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Guadalajara medieval y cristiana

 

La reconquista de Guadalajara, que tuvo lugar exactamente en junio de 1085, hace ahora novecientos años, no supuso sin embargo un inmediato alineamiento con las formas de vivir en la Castilla norteña. Quiere ello decir que durante todo el reinado de Alfonso VI, y durante por lo menos los 25 años que duraron los enfrentamientos con los invasores almorávides, Guadalajara quedó paralizada y no consiguió arrancar en un crecimiento que sólo a partir del reinado de Alfonso VII, sería ya constatable y auténtico.

Aunque no se conocen las condiciones de la rendición de Guadalajara por parte de los árabes, es de suponer que Alfonso les impusiera unas cláusulas tan favorables como a los toledanos, si no las mismas. Esto es: el derecho a permanecer en sus lugares de residencia, y el respeto a su lengua, su religión y sus costumbres, a todos los árabes que entonces poblaran la ciudad del Henares. Sabemos que en Toledo, a pesar de esta bonanza, muchos islamitas abandonaron la capital y se fueron rumbo al sur. En Guadalajara parece ser que no ocurrió tal, y quedó en ella la mayor parte de la población, que desde el momento de la reconquista y posterior repoblación por los castellanos, tuvo un contingente muy importante de mudéjares.

Se sabe que Alfonso VI ordenó la transformación de las dos principales mezquitas en templos para el culto cristiano. Eran éstas las que llegaron luego a ser iglesias de Santa María de la Fuente, y Santiago, construidas según dice la tradición como mezquitas árabes, pero indudablemente restauradas siglos después por mudéjares. La prueba del respeto hacia la creencia y religión de los habitantes islámicos, se pone de manifiesto al saber que durante los siglos de la Baja Edad Media, éstos tuvieron su culto en la mezquita del barrio del Almajil, que estaba en lo que también se llamaba Calderería, junto a las Carmelitas de Abajo.

La gran cantidad de árabes que quedaron en Guadalajara a raíz de su reconquista por los castellanos, fue clave para el mantenimiento de la vida y la actividad en la ciudad. Durante mucho tiempo, ellos se encargaron de algunos oficios capitales en el desarrollo de la sociedad. Así,’tradicionalmente los mudéjares se dedicaron a ser carniceros, curtidores, alfareros y albañiles o alarifes, y prueba de que en el siglo XVI todavía existían muchos elementos de la raza islamita, era la profusión con que aparecen en los contratos de obras y de documentos jurídicos durante ese tiempo, o la prueba fehaciente de su modo de hacer en edificios tales como Ja capilla de Luís de Lucena.

Pero la repoblación con cristianos fue muy lenta. Hasta el año de 1110, Guadalajara sufrió varios ataques por parte del ejército almorávide, aunque no llegaron a tomar el burgo. En el asedio que ese año realizaron de la ciudad estos invasores, se declaró la peste entre sus filas, por lo que levantaron el cerco para ya no volver. A partir de entonces, especialmente bajo el reinado de Alfonso VII, se tomó con gran interés por parte del monarca la recuperación de nuestra ciudad. Y así fue que se dictaron muchas normas para hacerlo pronto y bien.

En principio, Guadalajara fue declarada ciudad realenga, esto es, que sólo estaba bajo el señorío y tutela directa del rey de Castilla. Así como muchos otros lugares de su entorno, y probablemente de su tradicional territorio de influencia capitana, como Brihuega, Alcalá y Talamanca, habían sido entregadas en señorío a los arzobispos de Toledo, y otros lugares, como Hita o Beleña, a señores particulares, la ciudad de Guadalajara quedó realenga.

Alfonso VII concede también un Fuero a Guadalajara. Era el año 1133, y ello suponía que le reconocía de hecho como ciudad notable y cabeza de un territorio. Aunque más adelante analizaremos con más detalle los fueros concedidos a nuestra ciudad por los monarcas castellanos, justo es decir ahora que ellos fueron la clave del sucesivo crecimiento y prosperidad del burgo. Porque en estos Fueros, al menos en el de Alfonso VII, se reconocía a la ciudad como cabeza de un importante Común, un territorio ancho con dos sesmas: la del Campo, lo que hoy es Campiña del Henares, y la de Alcarria, llegando su territorio hasta el Tajuña y aún al arroyo de San Andrés.

Esta categoría de cabeza de Común supuso, por una parte, el radicar en ella una serie de órganos políticos que ya la conferían su inicial importancia rectora. El juez del Común, personaje elegido por sufragio popular, y autoridad máxima de la comunidad, residía y presidía los concejos. Alcaldes, jurados y otros elementos jerárquicos también, lo mismo que el merino o delegado regio. Aquí asentaron entonces, y en su tomo, escribanos, juristas, etc. Nacía así la calidad de «ciudad burocrática» medieval que sería la base para su posterior crecimiento.

Pero esto también condicionó el desarrollo físico de Guadalajara. Pues al ser cabeza de un extenso territorio, debía jugar un papel defensivo del mismo. Así, se reconstruyó y perfeccionó la muralla que la rodeaba, y que ya los árabes habían levantado. En tiempos de Alfonso VII recibió un remozamiento total, así como el puente sobre el Henares. Para todo ello, se establecían impuestos en el resto del Común de Villa y Tierra: los pueblos del territorio aforado debían contribuir al mantenimiento del puente y murallas de Guadalajara. También el castillo, antiguo alcázar árabe, fue restaurado y puesto en uso como residencia del merino real y lugar donde, andando los siglos, vivieron infantes, princesas y aun reyes, celebrándose en él, a lo largo de los siglos XIV y XV, Cortes generales del reino.

También en tiempos de Alfonso VII se creó un órgano de relieve constante en la vida social de los siglos siguientes: fue el Cabildo de Curas o clérigos, que alcanzó pronto una gran importancia, adquiriendo un poder indudable, que durante la Edad Media especialmente, y también en la Moderna, actuó de contrapeso respecto al poder civil del Concejo.

Con todos estos elementos de crecimiento social, y con esta dinámica observada en los primeros años del siglo XII, Guadalajara cobra su sentido definitivo. La reconquista la hace cambiar, entre otras cosas, de función y valor. Pasa a ser, de punto estratégico y defensivo militar, a burgo administrativo y comercial. Pienso que ello fue clave para su posterior desarrollo y para la importancia que, en el devenir de la historia de España, protagonizó nuestra Guadalajara.

Durante los siglos XII al XV, la ciudad continuó creciendo ininterrumpidamente. Fernando II le concedió un nuevo Fuero, ampliado, en 1219, haciendo en él múltiples concesiones y exenciones de impuestos, que estimularon el asentamiento de población y crearon un dinamismo económico, agrícola y ganadero de importancia. Ya por entonces, suena Guadalajara como punto de importancia en la historia de la Mesta. Más tarde, Alfonso X el Sabio crea dos grandes ferias: la de Pascua y la de San Lucas, que imprimen un nuevo aliento de desarrollo al comercio arriacense. Finalmente, en 1460, el rey Enrique IV entrega a Guadalajara el título de ciudad, confirmando, al final de la Edad Media, la gran importancia que el burgo había tenido, y el papel que comenzaba a jugar en el equilibrio político de fuerzas cara a la época moderna.

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