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junio, 1985:

Notas a la heráldica cisterciense en Guadalajara

 

En el contexto de los estudios his­tóricos, relativos a nuestra provin­cia, está aún por tomar en conside­ración, de una forma profunda y rigurosa el que hace referencia a la heráldica de sus pueblos, de sus gentes y de sus instituciones. Es un tema éste verdaderamente apasionante, pero que requiere una previa información y formación especiali­zada en los caminos del blasón.

Desde hace tiempo venimos ocupán­donos en recoger los símbolos he­ráldicos, especialmente los escudos de armas, que sobre todo en forma de escudos tallados en piedra, en madera o pintados, hablan de anti­guas familias e hidalguías a los es­tudiosos de hoy. Una amplia colección y recopilación sistematizada de estos documentos históricos, nos permiten así conocer con detenimiento los, avatares históricos de al­gunos pueblos y,  de muchos personajes de nuestra provincia.

Hoy quiero traer, como aportación al tema de la heráldica alcarreña, una recopilación y semblanza de los escudos cistercienses que por conventos, monasterios y capillas de nuestra tierra quedaron prendidos y parlantes de la espiritual presencia de los monjes blancos. Aunque ya en ocasiones anteriores he hablado ampliamente de la historia de los cenobios cistercienses en Guadalajara (1), nunca está de más volver a recordar la presencia, casi de forma generalizada en hábito de ruina, de los antiguos conventos bernardos, hoy en el silencio de valles y arboledas agazapados.

Sobre la heráldica cisterciense en España y Portugal hay un buen estudio publicado, el que deben acudir los interesados en el tema (2). Por él sabemos que la Orden del Cister, que para mejorar la regla de San Benito, fundó en 1098 San Roberto, y desde Citeaux, en desiertos parajes de la Borgoña, iluminó el mundo medieval con su mensaje, utilizó un escudo primitivo que, con pocas modificaciones, ha llegado hasta hoy: se trata de un escudo de azur, sembrado de lises doradas, en recuerdo de la Casa Real de Francia; y en escusón, seis bandas de oro y azur, con bordura de gules, al corazón del escudo, como simbólico del blasón del Ducado de Borgoña. Venía a ser un escudo gentilicio y territorial, consagrado como propio por el uso durante largos siglos.

En España, los cistercienses adoptan un escudo que es modificación del anterior o primigenio, y que viene a caracterizar a la llamada Congregación de Castilla o de la Regular Observancia de San Bernardo en España. Este escudo propio de los bernardos hispanos se viene utilizando, al menos desde el siglo XVI. Y se conforma del siguiente modo: «de azur, a la banda de doble serie de escaques de plata y gules, tres lises de oro, brazo de monje, moviente del flanco siniestro, empuñando báculo abacial, y una mitra, todo ello al natural». También se heredaba este blasón de otros gentilicios franceses, que de un modo u otro habían estado presentes en el nací, miento de la Orden. Así, la banda de escaques era herencia de los señores de Fontaines, y las tres lises de oro ‑sobre campo azul; de los Beyes de Francia. El brazo de monje lo traía en recuerdo del escudo de armas, del monasterio galo de La Ferté, uno de los primeros del Cister (3). Uno de los primeros autores españoles en describir, como hemos, dicho, el escudo de la Congregación de Castilla o de la Regular Observancia de San Bernardo en España, fue fray Bernabé de Montalvo, historiador de la Orden en nuestro país (4).

Veamos ahora los escudos que, como propios e individuales, adoptaron o usaron los monasterios cistercienses de nuestra tierra, tanto de la provincia de Guadalajara, como de sus inmediaciones geográficas, pero que por lazos de historia y fundaciones están íntimamente ligados a nosotros.

Así, el monasterio de Santa María de Huerta, que se fundó en 1144, y que de siempre perteneció a la diócesis de Sigüenza, aunque hoy está en la provincia de Soria, fue el lugar protegido de los Lara, señores de Molina, donde finalmente quedaron todos ellos, en los muros de su Claustro, enterrados. Tuvo este monasterio un escudo primitivo, correspondiente a la Congregación de Castilla, compuesto en forma de partido, el primero de azur, con barra de losanjes plata y gules, y una flor de lis en jefe y otra en punta; el segundo de azur, con una hidria de oro de la que salen 3 azucenas de jardín. Posteriormente, brisó el blasón este monasterio, en la época de la estrecha observancia, quedando también partido, el primero con el escudo de Cister, ya descrito, medio partido, y segundo, de plata, con jarrón de azucenas al natural.

