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mayo, 1985:

La ciudad antigua de Uceda

Es Uceda una de las poblaciones que cuenta con una historia más interesante y remota de cuantas existen en nuestra provincia. Ya en otras ocasiones hemos viajado hasta Uceda, hemos referido su historia, hemos recordado sus monumentos y cuanto de interés reúne en el plano artístico y urbanístico. Pero en esta ocasión queremos rememorar Uceda desde el punto de vista de la Reconquista, y nada mejor que volver a caminar por ella, evocar sobre las ruinas de la antigua ciudad toda su grandeza, y recordar su estado en aquellos años cuando fue definitivamente reconquistada al Islam por Alfonso VI.

Desde época prehistórica contó Uceda con una singular situación estratégica, que la hizo cobrar enseguida una subida importancia. No sería raro que tanto los pueblos ibéricos, como los romanos hubieran tenido en ella habitación. Lo que sí es indudable, es que los árabes consideraron a este lugar como clave en su estrategia defensiva de la Marca Media o frontera militar frente a los reinos castellanos del norte y por tanto desde el mismo siglo VIII se convirtió su altura en un potente bastión militar y residencial. De su importancia dan fe diversas crónicas antiguas, que aseguran la existencia en Uceda de jerarquías militares fronterizas, de mezquita, de una colonia judía notable, y por supuesto de unas defensas de envergadura, entre las que descollaba su castillo.

En las noticias que sobre las incursiones castellanas a tierra de Al-Andalus se hicieron en los primeros siglos de la Reconquista, siempre figura la ciudad y fortaleza de Uceda como uno de los objetivos a alcanzar. En las expediciones de Fernando I figura, y, por supuesto cuando tras la toma de Toledo, Alfonso VI menciona diversas ciudades y castillos fuertes que habían pasado al dominio político de la corona castellana, aparece Uceda como un bastión codiciado, siendo entregada su mezquita a la Iglesia Toledana para que la posea y administre.

Poco después, el señorío temporal de Uceda pasaba a los arzobispos toledanos, y se comenzó la creación del Común de Villa y Tierra, que llegó a contar con más de 40 aldeas dependientes de Uceda. De este modo se Configuró la vida de la villa durante toda la Edad Media, como lugar fuerte militar, como bastión histórico y como centro comercial y administrativo de una amplia comarca en tomo a las orillas del alto Jarama. Ya en el siglo XVI Uceda empezó a declinar su estrella, a cambio de cederle su puesto directivo comarcano a una de sus aldeas, Torrelaguna.

Visitar hoy Uceda en búsqueda de los restos de su antigua ciudadela es un auténtico gozo del espíritu. Aparte de visitar el bien urbanizado caserío actual, con su magnífica pla­za principal, su larga y animada ca­lle mayor, su iglesia parroquial es­pléndida, renacentista, hoy en obras de restauración, su centro cultural, etc., el  viajero debe encaminarse hacia el poniente de la actual villa.

Allí encontrará, en medio de algu­nos breves campos de labor, sufi­cientes rastros del pasado como pa­ra percatarse de la grandiosidad que tuvo este núcleo en la Edad Media.

Su situación es de auténtico nido de águilas sobre el Jarama, que suena lejano en el profundo foso que e rodea por el norte y el occidente. La antigua villa medieval ocupa un espacio de aproximadamente 6,5 hectáreas, y estaba completamente rodeada de murallas, que eran especialmente fuertes y gruesas en su parte oriental, la que daba a la actual parte poblada, por estar el terreno más llano en ese lugar. De su distribución, extensión y colocación de las torres y puertas no es difícil hoy hacerse idea, pues no sólo la viva y hermosa descripción que hacen de ella las antiguas Relaciones Topográficas, sino la visita que en su torno puede realizarse, da cabal idea de su estructura y grandiosidad.

La puerta principal de la villa medieval de Uceda se denominaba la «puerta Herrena» quizás en recuerdo de su portalón de hierro forrado de pieles, como dicen antiguas crónicas que era. Desde dicha puerta, que se encontraba frente a la entra, da de la actual calle mayor, se penetraba en la ciudad y se bajaba un trecho hasta llegar frente a la otra puerta, la de la Varga, que permitía la entrada a los que subían por el zigzagueante camino que ascendía desde el río. Junto a esta puerta de la Varga (que es palabra que aún hoy significa cuesta), se abría la iglesia parroquial principal de la ciudad, templo mimado por los arzobispos toledanos, que en él quisieron poner lo mejor del arte medieval cisterciense, construyendo una iglesia de hermosas proporciones y alturas, toda ella en un uniforme estilo románico, que hoy, a pesar de su estado semirruinoso y contener en su interior el Camposanto, aún muestra su belleza y fastuosidad.

