidos, y que hicieron cambiar, sin duda alguna, la historia de Espana. Primeramente, es preciso entrar, siquiera sea superfi­cialmente, en el recuerdo de la Guerra de Sucesion, que durante casi trece anos ensangrento a Espana y gran parte de Europa. Concretamente entre 1701 y 1714, dos grandes bloques de potencias occidentales guerrearon sin desmayo, poniendo prologo a una serie de conflagraciones continentales que han llegado casi hasta nues­tros dias.

          La hegemonia que en los ultimos anos del siglo XVII habian establecido Francia sobre el Viejo Continente, y Espana sobre el Nuevo Mundo, era muy mal llevada por otras potencias como el Imperio Aleman, que buscaba cualquier razon para estorbar ese predominio y socavarlo en cuanto le fuera posible. El motivo surgio con el testamento y muerte del joven monarca espanol Carlos II, el Hechizado, que ante el asombro de todos, y dada su naturaleza fragil y enfermiza, aguanto sobre el trono hasta los treinta y nueve anos de su edad. Con el se agotaba la dinastia de los Haubsburgo, y se abria la incognita de la sucesion.

          Carlos II habia designado para sucederle a Felipe de Borbon, duque de Anjou y nieto de Luis XIV, quien manifesto la posibilidad de que el joven principe uniera en su cabeza las coronas de Espana y de Francia. Aquello creaba, indudablemente, un desequilibrio de la balanza de fuerzas en Europa, e inmediata­mente el Emperador Leopoldo I hace valer los derechos de su hijo, el archiduque Carlos, sobre el trono hispano. Hipoteticos dere­chos, que, de todos modos, solo sirven para iniciar la Guerra.

           El 7 de septiembre de 1701 se forma la Gran Alianza de La Haya: en ella se estrechan todos los paises europeos contra Francia, contra su magnate invencible Luis XIV. Al Imperio aleman se adhieren enseguida Austria, Inglaterra, Holanda y posterior­mente Portugal y Saboya. Politicamente, mas que instaurar en el trono espanol un monarca de su agrado, esta Alianza pretendia desmantelar el Imperio hispano, y repartirse sus despojos. Lo pactaron publicamente de esta manera: Inglaterra se quedaria con Menorca, Gibraltar, Ceuta y la tercera parte de las tierras espanolas de America. Holanda quedaria con los Paises Bajos hispanos y otra tercera parte de las Indias. Para el dominio del Imperio Aleman quedarian el Milanesado, Portugal, Galicia y Ex­tremadura. Y el resto de la Peninsula Iberica, junto al otro tercio restante de America, quedaria para el archiduque Carlos.

          Solamente Francia quedaba para defender al pueblo espa­nol de tal atropello. Solamente Felipe aparecia como solucion para mantener unida la Patria y sus posesiones ultramarinas. Al eje Francia‑Espana se unieron enseguida los electores de Baviera y Colonia, pequenos estados independientes de Alemania.

           Servido el planteamiento del problema, los tiros se oyeron ya en 1701. El campo de batalla, por supuesto, seria Espana y sus posesiones europeas: los territorios de los Paises Bajos e Italia que aun quedaban en poder de la Corona hispana. Eugenio de Saboya, el general jefe del ejercito aleman, cayo sobre el Milanesado con 30000 hombres. Poco despues, ya en 1702, Felipe de Anjou, a quien ya podemos llamar Quinto de Espana, pues desde el comienzo de la Guerra demostro ser el autentico monarca defensor de la Patria, vencio en la batalla de Luzzara.

           Las operaciones se suceden. Una autentica Guerra Euro­pea se desarrolla sobre el dolorido suelo del Viejo Continente. En 1703 el general frances Villars penetra en Alemania y vence en Friedlingen y en Hochstadt. Al ano siguiente, el ingles Marlbo­rough (el Mambru de los campanarios espanoles, aquel que «se fue a la guerra» de las canciones infantiles) vencio a los ingleses en Blenheim. Tambien de 1704 data el incendio de la flota hispana a la entrada de Vigo, cuando regresaba cargada de oro de las Americas. Era ese oro, esa inacabable riqueza del otro lado del mar, la que en el fondo de todo justificaba la codicia y la guerra.