Otro monasterio cisterciense cercano a nuestra tierra, hoy no incluido en ellas, pero que al menos en el siglo XIII si sabemos que perteneció al Señorío de Molina, es el Monasterio de Piedra, fundado en 1194 por el reino de Aragón, e incluido en un principio en la diócesis de Sigüenza y luego en la de Tarazona. Lleva un escudo totalmente diferente de los demás cenobios bernardos, .y que expresa con fuerza la elegancia y la poesía que el arte del blasón encierra. Es de gules, con tres piedras sillares de oro, ordenadas de dos y una, surmontadas por un castillo también de oro, adjurado; báculo, abacial en palo y una mitra brochante al natural. La simbología que para ese, escudo daban los tratadistas cistercienses, es la siguiente, ‑el castillo representa el primitivo «Castrum de Petra» que hubo en la zona, y, junto al cual se fundó el monasterio-. Y los tres sillares de oro, corresponden a los Reyes Alfonso II de Aragón, que fue el fundador de la abadía, a Pedro II Y a Jaime I, sus generosos protectores.

Quizás el más importante de los monasterios cistercienses de la provincia fue el de Monsalud, junto a Córcoles. Hoy sólo quedan las ruinas, en todo caso grandiosas y evocadoras, de su pasado esplendor. Lo fundó, a mediados del siglo XII, Alfonso VIII, rey de Castilla. Su desarrollo fue espectacular a lo largo de la Edad Moderna y el período barroco. En cuanto a su escudo, podemos decir que usó el de la Congregación de Castilla, que tallado en piedra aún se ve sobre la puerta de entrada a la Hospedería monasterial. Es un escudo tallado en el siglo XVII, muy bien conservado, y el único del Cister hispano que nos queda en toda la provincia, Ha sido violentado, no hace muchos años, en sus laterales, por codiciosos que lo han querido desmontar. Es una señal de alarma que nos viene a decir que los escudos en piedra siguen siendo muy importantes: esperemos que no sólo para los ladrones de obras de arte.

Pero el monasterio de Monsalud también usó tradicionalmente otros escudos. En un policromo mosaico que se publica en la obra de Pérez Arribas (5), se ven junto a la Virgen dos escudos: uno es blanco con barra de azur, y dos lises de oro, en jefe y punta, estando timbrado de mitra y báculo; otro es blanco, con tres lises de oro ordenadas de dos y una, timbrado de corona real abierta. Finalmente, en una obra del siglo XVIII, del padre Cartes (6), su portada; se adorna con una imagen de la Virgen de Monsalud, y dos escudos, que representan, en uno, el de la Congregación dé Castilla, aunque con ciertas imperfecciones, y el otro, de blanco, con tres flores de lis puestas de dos Y una, que viene a insistir en la leyenda que sobre el Monasterio corrió, a nivel doméstico, de haber sido fundado por los Reyes de Francia, cosa a todas luces absurda.

Buenafuente del Sistal es un monasterio del Cister de monjas, hoy plenamente vivo, y siempre de actualidad, a pesar de los más de 800 años que tiene de existencia. Usó solamente el escudo de la Congregación de Castilla, al menos en 1747 ya lo usaba en sus documentos. Pero también utilizó como blasón el de la monarquía española.

Del monasterio de Ovila, en la orilla del Tajo, junto a Trillo, hoy apenas sí quedan restos mínimos de su antigua grandeza: parte del claustro y algunas dependencias monasteriales medio arruinadas, son la muestra que sir William Randolph Hearst nos dejó a los alcarreños para que, por lo menos, pudiéramos señalar el sitio donde estuvo la fundación cisterciense de Alfonso VIII. El resto se lo llevó a Norteamérica, y hoy parece que se están iniciando trámites, por parte del Ayuntamiento de San Francisco, en California, para reconstruirlo allá en la costa del Pacífico. Respecto a su escudo, nada ha quedado. En carta personal del Dr. Layna Serrano al padre Alberto Gómez González, en 31 mayo 1951, el cronista provincial de Guadalajara le decía textualmente: «El escudo del monasterio de Ovila, por que tanto se interesa Vd., no lo encontré ni sé cómo era» (7).

Por último, de otra de las más hermosas fundaciones cistercienses en nuestra provincia, la casa de Bonaval, junto a Retiendas, que hoy son ruinas evocadoras y románticas en un estrecho valle serrano junto al Jarama, no queda recuerdo de que tuviera escudo propio o de que usara cualquier otro. Terminaré este recorrido por las abadías cistercienses de nuestra tierra con la palabra de Alberto Gómez González referida a este monasterio: «Sobre los restos del que fue Monasterio de Bonaval, también da pena hablar, y no permiten esperanza alguna de hallar su blasón».

Bibliografía:

(1) Herrera Casado, A.: «Monasterios y conventos en la provincia de Guadalajara», Guadalajara, 1974.

