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octubre, 1984:

De heráldica molinesa

 

Para quienes gustan de inves­tigar y entrar a fondo en los te­mas de genealogía y heráldica, la historia del Señorío de Mo­lina es un archivo pletórico de informaciones, denso de datos, granado al máximo de apellidos, familias, hechos y escudos que jalonan los dinteles de casas, palacios y señoriales aposentos. Fue Molina, desde el siglo XVI, y durante la Edad Moderna espe­cialmente, un lugar donde la re­población intensa llevó a nume­rosas familias, especialmente norteñas, a aposentarse y colo­car sus capitales en la produc­ción agropecuaria, que entonces fue tan floreciente. Aportaron, además, linajudas ristras de es­cudos, de genealogías más o me­nos ilustres, de epopeyas antaño­nas en su currículum. Y así fue­ron llenando de emblemas los espacios varios que luego se remataron de celadas, lambrequi­nes y mantos.

La investigación sobre la he­ráldica y las genealogías moline­sas no es extremadamente difícil: acude en nuestra ayuda uno de los más fructíferos escritores que tuvo el Señorío molinés en el siglo XVIII: González Reino­so, quien en sus Genealogías, to­davía inéditas, pero conservadas en diversos manuscritos, cuenta y no acaba de apellidos, familias y blasones de aquella tierra. Fue­ron luego don León Luengo y don Claro Abánades, estudiosos modernos de la historia moline­sa, quienes centraron su interés en esta temática, aclarando al­gunas dudas.

De la ingente cantidad que de las familias blasonadas de Molina quedan registradas en los anales, hoy quiero recordar al­gunas de ellas, que tuvieron su importancia en los pasados si­glos, y decidieron en algunos ca­sos el rumbo de los pueblos y las gentes de Molina.

Zapata

En las Genealogías de Gonzá­lez Reinoso, aparece el estudio de esta familia en el primero y más destacado lugar. Describe las armas del apellido, que dan una orla o bordura correspon­diente a la familia Tobío con la que emparentaron. Dice «Una de las nobilísimas y antiguas fami­lias que poblaron en Madrid y otras partes de Castilla y León, es la de Zapata, tan conocida en Navarra y Aragón por su mucho nobleza y calidad, por ser casa antigua de Ricos‑hombres, y descendientes de sus Reyes».

Señala como primer caballero de este apellido a don García Zapata, Alcaide de Calahorra, hacia 1216. Pocos años después, en Calatayud aparece don Pedro Sánchez Zapata, señor de las Baronías de Valtorres y la Vilue­ña. Parecer que éste se halló en la conquista de Valencia junto a Jaime I. Su hijo, don Rodrigo Sánchez Zapata, de Calatayud, casó con doña Oría Giménez de Tovía, y así formó el escudo de­finitivo.

Dice Reinoso que fue don Rui Sánchez Zapata, descendiente de esta familia, quien primero vino a Castilla, y asentó su casa en Madrid. De su linaje descienden muchos ilustres caballeros, obis­pos y dignidades. En la ciudad de Molina tuvieron asiento las señoras dona Josefa y doña Isa­bel Zapata, religiosas en el mo­nasterio de Santa Clara. Eran hermanas de don Antonio Zapa­ta y Peñalosa, vecino de la Pue­bla de Valverde, provincia de Te­ruel.

En 1595 residía en Molina don Manuel Zapata, caballero de Santiago, así como su sobrino don Juan Zapata. Muchos otros caballeros y damas de este ilus­tre apellido residieron en Moli­na los siglos XVI al XIX. En 1801 aún hay referencias de la existencia de la casa de los Za­patas, que fue destruida total­mente en la invasión francesa.

Rivadeneira

La familia de los Rodríguez Rivadeneira fue siempre de las más ilustres y acaudaladas del Señorío de Molina. González Rei nos trata de ella ampliamente en sus Genealogías.