La puerta principal, la «Herrena» de las crónicas, era un soberbio ejemplar de torre albarrana adosada a la muralla, que permitía el paso haciendo un requiebro o zig‑zag, para mejor control de los que pasa­ran, pudiéndose calificar del mismo estilo que la puerta de Bejanque en la muralla de Guadalajara, o que las puertas de las murallas de Pa­lazuelos actualmente existentes. La muralla de Uceda tenla aún otras tres torres: una pentagonal, con puente levadizo delante; otra gran puerta entre dos torres y otra enor­me, muy fuerte, de planta pentagonal, maciza aunque con un hueco para la escalera, que aún hoy existe en la esquina nordeste del recinto y que cobija a la llamada «casa de la muralla» que en Uceda todos cono­cen.    

Estas torres se unían por medio de lienzos de sillarejo y argamasa, corno aún es visible en todo el recorrido de la carretera que conduce a Torremocha bajando por el hondo barranquillo que rodea a Uceda por el oriente. Dentro de estos límites descritos, hasta el siglo XVI se albergó una población de unos 2.500 habitantes, constituyendo una típica ciudad medieval sobre cuya pérdida y arrasamiento no pueden entonarse sino lamentaciones, o con muy buena voluntad, como acabo de hacer, rememorarla en sus condiciones auténticas. A partir de entonces, la gente fue a residir al llamado arrabal, que no era otra cosa que la actual villa, donde se levantó nueva iglesia parroquial, se erigieron palacios y edificios públicos, que conllevaron el abandono y la ruina total para el antiguo burgo, qué había sido codiciado y mimado por árabes y arzobispos.

Nos queda por último decir unas palabras del castillo, que todavía puede verse, aunque sea sólo en su planta y en su sombra, situado en una eminencia soberbia a occidente de la antigua villa. Situado el visitante junto a la iglesia románica de la Varga, allá por donde el sol se esconde vese un cerrete en el que destacan dos torreones que escoltan un empinado camino. Camino que asciende a una meseta, de unos 4.000 metros cuadrados, en la que sólo se aprecian algunas trincheras realizadas por los eternos buscadores de «tesoros», y en los costados, unos mínimos restos de muralla de sillarejo. La verdad es que tanto en el recinto de este castillo de Uceda, como en sus derrumbes hacia la cuesta de la Varga se han encontrado y aún se ven con facilidad abundantes fragmentos cerámicos de época árabe y medieval cristiana. Algunos de estos fragmentos, de técnica mudéjar a la cuerda seca, son muy bellos. Y vienen a ser la prueba evidente de la importancia que este terreno, hoy baldío y solitario, fue antaño una ciudad grandiosa y potente. En grado suficiente como para haber sido protagonista destacada de aquel proceso de Reconquista del que ahora se cumple justamente el noveno centenario

Hita, un símbolo medieval

 

En nuestro repaso a los lugares que de algún modo fueron protagonistas en la gran empresa de la reconquista por los castellanos del reino islámico de Toledo, Hita es todo un símbolo, una atalaya geo‑histórica, desde la que se divisa, no solamente una gran extensión de la Meseta y las tierras de Alcarria, sino la historia plural que sucedió en esas tierras, y de la que ella puede considerarse como protagonista en las más variadas épocas y vicisitudes. Si ha quedado demostrado, por muy recientes estudios, la importancia que el cerro de Hita tuvo en épocas romana y árabe, ello es un factor que insiste en lo crucial que su conquista fue para el dominio de todo el territorio novo‑castellano de aquende la Sierra. En las maniobras de ataque y consolidación que Alfonso VI y su ejército realizó a finales del siglo XI, y que culminaron en la toma de Toledo en mayo del 1085, la situación de Hita fue siempre un punto de obligada referencia para toda estrategia planteada. De su evolución histórica, pues, haremos hoy un repaso y visión sipnóctica.