(2) GÓMEZ GONZÁLEZ, Alberto, O.C.S.O/: «Heráldica Cisterciense Hispano ‑ lusitana», en Revista «Hidalguía», 1956, pp. 857‑920, con dibujos.

(3) VANCARD: «Vie de St. Bernard», t. II, p. 542, Paris 1895.

(4) MONTALVO, Fr. Bernabé: Primera Parte de la Crónica del Orden del Cister, e Instituto de San Bernardo», Madrid 1602, lib. III, cap. 1, página 364.

(5) PÉREZ ARRIBAS, A.: «El Monasterio de Monsalud», Guadalajara, 1978.

(6) CARTES, Fr. Bernardo: «Historia de la Milagrosa Imagen de Ntra. Sra. de Monsalud», Alcalá 1721.

(7) Lo publica Gómez González, A. en su op. cit.

Fábula y realidad de la Reconquista

 

Tras varios meses de continuada presencia en estas páginas del tema de la Reconquista, hoy toca decir adiós. Resumir de algún modo lo que hasta aquí se ha expuesto, y ofrecer a cuantos han seguido estas crónicas la posibilidad de recapitular sobre ellas, y hasta sacar alguna que otra conclusión válida, aquella idea definitiva, o esta premisa de utilidad para el futuro. Y hacemos este punto y final justamente en el momento en que las celebraciones del Centenario alcanzan su momento álgido: exactamente en las jornadas en que la solemnidad de la conmemoración coincide con la precisión de las fechas: un 24 de Junio, del año 1085, justamente hace ahora nueve siglos, nuestra ciudad iniciaba una andadura que todavía nos ofrece, y en la que somos todos nosotros, sus protagonistas. Ahora que las campanas de la historia tocan a rebato, pero con alegría, y cuando son varias decenas de historiadores los que hablan de su tierra, de sus pretéritas cuestiones, de sus medievales ancestros, vamos a dedicar una última mirada y un último pensamiento a este hecho, que ha venido a concitar tanto estudio y a poner sobre la pública palestra tanta gloriosa memoria.

Se había tratado el tema de la Reconquista de Guadalajara siempre con un ribete de forzada leyenda. En unas ocasiones, porque la conseja de abuela a nietos no daba para más: era una fábula y así se entendía. Otras veces fue porque quien quería explicar, desde un punto de vista más o menos científico, el hecho de la toma de Guadalajara a los árabes, no encontraba otra salida que la de fabular, o, como mucho, intentar darle un barniz de teoría histórica a lo que «a priori» se sabía no era más que leyenda.

De este modo habían abordado, desde el siglo XVI, el tema de la reconquista los historiadores arriacenses. Desde el más antiguo de ellos, Francisco de Medina y Mendoza, al más moderno cronista Dr. Layna Serrano, éste había sido el «leit‑motiv» de la referencia: un capitán de la mesnada del Cid, concretamente Alvar Fáñez de Minaya se encargó del sitio y acoso de la ciudad islámica de Wad‑al‑I‑layara, prestigiosa urbe a las orillas del río Henares, capital de un amplio sector, el oriental, de la Marca Media de Al‑Andalus, frontera guerrera ante el cristiano reino de Castilla.

Unos y otros difieren en el relato concreto de cómo fue la reconquista: un acoso de varios días; unas estratagemas contra los árabes que salen fuera de la ciudad; una aventurada penetración en el burgo de Alvar Fáñez solitario; un truco de ponerle a los caballos invasores las herraduras al revés, para confundir a los sitiados, una ayuda de los mozárabes de la ciudad; una milagrosa ayuda de la Virgen de la Antigua, empotrada en el muro de la ciudadela, y que sirvió para que, una vez descubierta, Alvar Fáñez orase ante ella y la declarara patrona; y un largo etcétera de detalles más o menos coloristas, todos ellos fabulosos, que venían a conformar la leyenda de la reconquista. Como puede colegirse, son datos todos ellos tradicionales, sin ningún, apoyo documental. Posibilidades, certezas, visiones, deseos, pulsiones incluso del subconsciente colectivo. Hermoso para contar a los niños o para usarlo en la retórica finisecular de un discurso patriótico. Pero en definitiva, pura leyenda.