           En 1703 es proclamado en Viena el archiduque Carlos como Rey de Espana. Aqui contaba con algunos partidarios de la clase noble, y por el se alzaron Cataluna, Aragon y Valencia. Sigue el conflicto. Los ingleses aprovechan, en 1704, para inva­dir Gibraltar, que desde entonces ve ondear su bandera en la ultima colonia que existe sobre suelo europeo. El archiduque desembarca en Lisboa con tropas holandesas e inglesas. Sera desde 1705 que la guerra crece en el territorio hispano. Carlos desem­barca en Barcelona, y alli se instala como Rey, apoyado por la franja de pueblos mediterraneos que aprovechan cualquier ocasion para intentar su independencia. Carlos III, con se autodenomina, toma el valle del Tajo y Madrid, con ayuda de los austriacos, y mientras Felipe V se retira a Burgos con su Corte, el archiduque intenta ejercer de Rey en la Capital, sin conseguir mas que frialdad y abucheos por las calles.

           El ano de 1706 sera el que vea la perdida de los Paises Bajos y el Milanesado. Pero al ano siguiente iniciara su impara­ble recuperacion Felipe. La guerra cambia de signo: la batalla de Almansa le pone en poder de Valencia, aboliendo en ese momento los Fueros de Aragon y Valencia. Un contraataque de los aliados les permite tomar Oran, Cerdena y Menorca. El Papa Clemente XI reconoce como Rey de Espana a Carlos y apoya moralmente al archi­duque. Sus generales atacan la frontera francesa, y vencen en Almenara y Zaragoza, permitiendo nuevamente la entrada del Archi­duqe en Madrid. Pero son ya fuegos de artificio: la poblacion chispera apedrea al monarca austriaco, y sin mas dilaciones, unos dias despues, se marcha por donde habia venido. Sus fuerzas flaquean. El pueblo entero esta con el Borbon, y las tropas invasoras luchan a la desesperada. El 3 de Diciembre vuelve Felipe a Madrid. De alli, sale en persecucion del ejercito alia­do, que ya no hace otra cosa que huir. Los dias 9 y 10 de diciem­bre de 1710, y ahora hace de ello 275 anos, se libran las bata­llas de Brihuega y Villaviciosa, terribles y monumentales bata­llas «a la antigua», en las que se cuentan por miles los muertos y prisioneros. Y vence el Borbon. Se instaura, definitivamente, la dinastia francesa. Y Espana recobra la Paz. La tarea de Felipe V es ingente. No solo rescatar Espana y su imperio del mas abso­luto de los abandonos y retrasos, sino modernizar y dinamizar todo, desde los cimientos. De entonces, 1712, es la fundacion de la Biblioteca Nacional. De 1713 la creacion de la Real Academia de la Lengua. Y tantas otras cosas que pusieron a Espana en la orbita de los tiempos modernos…

           La Guerra siguio aun en el Norte. A pesar del Tratado de Utrecht, en que se firmo la Paz entre las potencias guerrean­tes, los catalanes mantuvieron su rebelion frente al poder cen­tral. En septiembre de 1714 se rindio el archiduqe, y la Peninsu­la volvio a recuperar su normalidad.

           Mucho se ha escrito sobre esta Guerra de Sucesion. Son famosos los Comentarios a la Guerra de Espana del Marques de San Felipe, y las agudas interpretaciones de Carlos Seco Serrano, amen de muchos otros tratadistas e historiadores. Pero con ellos hemos de ver esta conflagracion como una autentica guerra euro­pea, y al mismo tiempo como una guerra civil en Espana. Fue realmente una guerra contra el intento de disgregacion del terri­torio hispano, no solo por las apetencias rapineras de los euro­peos, sino por el intento de independencias de otras regiones. Fue, al mismo tiempo, una guerra de religion, pues el catolicismo tradicional hispano libro batalla contra tropas protestantes que invadian y destrozaban. Y fue, definitiva, una guerra popular, en la que el pueblo todo se unio junto al Borbon. Felipe V lucho y vencio porque supo defender su Corona, y simbolizo en todo momen­to el ideal de unidad nacional y dignidad de Espana. Vencio, en definitiva, porque puso su confianza en el pueblo, que siempre sabe quien va de buena fe.

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           Pero hemos de concretar. Es preciso bajar de lo general a lo concreto. Y pasar de aquella guerra de frentes multiples, de intereses cruzados, al devenir concreto de la batalla. De la de Brihuega y Villaviciosa. De ese Gran Dia de Brihuega como lo apellido su cronista local y provincial, D. Antonio Pareja Serra­da. Nuestra tarea es esta, la remembranza de aquellas jornadas que alientan, en la memoria, gritos de guerra y trompetas de paz: un caleidoscopio de sucesos que se agolpan ya en el recuerdo.

