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La muralla de Guadalajara

 

La ciudad de Guadalajara fue en tiempos antiguos una ciudad totalmente amurallada, rodeada en todo su perímetro de una monumental cerca de piedra, abierta en algunos puntos por puertas escoltadas de torreones. Ello la debió conferir un aspecto de fuerza y seguridad, similar al que hoy vemos en Ávila, o más cerca de nosotros, en la villa de Palazuelos junto a Sigüenza. Es indudable, de todos modos, que en la época de la Reconquista, el año 1085 más concretamente, Guadalajara estaba rodeada de un círculo pétreo que constituía su muralla, y que le daba ese rango de importancia que a lo largo de la Baja Edad Media fue consolidando.

La primera fortificación arriacense la pusieron los árabes, Guadalajara fue cabeza y centro defensivo de una amplia zona de la parte oriental de la Marca Media o frontera de Al‑Andalus con Castilla. Exactamente dominaba desde el bajo Henares, por Torrejón y Alcalá, hasta lo más alto del mismo, por Sigüenza y Horna. El «valle de los castillos» que probablemente dio nombre a nuestra ciudad obligaba a poner un punto muy fuerte en su comedio para real vigilancia de todos.

Ya en la época califal, a partir siglo IX, y tras su fundación el berber Al Faray Ibn Masarra Ibn Salim, se inició la construcción del castillo‑alcázar y posteriormente de la, muralla, que en principio fue de endeble consistencia, pero que progresivamente fue siendo mejorada. Una vez en poder de los cristianos, y tras el interregno de la amenaza almorávide, es a partir del segundo tercio del siglo XII cuando, por decisión del rey Alfonso VII, se reconstruye o al menos se restaura en toda su dimensión el cercamiento murado arriacense. Incluso poco más tarde, en el activo reinado de Alfonso VIII, con la colaboración real y el entusiasmo de la población, tanto de la villa como de todo su extenso alfoz, la muralla de Guadalajara alcanza su rango definitivo, su prestancia mayor. Ocurre esto en un momento en el que se ha alejado completamente el peligro andalusí, pero contribuye a la adquisición de un prestigio y de una fuerza, que transforma a Guadalajara en ciudad capital de tierras y gentes. El Concejo y el Común se preocuparon activamente, entre los siglos XII al XV, de mantener siempre la muralla en perfectas condiciones, y ésta era una de las más queridas y mimadas manifestaciones comunitarias del burgo.

También durante el siglo XVI se mantuvo la cerca bien, tratada. El crecimiento demográfico rapidísimo de la ciudad, no conllevó la necesidad de derribar parte alguna de la misma. Es más, existen testimonios documentales de cómo el Concejo se interesaba por mantener en todo momento a la muralla bien cimentada, con sus muros, almenas y puertas en perfecto estado. Para muchas cosas era referencia la muralla: para las entradas triunfales de los Mendozas y los monarcas, que aquí acudían con frecuencia; o para la celebración de fiestas y mercados: el alarde de San Miguel, en el que todos los caballeros de la ciudad lucían sus mejores galas y trapíos, se hacía a la sombra de la ciudad, en la «carrera» de San Francisco, ante los muros que ocupaban lo que hoy es la línea de viviendas frente al parque de la Concordia; y el mercado semanal de los martes tenía lugar, con su colorista bullanga, ante la puerta de Santo Domingo, en el gran espacio abierto que hoy ocupa la plaza de tal nombre.

El abandono progresivo, por su inutilidad defensiva, y el nulo aprecio monumental, llevó a la aberración del siglo XIX, en que por un mal entendido sentido del progreso, se derribó la muralla arriacense en su inmensa mayor parte. En unas ocasiones para construir nuevos edificios donde antes asentaba. Y en otras tan sólo por el prurito de derribar lo viejo, lo demasiado antañón. Los ayun­tamientos arriacenses de la segunda mitad del siglo XIX fueron los responsables de esta agresión, que fue, además de sañuda, indiscrimi­nada, contra la venerable muralla de tan antigua raigambre y tan densa historia. Hoy tan sólo que­ dan restos, mínimos, de ella. Co­mo por casualidad, se salvaron algunos cortos fragmentos de muro en la zona que bordea el «jardín» del palacio del Infantado y el ba­rranco de San Antonio por la zona que hoy se usa todavía para huer­tas; y otro pequeño resto queda en la calle de la Ronda, en el barrio de Budierca. Quedaron tam­bién, aunque en deplorable estado de conservación, los torreones de Alvar Fáñez y del Alamín Y, por supuesto, muy modificados y en verdadero estado de vergüenza in­calificable, los restos del antiguo alcázar o castillo, sobre el que estuvo el cuartel de Globos.