La importancia estratégica e histórica de Hita, comienza en la Prehistoria, siendo lugar fuerte de la población ibérica autóctona, y posteriormente ocupación señalada de los romanos, que durante varios siglos la ocuparon con el nombre de Caesada, tal como se la menciona en el itinerario de Antonino Pío, 22 millas arriba de Arriaca (Guadalajara). Situada sobre la calzada romana que conducía desde Mérida a Zaragoza, el puesto o «mansión» que Roma tenía allí instalado vigilaba el camino que desde Guadalajara ascendía por la margen derecha del Henares, pasando por tierras de Marchamalo, Fontanar y Yunquera, cruzando el río por donde luego estuvo la «barca» de Heras. Continuó su población hispano‑romana creciendo en siglos posteriores, y el año 712 vio atrasada su fortaleza y conquistada su posición por las tropas árabes.

En el mismo siglo VIII, un moro rebelado contra Abderramán, llamado Saquía, se hace dueño de amplias zonas de las orillas del Tajo y el Guadiana, y viene a los alrededores de Hita a establecer su cuartel general: en el cerro de Sabatrán, entre los actuales lugares de Hita y Torre del Burgo. Todavía se encuentran en este lugar restos de edificaciones y cerámicas que demuestran la estancia guerrera de este moro rebelde.

La población de Hita, bajo el dominio árabe, siguió engrandeciéndose. Gran parte dé ella era cristiana, mozárabe, y otra numerosa colonia de judíos fue asentándose, como siempre al murmullo del comercio que en los cruces de caminos tiene su puesto. Próspera y fortificada, Hita fue uno de los objetivos de las tropas castellanas en su Reconquista de la Transierra de las vertientes más norteñas del Tajo. Alfonso VI, por medio de su capitán Alvarfáñez, reconquistó la zona del Jarama y el Henares, llegando hasta Toledo, en 1085. Tras esta toma de posesión de Hita por parte de las armas castellanas, la villa continuó albergando entre sus muros a la población heterogénea de razas y religiones que eran los cristianos ‑de gran carga mozárabe‑ los hebreos y los moros ‑ya en su aspecto mudéjar‑,

Es ésta, la de los siglos XII y XIII, la época de mayor apogeo de Hita, en que se crea su Concejo, su Común y su Tierra se hace poderosa y ancha, abarcando más allá de los ríos de Ungría y de Tajuña, amplias zonas de la Alcarria. Las milicias concejiles de Hita participan en todas las batallas cruciales de la reconquista con Alfonso VIII (en las Navas) y Fernando III (en Sevilla). Su población hebrea, establece uno de los puntos de recaudación de impuestos de Castilla, bajo la dirección de Samuel Levy, que en su castillo hace centro de sus operaciones financieras., La población mudéjar, en fin, se dedica a construir edificios, iglesias, obras públicas y a la artesanía manual de todo tipo. En estos momentos, Hita cuenta con un Fuero propio, que se extiende, homogéneo, a toda su población y a la del alfoz que comprende su Tierra y Común. El año de 1348, en que aparece la gran «peste negra» en España, es el momento en que se puede marcar el inicio del declive de Hita.

El señorío de Hita durante la Edad Media castellana pasó con frecuencia de unas a otras manos: conquistada por Alvar Fáñez para el poder real, la reina doña Urraca se lo regaló, en 1119, a su «pariente» Fernando García, también conocido en las antiguas crónicas como Ferrán García de Hita, que estuvo casado en primeras nupcias con una hija del conquistador Alvar Fáñez de Minaya. Sucedió en el dominio del lugar su también pariente Martín Fernández, famoso capitán en las tropas castellanas de Alfonso VII.

En el siglo siguiente, en 1274, aparece como señora de Hita la infanta doña Berenguela, hija de Alfonso X, a la que sucede su sobrina la infanta doña Isabel, hija de Sancho IV. Junto a Hita y Ayllón, doña Isabel figura como señora de Guadalajara en 1280. Pasó luego al ricohombre don Diego Fernández de Orozco, y de éste a su hijo Iñigo López de Orozco, gran capitán en los ejércitos de Alfonso XI, y hombre que llegó a apoderarse y a hacer señorío de grandes extensiones en la actual provincia de Guadalajara. Extensiones que, por unos u otros medios, habían de pasar luego, aun ampliadas, a la familia Mendoza. Así ocurrió con Hita.

