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julio, 1985:

Invitación para conocer Sigüenza

 

Mañana comenzará en Sigüenza un nuevo Día de la Provincia. Esa institución de júbilo y proclamación de valores autóctonos que nuestra Excma. Diputación Provincial ha vuelto a recuperar de la perdida costumbre. En Sigüenza será, durante estos próximos días sábado y domingo, donde la tierra toda de Guadalajara se manifieste como una comunidad viva y dispuesta a seguir su marcha. Pero no voy a entrar en esta ocasión a realizar consideraciones sobre el valor de esta jornada y sobre el significado de la misma. Como un homenaje a esa ciudad impar que es Sigüenza, anfitriona en esta ocasión del recuperado Día de la Provincia, hablare de ella y de los valores que la hacen una de las ciudades mas singulares del planeta.

Llegar hasta una ciudad, a conocerla, a patearla, a vivirla con intensidad requiere antes haber sabido de su devenir, y tener alguna idea de su futuro. No solo el aspecto actual y puntual habla de una ciudad. Su camino, el que paso y el que ha de recorrer también tiene su importancia. La ciudad esta siempre viva, esta en continuo latido. Todas las unidades de convivencia humana que existen o han existido en el mundo tienen una personalidad propia, intransferible. No importa que haya pueblos con el mismo nombre. Cada uno es cada uno, y no existen dos iguales en el planeta. Sin embargo, cada ciudad posee una personalidad diversa, y hay que permitir que en todo momento la desarrolle, la potencie, la ponga de manifiesto ante propios y extra­ños.

El mejor modo de ayudar a Sigüenza, de colaborar en su vida y en su desarrollo, es conocer esa personalidad, y potenciarla. No se puede ir contra el alma de las ciudades, aunque algunas veces y en algunos lugares así se ha hecho. No se puede porque la ciudad, que esta viva, lo siente e inmediatamente agoniza. Se hunde. Quizás sea una aventura urgente y sugerente a un tiempo la que ofrezco: conocer el latido íntimo, la razón verdadera de la existencia de Sigüenza. Llegar al fondo de su ser, tenerla entera en la mano, en la mente. Saber sus límites y sus horizontes. Os invito a realizar tal empresa. Es algo personal, que hará cada uno en el momento que escoja, pero que de forma completa dará una razón para quererla aun más, y tenerla el respeto que merece. Es una invitación en este Día.

 La primera forma de conocer algo es verlo. Hay que llegar hasta Sigüenza. Su aparición en el recodo de algún camino, viniendo desde Guadalajara, desde Barbatona, desde Atienza o desde Medinaceli, es en todo caso magnifica. Se la mire por donde se la mire, la ciudad Mitrada ofrece un aire de elevada dignidad, de aparente orgullo que luego se troca en mansedumbre. El recuerdo que la ciudad dejara en el visitante depende en buena medida del estado de ánimo en que se encue­ntre cuando esa primera visión tenga efecto. El poso del encuentro dejara siempre una idea de ser ciudad recostada, tranquila y dulce, silenciosa en la distancia. Es un lugar en el que amanece despacio y la tarde llega con parsimonia increíble. Casi el día entero es tarde en Sigüenza.

Pero su interior bulle. Los días de mercado, las salidas de clase, las tardes veraniegas: el rumor de las calles y paseos se columpia de los hondos pasadizos, de las torres que por aquí y allá surgen vigilantes. Su estampa es imperecedera y pertenece a la retina universal. Cada uno, sin embargo, debe tener su experiencia con ella. Venir de una tierra lejana, tras meses de camino, y encontrar a la ciudad episcopal sobre el Henares… seria una justa, e imposible, recompensa para nuestro cariño hacia ella. Solo la sorpresa, quizás, puede dar una nueva dimensión a esta ciudad.

También Sigüenza nos solicita la atención con sus olores. Como al entablar relación con alguien o algo, el aroma que rodea lo conocido es crucial en el posterior recuerdo. La ciudad Mitrada nos entrega su olor de arboledas y barrancos, su duro aroma de piedra arenisca, roja y tristemente parda. Nos da toda la fragancia de sus calles sombreadas, de sus patios húmedos, de sus portalones donde el aire ajado de un siglo pasado parece quejarse tímido.