En el reverso del medallón, está la historia. Frente a lo florido y vivido de lo anterior, aquí se agazapa la severidad del documento escueto. Y en este sentido, nada tan escaso, tan árido, tan poco elocuente, como las fuentes de la historia hablándonos de la reconquista de Guadalajara. Teniendo en cuenta lo remoto de la época, nada menos que nueve siglos, los documentos son escasísimos, por no decir nulos. En la historia del reino toledano, ya cristiano, surge el primer escrito, hoy conservado en el Archivo Catedralicio de Toledo, fechado el 18 de diciembre de 1086, más de un año después de la toma del reino y su territorio. En él entrega el Rey Alfonso VI, a la iglesia primada toledana, y a su obispo don Bernardo, diversas propiedades territoriales, entre las que se incluye Burioca (Brihuega), que está en la tierra de Guadalajara, «et almuniam qué fuit de Abengenía cum suo orto et illos molinos de Habib». Y en ese mismo documento es donde se especifica, a manera de recuerdo de cuantos, en ese momento, lo sabían y tenían muy presente, que «civitates populosas et castella fortíssima adiuvantes Dei Gratia cepí», quedándonos ese testimonio directo de que tras la toma de Toledo en mayo de 1085, quedaron en poder del rey Alfonso populosas ciudades y fortísimos castillos que había conquistado ayudado de la gracia divina.

Serán luego otros varios cronistas e historiadores, todos ellos posteriores en una 0 varias generaciones a los hechos concretos conmemorados, quienes nos digan simplemente los nombres de los lugares que, tras Toledo, cayeron en poder de los cristianos el mismo año de 1085. Los testimonios del «Cronicon Lusitano», de Pelayo de Oviedo, del Tudense en su «Chronicon Mundi», de Gil de Zamora en su «De Praecontis Hispaniae», y muy especialmente del bien informado Ximénez de Rada en su «De Rebus Hispaniae» nos permiten reunir los nombres de la provincia actual de Guadalajara que fueron tomados por los castellanos: Guadalajara, Hita, Uceda, Almoguera, Atienza y la Riba de Santiuste.

Los cronistas árabes son todavía más escuetos. Mientras que Ibn‑al-Kardabus, en su «Kitab‑el‑Iktafí» dice que el rey Alfonso, una vez tomada Toledo, empezó a realizar incursiones por el territorio circundante, llegando a tomar hasta 80 ciudades principales (aun sin mencionar en concreto ninguna de ellas) y transformando en iglesias dedicadas a Santa María las antiguas mezquitas islámicas, el historiador Al-Maqqary colma cualquier grado de impresión al decir, simplemente, que Alfonso de Castilla tomó Toledo y toda su tierra.

No hay más. Esa es toda la realidad con que cuenta el historiador.

En nuestro caso concreto, y por las borrosas frases latinas de algún que otro viejísimo códice, sabemos que Guadalajara pasó a pertenecer a Castilla después de que Toledo se rindiese a Alfonso VI. Apurando al máximo los datos escuetos y generales de otros documentos, y leyendo con la mayor finura para retomar el contexto general de la época, el eminente historiador y catedrático Julio González ha opinado que la entrega de las más importantes plazas del reino de Toledo, una vez tomada la capital en mayo de 1085, se debió hacer mediante órdenes y por personas de la confianza de Al-Qadir (Alvar Fáñez lo era, no lo olvidemos, y hasta el punto de que fueron ambos, juntos, quienes tomaron Valencia en 1086). Pero concluye el anciano profesor que «no hay testimonio válido de episodios heroicos o, resistencias en la ganancia del reino».

Fábula versus realidad en la reconquista de Guadalajara. De un lado el colorido y la gallardía: Alvar Fáñez sobre su corcel enjaezado, seguido de su mesnada, ante las murallas de Wad‑al‑Hayara. Así le pintaron en el escudo heráldico municipal, y así lo soñamos y nos gusta. De otro lado, un viejo papel donde se lee, borrosa, la palabra «Guadalfaiare» en una lista confusa de nombres alterados, sitios de los que Alfonso VI de Castilla se apoderó, tampoco sabemos cómo, tras la toma de Toledo.

Quizás tanta conferencia, tanta comunicación, tanto articulo y tanto acto en torno a este Centenario, no venga a otra cosa que a poner clara esta situación. Dejar confuso lo que antes era meridiano, es en definitiva aclarar un problema que subyacía. Dejar a la leyenda en el lugar que le corresponde, no de ridículo, ni de obsoleto, sino en su casilla definitoria concreta: terreno legendario. Y poner en otro apartado a la historia. Y en él decir: está casi vacío. Como el viejo filósofo ateniense, concluir con un «sólo sé que no sé nada», y acabar: ocurrió, pero no me pregunten los detalles.

Se trata, en definitiva, de un aniversario concreto, de un Centenario abultado. Tiempo por tanto de pensar, de parar un momento y echar la vista atrás, de recapitular, de replantearse cosas de cara al futuro. Un hecho es cierto: en 1085 Guadalajara pasó de ser ciudad islámica a serlo cristiana. En cierto modo (y para esto no hay reseros definitivos) de ser ciudad oriental a serlo occidental. Siempre hispánica. Pero la lengua, la religión, los modos jurídicos, las relaciones sociales, la formo, de ver la vida, y de vivirla, cambió ese día. Y aún estamos en ello. Que no es poco.