El enganche de don Iñigo López de Orozco al partido de Pedro I el Cruel; y el de don Pedro González de Mendoza al de su hermanastro Enrique de Trastámara, hizo que, ya en camino de victoria éste último y aún sin haber logrado su total asentamiento en el trono, le hiciera donación al Mendoza de los señoríos de Hita y Buitrago, por carta dada en 1 de enero de 1368. Este don Pedro González de Mendoza instituyó en 1378 un mayorazgo dejando a su hijo don Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla, estas villas de Hita y Buitrago, con sus ya anchos territorios. Así fue éste de Hita enclave primero de la presencia mendocina en tierras de la Alcarria.

Estos magnates fortificaron la villa, levantaron definitivo y majestuoso el castillo en lo alto del cerro, tallaron su bellísima puerta fuerte a la entrada de la población, y establecieron en ella para su cuidado y defensa, a diversos alcaides, entroncados con su propia familia. De mediados del siglo XV datan, pues, la puerta y el castillo, hoy este último totalmente en ruinas, y aquella a medio restaurar tras su desmoche en la Guerra Civil de 1936‑39.

Incluida en el señorío de los Mendoza, Hita fue desde el siglo XIV asiento de una importante aljama hebrea; centro de convivencia de mudéjares; y reducto de linajudas familias de hidalgos castellanos, representando fielmente, todavía durante varios siglos, el espíritu aglutinante de razas y culturas que habla mantenido la Castilla Nueva de la Baja Edad Media. Hasta el siglo XIX estuvo incluida en el señorío de Mendozas y Osunas. En la guerra civil de 1936‑39, largo tiempo mantenida como línea de frente de batalla, quedó reducida a escombros, desapareciendo prácticamente, incluso sus más distinguidos monumentos, entre los que se encontraba alguna iglesia mudéjar y varios palacios.

Si la historia de Hita, tan densa y prolífica, nos ha dado su sonido en este año de celebración centenaria, deberíamos dejar que su imagen nos volviera a sorprender, dedicándola un viaje sosegado, una excursión de día entero, en la que no sólo el callejear por sus empinados vericuetos, sino el subir hasta lo alto de la ruinosa fortaleza, o el contemplar su altiva figura desde diversas perspectivas, fueran el motivo de la jornada. En ese sentido, deberíamos recorrer el trayecto que aún queda, a trechos hundida, a trechos restaurada, de su antigua muralla de origen árabe pero rehecha a fines del siglo XV por el marqués de Santillana. Y, por supuesto, elevamos hasta la cima del c6nico cerro, a contemplar los restos, mínimos, de su castillo con diversos recintos y aljibe.

De la iglesia de Santa María quedan restos notables de su ábside mudéjar, y en lo alto del caserío, la iglesia de San Juan, que es un edificio también de origen mudéjar, reconstruido en gran parte. Guarda de interesante el magnífico artesonado de la capilla de la Virgen de la Cuesta, y la imagen de esta advocación, talla exquisita de estilo gótico, policromada. Rodea como zócalo todo el templo, que es de tres naves una larga e interesante serie de lápidas recogidas entre los escombros de las iglesias que poseyó Hita, y que vienen a ser pétreo documento, sellado por magníficos escudos de armas tallados, de lo abundante del grupo hidalgo, que habitó Hita en los siglos del Renacimiento y Barroco. Es una de las más antiguas e interesantes lápidas la que, cubrió los restos del alcalde de la villa y fortaleza, don Fernando de Mendoza, cuyo escudo se ve, repetido, engarzado entre bellos trazos góticos y exquisitas cardinas.

Es, en definitiva, un lugar señero y crucial en el devenir de nuestra tierra. Hita conjuga, en la visión impar de su altivez, la ruina triste de sus monumentos y alcazaba, con el denso paginar de sus historias y encrucijadas pretéritas. Un lugar clave para tener presente en estas jornadas conmemorativas.

El castillo de Iniesque

 

Para seguir una nueva etapa en esta serie de artículos sobre la Reconquista de la Tierra de Guadalajara, vamos a comenzar a partir de hoy, la visita a algunos lugares un tanto recónditos y poco conocidos todavía, o al menos con más cosas que contar de las que hasta ahora se han dicho sobre ellas. Son una porción de enclaves fuertes que, protegiendo ríos y valles, tuvieron una crucial importancia en los siglos medievales en que fueron construidos, y aún después, cada uno siguió diferente rumbo de progreso y desarrollo.