Tiene un lenguaje la ciudad. Hay que escucharle. Habla Sigüenza con las letras duras y perennes de la piedra. Tiene un acento de altura, es la dimensión vertical la que hace de su son un rayo que procede de lo alto, que de la luz solar nos llega. Su retumbar bronco procede de la campana, de la almena. Su cuchicheo emerge de la calle larga y zigzagueante, de la esquina encrespada, del balcón entornado. El lenguaje de Sigüenza es claro, elocuente, abierto a cualquier habitante del planeta.

Saber de alguien requiere saber que hace. Si estudia o trabaja, por ejemplo. Sigüenza hace las dos cosas. También huelga. Tiene un entusiasmo especial en cada actividad. Como una prolongación de su más remota historia, Sigüenza alberga la vida eclesiástica del obispado. Sigue siendo una ciudad de clérigos. Y es más: así deberá seguir si quiere mantenerse fiel a si misma, y por lo tanto sobrevi­vir. Pero es también una ciudad que todavía vive del campo, de lo que dan los montes y las tierras, las aguas y los aires.

Después vinieron los escribanos. Pero es quizás de esa vertiente más moderna, del área de los servicios, de lo que Sigüenza hoy se mantiene. Debe estimularlo en los niveles en que anda. La enseñanza, de calidad y abolengo, mantiene en alto el banderín rojo y azul. De su coquetería, de su saberse bella e interesante, surge un nuevo modo de supervivencia: el turismo, que en definitiva no solo debe verse como una forma mas de sobrevivir, sino como un acicate indudable para mantenerse fiel a si misma, de cuidarse al máximo, siempre de un modo  justo y autentico.

Un capitulo final debe cumplir quien llegue a Sigüenza con ganas de saberla a fondo, de llevarse su imagen real y permanente. Es la historia. Aquí no es momento de repetirla, ¡tantas veces lo hemos hecho unos y otros…! Pero si es recomendable en todo caso que e estimule su conocimiento. Entre la población que en ella vive, y entre los que desde fuera llegan. Saber de su tradición muchas veces secu­lar, de su primitivismo celtibero, pura esencia de España. De su inicial mano romana. De visigodos y árabes. De clérigos‑guerreros franceses. De artistas, de intelectuales, de revolucionarios y de artesanos. La historia de una ciudad no solo es la peripecia humana del Doncel, del obispo Bernardo o de los cenetistas de la catedral, sino el conjunto de lo siglos y las gentes en procesión compacta. Nosotros que tenemos la ventaja de poder mirarla con perspectiva, no podemos renunciar a tal privilegio. Y lo ofrezco a quien de veras quiera hacerlo.

Sigüenza hoy, en este pórtico de un nuevo Día de la Provin­cia, se mira una vez mas al espejo de sus montes y al agua de su Henares remansado. Sabe que así, en el respeto de su esencia y su carisma, podrá seguir viviendo muchos otros siglos. El respeto, lo decía antes, a la propia personalidad, el deseo de mantenerla a ultran­za, es lo que en definitiva hace dignas a las personas y a las ciu­dades. Sigüenza digna, Sigüenza eterna. Para todos vosotros, en este Día.

Arte e Historia en Durón

La fuente barroca de Durón.

 No hace mucho tiempo, y a instancias de una dinámica y entusiasta Asociación Cultural que existe de reciente fundación en el pueblo, tuve ocasión de hablar en Durón sobre su historia y algunas otras cosas relativas al pasado lejano de la Alcarria, pudiendo com­probar el enorme interés que existe en esta bella localidad alcarreña por conocer los temas de su pasado y de su historia. Recordaremos ahora en este Glosario, para el conocimiento general, todo lo que Durón ha supuesto en la historia y lo que hoy supone de interés para los buscadores de la recóndita belleza de los pueblos.

También en este año de 1985 Durón ha cumplido el IX Centena­rio de la Reconquista. A raíz de la campana del rey Alfonso VI sobre el reino islámico de Toledo, y que concluyo con la conquista de la ciudad en mayo de 1085, toda la comarca de la Alcarria quedo en el marco del reino castellano ampliado hasta limites meridionales. La frontera del Tajo era incluso superada, y axial en sus orillas quedaba abierta la semilla para un desarrollo que ya se hizo imparable.