Un encuentro de medievalistas

 

Con motivo del IX Centenario de la Reconquista de Guadalajara, que se conmemora exactamente en este mes de junio, y entre los muchos actos que diversas agrupaciones han venido realizando a lo largo del presente año, la semana próxima va a tener lugar en nuestra ciudad un nuevo, e importante acontecimiento cultural que dotará de nuevas dimensiones a este hecho singular que conmemoramos. Se trata de la celebración del II Encuentro de Historiadores de la provincia de Guadalajara, y del I Simposio de Medievalismo Alcarreño, y que a pesar de reunir ambos hechos a las mismas personas, en los mismos días y bajo el mismo techo, tienen por contenido unas muy diversas temáticas, que conviene analizar brevemente.

Uno dé los temas culturales que en los últimos años, se han «disparado» de forma asombrosa y afortunada, ha sido el del interés por la historia y las raíces auténticas que los pueblos, las personas y las instituciones guardan en su memoria pretérita. Guadalajara ha visto también que ese interés se ha despertado entre sus gentes, y un modo vario y polifacético de demostrarlo ha tenido, en todo caso, eco y noticia en estas páginas. En la doble vertiente de las personas dedicadas a la investigación, y las deseosas de recibir más y más información en este campo, el interés por la historia de Guadalajara se ha multiplicado en muchos puntos. Desde los siglos remotos (en que Guadalajara ya era calificada de «Atenas Alcarreña», porqué en ella ‑unas cuantas personas se habían dedicado al estudio de la historia de la ciudad) hasta nuestros días, la situación de investigadores y curiosos ha cambiado mucho. En, el siglo XVI, personas como Francisco de Medina y Mendoza, o Alvar Gómez de Castro, incluso el propio cuarto duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, dedicaron sus horas y sus trabajos a la investigación sobre el pasado alcarreño. Y en el siglo XVII fueron Francisco de Torres, Hernando Pecha, o Alonso Núñez de Castro quienes hicieron lo mismo, con mayores vuelos y mejores recursos. Pero en todo caso, nunca más de tres personas por siglo, lo cual ya es absolutamente demostrativo de lo que realmente interesaba a los alcarreños los sucesos de su propia historia

Aunque no con exageración. La situación cambió en este siglo, y a finales del pasado, con la dedicación de una mayor porción de personas a la investigación de los asuntos históricos de Guadalajara y su tierra. Y aunque en este lugar sería imposible citar a todos, en una primera línea no podemos olvidar las figuras de Layna Serrano, Juan Catalina García López, Mayoral, Diges Antón, Pareja Serrada, Perruca, Montero, Cordavias, y tantos otros, por no mencionar sino a los ya fallecidos. La situación, en los últimos ocho o diez años, ha dado un giro radical; el cambio que se ha operado en el interés por la investigación ha sido capital, y hoy no es exagerado decir (y en la semana próxima lo hemos de ver directamente) que son cientos de personas las que, de un modo u otro, están trabajando, estudiando, investigando y alentando los estudios históricos en tomo a Guadalajara.

Por, otra parte, no ha sido solamente el «boom» de los historiadores, de los estudiosos el que se ha producido en estos últimos tiempos en nuestra provincia. Es la otra faceta, la meramente receptiva, o «consumidora» de esta cultura histórica, la que ha supuesto también un cambio radical y positivo. Cuando hace, no ya siglos, sino solamente unas decenas de años, era impensable que acudieran las gentes en decenas a oír a alguien que no fuera un clérigo o un prestidigitador famoso, hoy esto ocurre, y no sólo en la ciudad de Guadalajara en la culta Sigüenza o en la noble Molina, sino, en cualquiera de nuestros más apartados y olvidados pueblecillos: a la gente le interesa oír hablar de cosas de historia, de artá y de costumbres, que estén más o menos relacionadas con la tierra en que viven. Y para ello se dejan otras cosas, un rato de barra, una película de televisión, o lo que sea, por acudir a oírlo. Este es otro fenómeno absolutamente nuevo y propio de nuestros días. Y es, además, plenamente positivo.

En la reciente campaña que la Excma. Diputación Provincial, a través de su Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana», ha realizado en buen número de pueblos de Guadalajara, tratando de dar a conocer, por medio de charlas, diapositivas, etc., la historia de esos mismos pueblos, de sus comarcas, o de sus personajes, la asistencia ha sido masiva y el interés subido. Ejemplos como El Casar, Horche, Jadraque, Brihuega, Pastrana, Albalate, Cogolludo y Sigüenza han sido bien demostrativos. La historia ha pasado de ser una pesada asignatura escolar, un «rollo inaguantable», a un motivo de interés en amplios sectores de población, que desean estar informados sobre ella.

