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Última morada para los Mendoza

 

Hoy dedicamos un recuerdo a nuestros antepasados, y en la oración por los difuntos va también la contemplación de sus vidas y de sus muertes, siempre espejos para nuestro discurrir incierto. En esta página de glosas a lo antiguo, de rebusca y conmemoración de antiguos hechos o sus huellas, parece lógico que hoy nos entretengamos en revisar las formas de encontrar su última morada que los Mendoza de Guadalajara tuvieron en siglos pasados. Aunque pueda parecer un poco monótona esta relación, y dada la densidad de notas y documentos consultados para hacerla quizás pueda parecer algo plomiza, debo recomendar su examen atento, pues no va a decir como esta familia alcarreña tuvo siempre la norma de hacerlo todo en nutrida hueste. Hasta enterrarse.

El mas antiguo de los Mendoza guadalajareños fue don Pero González de Mendoza, que murió en la batalla de Aljubarrota, en 1385, a los 45 de su edad. «Llevaronle a enterrar a Alava, donde esta la casa de Mendoza, y alli en la capilla donde yacen sepultados sus mayores le dieron onorifica sepultura», nos cuenta el historiador del siglo XVII Hernando Pecha, que pudo alcanzar a consultar numerosos documentos del archivo mendocino hoy desaparecidos. Su hija menor, dona Juana de Mendoza, murió en 1431, y «fue enterrada en San Francisco, en el entierro de estos señores de el Infantadgo».

Fue el Almirante de Castilla, otro de los grandes Mendoza que asentaron su poder en Guadalajara, don Diego Hurtado, quien fraguo la idea de construir un magno panteón a su estirpe. Y así lo hizo, en el presbiterio de la iglesia conventual de San Francisco de nuestra ciudad (hoy iglesia del fuerte). Don Diego murió en 1405, a los 40 años de su edad, y fue enterrado en el convento de Sant Francisco de Guadalaxara que el avia reedificado y dedicado para su entierro, y fue el primero de los senores de esta casa que estreno aquel honorifico sepulchro donde yazen sepultados sus descendientes. Una hija suya, hermanastra del marques de Santillana, concretamente doña Aldonza de Mendoza, sin embargo eligió otro lugar por morada definitiva. Al finar en 1435 «llevaronla a enterrar a Sant Bartolome de Lupiana, donde yaze sepultada». Hoy se conserva su sepulcro de alabastro en el centro de la principal sala del Museo Provincial de Guadalajara.

El primer marques de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, famoso por su obra literaria y política pre‑renacentista, murió en su palacio de Guadalajara el domingo 25 de marzo de 1458. «El Cardenal D. Pedro González de Mendoza, junto con su hermano mayor trazaron un sumptuoso entierro, acompañando el cuerpo difunto al Monasterio de San Francisco, donde fue sepultado».

Otro hijo suyo, don Iñigo López también llamado, primer conde de Tendilla, muerto en 1480, fue enterrado «en su Convento de Santa Ana de Tendilla de la Orden de San Jerónimo». Su hijo el primer marques de Mondéjar fundo el convento de San Antonio de dicha locali­dad alcarreña, aunque el no pudo ser enterrado, como era su deseo, en la capilla mayor, pues muerto en Granada, allá quedaron sus restos. Su deseo se cumplió, sin embargo, para su estirpe.

Otra rama de los Mendoza, los Condes de Coruña, se enterraron en su totalidad en la iglesia parroquial de Torija. Al hablar Pecha de D. Bernardino de Mendoza el ciego, Comendador de Alhanje, y embajador de Felipe II en Europa, dice: «fue su muerte felicissima, enterrose en la iglesia parrochial de la villa de Torija en el entierro de sus antepassados los Condes de Coruña».

El primer duque del Infantado, don Diego Hurtado de Mendoza, murió en 1479, a los 62 años. Aunque falleció en su castillo del Real de Manzanares, «llevaronle a enterrar a San Francisco de Guadalajara y allí yace sepultado entre sus mayores y ancianos». Su hijo don Iñigo López, segundo duque, murió en su recién construido palacio arriacense, en julio de 1500, a los 62 años, y «enterrose en el convento de San Francisco con sus mayores». Todavía el tercero y cuarto duques fueron allí llevados tras su muerte. Del último dicen los cronistas que «fue enterrado en San Francisco desta ciudad con la Pompa funeral que los señores desta cassa acostumbran».