El lugar de Durón quedo incluido en un principio en tierra de Atienza. El fuerte Común de Villa y Tierra atencino extendía sus fronteras y sus Fueros hasta el Tajo y aun le sobrepasaba en algunos lugares. En ese contexto, y teniendo en cuenta la tradicional división de los antiguos comunes de la extremadura castellana en sesmos (seis partes del territorio), Durón quedo desde un principio como cabeza o capital del Sesmo del Tajo, que comprendía otros lugares como Budia, El Olivar, Gualda, Picazo y Valdelagua.

Pero ya en el siglo XIV, las continuas querellas de Jadraque contra Atienza forzó a una independencia de la primera localidad respecto a la segunda, resultando de ello la creación de un Común o Tierra de Jadraque con gran fuerza y extensión, en la que vino a quedar incluida la villa de Durón. Desde esa centuria giro siempre en la orbita de Jadraque, y en todo reconoce su misma historia.

En breves líneas, podemos recordar que la historia de Jadra­que, a la que como acabo de explicar va en todo unida la de Durón, pasa desde la línea de ser tierra de realengo a serlo de señorío en el siglo XV, cuando en 1434 ocurrió la boda de una Da. Maria de Castilla, hija de D. Diego y nieta del rey Pedro I el Cruel, con D. Gómez Carrillo de Acuña, camarero del rey castellano Juan II. La tal Da. Maria, que fue mujer de gran valor y buenas prendas, recibió el seño­río de Jadraque y su tierra como dote a su boda de la reina María, esposa de Juan II. El caso es que luego siguió Durón en todo los avatares de la historia jadraqueña, y axial paso con ella al señorío de los Mendoza en 1469, cuando el señor de Jadraque, a la sazón D. Alfonso Carrillo de Acuna, cambio a Pedro González de Mendoza este territorio por Maqueda y la alcaldía mayor de Toledo.

Heredo Jadraque, y por supuesto Durón, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, «el bello pecado del Cardenal», que fue nombrado marques de Zenete por valerosa actuación en la guerra de Granada, y mas tarde conde del Cid por su boda con Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli. En este señorío de los Mendoza, marqueses de Zenete y luego duques del Infantado, continuo durante siglos Durón, hasta la desaparición de los señoríos cuando las Cortes de Cádiz.

Para el viajero de hoy, es un verdadero regalo llegar a Durón y recorrer sus viejas y bien cuidadas calles. Se respira en ellas toda la paz de lo rural y el cuidado de la civilización en los deta­lles. Cuando uno va buscando la autenticidad de lo rural, la arquitec­tura popular de nuestras tierras, las huellas autenticas de la histo­ria y la belleza de las obras artísticas, pocas veces puede conjuntar de manera perfecta sus deseos. Pero esto ocurre perfectamente en Durón, donde se combina la pulcritud de lo que es tratado con amor y la autenticidad del campo. Recorrer las cuestas, las plazas y los caminos arbolados de Durón es un gozo que bien merece, por lo fácil, intentarse cuanto antes.

Aunque fuera del pueblo, pero en su termino y en un paraje de gran belleza, desde el que se contempla el embalse que hace el Tajo en Entrepeñas, a gran altura entre pinares y rocas, se alza la ermita de Nuestra Señora de la Esperanza, que fue erigida en el siglo XVII bajo la dirección del arquitecto Juan García Ochaíta, y que trasladada piedra a piedra por la Confederación Hidrográfica del Tajo cuando se construyo el Embalse, hoy amenaza hundimiento si no se pone un rápido remedio a sus resquebrajaduras.

A la llegada al pueblo, destaca también un singular y senci­llo monumento, la «picota» representante del villazgo de Durón, y que en forma de un alto cilindro de piedra saluda al viajero desde las primeras casas, casi oculta entre la vegetación exuberante de estos días.

En el interior, es un gozo recorrer la calle mayor, en la que pronto se encuentra el viajero con el antiguo edificio de la Carnicería, dedicado hoy a edificio concejil y remozado Ayuntamiento. Reestructurado en su interior con sencillez y elegancia, al exterior muestra este edificio toda la puridad de la arquitectura popular alcarreña. Los vecinos de Durón pueden estar justamente orgullosos de este restaurado edificio concejil. Junto a el, acompañada de un viejo olmo, surge la «fuente barroca» que por un mascaron de bronce con rostro leonino va soltando el agua fresca del interior de la montaña. Siguiendo por la calle principal, se pueden encontrar varias casonas nobiliarias, todas ellas cargadas con la prosapia de sus escudos de armas, que hablan de infanzonías y tiesos hidalgos.