Es curioso recordar los fantásticos orígenes de este linaje: «Los Rodríguez Rivadeneira vienen del Infante Gallego, hermano de la Reina Loba, el que te­niendo presos a dos discípulos del Apóstol esta gentil doncella apiadándose de ellos los visitaba de ordinario: y sucedió yendo un día como solía, los vio con una divina claridad, por lo que se convirtió y se fue al Infante que era ciego; y le dijo: si que­ría verlos con sus mismos ojos, que fuese a la prisión donde es­taban aquellos santos; y el In­fante airado la sacó a martirizar con ellos, y estando en el campo de martirio, apareció en el aire una cruz colorada, con cinco conchas o veneras. Y éste Infan­te para su remedio y librar aque­llos santos, se convirtió luego y se casó con la dicha doncella; de los quales vienen hoy día los Rodríguez Rivadeneyra, toman­do el nombre del río Neyra, por­que sucedió el milagro a la ori­lla de dicho río».

Los primeros que llegaron a Molina, hacia el siglo XV, fue­ron don Fernando Rodríguez Ri­vadeneyra, natural de Galicia, Y su hermano don García Rodrí­guez Rivadeneyra, señor de Ma­segoso, gran peleador en la gue­rra de Granada, junto a Juan II. Este fue armado caballero por el rey, trayendo banda dorada sobre el vestido, y espada dorada, dándole la tenencia de las llaves de Molina de Aragón. A lo largo de los siglos, sus descen­dientes poseyeron en Molina buenos Mayorazgos y casas, entre ellos el señorío de Rinconcillo y el Señorío de la Torre de Miguel Bon.

González Reinoso pone sus ar­mas, de varios modos, y también les describe, las más clásicas y generales, don Diego Hernández de Mendoza en su «Blasón de Armas…» al folio 67, diciendo «una cruz colorada como la de Calatraba y en ella cinco vene­ras amarillas las quatro a los ca­bos y la una en el medio. El campo del escudo es verde y de­baxo de la cruz está una rribera de un río». En ocasiones se per­fila la cruz con cinta de oro.

Moreno

De esta noble familia moline­sa, nos habla Reinoso en el capi­tulo 18 de sus Genealogías, di­ciendo: «Los Morenos son muy buenos Caballeros hijosdalgo, y muy conocidos en este suelo de Molina, y otras partes; es fami­lia de muchisimas antigüedad. Según tradición común traen su origen de los Patricios de Roma; así lo da a entender don Bernabé Moreno de Varoas en su «Discurso de Nobleza Española», por estas palabras: «Moreno ex fa­milia murenarum patricia».

Añade Reinoso peregrinos da­tos del origen romano de esta fa­milia, y pasa a describir y expli­car sus armas: «Los Morenos de España, en demostración de ser descendientes de los antiguos Murenas romanos, traen por ar­mas en sus escudos de oro águi­las negras, que son insignias ro­manas, a las cuales acrecentaron después un castillo de sangre en memoria de la que vertieron en la reconquista de Castilla. Parti­cularmente se señalaron dos hermanos caballeros de este linaje, que con mucha frecuencia salían de un castillo a tener escaramu­zas con los moros, haciendo grandes presas en ellos, por lo cual, se les dio por armas el mismo castillo, saliendo de él su águila como volando, para signi­ficar el cuidado y presteza que en defenderse y salir a los ene­migos tuvieren».

Les da como dos solares de donde proceden: el más antiguo en Burgos, en el valle de Tras­miera: otro en Aragón, en San Vicente de la Sonsierra, en la puerta de Navarra. En el señorío molinés se asentaron en los lu­gares de Hinojosa, Milmarcos, Torrubia, Tartanedo, Tortuera Y otros.

En el archivo de Luengo en Embid, aparecen copias de tres ejecutorias de nobleza pertene­cientes a los Moreno de Tortue­ra. No llevan escudo de armas ni su explicación. Una es de don Gonzalo Fernández de Merodio, de 1409. Otra de don Lucas Fran­cisco López Guerrero y Malo, de 1708.