Hoy nos vamos hasta un castillo, que podríamos llamar inédito, por cuanto nuestro gran historiador Layna Serrano, en su obra archifamosa sobre los castillos de Guadalajara no le había estudiado, aunque sí le menciona, como por referencias documentales, pero sin visitarlo. Un reciente estudio sobre la arqueología de la época árabe y mudéjar en la provincia de Guadalajara, escrito recientemente por Pavón Maldonado aborda con extensión de unas cuantas líneas al castillo de Inesque, pero nada más.

Creo que es una aventura fácil y reconfortante ir a visitarlo. Junto a otros amigos, nos acercamos a Inesque, una fría y soleada mañana de este pasado invierno. Se llega a los restos de la antigua fortaleza caminando unos cuantos kilómetros, pocos en todo caso, bien desde Angón, bien desde Pálmaces. Incluso puede arribarse a él desde la carretera que baja a este último pueblo, dejando el coche en alguno de los caminos que salen a la derecha de esta carretera, y bajando por el monte hasta el fondo del valle, donde enseguida se divisa el castillo.

Preside la antigua fortaleza el mínimo vallejo que desde Angón baja al Cañamares por Pálmaces. Subiendo desde este pueblecito, no tiene pérdida encontrarle. Supone, en cualquier modo, una agradable y siempre reconfortante excursión a pie, contemplando un paisaje de dimensiones domésticas y características serranas, donde los roquedales pelados alternan con los bosquecillos de jaras y escasas manchas de carrascales o algunos robles sueltos. Por el fondo de) valle surgen algunas arboledas de chopos y se van encontrando mínimos arroyos que bajan desde los montes circundantes.

Respecto a la historia del castillo de Inesque, es preciso decir las generalidades obligadas en relación con la importancia que el río Henares y los demás valles que a él afluyen, especialmente por su orilla derecha, tuvieron en la época de la dominación árabe en la península. Porque en esa zona se estableció la parte oriental de la Marca Media de Al‑Andalus, o auténtica y definitiva frontera del califato omeya contra los reinos cristianos del norte peninsular. Guadalajara ciudad, el burgo de Al‑Faray, era capital del territorio. Y distribuidos a lo largo del río Henares aparecían otros castillos, como los de Hita, Jadraque, Sigüenza, etc., que reforzaban esta línea principal, pero a su vez estaban apoyados estratégicamente por una larga serie de torreones y atalayas, una de las cuales, vigilante sobre el río Angón, era este castillo de Inesque.

Controlaba el paso entre los valles más importantes del Cañamares y el Salado, y por lo tanto con el Henares. En definitiva, podemos decir que este paso del Angón venía a ser un nudo de comunicaciones entre los dos valles que con más facilidad ponían en contacto de caminos a las dos mesetas castellanas. En el mismo valle del Cañamares los árabes pusieron torreones en Castilblanco, en Pálmaces y en la Torrubia de Miedes. Sobre el Salado, con recordar la fortaleza de la Rubia de Santiuste, ya tenemos suficiente.

Se encuentra Inesque presidiendo el valle de Angón, rodeado en su basamenta por densas arboledas, y protegido por dos arroyos que le circundan, sobre uno de los cuales hay un pequeño y remotísimo puente que nos sirvió para cruzarlo. En lo alto del cerrete se encuentran las ruinas, que en todo caso se vislumbran a gran distancia. Podemos apreciar todavía un núcleo central, estrecho y alargado con muros casi intactos y cuatro torreones de planta circular en sus esquinas. Estos restos nos permiten colegir muy aproximadamente la forma que tuvo la fortaleza. Aún por fuera del recinto descrito, se aprecia un nivel de murallón, que más ampliamente circuía al castillete, y que vendría a ser el muro exterior de la fortaleza propiamente dicha. Pero aún más afuera, y en la zona que cae, suavemente, hacia el río Angón, se aprecia una tercera línea defensiva, mucho más erosionada que las anteriores, y que es lo que me hace colegir que en este lugar hubiera población, y esta última fuera precisamente la cerca que la protegía por el lugar más accesible. Indudablemente los restos que aparecen hoy en Inesque, y que para cualquiera que los visite le hablan con elocuencia de la forma y proporciones que tuvo el castillo, son remotísimos, pertenecientes a la Edad Media plena. Pavón dice que uno de los paramentos, de tosco sillar, del recinto central, es árabe. Tanto no podríamos asegurar nosotros, pero en cualquier caso sí es factible asegurar que al menos una antigüedad de 900 ó 1.000 años tienen aquellas venerables ruinas, las de Inesque, a las que recomiendo el viaje para todos los amigos de descubrir cada día los restos, silenciosos, pero elocuentes a la vez, del pasado de nuestra provincia.