Don Diego Hurtado de Mendoza, marqués del Zenete e hijo del cuarto duque, murió en 1560, en Toledo, cuando justaba en honor de Isabel de Valois, en una desafortunada caída del caballo, cuando contaba 40 años de edad. «Desde allí aquella misma noche le llevaron a Guadalajara, al Conbento de San Francisco y le enterraron con la grandeza que acostumbran a los señores desta cassa». Sin embargo, a otro marques de Zenete, D. Rodrigo de Vivar y Mendoza, hijo del Carde­nal Pedro González, muerto en 1523, «llevaronle a enterrar a Valencia a su capilla (que es de las ilustres de España) en el convento de Predicadores de Santo Domingo».

El quinto duque del Infantado don Iñigo López murió en 1602. Dicen las crónicas que ese año tañó la campana de Velilla, que cuando lo hacía anunciaba desgracias inminentes. Tenia 65 años, y «enterrose en San Francisco desta ciudad de Guadalaxara».

Ya en el siglo XVII los Infantado tomaron aun más en serio el cometido de juntarse todos en definitivo mausoleo, y así vemos como en 1619, al morir dona Luisa de Mendoza, condesa de Salda­ña, hija de la sexta duquesa doña Ana, la trajeron desde Madrid, en lucido cortejo, y la pusieron en la «Bóveda nueva, en la trasparencia detrás de el Retablo de la dicha iglesia de el Convento de Sanct Francisco». También al marido de la sexta duquesa D. Rodrigo de Mendo­za, muerto en 1587, «hizosele un solemnisimo entierro tal qual se haze de ordinario en esta ciudad a los Duques de el Infantadgo y condes de Saldaña», y añade el cronista Pecha a propósito de este magnate, que «es cosa maravillosa que con aver mas de 64 años que le enterraron al lado derecho de la capilla mayor de el convento de sant francisco de esta ciudad, desde el año de 1587 hasta este año de 1632 esta su cuerpo incorrupto, tractable sin faltarle pelo en la Barba, ni en la cabeza ni dientes ni muela en las quijadas y el Pellejo blando, como si estuviera vivo. Conocióse esto el año de 1629, cuando la duquesa Doña Ana acabó la Bóveda nueva de la Trasparencia de Sant Francisco detrás de el Retablo, que entonces se desenterró el cuerpo de el Conde don Rodrigo su marido, y se halló en la entereza referida y se trasla­do a la bóveda». La propia sexta duquesa Doña Ana de Mendoza, al morir en 1633, recibió solemnes funerales y «enterrose el cuerpo en una Bóveda detrás del altar mayor que hizo para si la duquesa Dona Ana».

Según refiere y resume el historiador Pecha sobre los enterramientos de los Mendoza a lo largo de los siglos, en el presbi­terio de San Francisco «no tenían Bóveda, abrianse Sepulturas en el suelo». Por ello la duquesa Ana «hizo Bóveda detrás del altar mayor en la trasparencia de le Santissimo Sacramento y encima de ella una capillita, si bien pequeña, bastantemente aseada. Hizo un Retablo para el altar mayor excelente obra de ensamblaje y escultoria, muy bien dorado». Dicho altar, ya desaparecido, era móvil, lleno de reli­quias, cuajado de momias y medios cuerpos de santos, huesos, brazos en urnas de cristal… un autentico museo de los horrores.

Cuando terminó dicho enterramiento en forma de bóveda, hizo el solemne traslado de los cuerpos de sus padres, sus dos mari­dos, sus hijos e hijas, y todos sus antepasados. Pero desde entonces, los cuerpos mendocinos parecían estar castigados a sufrir permanente arrebato y alteración. El décimo duque, don Juan de Dios de Mendoza y silva, a finales del siglo XVII, mandó construir un gran panteón ducal (el que hoy, en lamentable estado de abandono se encuentra en la cripta de la iglesia de San Francisco), del que se encargaron los maestros Felipe Sánchez y Felipe de la Peña, entre 1696 y 1728. Otro siglo después, en 1813, los franceses profanaron y destruyeron este lugar, dispersando los huesos de la estirpe de Mendoza por los suelos. En 1859, recogidos buenamente, fueron trasladados a la cripta de la iglesia colegiata de Pastrana, donde hoy descansan de tanto viaje y tanto susto los pocos huesos que les quedan.

One Comment

  1. José luis Herrera Asanza dice:

    Es admirable y magnífico que haya personas que se ocupen de recuperar el recuerdo de los grandes de nuestra tierra.
    Gracias a todos ellos.

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