En la plaza principal, también hoy remozada y ancha, destacan varios edificios de noble abolengo, y es presidida por uno en el que se ven los escudos de la Inquisición. Enfrente se alza la iglesia parroquial, con portada sorprendente, única en la Alcarria, en la que el estilo barroco toma unos rumbos absolutamente propios y nunca vistos. Sobre la torre, que es de planta cuadrada, figura la fecha en que se construyo el templo: el ano de 1693.

Bajando hacia el valle, por el camino que va hacia Sacedón, aun puede verse un gran Calvario de piedra, donde antiguamente se centraba la devoción popular y los caminantes pararían a echar un trago. Cerca esta la ermita de la Soledad, hot convertida, con gracia, en vivienda particular. Y en fin, no solo es la serie enumerada de edificios o rincones los que dan a Durón un encanto y una capacidad de asombrar al viajero, sino que añade la visión general de la villa desde la distancia en el pantano, y el deambular tranquilo, al atardecer, entre las huertas cercanas, sobre los montes que la circundan. Sin exagerar podemos considerar a Durón como uno de los lugares que guardan mayor encanto y atracción para quien por primera o sucesivas veces le visita. Quizás este mismo fin de semana sea la mejor ocasión para que tú, amigo lector, te animes a conocerlo.

Un testimonio de la peste negra en Berninches

 

Cuando uno repasa las historias propias de los pueblos de nuestra provincia, o escucha de labios de sus viejas gentes las consejas en que resumen sus propias vicisitudes seculares, siempre aparecen esas vagas referencias a «pueblos comidos por las hormigas», «pestes que asolaron algún pueblo», mortandades y pestilencias varias que redujeron a la nada, al silencio perenne, a decenas y decenas de lugares, antaño rientes y plenos de vida. Todas esas consejas, trans­formadas por el decir popular de siglos, tienen siempre algo de razón, y se fundamentan en hechos que, aunque la crónica no haya recogido con puntualidad, si que tuvieron una consistencia firme.

Si en el siglo XII, tras la reconquista del territorio castellano de la Transierra, se crearon y fundaron numerosos pueblos y aldeas en lo que hoy es la provincia de Guadalajara, seria luego en la época de la Baja Edad Media que muchos de esos lugares volverán a quedar vacíos y yermos, arruinados sus caseríos y por los suelos sus iglesias y castillos. Serian los que luego se conocieron como despo­blados, de los que crónicas y leyendas, e incluso hoy la investigación de campo, nos demuestran su real existencia.

De uno de tantos casos vamos a tratar hoy. Concretamen­te del despoblado de La Golosa, en el termino actual de Berninches. La tradición oral en esta villa, que se plasmo en el siglo XVI en las respuestas escritas de sus vecinos al cuestionario o Relaciones Topo­gráficas solicitadas por Felipe II, ya mencionan como una gran pesti­lencia acabo, en el Medievo, con la practica totalidad de los vecinos de La Golosa, que finalmente se fueron a vivir, los cuatro que queda­ron, a Berninches, único lugar que les admitió como vecinos.

Estas tradiciones y consejas están basadas en la reali­dad, y buena prueba de ello son los documentos existentes en el Archi­vo Municipal de Berninches, que recientemente me ha sido posible consultar, y que prueban fehacientemente la realidad de la existencia de una gran epidemia, posiblemente de peste, en los anos finales del siglo XIV.

Antes de referir el contenido de estos documentos, o al menos su sentido resumido y las noticias que de mayor interés encie­rra, creo necesario exponer, muy brevemente, la historia de Berninches y del vallejo que desde el corre dando vida al rió Arlés, mas abajo tributario del Tajo en la Pangía. Ya en 1199, cuando el Papa Inocencio III creo la Orden Militar de Calatrava, figuraba El collado como una pertenencia territorial de la naciente Orden. En lo profundo del valle del Arlés, los caballeros calatravos pusieron templo, convento y poblado. En su derredor surgió la vida. Una hermosa iglesia de estilo románico surgió y una hospedería reunió durante siglos a peregrinos y caballeros. Poco después surgieron los poblados, mínimos, de la Golosa y Berninches, ambos denominados lugares poseídos por la Orden de Calatrava y encuadrados en la Encomienda del Collado.