En la próxima semana, y al llamado también de la Institución Cultural «Marqués de Santillana», se reunirán en Guadalajara todas estas decenas de personas que hoy trabajan, estudian y se preocupan por conocer más y mejor, y por dar a conocer a amplios niveles, eso tan general e inconcreto, pero siempre tan interesante y hermoso como es «la historia de Guadalajara». En este II Encuentro de Historiadores de la provincia, todos ellos tomarán nuevamente contacto, reforzarán lazos de amistad e interés, y sobre todo, se comunicarán sus experiencias de trabajo, y expondrán los problemas que les acucian en orden a la realización de su misión, que en la mayor parte de los casos (y esto conviene que se sepa) está ínfima o nulamente recompensada, y aun en algunas situaciones se tropiezan (¡en estos últimos lustros del siglo XX!) con trabas y dificultades que no debieran existir.

La segunda parte o faceta de este acontecimiento cultural que tendrá por sede física a Guadalajara la semana próxima, es el Simposio de Medievalismo Alcarreño, que se celebra por primera vez, y que viene a ser el intento de cuajar, para tiempos futuros, un Congreso de Historia Provincial, en el que no sólo se hable de problemas, de soluciones, de ayudas, o se estrechen lazos de amistad, sino que, dando un paso más de efectividad, se ofrezca al mundo científico las realizaciones de un trabajo dedicado a la investigación sobre el pasado alcarreño. En este sentido, el Simposio se dedica este primer año a los temas de Edad Media, dada la coincidencia de este IX Centenario de la Reconquista que ahora celebramos. La cantidad y calidad de trabajos recibidos, y que durante el próximo fin de semana se irán dando a conocer en los locales sede del Simposio, en el Colegio Provincial de San José, hacen que este Encuentro y Simposio tengan garantizado su éxito y que, ya de antemano podamos asegurar que para quienes escuchen o dentro de unos meses lean estos trabajos, estará todavía un poco más cercana y aclarada la Historia medieval de Guadalajara.

Personalmente, creo que estos actos que en los próximos días 21 y 22 de junio van a celebrarse en Guadalajara, contribuirán de forma auténtica, seria y útil, a mejorar el nivel cultural de Guadalajara, a conocer mejor nuestra tierra, y, en definitiva, a que los pasos en pro de su defensa y promoción sean más largos y firmes. Será, en definitiva, otro modo y otro estilo para volver a recordar, una vez más, que en este año de 1985, son ya nueve siglos de cultura castellana y occidental los que Guadalajara ciudad y toda su comarca vienen contando. Y dentro de ellos, como es lógico, caben muchas cosas…

Leyenda de la Reconquista de la Alcarria

El Centenario que estamos celebrando, de la Reconquista de Guadalajara, no se ciñe exclusivamente a la capital, sino que también es referente a muchos pueblos de la provincia, muy especialmente de la Campiña y de la Baja Alcarria. Las antiguas crónicas, más particularmente el De Rbus Hispaniae del arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada, nombran algunas localidades de nuestra actual estructura provincial: además de la ciudad de Guadalajara, alude como conquistadas en 1085 a Uceda, a Hita, a Almoguera, a Atienza y a la Riba de Santiuste. Es cierto que la gran mayoría de los actuales pueblos de nuestra tierra no existían aún pues fueron producto de la actividad repobladora castellana a partir del siglo XII. Pero es curioso que, en muchos de estos pueblos, se ha guardado la tradición de haber sido reconquistados por el Cid Campeador o por Alvar Fáñez de Minaya, al tiempo que Alfonso VI conquistó el reino de Toledo a los árabes.

Haremos hoy un repaso de aquellos sitios, pueblos y cerros donde la tradición ha dejado la querencia de que un lejano y misterioso día, hace ahora novecientos años, unos guerreros valientes y decididos lucharon contra la morisma infiel, «liberando» pueblos y territorios de su dominio y pasándolos as! a la forma occidental y cristiana de vida. Basados unas veces en Cantares de Gesta, otras en mal interpretadas crónicas, y la mayoría en consejas transmitidas de generación en generación, lo cierto es que hoy corno hace cuatro siglos las gentes siguen creyendo en estos hechos, los siguen narrando a sus hijos o a los turistas, y aunque no sea toma que les quite el sueño en su interior late una recóndita admiración por aquellos seres, revestidos de armaduras, empuñando espadas, espoleando caballos, que lucharon contra otra raza y otra religión y la vencieron. Y aun hay un detalle que en algunos lugares es muy significativo: sus habitantes actuales no dudan en ser descendientes de aquellos guerreros conquistadores.