Esta familia de los Moreno emparentó en Tortuera con la de los López‑Hidalgo de la Vega. Ejecutorias de los Morenos son: la de don Juan Moreno de la Pa­rra, litigada en 1609; las de Juan Moreno y Andrés Moreno, sus antecesores, ganada en 1559, y la del dicho Gonzalo Fernández de Merodio, en 1409.

Estos son algunos de los anta­ñones linajes molineses que han quedado grabados, en sus líneas blasonadas y en sus cargados escudos nobiliarios, por los muros y portalones de los pueblos de las cuatro sexmas. Buscar en tie­rra molinesa la huella de sus antiguos caballeros, y ver su refle­jo en la memoria de la piedra, es un buen ejercicio, que recomien­do a los amantes de la historia.

Una tarde en el castillo de Anguix

 

Hemos llegado a Anguix desde po­niente. El sol se recuesta sobre los montes heridos de Pastrana, sobre los encinares oscuros de la Alcarria, y pone una luz brillante, mágica, sobre el paisaje alborotado de las ori­llas del Tajo. Recorrer Guadalajara es andarse estos caminos sinuosos, que ahora tienen sus orillas doradas de los trigos vencidos, poniendo la mirada en un objetivo lejano, inaccesible si no es para las botas de ca­minantes. Y allá a lo lejos está, efec­tivamente, como un pendón de pie­dra pálida sobre el fondo durante azul del firmamento, el castillo: la silueta portentosa donde parece la­tir el pasado de estas tierras.

El castillo de Anguix es una típi­ca fortaleza «roquera», enriscada en lo alto de un serrijón de difícil ac­ceso, puesta como en vigía sobre el cauce hondísimo del río Tajo. El monte se cubre casi en su totalidad por una dehesa de encinas y algún fresno aislado. Se cruza de camini­llos que ha ido haciendo el ganado. Y se airea por un ventarrón seco y frío del norte, que parece levantar quejas de las copas de los árboles.

Arriba, en la montaña, aparece el castillo. Después de haberle visto y entrevisto en la distancia, altivo, majestuoso, recortado sobre el fon­do verdegris de las sierras conquenses, la presencia inmediata del edi­ficio es de gigantismo. Su mole pé­trea parece mantenerse ante nues­tros ojos como en un milagroso equilibrio. Un equilibrio que aguanta impertérrito desde hace ocho si­glos, y que serena el ánimo de quien ve en él la obra humana hecha con ánimo de perdurar ¿Cuántas cosas de las que hoy se hacen durarán ocho siglos, como este bastión que alguien, en un lejano día, quiso erigir para mirar desde sus almenas las puestas de sol sobre la Alcarria?

Merece la pena recorrerle en todo su perímetro. Anclado sobre una basamenta rocosa, irregular, tallada en algunos puntos para permitir el ac­ceso. La planta del castillo de Anguix es irregular, poligonal, con altos murallones en sus caras de po­niente, que por otro lado se han derrumbado casi totalmente. En las es­quinas, redondos cubos ascienden verticales a la altura, y arriba se les ve desmochados, perdido su almenaje. Un portón pequeño daba ac­ceso a la fortaleza por su cara occidental, y hoy es de muy difícil acceso, por haber recibido derrumbres del interior. El patio de armas está en irregular confusión de ruinas: se mezclan la roca con el violento acopio de cascotes, ya homogeneizado por el paso de los siglos. Aun puede verse (y debe verse, para evitar caer dentro, en un atrapamiento de imprevisibles consecuencias) la entrada o boca del aljibe del patio.

