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julio 26th, 1985:

Invitación para conocer Sigüenza

 

Mañana comenzará en Sigüenza un nuevo Día de la Provincia. Esa institución de júbilo y proclamación de valores autóctonos que nuestra Excma. Diputación Provincial ha vuelto a recuperar de la perdida costumbre. En Sigüenza será, durante estos próximos días sábado y domingo, donde la tierra toda de Guadalajara se manifieste como una comunidad viva y dispuesta a seguir su marcha. Pero no voy a entrar en esta ocasión a realizar consideraciones sobre el valor de esta jornada y sobre el significado de la misma. Como un homenaje a esa ciudad impar que es Sigüenza, anfitriona en esta ocasión del recuperado Día de la Provincia, hablare de ella y de los valores que la hacen una de las ciudades mas singulares del planeta.

Llegar hasta una ciudad, a conocerla, a patearla, a vivirla con intensidad requiere antes haber sabido de su devenir, y tener alguna idea de su futuro. No solo el aspecto actual y puntual habla de una ciudad. Su camino, el que paso y el que ha de recorrer también tiene su importancia. La ciudad esta siempre viva, esta en continuo latido. Todas las unidades de convivencia humana que existen o han existido en el mundo tienen una personalidad propia, intransferible. No importa que haya pueblos con el mismo nombre. Cada uno es cada uno, y no existen dos iguales en el planeta. Sin embargo, cada ciudad posee una personalidad diversa, y hay que permitir que en todo momento la desarrolle, la potencie, la ponga de manifiesto ante propios y extra­ños.

El mejor modo de ayudar a Sigüenza, de colaborar en su vida y en su desarrollo, es conocer esa personalidad, y potenciarla. No se puede ir contra el alma de las ciudades, aunque algunas veces y en algunos lugares así se ha hecho. No se puede porque la ciudad, que esta viva, lo siente e inmediatamente agoniza. Se hunde. Quizás sea una aventura urgente y sugerente a un tiempo la que ofrezco: conocer el latido íntimo, la razón verdadera de la existencia de Sigüenza. Llegar al fondo de su ser, tenerla entera en la mano, en la mente. Saber sus límites y sus horizontes. Os invito a realizar tal empresa. Es algo personal, que hará cada uno en el momento que escoja, pero que de forma completa dará una razón para quererla aun más, y tenerla el respeto que merece. Es una invitación en este Día.

 La primera forma de conocer algo es verlo. Hay que llegar hasta Sigüenza. Su aparición en el recodo de algún camino, viniendo desde Guadalajara, desde Barbatona, desde Atienza o desde Medinaceli, es en todo caso magnifica. Se la mire por donde se la mire, la ciudad Mitrada ofrece un aire de elevada dignidad, de aparente orgullo que luego se troca en mansedumbre. El recuerdo que la ciudad dejara en el visitante depende en buena medida del estado de ánimo en que se encue­ntre cuando esa primera visión tenga efecto. El poso del encuentro dejara siempre una idea de ser ciudad recostada, tranquila y dulce, silenciosa en la distancia. Es un lugar en el que amanece despacio y la tarde llega con parsimonia increíble. Casi el día entero es tarde en Sigüenza.

Pero su interior bulle. Los días de mercado, las salidas de clase, las tardes veraniegas: el rumor de las calles y paseos se columpia de los hondos pasadizos, de las torres que por aquí y allá surgen vigilantes. Su estampa es imperecedera y pertenece a la retina universal. Cada uno, sin embargo, debe tener su experiencia con ella. Venir de una tierra lejana, tras meses de camino, y encontrar a la ciudad episcopal sobre el Henares… seria una justa, e imposible, recompensa para nuestro cariño hacia ella. Solo la sorpresa, quizás, puede dar una nueva dimensión a esta ciudad.

También Sigüenza nos solicita la atención con sus olores. Como al entablar relación con alguien o algo, el aroma que rodea lo conocido es crucial en el posterior recuerdo. La ciudad Mitrada nos entrega su olor de arboledas y barrancos, su duro aroma de piedra arenisca, roja y tristemente parda. Nos da toda la fragancia de sus calles sombreadas, de sus patios húmedos, de sus portalones donde el aire ajado de un siglo pasado parece quejarse tímido.

Tiene un lenguaje la ciudad. Hay que escucharle. Habla Sigüenza con las letras duras y perennes de la piedra. Tiene un acento de altura, es la dimensión vertical la que hace de su son un rayo que procede de lo alto, que de la luz solar nos llega. Su retumbar bronco procede de la campana, de la almena. Su cuchicheo emerge de la calle larga y zigzagueante, de la esquina encrespada, del balcón entornado. El lenguaje de Sigüenza es claro, elocuente, abierto a cualquier habitante del planeta.

Saber de alguien requiere saber que hace. Si estudia o trabaja, por ejemplo. Sigüenza hace las dos cosas. También huelga. Tiene un entusiasmo especial en cada actividad. Como una prolongación de su más remota historia, Sigüenza alberga la vida eclesiástica del obispado. Sigue siendo una ciudad de clérigos. Y es más: así deberá seguir si quiere mantenerse fiel a si misma, y por lo tanto sobrevi­vir. Pero es también una ciudad que todavía vive del campo, de lo que dan los montes y las tierras, las aguas y los aires.

Después vinieron los escribanos. Pero es quizás de esa vertiente más moderna, del área de los servicios, de lo que Sigüenza hoy se mantiene. Debe estimularlo en los niveles en que anda. La enseñanza, de calidad y abolengo, mantiene en alto el banderín rojo y azul. De su coquetería, de su saberse bella e interesante, surge un nuevo modo de supervivencia: el turismo, que en definitiva no solo debe verse como una forma mas de sobrevivir, sino como un acicate indudable para mantenerse fiel a si misma, de cuidarse al máximo, siempre de un modo  justo y autentico.

Un capitulo final debe cumplir quien llegue a Sigüenza con ganas de saberla a fondo, de llevarse su imagen real y permanente. Es la historia. Aquí no es momento de repetirla, ¡tantas veces lo hemos hecho unos y otros…! Pero si es recomendable en todo caso que e estimule su conocimiento. Entre la población que en ella vive, y entre los que desde fuera llegan. Saber de su tradición muchas veces secu­lar, de su primitivismo celtibero, pura esencia de España. De su inicial mano romana. De visigodos y árabes. De clérigos‑guerreros franceses. De artistas, de intelectuales, de revolucionarios y de artesanos. La historia de una ciudad no solo es la peripecia humana del Doncel, del obispo Bernardo o de los cenetistas de la catedral, sino el conjunto de lo siglos y las gentes en procesión compacta. Nosotros que tenemos la ventaja de poder mirarla con perspectiva, no podemos renunciar a tal privilegio. Y lo ofrezco a quien de veras quiera hacerlo.

Sigüenza hoy, en este pórtico de un nuevo Día de la Provin­cia, se mira una vez mas al espejo de sus montes y al agua de su Henares remansado. Sabe que así, en el respeto de su esencia y su carisma, podrá seguir viviendo muchos otros siglos. El respeto, lo decía antes, a la propia personalidad, el deseo de mantenerla a ultran­za, es lo que en definitiva hace dignas a las personas y a las ciu­dades. Sigüenza digna, Sigüenza eterna. Para todos vosotros, en este Día.