          Dijimos como los aliados, tras el gelido recibimiento de Madrid al archiduque, se van huyendo mas que retirando, pal­pando en el ambiente la imposible victoria que, sin el apoyo popular, nunca podran conseguir. Se van en tres columnas, hacia el norte. Cruzan las alcarrias comandados por Frankemberg, Sta­remberg y Stanhope. Felipe V avisa a Vendome para que los persi­ga. Ambos se unen en Guadalajara, planenado la persecucion y el aplastamiento final.

           Stanhope para a descansar en Brihuega. Los hispanos, con Vallejo, Bracamonte y otros generales a la cabeza, ocupan por la noche todos los puentes, pasos y alturas que por el valle del Tajuna y la Alcarria briocense pueden tener funciones vitales. En vista del peligro, el ingles decide atrincherarse en la villa de los Arzobispos. Inicia febrilmente una fortificacion total: con­vierte el castillo en reducto ultimo, abre pozos y trincheras por las calles; pone maderos atados con cadenas por las calles y cruces; prepara teas tras los parapetos; busca la inexpugnabili­dad ante lo que sospecha puede ser un asalto definitivo.

           El dia 8 de diciembre, los realistas inician el ataque desde las alturas, lanzando su artilleria contra las veteranas murallas de Brihuega. El Rey Felipe dirige las operaciones desde el Cerro de Quinoneros. Bombardeo continuo sobre la villa: dicen los cronistas que llegaron a caer ese dia mas de mil bombas sobre la poblacion. El dia 9 se renovo la operacion. Pero enseguida se paso al asalto, unico modo de abreviar la batalla, dado que las murallas aguantaban mejor de lo que era de suponer por el conti­nuo acoso de los artilleros.

           Los espanoles ardian en deseos de entrar al asalto. La raza vigorosa y estimulada de gentes de todas las regiones hispa­nas solo deseaban acabar con aquello de la forma mas drastica posible. Se atacaron las diversas puertas de Brihuega, segun habia previsto Stanhope. El ataque inicial fue hacia el Cozagon, y enseguida se arremetio contra la puerta de San Felipe y el Arco de la Cadena. En aquel primer ataque, fueron los escaladores extremenos quienes demostraron mayor ardor en la tarea guerrera. Pero muchos otros regimientos pusieron sus banderas bien altas en el empeno. Las notas de sus himnos se escuchaban semiahogadas por el griterio y las descargas de fusil. El castillo dorado del Regimiento del Rey, la azulada C de los del Principe, la cruz de plata del Regimiento de Saboya, el sol de oro de los de Extrema­dura, el plateado corcel de Alvar Fanez que los de Guadalajara llevaban por ensena, o la Victoria volante de los dragones de Frisia, que tras esta hazana cambiaron el nombre al Regimiento y le llamaron Villaviciosa, poniendo en su lema el «In  Villamvi­tiosam, victor et vindex» que hasta hoy traen.

           Toda la tarde se fue en terribles combates, asaltos, luchas cuerpo a cuerpo por murallas, torreones, calles y por­tales, plazas y sopuertas. Muy entrada ya la noche, tras la enorme carniceria, prisionero el orgulloso Stanhope, se levanto del castillo de la Pena Bermeja la bandera blanca de la rendi­cion. Hills y Cerpentier capitulaban.

           Bajo a la villa Felipe V y observo, aterrado, el espec­taculo del pueblo. La muerte y la destruccion habian hecho alli su habitaculo. Todos cansados,pero ebrios de victoria, el Animoso decidio dar su golpe final. Staremberg se acercaba por las altu­ras alcarrenas a socorrer a los vencidos. Llegaba con tropas de refresco. Traia 17000 de infanteria y 5000 caballos mas la arti­lleria. Su sorpresa fue inmensa al encontrar, junto al pueblecito de Villaviciosa, formado en orden de batalla al ejercito que durante los dos dias anteriores habia luchado con denuedo contra Brihuega. Prestos a la lucha, 10000 infantes y mas de 11000 jinetes le esperaban. La retirada le era imposible al aleman. La batalla surgio con toda la fuerza y la crueldad que los momentos de una agonia imponen. Unos y otros se batieron durante horas en la llanada alcarrena. Sono el tambor y la trompeta, rugio el canon y la espingarda, brillo el sable y la pica, se mato y se murio… pero en definitiva quedo patente la bizarria de unos y otros: no solo los hispanos Bracamonte y Vallejo mas el galo Vendome, sino Staremberg, Villarroel y los otros europeos.