La torre del homenaje, que ca­racteriza al castillo de Anguix por su estampa altanera y prodigiosa, se coloca en el extremo suroccidental de la fortaleza. Fuertes muros de sillarejo se escoltan de cilíndricos cubos. No queda remate de almenas, aunque las tuvo. Desde el patio de armas, se accede al interior de la torre por su primer piso, a través de una puerta a la que, en sus días originales, había que subir por esca­la de madera, y que hoy queda muy accesible debido a los derrumbes del patio. El interior es un breve espacio cuadrangular, con redonda boca abierta en su suelo que da hacia el piso bajo, cuyo fin pudo ser de al­macén o prisión, pues no es pensa­ble que sirviera de aljibe, dado que estaba dicha entrada en un ámbito cerrado y cubierto. La voz que se dispersa desde el agujero del suelo, retumba dramática sobre los oscu­ros muros del recinto inferior. Una ventana a poniente deja ver el pai­saje, demasiado bello para aguantar largo rato mirando, del río Tajo perdiéndose, en el contraluz del atardecer, como una cinta retorcida de acero y silencio entre los bosques de las montañosas orillas. Sólo el viento, que rompe furioso contra las esquinas del castillo, da voz a la tarde. Quedan, es evidente, momentos mágicos, alucinantes, en la mo­notonía de la vida diaria: queda ese instante de ver, desde la altura de Anguix, latir la tierra sorprendente, con una fuerza que aumenta el si­lencio con que se arropa.

El techo de la torre, que se cubriría de una terraza a la que se su­bía por escalera de caracol incrus­tada en uno de los cubos esquine­ros, se ha hundido. Como se hundió en el olvido el cauce sucesivo de los avatares de la fortaleza. Aquí puede, quien quiere, paladear la his­toria. En los muros secos de Anguix se recogen mezcladas las historias y las leyendas. Breve apunte recordatorio para quien quiera centrarse en su devenir múltiple Alfonso VII donó el territorio a un cortesano to­ledano, Martín Ordóñez, quien en 1136 comenzó a edificar su castillo en este punto. Poco después, pasó a poder de la Orden de Calatrava, gran señora de la Alcarria baja, pero luego en el siglo XIV volvía al señorío real, y posteriormente a la familia de los Carrillo conquenses. Un año por el rey, otro por alguno de sus nobles, Anguix pasó de mano en mano a lo largo de la Edad Media. En 1484, hace ahora exactamente cinco siglos, vino a ser comprado por don Iñigo López de Mendoza, primer conde de Tendilla, y en su casa y en la de los marqueses de Mondéjar, quedó ya para siempre, hasta hoy, en que pertenece también a otra familia mondejana.

Mientras los visitantes se exta­sían ante la aparición, en flash magnífico, de paisajes, siluetas, sombras y vientos, mi hija pequeña pide una explicación a este suceso mágico de ver tanta piedra, y con tanta perfec­ción ensamblada, sobre lo alto de un cerro desde el que no se ve ni un alma, y el aire parece alborotar, con el pelo, las ideas y los conceptos. Y mientras la luz de la tarde se va haciendo más y más dorada, y los oscuros bosques se funden en un tono gris como si buscaran el manteo con que abrigarse, le cuento a la pequeña, que mira sorprendida los altos muros, las solitarias venta­nas, una historia que no ocurrió, pe­ro que muy bien pudo haber sucedido:

Érase una vez una princesa, que cada tarde se asomaba a la ventana más alta, aquélla junto al cielo, y bordaba y lloraba, mirando el hori­zonte, esperando ver la aparición, allí por donde aquellos carrascales y el camino del príncipe que la que­ría, y que se había ido a luchar con­tra los moros, muy lejos, hacía mucho tiempo.

El antiguo Colegio de Huérfanos de la Guerra en Guadalajara

 

Una de las instituciones que caracterizaron con mayor niti­dez la vida social de Guadalajara en los años finales del si­glo XIX y comienzos del XX fue el Colegio de Huérfanos de la Guerra, que atrajo en su derre­dor un gran número de perso­nas, tanto profesores como em­pleados, y sobre todo de niños y niñas, que, tras sufrir la desgra­cia de perder a su progenitor, veían atendidas sus necesidades educativas en este centro, de una forma verdaderamente cui­dada y avanzada para su época. Eso hizo que durante muchos años millares de españoles y es­pañolas hayan llevado marcado, con un sello indeleble, el recuer­do de su infancia y época estu­diantil ligado a Guadalajara. In­cluso no hace mucho tiempo fue publicada una novela del pro­fesor, recientemente fallecido, ­don Eufrasio Alcázar Anguita, ­que titulaba «Amor en el Infantado», y que era un reflejo vivo, sentido y romántico, de aquellos años de adolescencia entre los muros palaciegos y las calles de la pequeña Guadalajara de principio de siglo.

