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abril 26th, 1985:

La calle de Alvar Fáñez de Minaya

 

Si en nuestro repaso a varias calles y barrios de Guadalajara que tuvieron que ver con la reconquista de la misma, nos olvidáramos de la dedicada a Alvarfáñez de Minaya, sería realmente imperdonable. Por ello hoy vamos a recorrer esa calle, y a evocar de paso la figura, mitad histórica, mitad legendaria, que la da nombre.

Se inicia esta calle en la plaza de la Antigua, junto a la puerta del Mercado de Abastos. Inicia inmediatamente la bajada en cuesta hacia el barranco de San Antonio. Tiene una primera parte, hasta una plazoleta llamada «ronda de San Antonio» y una segunda, la final, que la lleva hasta la Avenida del Ejército, donde acaba. En el primero de sus tramos, encontramos diversas casas de tono antiguo, alguna de ellas con aire de auténtico palacio. A esta calle daba espaldas el gran palacio de los marqueses de Peñaflorida, que hace ya muchos años fue derruido, quedando solamente su portada que también recientemente ha desaparecido. Este palacio formaba uno de los costados de la plaza de Dávalos, en la que había muchos otros caserones nobiliarios, como el propio de los Dávalos, y los de los Sotomayor, Medrano, etc.

En el segundo tramo de la calle de Alvarfáñez encontramos las raíces que enlazan esta vía con la época de la conquista y con el legendario recuperador de Guadalajara. A la derecha según caminamos nos encontramos, después de pasar unos solares, con las antiguas murallas de la ciudad, en su parte mejor conservada y más visible. Se trata de un largo murallón de casi 200 metros de longitud, construido de mampostería y sillarejo, con algunas hiladas superiores de ladrillo, y reforzado a cortos trechos por gruesos contrafuertes de lo mismo con esquinas de tosco sillar.

Enfrente de esta muralla, a la izquierda según bajamos la calle, encontramos el torreón llamado de Alvarfáñez, y muestra antiquísima de la fortificación del burgo. Este torreón es la única parte que subsiste de lo que fue «puerta de Alvarfáñez» o puerta del Cristo de la Feria. Dice la tradición que por la puerta que custodiaba este torreón fue por donde entró, la noche del 24 de junio de 1085, Alvarfáñez y su ejército a reconquistar la Wadal‑Hayara de los árabes. Era esta una puerta de mala situación, incómoda de atravesar, dado que había que cruzar el barranco e inmediatamente casi trepar por agrio cuestarrón para entrar a la ciudad. De tal modo era incómodo este acceso, que pocos años después de la conquista se procedió a abrir una nueva puerta, más accesible, a la muralla, justo donde hoy está el puentecillo de San Antonio.

Lo que hoy queda de puerta y torreón de Alvarfáñez es suficiente como para poder conocer los modos constructivos civiles medievales. Se trata de una torre pentagonal de planta, de las de tipo albarrana, que iban casi exentas de las murallas, y que tenían por misión fortificar y custodiar las entradas, normalmente estructuradas en zig‑zag o línea quebrada, que quedaban a su lado. Lo que hoy vemos viene a sobresalir más de 8 metros de lo que era la auténtica línea de muralla.

Esta torre tiene dos pisos. El bajo, que está a nivel de la calle que hoy comentamos, es de planta también pentagonal, y tiene dos espacios, uno anterior, que se cubre con hermosa bóveda baída, formada por cuadrados concéntricos de ladrillos, y un espacio exterior triangular, con saeteras y falsa bovedilla de ladrillo. La planta superior es muy simple. A ella solamente se podía acceder desde el adarve de la muralla, y venía a ser lugar de resguardo de la guardia de las almenas. A la terraza de este torreón se accedía también desde fuera. En su paramento exterior aún se ven ménsulas saledizas y buhardas voladas que servían para arrojar desde ellas el aceite hirviendo a los atacantes. Indudablemente la edificación y el estilo del torreón de Alvar Fáñez corresponde a la época cristiana, y aunque allí hubiera torre en época árabe, ésta que hoy vemos se hizo de nueva tras la reconquista.

Y una vez descrita la calle y lo que en ella es más señalado de ver, justo es que nos detengamos, aunque sea brevemente, en recordar la figura del conquistador, de Alvar Fáñez de Minaya. La historia es tacaña en proporcionarnos noticias veraces acerca de este personaje. Es necesario recurrir a los datos de la leyenda para acercarnos a él. Una leyenda polimorfa y esparcida por diversos lugares de nuestra provincia, en la que todavía se tiene al valiente capitán, primo y ayudante principal del Cid Campeador, como reconquistador de muchos de sus ­pueblos, y constructor de pueblos, de torres y de bellas leyendas.

Además del escudo de armas de la ciudad de Guadalajara, punto de honor donde Alvar Fáñez quedó eternizado, el Poema del Mío Cid lo cita en varías ocasiones, una de ellas con ocasión de una algara o acometida guerrera que, mientras Rodrigo Díaz de Vivar se encontraba apoderado de Castejón, protagonizó Alvar Fáñez, bajando el Henares por Hita y Guadalajara hasta Alcalá. De la leyenda que si historiadores y pueblo ha mantenido acerca de haber sido Alvar Fáñez el reconquistador de la Wad‑al‑Hayara árabe, no insisto aquí, pues bastante ya hemos hablado, unos y otros, durante estos días, como para repetirla.

Por la Alcarria y la Campiña corren leyendas en torno a este personaje. Son de anotar las que en Quer le hacen también conquistador del pueblo, diciendo que se quedó una larga temporada a vivir allí, cultivando unos olivares, donde hoy dicen los «olivos de Alvarañez». En Romanones se ven aún, sobre un cerro que otea el valle del Tajuña, los restos de un poblado medieval que llaman los Santos Viejos: una sepultura antropomorfa dio pie a la imaginación popular para decir que allí murió Alvar Fáñez, y en aquel «pesebre» comió su caballo,

La Baja Alcarria tiene aún en Alcocer un punto donde la veneración por Alvar Fáñez es constante: dicen que reconquistó el pueblo, y pusieron su nombre a una de las puertas, ya derruida, de la villa. En el mismo castillo de Zorita antes que los calatravos pusieran su fuerte cruz colorada, tuvo Alvar su capitanía clavada. Alcaide de la fortaleza y alférez real del territorio, que incluía el fuerte enclave de Santaver, del mítico personaje parecen hoy todavía sus habitantes paisanos bien avenidos. Más lejos, ya en Labros, dedicaron al capitán cidiano un cerro: la «cabeza de Alberañez» llaman a una eminencia con pinta castillera.

Todo esto no son sino breves apuntes que vienen a decirnos de lo arraigadas de las tradiciones que, desde una primera época de repoblación castellana en nuestra tierra, se crearon en torno a la figura y las hazañas de un personaje a caballo de la historia y la fábula. Del que dio nombre a una de nuestras más populares calles.