          La victoria final fue de los espanoles. En Villaviciosa se ponia la coda de una sinfonia de fuegos y muertes. Con un monarca nuevo y joven, Espana alentaba una nueva era. La salida de una agonia se hacia con esa crisis de espasmos y dolores. Pero la paz renacida compensa todo sacrificio. Con estas batallas que tuvieron tablero y peonaje en la alcarria, se concluyo la guerra de Sucesion que habia encubierto una autentica guerra europea. En memoria de aquellas jornadas cruciales, Felipe V ordeno, a su regreso en Madrid, instituir a la Inmaculada Concepcion por patrona de los cuerpos de Infanteria, en recuerdo de haberse dado en su dia tan gran batalla y victoria sobre su enemigo en Brihue­ga.

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            Nunca olvido  la villa de la pupurea roca este hecho crucial y convulsivo de su historia: ni dejo de tener presente que por su valor y sacrificio la casa de Borbon habia reafirmado su postura sobre el trono de Espana. Fue asi que en 1881 un acuerdo de la Excma. Diputacion Provincial de Guadalajara decidio la ereccion de un monumento, en el lugar exacto de los hechos, a la batalla de Villaviciosa. Se hizo el proyecto, a cargo del arquitecto D. Benito Ramon Cura, y anos despues, concretamente en 1910, al celebrarse el segundo centenario de la batalla, se puso en marcha un ambicioso plan de actuaciones que culmino, en sep­tiembre de 1911, con la inauguracion de dicho monumento, que habia construido la Diputacion alcarrena bajo la direccion tecni­ca del ingeniero Sr. Velasco. Ese monolito de oscuro mineral ante el cual manana depositaremos las flores que son nuestro homenaje y recuerdo a cuantos dieron su vida en la fria altura, venia a darnos con su silueta de truncada piramide, su cornisa de hojas de acanto, sus leyendas alusivas y sus escudos provincial y de Brihuega, el testimonio de un hecho que la historia y la memoria colectiva no debe nunca echar en el olvido.

           Entonces se levanto un ceremonial de altura: el Rey, por compromisos de ultima hora, no pudo acudir, estando represen­tado por su Ayudante de ordenes, D. Vicente del Rio Careaga. Asistieron numerosos militares y altos mandos del Ejercito de Tierra en sus diversas Armas, asi como los jefes de los Regimien­tos que participaron en la batalla. Con ellos el Presidente de la Diputacion Provincial, D. Ramon Casas, y el Alcalde de Brihuega, D. Jesus Villa. Y ademas bandas de musica, conciertos, banderi­tas, fiestas… fue un digno broche de aquellas jornadas la emision de una medalla conmemorativa, que realizo la Diputacion Provincial y que por Real Decreto de 10 de febrero de 1911 se elevo a categoria de Condecoracion Oficial. Para ello se busco la medalla que Felipe V hizo batir tras la batalla, y que sirvio para condecorar a los heroes que se distinguieron en la misma. En el anverso, el monarca Animoso. En el reverso, la victoria sobre un trofeo militar, y la frase latina que decia de victorias y victoriosos en Villaviciosa.

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          Y es ello que, gotas de un rio que nunca acaba, estamos hoy recordando aquel fasto y aquella gloria. Conmemorando un aniversario puntual, los 275 anos del asalto a Brihuega y batalla de Villaviciosa. Haciendolo en el convencimiento de que todo cuanto sea analizar y valorar nuestra historia es mejorar nuestro presente, es poner los basamentos de un futuro mejor. Si en aquella ocasion gloriosa, muchos espanoles tuvieron el valor supremo de entregar la vida por su rey y por la dignidad de la Patria, solo nos cabe en esta hora mirarnos en aquel espejo, que fue inmenso y prieto, y tratar de mantener el concepto de valor, de lealtad y de entrega que nuestros mayores supieron darnos. En su recuerdo, en su homenaje, pido ahora para ellos el aplauso que entonces no oyeron.

Leído en la Solemne sesión conmenorativa del 275  aniversario de la Batalla de Brihuega, en el salón del Ayuntamiento de Brihuega, diciembre 1985

La calle de Topete

 

Una de las calles más céntricas, más tradicionales, más entrañables de Guadalajara, es sin duda la dedicada a Topete, al Almirante Juan Bautista Topete, uno de los héroes románticos de la España liberal del siglo XIX. Pero no solo por esas circunstancias traigo hoy a colación, en este repaso a los nombres y las historias de las calles arriacenses, esta de Topete. Se da la circunstancia de que en ella he vivido casi desde que nací, y en ella se concentran, siempre que su nombre me viene a los labios, los mejores recuerdos de mi vida: las tardes tranquilas del otoño en que los chicos jugábamos a las chapas en el bordillo de la acera. Las carreras del marro en las sofocantes noches del verano. El retumbar del trueno en las tardes húmedas de primavera. O la nevada cegadora del amanecer del invierno. Son muchas cosas más las que, al hablar de la calle Topete, se me vienen a la cabeza. Pero de esas personales vivencias haré gracia a mis lectores.