Para que el guadalajareño de hoy se haga una idea del trazado de la antigua muralla de su ciudad, y pueda rememorar el espacio en el que la villa arriacense se desarrolló durante muchos siglos, vamos a hacer Un rápido repaso en torno a esta antigua cerca, hoy casi fantasmal y ya perdida.

Partiendo del alcázar, la muralla formaba junto a él una primera puerta de acceso a la ciudad, abierta sobre el camino que ascendía desde el río: > era la puerta que se llamó de  Bradamarte, y luego de Madrid, por llegar hasta ella el camino que venía desde la capital de España. Seguía la muralla en dirección sureste, haciendo de remate al barranco de San Antonio. En su lugar se alzó, en el siglo XIX, la nueva Academia de Ingenieros, que remedó con su estructura a la antigua muralla.

Trescientos metros más arriba se abría la puerta‑postigo que llamaron del Cristo de la Feria, y luego de Alvar Fáñez, pues es tradición de la ciudad que por allí, en la noche de San Juan de 1085, penetró el capitán castellano con sus tropas para la reconquista de Guadalajara. El barranco hacía aquí un vado que permitía la entrada por dicha puerta hacia la ciudad. Hoy solamente queda de ella el torreón acompañante, el conocido popularmente como «torreón» de Alvar Fáñez, uno de los escasísimos restos de la muralla guadalajareña.

Seguía la cerca el borde derecho del barranco, rodeando el ábside de la antigua parroquia de Santo Tomé, que asentaba donde hoy el santuario de la Virgen de la Antigua, y continuaba el muro alejándose del barranco de San Antonio, pero siguiendo el llamado arroyo Cantarranas, por las actuales calles del Matadero y travesía de Santo Domingo, hasta alcanzar un espacio amplio, abierto, donde tradicionalmente se celebraba el mercado ciudadano. Allí se abría la puerta del Mercado, que daba entrada a los caminos que venían desde la Alcarria. Ese espacio mercadero es hoy en día la plaza de Santo Domingo.

La muralla seguía luego, todavía en dirección norte, hasta alcanzar el otro barranco, el del Alamín. Iba por lo que es hoy la calle de la Mina, que adoptó este nombre en recuerdo de algún posible subterráneo bajo la construcción defensiva, y dejaba en su frente, abierta a levante y sur, una vaguada y ancho camino que llamaron desde muy antiguo «la carrera de San Francisco», lugar donde habitualmente se celebraban fiestas, recibimientos a reyes y alardes de la caballería.

Al final de ese largo trazado, de unos 500 metros, se levantaba la puerta de Bejanque, en el lugar hoy todavía conocido con ese nombre, y que servía de entrada para el camino que llegaba desde, Zaragoza. La muralla daba un quiebro en ese lugar, y alcanzaba poco adelante el barranco del Alamín, surgiendo un fuerte torreón esquinero con flancos, justamente en el punto en que doblaba y emprendía la dirección noroeste, siguiendo el borde izquierdo del barranco, que en esa zona es muy pronunciado, con escarpadura difícil, lo que permitía que la cerca no fuera excesivamente fuerte en ese nivel. Unos 500 metros más abajo, surgía el puente que llaman de las Infantas, que cruzaba sobre el barranco, y que permitía el paso de los caminos de Aragón por una puerta que se protegía de un torreón, también hoy conservado, y conocido como «torreón del Alamín». Seguía luego la muralla aún sobre la escarpadura del progresivamente más hondo barranco, hasta enlazar con los muros del alcázar, completándose así el trayecto de la cerca medieval guadalajareña.

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