Quien mayor admiración levanta es Alvar Fáñez de Minaya. Se dice de él que era capitán de las huestes del Cid, y aun primo y próximo pa­riente. No cabe duda que fue un destacado militar y estratega de la corte de Alfonso VI, y como tal fi­gura en algunos documentos, por lo que de su existencia real nadie du­da, Así, en un pergamino alfonsí de 1107, uno de los firmantes es Alvar Fáñez, quien completa su nombre con el dato de haber sido señor en el castillo y enclave de Zorita, y en el Santaver. La tradición popular de estos pueblos dice que, en efecto, él fue el conquistador de estos lugares.

La ciudad de Guadalajara es la que ha guardado el recuerdo más pormenorizado de Alvar Fáñez y de su actividad reconquistadora. Aun­ que este tema está ya suficientemen­te tratado, para que no falte en su relación de hechos a él atribuidos, cito a continuación las palabras que le dedica un serio escritor del siglo XIX, José María Quadradado, en su pobra España, sus monumentos y artes, su naturaleza e historia: “Refieren las historia de la ciudad, sin convenir en si fue antes o después de ganada Toledo, que le puso cerco el valiente caudillo con numerosa hueste, que penetró una vez solo, hasta el centro de en ella en persecución de los sitiados, abriéndose paso con la espada, que vencidos en lid campal los moros le entregaron las llaves en día del Bautista, estipulando se les reservase una mezquita y a los judíos una sinagoga, y que al fin terminó allí sus gloriosos días el conquistador, depositándose sus restos en la parroquia de San Miguel hasta su traslación a Cardeña».

Otro lugar donde dicen que anduvo Alvar es en Romanones. Ahí señalan un lugar, la llamada ermita de los Santos Viejos, que es lo alto de un cerro que domina el valle del Tajuña, y donde no queda ermita, sino unos mínimos restos de iglesia, lo bastante grande y con características como para pensar que fue parroquial de un pueblo: tiene el dato curioso de presentar el ábside orientado a poniente, y en su derredor se hallaban, hace siglos, enterramientos antropomorfos y algún que otro sarcófago, lo que hizo crear la leyenda de que en aquel lugar había descansado Alvar Fáñez, y había tenido abrevadero su caballo, tras la reconquista del pueblo. También en Quer tienen su propia historia de la reconquista. Atacó la villa, ocupada de árabes desde siglos antes, el ejército de Alvar Fáñez. La ganó, y tanto le gustó el lugar, que se quedó a vivir allí, con su familia y amigos, dedicándose desde entonces al sedentarismo agrícola, y cultivando un pedazo de olivar, que hasta hoy se ha conocido como «los olivos de Alvar Fáñez». De tan ingenua, es graciosa la conseja.

También en Horche, se mantuvo y aún creció la leyenda de haber sido este guerrero su ganador a moros. La Relación enviada a Felipe II en 1575 así lo dice: «entiéndese que cuando se ganó Guadalaxara de Moros, como su cabeza, por Albarañez de Minaya, la población que habla allí en Orche se ganaría y entraron en poder de los christianos». Más tarde, ya en el siglo XVIII, el padre Talamanco en su magnífica Historia del pueblo, recogió los aumentos populares de la conseja. Y dicen que fue un 23 de junio de 10,84, el día anterior de la toma de Guadalajara, que se conquistó Horche. De paso a la capital, Alvar y sus gentes lucharon un tanto, ganaron el pueblo, se lo repartieron, descansaron la noche entre sus arboledas, y siguieron su camino. La imaginación popular ha dedicado un lugar al que usaron para su descanso, y nombró parcelas del término con los pretendidos apelativos de los acompañantes del héroe: Valdoro, Valdonvela, Nava de Sancho Soto, Fuentetello, Nava de Martín Rey, etc.

Aunque no de una manera directa, en la relación de Fuentelencina se alude a que fue reconquistada por Alvar Fáñez. Aciertan al decir que toda la comarca alcarreña pasó a pertenecer al reino de Castilla cuando Alfonso VI tomó Toledo, pero se alargan luego en los orígenes del pueblo, que sin embargo es muy posible que en esos momentos, en los años finales del siglo XI, aun no existiera, siendo como su nombre lo indica, un producto de la repoblación del siglo XII.