Aunque por supuesto Inesque fue construcción primitiva de los árabes, tras la reconquista de esta zona en el año 1085 fue reforzado y protegido por los castellanos, que lo modificaron y posiblemente pusieron en su derredor una pequeña población de colonos repobladores. Lo que si es seguro es que Inesque quedó dentro de la jurisdicción de Atienza, incluido en su Común de Villa y Tierra, y esto durante largos siglos, pues así como en la Baja Edad Media las tierras del Tajo se desgajaron para formar el Común de Cifuentes, y las de en torno, al Henares para crear otro Común independiente con cabeza en Jadraque, el caso es que Inesque quedó siempre en jurisdicción de Atienza, hasta hoy mismo, en que aún pertenece a su término municipal, a pesar de estar, entre otros, dos diferentes (Angón y Pálmaces) y encontrarse a bastantes kilómetros de su cabeza jurisdiccional.

Se menciona Inesque en diversos textos antiguos, siempre como lugar de poca entidad, un poco de paso y referencia caminera. Así lo refiere el rey Alfonso XI en su Libro de la Montería y así lo dicen las Relaciones Topográficas enviadas a Felipe II por los de Angón, que decían en los años finales del siglo XVI textualmente: «que a poco más de media legua está un sitio que se llama e nombra el castillo de Ynesque, y en aquella parte e lugar está un castillo que se llama según dicho es, Ynesque, e no dicen ni han oído que haya sido población». La verdad es que por el lugar en que está enclavado sí que parece muy posible que la fortaleza se hubiera rodeado, en su parte baja, de un pequeño burgo o aldehuela, pues el lugar era de tránsito, fácil y de alcanzar y cómodo para la vida.

Preside la antigua fortaleza el mínimo vallejo que desde Angón baja al Cañamares por Pálmaces. Subiendo desde este pueblecito, no tiene pérdida encontrarle. Supone, en cualquier modo, una agradable y siempre reconfortante excursión a pie, contemplando un paisaje de dimensiones domésticas y características serranas, donde los roquedales pelados alternan con los bosquecillos de jaras y escasas manchas de carrascales o algunos robles sueltos. Por el fondo de) valle surgen algunas arboledas de chopos y se van encontrando mínimos arroyos que bajan desde los montes circundantes.

Respecto a la historia del castillo de Inesque, es preciso decir las generalidades obligadas en relación con la importancia que

La calle de la Mina

 

En nuestro recorrido por las calles de la ciudad de Guadalajara que tuvieron alguna relación con la ciudad medieval o con el momento de su reconquista a los árabes, por parte del reino de Castilla, nos vamos a ocupar hoy de una de las más tradicionales calles que bordearon la muralla del burgo medieval, y de aquellos remotos tiempos guarda su nombre. Nos referimos concretamente a la calle de la Mina, cuyo nombre permanece aún dentro de un cierto halo de misterio para muchos, y creo que en todo caso es conveniente airear su origen para que de todos sea conocido el mismo.

Es esta una larga vía que nace en el mismo centro de la ciudad: en la hondonada que existe junto a la plaza de Mariblanca, o de Santo Domingo, donde hoy se encuentra la estatua al Conde de Romanones. De esa hondonada a la que es preciso bajar por unas escaleras, parte la calle, en un principio llana y progresivamente en cuesta acentuada, casi en todo un trayecto recta, hasta acabar muriendo en la calle de Ramón y Cajal, concretamente en el, espacio llamado «Puerta de Bejanque».

A lo largo de su recorrido, nos encontramos en la calle de la Mina, con sencillas casas, que tienen más aspectos de rurales que de capitalinas. En los últimos años le fueron naciendo algunas construcciones residenciales de aire más moderno, e incluso alguna de aire francamente vanguardista. El caso es que, aparte lo dicho, y algún corral que otro, nada más de interés puede contemplarse en la calle de la Mina. Ni palacios, ni iglesias, ni monumentos de cualquier tipo la ornamentan.