De La Golosa luego hablaré. Baste decir que se despobló a finales del siglo XIV. De Berninches puede afirmarse que paso a ser villa por si en los anos finales del siglo XV. Concretamente, en 1468 ya era villa. Con la llegada de la monarquía de los Austrias, Felipe II vendió la villa de Berninches a su tesorero real, don Melchor de Herrera, luego Marqués de Auñón, adquiriendo por entonces El collado, ya en ruinas, don Pedro Franqueza. Ambos lugares fueron poco después adquiridos, en 1614, por don Luis de Velasco, marques de Salinas, en cuyo poder permaneció hasta el siglo XIX. Uno de los datos más intere­santes que los documentos consultados nos ofrecen es la real existen­cia de un castillo en Berninches, al menos durante la edad Media.

Y vamos con el tema de la peste: la bubónica o peste negra penetro en España en 1348, a través de diversos puertos del Mediterráneo y por Santiago de Compostela. En 1349 ya estaba afectada toda la Península. Hubo luego otras intensas epidemias, menos gene­rales, pero de efectos muy intensos en comarcas o regiones aisladas, en las épocas de 1361‑64, 1371‑74 y 1381‑84. En La Golosa (y posible­mente en otros lugares de la Baja Alcarria), la epidemia fatal se produjo entre los anos 1390 y 1391. Entonces, la mortandad en el lugar de La Golosa fue tan grande que en el otoño de este último ano sola­mente vivían en el lugar cuatro vecinos. Sabemos sus nombres: Gil Martín Guerrero, su hermano Juan Martín Guerrero, Martín Díaz y Diego, el hijo de Pedro Martín.

El día 8 de noviembre de 1391, reunidos los hombres buenos de Berninches, a campana repicada según lo habían por uso y costumbre, en «el portal de la iglesia del dicho lugar», lo cual que prueba que en el siglo XIV Berninches tenia una iglesia de estilo románico, acordaron admitir por vecinos del lugar a los referidos cuatro habitantes de La Golosa, que acordaron someterse a los impues­tos pertinentes y acudir a Concejo en Berninches cuando este se cele­brara. Era entonces maestre de Calatrava fray Gonzalo Martín, quien a la sazón residía en la su villa de Almoguera. Y como Comendador cala­travo de El Collado aparece fray Juan de Caamaño. Signo el documento Diego Fernández, escribano publico de Berninches.

Es curioso el dato de la pena o multa que se estipula imponer a quienes vayan contra lo acordado en el referido documento: deberán pagar una cantidad de 3000 maravedíes, siendo una parte para el señorío de la Orden; otra, para la parte obediente, y una tercera para «los ministros del castillo de este dicho lugar de Berninches». Al mismo tiempo, se hicieron comunes los términos, los pastos, las dehesas, los montes, las aguas y los caminos.

Este viejo documento, escrito en hermosa letra gótica, se conserva aun en el Archivo Municipal de Berninches. Una traducción del mismo se hizo en 1825 por don Francisco Escribano, que lo era real y del número de la villa de Tendilla, y socio de la Real Academia Latina de Madrid. Otros dos viejos documentos medievales, conservados en regular estado en dicho archivo, exponen otros temas relativos a un pleito con la villa de Auñón, en 1468, sobre discusión de pastos y utilización de caminos, y que finalmente el maestre de Calatrava dirimió dando la razón a Berninches por cuestión de ser administradora de los lugares que correspondieron siglos atrás al lugar de La Golosa. El ultimo documento nos muestra como, ya en 1468, Berninches se titu­laba «Villa de Horca y Azote».

En definitiva, estos documentos originales vienen a expresar la realidad de la temida y casi mitológica «peste negra» que en el siglo XIV dejo reducida la población de Europa a su tercera parte, y como dicha epidemia clavo hondamente sus garras en territorio alcarreño. Es un dato, quizás puntiforme, pero en toda caso interesan­te para la historia de la Alcarria, que entre todos hemos de ir conformando.