El caso es que esta calle, corta y de escasa población en la actualidad, pasó de ser un estrecho callejón a soportar hoy un tráfico rodado inmenso, incansable. Desde los primeros días de exis­tencia de la ciudad, este callejón comunicaba la calle mayor con el gran plazal que se abría delante de la iglesia de San Gines, en cuyo solar se construyo el siglo pasado el palacio de la Diputación. Ese es su recorrido hoy: desde Mayor hasta la Plaza Moreno.

En esta calleja lucieron las vallas de un convento durante muchos siglos. Primero fueron las casas de los Gómez de Ciudad Real, que donaron para en su solar edificar el Convento de San Acacio, de monjas concepcionistas, elevado a mediados del siglo XVI. Y luego, tras la exclaustración, fueron los Religiosos Paules quienes ocuparon los viejos caserones y la iglesia cuya fachada daba a la plaza de Moreno. Ya en el siglo pasado surgieron edificios de viviendas en la acera izquierda de esta calle, comiendo algún terreno al de los frailes. En la acera derecha hubo siempre un gran palacio rodeado de edificaciones pobres. Se trataba del palacio de los Herrera, noble familia alcarreña que en el siglo XVI subió con fuerza desde que don Melchor de Herrera, nombrado marques de Auñón, fue secretario y minis­tro de Felipe II.

Precisamente fue ese el nombre con que tradicionalmente se conoció a este pasaje: la calle de Herrera. Y así se llamaba en 1868, cuando tras el triunfo de la Revolución liberal de septiembre, el gobierno municipal surgido de aquel golpe de Estado propuso el nombre de uno de los generales insurrectos, el de Topete, para ocupar esta céntrica calle de Guadalajara. Entonces se dedicaron sendos espacios a los otros héroes del pronunciamiento gaditano: el general Prim tuvo su plaza (que aun conserva) donde antes era el hueco de San Esteban. Y el general Serrano recibió el recuerdo de los arriacenses con la dedicatoria de la Plaza grande que mediaba entre el palacio del Infantado y la Academia de Ingenieros.

La figura de Topete, si no de gran relieve en la histo­ria de España, si que alcanzo gran popularidad con motivo de esta Revolución, la más radical de las ocurridas en el siglo XIX. Había nacido en 1821, y en 1869 era ya General mayor de las fuerzas navales que intervinieron en la guerra de África. Metido en política, a partir de 1862 fue varias veces diputado por el partido de Unión Liberal. Durante el sexenio revolucionario (1868‑1874) en el que tanto colaboro para su victoria, Topete fue ministro de Marina. Aunque era monárqui­co, y declarado partidario de Antonio Maria de Orleáns, duque de Montpensier, se resistió a acatar la llegada de Alfonso XII en 1874.

La participación de Topete en el alzamiento revolucio­nario de 1868 fue capital. En ese momento mandaba la Armada surta en el puerto de Cádiz. En la fragata del Almirante se reunieron, mediado el mes, los conspiradores entre los que se encontraban los generales Prim, Serrano, Dulce y otros varios. El 18 de ese mes, Topete dirigió una arenga a la tripulación de la Armada, y con el disparo de 21 cañonazos anuncio el destronamiento de Isabel II que los sublevados habían decidido. La revuelta popular y el nuevo estado político se extendió inmediatamente a toda Andalucía y luego a España entera: el 19 de septiembre se rebelo Sevilla, el 20 Córdoba, el 21 Málaga, etc.

En esta ocasión, Topete fue elegido presidente de la Junta Revolucionaria Nacional, y aunque en el primer momento lanzo un llamamiento a la nación, fueron enseguida Prim y Serrano quienes se hicieron realmente con las riendas del poder, terminando aquella famosa proclama con un «¡Viva España con honra!» que inicio un nuevo periodo, interesante y controvertido, de la historia de nuestro país.

Estas líneas nos han traído, junto al recuerdo de una de las más entrañables y evocadoras calles de Guadalajara, la figura de un hombre que hoy quizás resulta perfectamente desconocido para las generaciones actuales, pero que hace más de un siglo gozo de gran popularidad y ello le llevo a tener su nombre eternizado en el calle­jero de nuestra ciudad.