El hecho de que el palacio del Infantado, la lujosa y dorada mansión de los Mendoza, viniera a ser de dominio público, tiene una explicación muy sencilla: la ruina de la casa de los Osuna, herederos de los múltiples títulos y riquezas que los mendocinos Infantado habían atesorado a lo largo de los siglos anteriores. En 1878, uno de los más derrochones duques, don ­Mariano Téllez‑Girón y Beau­fort, titular de los ducados de Osuna e Infantado, no tuvo más remedio que desprenderse del querido palacio arriacense, símbolo del poder y la magnificen­cia de sus antepasados.

En ese año hizo una venta­-donación del palacio al Estado. Tras la tasación del mismo, y su evaluación en 750.000 pese­tas, el duque hizo donación de la mitad del precio, y la otra mi­tad la pagaron (por supuesto, al duque) entre el Ayuntamiento de Guadalajara y el Consejo de la Caja de Huérfanos de la Gue­rra. Este Ministerio fue el que se encargó de restaurar el edi­ficio, en una obra impresionan­te de adecuación para los nue­vos fines que se le iban a dar, teniendo en cuenta el semirrui­noso estado en que entregó el duque la vieja casona. Muy pronto, el 23 de mayo de 1879, el rey Alfonso XII, gran promo­tor y entusiasta de la idea de la creación de este Colegio de Huérfanos de la Guerra y su coloca­ción en Guadalajara, vino a nuestra ciudad a darlo por inaugurado, aunque las obras de adaptación siguieron varios años más.

A la terminación de las san­grientas guerras que, en el oca­so de su imperio colonial, sostuvo España contra los Estados Unidos de América, en Cuba y Filipinas, y la consiguiente de­rrota y hundimiento de los áni­mos hispanos, aumentó consi­derablemente el número de los huérfanos de militares, y llega­ron en tan enorme cantidad a Guadalajara que se hizo impres­cindible aumentar su capacidad, decidiendo finalmente dividirlo en dos, dejando a las niñas en el palacio del Infantado y a los chicos poniéndoles en el habili­tado cuartel antiguo de San Car­los. Estas reformas se hicieron en 1898, siendo presidente del Consejo de Administración de los Colegios de Huérfanos de Guadalajara el capitán general don José López Domínguez. Se reinauguró en esa fecha, y se colocó entonces una lápida, en el vestíbulo del palacio, que decía así: «Reinando Alfonso XIII, durante la Regencia de su Augusta Madre, se inauguró este Colegio, año de 18898».

A partir de entonces, el Colegio de Huérfanos de la Guerra, que era el que ocupaba el antiguo palacio de los duques del Infantado, recibió atenciones e inversiones en gran cantidad, por parte del Ministerio de la Guerra. Se distinguieron muy especialmente, en su cuidado, y durante los años iniciales del siglo XIX, el capitán general don Fernando Primo de Rivera, marqués de Estella, como presidente del Consejo de Administración de ambos colegios, y el director del mismo, el coronel don Carlos Duelo y Pol. Por entonces, este colegio podía decirse que era un auténtico modelo de la enseñanza infantil y juvenil, contando con los mayores adelantos en el campo educativo de la época.