Pero no cabe duda que en siglos pasados tuvo su importancia. Por ser calle llana y de cómodo tránsito, y por estar incluida dentro del recinto amurallado de la ciudad, disfrutaría, en épocas antiguas de floreciente comercio y de un tráfico notable. Era un barrio de artesanos y comerciantes el que centraba esta calle. Corría desde la puerta del mercado, situada en el lugar justo donde hoy se inicia la calle Mayor a partir de la plaza; de Santo Domingo, hasta la puerta de Bejanque. Dejaba fuera la llamada «carrera de San Francisco», amplio paseo por donde se celebraban los Juegos, los alardes y las principescas recepciones de la ciudad a sus ilustres visitantes.

El nombre que lleva, lo debe esta calle a que por debajo de la muralla que la circundaba corría una «mina» o pasadizo donde se almacenaban pertrechos militares y que permitía una mejor defensa de la ciudad a costa de dicho atrincheramiento. Podía tener la dicha mina, también la finalidad de dar desagüe a los torrentes que desde Santo Domingo caminaban hacia Bejanque. Pero en todo caso es claro que el nombre deriva de un corredor profundo, más o menos secreto, que la abarcaba al completo.

Como antes decía, esta calle se iniciaba en la Puerta y Plaza del Mercado, que desde la Edad Media ocupaba el lugar en que hoy tenemos a la Plaza de Santo Domingo, uno de los puntos neurálgicos de Guadalajara. En ese amplio espacio, qué luego presidió la iglesia y convento de los dominicos, a la que en el siglo XIX pasó la titularidad de la iglesia de San Ginés, se reunía los martes una gran multitud procedente no sólo de la ciudad, sino de toda la comarca de Alcarria y Campiña circundante, a poner allí su mercado.

En el otro extremo de la calle de la Mina, surgía la magna puerta de Bejanque, así llamada en recuerdo de algún jerarca moro, y que ofrecía hasta su derribo en el siglo XIX, un magnífico ejemplo de lo que eran las puertas o torres albarranas de las ciudades medievales amuralladas. Se trataba de una torre pentagonal, adosada a la muralla en la que se abría una puerta que luego se desarrollaba en zig‑zag, consiguiendo una seguridad muy notable en su defensa. A pesar de su derribo en la centuria pasada para dar pasó a la remodelada calle Ramón y Cajal, aún hoy se ven restos del torreón en la primera casa de esta última calle. Se continúa por allí la calle de la Ronda, clara alusión también a la función de la muralla que por allí pasaba, y que venía a dar definitivo paso al barrio de Budierca, uno de los más populosos de la ciudad hasta tiempos no muy lejanos.

Son, en definitiva, estos apuntes, mero recordatorio de algunos temas ya vistos en anteriores artículos Sobre la muralla de la ciudad, y que nos darán paso para, en un futuro no muy lejano, seguir hablando de las calles, las plazas y los barrios de esta ciudad del Henares que tanta historia y tan curiosas anécdotas conserva. De la mano de estos sus evocadores nombres los Iremos recordando. Ahora descansamos temporalmente del tema, y en la próxima semana, seguiremos analizando otros temas provinciales relacionados con la reconquista de la comarca campiñera en torno a Guadalajara.

La calle de Francisco Torres

 

Siguiendo nuestro recorrido por algunas de las calles de Guadalajara que hayan tenido alguna relación, por su nombre o contenido, con la reconquista de la ciudad, nos acercamos hoy a la dedicada a don Francisco de Torres. Y ello por una razón muy concreta: aunque nacido en el siglo XVII, Torres es autor de una de las mejores historias de la ciudad de Guadalajara y concretamente de la única que en estos momentos aún se mantiene inédita y por tanto desconocida totalmente para la gran mayoría de las gentes. Con motivo del IX Centenario de la Reconquista de la ciudad, la Institución «Marqués de Santillana» en colaboración con el Patronato Municipal de Cultura, van a editar esta historia de Torres, y de este modo será una forma más de conmemorar este importante acontecimiento en nuestra ciudad.