Los Tendilla, Romanones y Armuña, vienen a contar más o menos la misma historia, lo cual es significativo de la fuerza que la tradición tenía en esa comarca, allá por el siglo XVI: Alvar Fáñez había reconquistado esos pueblos, cuando lo hicieron con Guadalajara, Alcocer y toda la tierra comarcana: y aseguran que Alvar tuvo un castillo en lo alto de un cerro, llamando a aquel sitio «el pesebrito de el Cid», en coincidencia de temática con los de Romanones, También los de Mondéjar mantienen el recuerdo del capitán cidiano, y su Relación Topográfica del siglo XVI dice «que fue ganado, según se entiende, por Albaráñez, quando ganó a Guadalajara, questá siete leguas desta villa de Mondéjar». Lo cierto, en definitiva, es que la noticia fue ampliamente conocida, y atribuida o apropiada por unos y otros sin mayor comprobación o análisis. Pero los datos están ahí y es preciso recordarlos.

El otro personaje, el que todavía en este tema se nos presenta como más legendario, es Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Probablemente no realizó ninguna de las conquistas que se le atribuyen, pero el halo de heroísmo y maravilla que durante siglos le ha rodeado, ha servido para que en muchos lugares creciera la «honrilla» local al decir que había sido reconquistado a los moros nada menos que por el Cid. Recordaremos brevemente alguno de estos pueblos.

Hay uno de ellos, junto al río Dulce, y hoy llamado Castejón de Henares, que no duda en haber sido producto, y de los más famosos, de las correrías cidianas. En el Cantar de gesta de don Rodrigo Díaz se da en pormenor la conquista de Castejón. Lo cierto es que cada vez existen más dudas acerca del lugar que el Poema refiere: si fue el actual Castejón, como hasta ahora se había creído, o fue Jadraque, que en los años finales del siglo XI contaba con un castillo importante y era realmente un núcleo apetecido de unos y otros. En Castejón, dejándose llevar de la multisecular creencia, enseñan hoy hasta el edificio que ocupó el Cid cuando estuvo en la villa. Y se cuenta que en los alrededores dejó enterrados varios tesoros. En definitiva, lo que si es seguro es que Rodrigo Díaz y su mesnada, en su camino desde Burgos a Valencia, pasó por Miedes a la meseta inferior, circuló de noche por las cercanías de Atienza, las fuertes «torres que moros las han», sin pensar siquiera en entrar en combate por ellas, y se entretuvieron en conquistar la localidad o punto de Castejón «sobre Fenares», que hoy por hoy pensamos era el actual Jadraque.

En su camino hacia Valencia, el Cid pasó la serranía del Ducado por Anguita, y allá quedó el recuerdo que en su barrio de las Cuevas, llamadas de Lonzaga, pernoctó con sus gentes. Ya en tierra de Molina, y según refiere el Cantar del Mío Cid, fue amablemente obsequiado por el rey moro del territorio, haciendo este que su guardia de honor escoltara al castellano durante su trayecto por la tierra molinesa. En ella han quedado los recuerdos cidianos en algunos nombres geográficos: en Establés enseñan la «Hoya del Cid»; en Hinojosa se ve, sobre el pueblo, un cerro amesetado al que denominan «cabezo del Cid», y del que dicen que en su altura había una ciudad en la que residió Rodrigo y sus gentes una temporada, hallándose siglos después los restos del burgo, cascos y armas diversas: hemos visitado ese cerro, y se trata en realidad de un magnífico castro celta, en el que, según refiere el historiador Sánchez de Portocarrero, aun en el siglo XVII se encontraban armas, cerámicas y monedas. Todavía en Molina, el pueblo de Cubillejo del Sitio, deriva su nombre, al decir del historiador Núñez, de «Cidio», en recuerdo de haber estado allí alojado el Cid en su camino a Valencia.

En el contexto de la Reconquista de pueblos en los últimos años del siglo XI, son también varios en la provincia de Guadalajara los que sostienen haber sido el Cid Campeador su liberador valiente. Tal dicen, por ejemplo, en Hueva, donde una referencia documental de la decimosexta centuria nos refiere: «tiénese noticia haberse oído decir que se ganó en tiempo que el Cid Ruiz Díaz ganó esta tierra». Y en Alcocer queda memoria que el capitán burgalés rodeó, cercó y finalmente asaltó la villa de Alcocer, a pesar de la fuerte resistencia hecha por los árabes. En recuerdo de aquel hecho, quedan dos puertas de la muralla dedicadas a los personajes idealizados de la campaña: el Cid y Alvar Fáñez, Hoy no quedan puertas ni muralla, pero el mito de la presencia de aquellos personajes sí se mantiene.

Son estas, en definitiva, unas breves pinceladas acerca de las leyendas que en torno al hecho de la Reconquista de la Alcarria, cuyo centenario histórico ahora celebramos, se han ido formando a lo largo de los siglos. La mayoría de ellas ingenuas y graciosas. Todas, sin embargo, a caballo entre la realidad y la fábula, escasas de certeza documental, pero hondamente ancladas en el sentimiento popular de nuestras gentes. Y, por ello, perfectamente válidas.