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San Antonio de Mondéjar, maravilla del arte

 

La provincia de Guadalajara, repleta a rebosar de obras de arte y de un patrimonio histórico‑artístico que, a pesar de ser poco conocido todavía, puede competir favorablemente con el de cualquier otra provincia española, nos sorprende cada día, cada semana, con una joya o un paisaje, con una leyenda o con una tradición increíbles. Vamos a viajar esta semana hasta la localidad alcarreña de Mondéjar, donde un solo monumento, y este en ruinas, hará que los ojos de cuantos aun no hayan contemplado tal maravilla se froten incrédulos.

La ilustre familia de los Mendoza, que tantas paginas de gloria y arte han escrito por los serpenteantes y pardos caminos de la provincia de Guadalajara, arribo durante el siglo XV a este lugar de Mondéjar, gracias al casamiento que Pedro Lasso, hijo del marques de Santillana, hizo con Juana Carrillo, heredera del estado. Por medio de sus hijas Catalina y Marina, paso a los condes de Tendilla, de cuyo tronco surgió en 1512 este marquesado de Mondéjar como una rama más.

Fue primer marques el que desde muchos anos antes ostentaba el titulo de Conde de Tendilla en su segunda edición: don Iñigo López de Mendoza, conjunto de nombre y apellidos que se repite machaconamen­te en el ampuloso desfilar del linaje, y que no le fue a la zaga a su antepasado del mismo nombre, gran guerrero y político en la Castilla de Juan II y Enrique IV, autor de las inmortales Serranillas. Este del que ahora tratamos fue durante varios anos embajador en Italia por mandado de los Reyes Católicos, y en una de sus múltiples platicas con el Papa Inocencio VIII, logro su firma para el Breve y correspondien­tes licencias con las que dotar de un convento de franciscanos a su villa de Mondéjar, sin duda añorada desde las insalubres ciénagas romanas.

Aunque volvió a la Ciudad Eterna en 1487, hasta el 5 de mayo de 1489 no se puede considerar fundado este convento que llevaría por titular a San Antonio, pues en esta fecha extendió su testamento don Iñigo. En el dejaba grandes donaciones para su edificación y posterior sostenimiento, a la que también contribuyo con gran liberalidad su hermano don Diego Hurtado de Mendoza, cardenal y arzobispo de Sevilla.

El convento fue situado a un par de kilómetros del centro del pueblo, en dirección norte, levantándose a la par la residencia de frailes, (que a finales del siglo XVI llegaron a sumar unos cuarenta) y la suntuosa iglesia. En la actualidad solo quedan las ruinas de esta, pues el edificio conventual, demolido cuando la Desamortización, sirvió para que con sus piedras se levantara la plaza de toros monde­jana.

La iglesia fue levantada entre el referido año de 1489 y el de 1508 en que al parecer se encontraba ya concluida. Forma entre el selecto grupo de edificios protorrenacentistas que, adelantándose a su época, introdujo en España el arquitecto Lorenzo Vázquez de la mano de la familia mendocina: el hospital de la Santa Cruz en Toledo; el palacio de Don Antonio de Mendoza en Guadalajara; el de los duques de Medinaceli en Cogolludo, y este convento de Mondéjar, son las huellas indelebles de los primeros gestos del plateresco castellano.

La importancia de las ruinas de esta iglesia mondejana, se justifica con un solo dato: ya en 1921 fueron declaradas Monumento Nacional, por considerar entonces, a instancias del sabio Gómez‑ Moreno, que San Antonio de Mondéjar era, con mucha probabilidad, el mas antiguo edificio renacentista de toda España.

Era su fábrica de mediano sillarejo, con muros lisos refor­zados por contrafuertes. De una sola nave, con coro alto a los pies. En el muro del testero, que aun queda en pie, se ven como los apeos superiores se constituyen por pilastras finísimas, recuadradas con molduras, y corrido encima un entablamento muy pobre y sin talla; los capiteles llevan estrías, volutas acogolladas y una flor en medio. Los tímpanos, de arcos muy apuntados, del testero, aparecen ocupados por grandes escudos dentro de laureas: el central muestra la cruz de Jerusalem, recuerdo del Cardenal Mendoza que ostento ese titulo carde­nalicio; y a los lados las armas del fundador, don Iñigo López, que son las de Mendoza sobre una estrella y con la leyenda BVENA GVIA adoptada por los Mondéjar, mas las de su mujer dona Francisca Pacheco.

La portada del convento mondejano de San Antonio se mantiene como por milagro. Consta de un gran arco semicircular con varias arquivoltas cuajadas de fina decoración de rosetas, hojas, bolas, etc., apoyadas en casi desaparecidas jambas con similar ornamento, en las enjutas del arco, y acompañados de plegada cinta, los escudos del matrimonio fundador. Todo ello se escolta por dos semicilíndricos pilastrones cubiertos de talla vegetal y rematados en compuestos capiteles. El entablamento es riquísimo, ocupado por un friso con delfines, atados en parejas por sus colas, y cabezas de alados queru­bines, además de varias series de bolas y dentellones. Encima va un amplio arco, que no llega a ser semicircular, con candeleros a sus lados, y por frontispicio se ve una especie de gablete con molduraje de cornisa. El arco esta ocupado por una pequeña imagen de Nuestra Señora con el Niño en brazos, sedente, sobre gran medallón avenerado circular, al que ciñen cornucopias con estrías y cintas plegadas. El fondo del gablete se llena de robusto follaje que orla el aro del tímpano; se trata de una especie de cardo espinoso, muy revuelto y con gran palmeta enmedio, cargada de grano, quizás una mazorca de maíz, similar en todo a las que circuyen el arco de la puerta en el palacio ducal de Cogolludo.

La iglesia gozo en su adorno de importantes donaciones de los marqueses: sedas y oros y vasos sagrados fueron llegando hasta el completo acopio. La capilla mayor, aunque reservada para el enterra­miento de su fundador don Iñigo, quedo siempre vacía, por haberse topado con la muerte en Granada, donde ejerció de gobernador militar de la recién conquistada plaza. Su hijo, el segundo marqués de Mondéjar, don Luis Hurtado de Mendoza, si fue enterrado en el convento franciscano de San Antonio, y su sepultura y posibles restos mortales fueron levantados hace escasos anos, cuando se ejecutaron unas breves obras de consolidación del muro del fondo.

La riqueza del convento de mínimos mondejanos fue siempre proverbial. Muy beneficiado por sus protectores los marqueses, los frailes se dedicaron con holgura a los rezos y al ejercicio de la caridad. Incluso pusieron Estudios de Artes y Teología con el fin de enseñar a aquellos habitantes del pueblo interesados en esos temas. La desaparición del convento de San Antonio ocurrió a raíz de la cuarta decena del siglo XIX, tras la Desamortización de los bienes eclesiás­ticos por el Estado liberal. La venta del edificio y sus pertenencias, una vez que los frailes que lo ocupaban se marcharon, acabo con todo vestigio del esplendor artístico que ofrecía. Hoy quedan, al menos, esos dos paredones cubiertos de afiligranada talla, que nos habla con elocuencia de pasadas glorias. Bien merece una visita Mondéjar, aunque solo sea por contemplar la ruina esplendorosa de San Antonio.

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