Hablaremos, con este motivo, de Francisco de Torres y de la calle que en el siglo pasado le dedicó el municipio. Se encuentra esta vía frente a la actual entrada al palacio del Infantado, en la parte baja de la calle Mayor, teniendo su entrada concretamente desde la plaza de los Caídos en la guerra civil. Termina, 200 metros más abajo, en la calle de Ingeniero Mariño. Es una calle corta, de casas elegantes, construidas todas ellas en el siglo XIX, en sus últimos años, tras la remodelación que del antiguo barrio o colación de Santiago se efectuó al derribar la iglesia parroquial del mismo nombre, bella obra de la arquitectura mudéjar, y que había ocupado durante siglos el solar que hoy es lonja de acceso al palacio del Infantado en sus zonas de Museo y Biblioteca.

En dicha calle, por tanto, no podemos encontrar otra cosa que varios edificios de un interés relativo, por ser todos ellos bastante modernos. No obstante, dado el deterioro constante que la ciudad ha sufrido en su aspecto más tradicional, todos los rincones que como esta calle de Torres se mantienen casi intactos después de un siglo de vida son merecedores de atención y cuidado urbanístico.

Quien fuera don Francisco de Torres y Pérez, titular de la vía que hoy comentamos, es lo que a continuación vamos a ver. Había nacido en Guadalajara nuestro personaje, en el seno de una familia de cierta alcurnia, y si no con títulos de nobleza, al menos sí con blasones, dinero y prebendas. Eran sus padres don Nuño Torres y doña Ana Pérez. Su abuelo don Francisco Pérez, había gozado de altas influencias en la Corte. En ocasión de la jura como heredero y príncipe de Asturias del hijo de Felipe III, Francisco Pérez había acudido en su calidad de procurador en Cortes por la ciudad de Guadalajara. De entonces le venía una renta que el Rey le concedió de 25.000 maravedises y que disfrutaron durante generaciones sus familiares (entre ellos nuestro historiador) También entonces el poderoso abuelo solicitó al Rey la concesión de un hábito de alguna Orden Militar, con objeto de pasárselo al nieto, y éste mismo aspiró a ello durante toda su vida, sin llegar a conseguirlo.

Puede calcularse en el 1607 o 1610 el año de nacimiento del historiador Torres. Nada sabemos de su formación universitaria, y sola­mente que, quizás debido a la prosapia familiar, tuvo buenas rentas y gozó del cargo de regidor perpetuo del Ayuntamiento de Guadala­jara, como él mismo nos lo indica en el comienzo de su historia arria­cense. Fue también capitán de mi­licias de la ciudad, y en ese cargo acudió a la sublevación de los catalanes, al mando de 200 infantes guadalajareños, en 1642.

Pero aparte de estos avatares, que en todo caso fueron temporales nuestro personaje se dedicó toda su vida a la apacible lectura, al estudio, a la conversación y a la recopilación de temas históricos relacionados con su ciudad natal. En este sentido cabe decir que escribió o vio terminada su obra el año 1647. La tituló «Historia de la nobilíssima ciudad de Guadalajara», y de ella se conservan dos ejemplares manuscritos del propio autor en la Biblioteca Nacional de Madrid, sección manuscritos, perfectamente encuadernados y conservados, muy legibles, y cuajados de interesantes noticias sobre el pasado de nuestra ciudad.

El mismo reconoce haber utilizado ampliamente los apuntes o historia, entonces manuscrita y hoy perdida, que con el título de los «Anales de la ciudad de Guadalajara» había escrito a la mitad del siglo XVI el alcarreño Francisco de Medina y de Mendoza. También reconoce, en algunas partes del texto de su obra, que en aquellos días estaba escribiendo otra historia de la ciudad de Guadalajara el religioso jesuita Hernando Pecha, pero al parecer no se vieron mutuamente, o no se dejaron ver, las historias que ambos escribían.

De la «Historia» de Francisco de Torres se hicieron luego algunas copias, una de las cuales se conserva manuscrita en el Archivo Municipal de Guadalajara y otra en el Archivo Histórico Provincial, siendo ambas de finales del siglo XIX. Pero esta obra, de indudable interés para el conocimiento del pasado de la ciudad, nunca se hizo edición ni tirada impresa, por lo que el proyecto que actualmente está en marcha de darla a la imprenta para su conocimiento general y su difusión amplia, no puede recibir sino nuestra más calurosa acogida. Es ésta una forma más de conmemorar el centenario de la reconquista de Guadalajara, con la presencia de un hombre que mereció no solamente una calle, sino, por supuesto, el recuerdo agradecido de todos nosotros.