Su claustro de profesores es­taba formado por numerosos oficiales del Ejército. En higiene y limpieza estaba cuidado al má­ximo. Las clases, amplias y lu­minosas, se adornaban con di­bujos, óleos y mapas realizados por los propios alumnos. Fue du­rante muchos años proverbial en Guadalajara el gran mapa de América, de detalle y perfección extraordinarios, que habían he­cho los alumnos Adolfo del Hoyo y Antonio González Yanguas. Existían gabinetes de Física y Química, contando con muchos aparatos para el aprendizaje de la óptica, la acústica, el magnetismo y la electricidad, que era entonces lo más novedoso en punto a «ciencias y adelantos». También contaba con museos propios de ciencias naturales y enormes colecciones de minera­les, animales disecados, plantas, calaveras, etc. En su inmensa biblioteca, además de los libros que el centro fue adquiriendo para su alumnado, se encontra­ba la importante biblioteca do­nada por el marqués de Novali­ches, en la que había, según de­cían quienes la vieron y estudia­ron, importantes manuscritos de autores españoles. También con­taba el colegio con una impren­ta, con frontón y diversos pa­tios, con un gran gimnasio, una sala de esgrima y otra de ins­trucción militar. En la capilla, que se puso en el salón de lina­jes, donde el artesonado mudé­jar causaba admiración de quien lo contemplaba, había una ex­quisita talla de la Purísima Concepción, regalo de la infanta Isabel al colegio.

Todo aquel esplendor quedó roto, aniquilado, una noche de diciembre de 1936. Aunque meses antes ya había quedado vacío el colegio, y dado el ambiente de alteraciones continuas que su­frió Guadalajara desde el vera­no de ese año, el caserón de los Mendozas se encontró nueva­mente solo, huérfano a su vez de las voces de las niñas que du­rante tantos años habían ale­grado sus patios y galerías. El bombardeo de la aviación franquista produjo el incendio del histórico palacio, que durante tres días seguidos continuó ar­diendo sin que nadie corriera a socorrerlo. Luego, los años de ol­vido y, finalmente, su renaci­miento y vida plena en estos días, para otro cometido todavía mejor, más amplio y comu­nitario: el palacio del Infanta­do es hoy un punto de cita para la cultura y la convivencia de los alcarreños. Es, así, todavía el símbolo de nuestra historia y nuestra cultura, algo querido y defendido por todos.

El Cubillo de Uceda

 

En sitio alto y despejado, sobre el extremo norte de la meseta campiñera que media entre Henares y Jarama, casi asomándose a este úl­timo río, asienta el caserío, amplio y cómodamente urbanizado, de El Cubillo de Uceda. En su término quedan los mínimos restos de dos despoblados muy antiguos, Valdehaz y Pero crespo, este último con seña­les de edificios y una pequeña y ya derrumbada iglesia. También a unos dos kilómetros al sur del pueblo, en el lugar llamado «El Castillejo», so­bre un pequeño montículo en la junta de dos barrancos poco profun­dos, se ven restos de construcciones, con señales de muralla: precisaría una excavación y estudio arqueológico.

El nombre del pueblo deriva de la posible existencia de un castillete o torreón primitivo que defendiera el originario asentamiento de gentes en este lugar. Desde el momento de la reconquista y poblamiento de la comarca, El Cubillo estuvo incluido en el alfoz o Común de Villa y Tie­rra de Uceda, perteneciendo en se­ñorío a los arzobispos primados de Toledo. En el último cuarto del siglo XVI, el rey Felipe II enajenó todo el Común de Uceda, dando pri­vilegio de villazgo a las aldeas, y vendiendo a don Diego Mexía de Ovando la cabeza del territorio. El Cubillo de Uceda fue declarado Vi­lla con jurisdicción propia en 1583, y a partir de esa fecha no conoció otro señorío que el del Rey de España. Vivieron sus vecinos de la agricultura, fundamentalmente de secano, y también existió una gran tradición de fabricación de tejas y ladrillos en este lugar.

La iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, es un edificio muy interesante, artísti­camente. En su aspecto exterior destaca, en primer lugar, el ábside o cabecera, orientado a levante. Es de planta semicircular, y su fábrica es de ladrillo visto, dispuesto en for­ma de arquerías ciegas en tres cuer­pos, conformando un ejemplar magnífico de románico mudéjar. Debe ser lo único conservado de la primi­tiva iglesia del lugar, construida hacia el siglo XII o XIII. El resto del templo fue erigido de nuevo en el siglo XVI. Destaca sobre el muro de mediodía un atrio muy amplio, com­puesto de esbeltas columnas de ca­pitel renacentista, sobre pedestales muy altos, lo que le proporciona una gran airosidad y elegancia. La portada de este muro es obra de seve­ras líneas clasicistas. En el hastial de poniente, a los pies del templo, y centrando un muro de aparejo a base de hiladas de sillar y mampues­to de cantos rodados, muy bello, destaca la portada principal, obra magnífica de la primera mitad del siglo XVI, buen ejemplar del estilo plateresco de la escuela toledana. El ingreso se escolta de dos jambas molduradas y se adintela por un ar­quitrabe de rica decoración tallada con medallón central y abundantes grutescos, amparándose en los ex­tremos por semicolumnas adosadas sobre pedestales decorados y rema­tados en capiteles con decoración de grutescos. Lo cubre todo un gran friso que sostienen a los lados sen­dos angelillos en oficio de cariátides; dicho friso presenta una deco­ración a base de movidos y valien­tes grutescos, rematando en dentellones. En la cumbre de la portada, gran tímpano semicircular cerrado de cenefa con bolas y dentellones, albergando una hornacina avenera­da conteniendo talla de San Miguel, y escoltada por sendos flameros. Sobre el todo, ventanal circular de moldurados límites.

El interior, obra de la misma época, mitad del siglo XVI, es un equilibrado ámbito de tres naves, más alta la central, se­paradas por gruesos pilares cilíndri­cos rematados en capiteles cubier­tos de decoración de grutescos muy bien tallada. Sobre el muro norte aparece un gran medallón de talla en que figura la Virgen y el Niño. La capilla mayor se abre a la nave central, y se cubre con bóveda de cuarto de esfera, mientras que el resto del templo tiene por cubierta un magnífico artesonado de made­ra, de tradición ornamental mudé­jar, aunque con detalles platerescos, todo muy bello y bien conservado, obra de la primera mitad del si­glo XVI. El suelo de las naves está cubierto de numerosas lápidas se­pulcrales, con leyendas y escudos tallados, correspondientes a diversos vecinos del pueblo, seglares y eclesiásticos, de los siglos XVI y XVII. El conjunto del templo, en su aspecto arquitectónico y ornamen­tal, está claramente dentro del ám­bito artístico del plateresco toledano, muy en la línea de lo que hace por estas tierras Alonso de Cova­rrubias y los de su escuela.

En el pueblo se ven varios ejemplos notables de arquitectura popular campiñera, utilizando en facha­das el «aparejo toledano» a base de hiladas de ladrillo y mampuesto de piedra rodada, con diferentes y bellas soluciones; vanos arquitrabados con maderas talladas, decoración de ladrillo en jambajes de ventanas y en aleros; buenos ejemplos de hie­rros forjados en rejas y otros ele­mentos. En el extremo occidental del pueblo destaca el edificio o caserón que la tradición dice fue el primero edificado en El Cubillo, por Hernando García, cuando se fundó el pueblo. Se trata en realidad de un caserón de planta baja y principal, con fábrica de ladrillo, mampuesto y sillar Su puerta presenta gran dintel de piedra en el que se ve ta­llado un sencillo escudo de armas. Posee también rejas interesantes, Es indudablemente obra de final del XV o principios del XVI.

Cerca del pueblo, por su extremo meridional, asienta la ermita de la Soledad, hoy dedicada a Camposanto. Presenta una puerta de doble arco y en ella grabada la fecha de 1565. También es interesante, a la salida del lugar y en el camino ha­cia Uceda, la fuente de abajo, cons­truida en buen sillar en la época de Carlos IV.