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Empresas mendocinas

 

Hablar de los Mendozas alcarre­ños, supone evocar siempre con fuerza el ambiente del Medievo, los modos del Renacimiento. La vida que en su torno produjeron rezumó siempre del rito y el boato. Aparte de su significación cierta en los mo­vimientos políticos y culturales de aquellos siglos (el XV y XVI funda­mentalmente) en los que su nombre fue protagonista, los Mendoza die­ron a la sociedad en que vivieron un toque de color, de ritmo, de su­culencia incomparables. Los desfi­les de guerreros que el segundo du­que organizó en sus partidas a la guerra granadina, a la cabeza de cor­tejos fastuosos en los que gualdra­pas y estandartes se mezclaban con celadas y trompetas. O aquellas procesiones incesantes, cuajadas de obispos, canónigos y abades con el apellido de Mendoza, en las que Guadalajara entera daban honores al Corpus Christi, en tiempos del du­que tercero. Y, en fin, las reuniones cortesanas, los ateneos de mil pala­bras y pensamientos en los que el cuarto duque reflejaba y alentaba su animoso sentido de la cultura.

Como digo, no sólo en su papel de árbitros, de consejeros, de ejecu­tores poderosos de la política de su tiempo hay que ver a los Mendozas alcarreños. Sino como llama auténtica de una época, símbolo ineludi­ble y cierto de una sociedad que hoy ya desaparecida por completo, nos gusta evocar de vez en cuando. Para ello, nada mejor que hacer hoy un ejercicio de memoria sobre un tema quizás superficial, pero indudablemente muy significativo en el contexto total de la cultura mendo­cina. Me refiero a los escudos y «empresas» que cada uno de ellos adoptó como propia en los momen­tos en que pasaban de ser «delfines» condes de Saldaña a grandes duques del Infantado. De unos y otros nos hablan las antiguas crónicas, y va­mos aquí a recordarlos.

El marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, adoptó el primero un emblema que revistió con los ropajes de la literatura ex­quisita que él sabía producir. Lo mantuvo siempre celosamente vela­do en su significado, y solamente en la hora de la muerte, y de un modo efectista y casi teatral lo dio a co­nocer. Su «empresa» fue una cela­da o casco metálico totalmente ce­rrado, tapando incluso los ojos, que se ponían los caballeros y guerreros en los torneos y luchas medievales. Luego quedó la celada como emble­ma de nobleza sobre los escudos de armas. Y junto a la celada, el marqués puso esta frase: «Dios, e vos» Como refieren muchos autores, fundamentalmente el que fue su secretario don Pero Díaz de Toledo, en el momento de su muerte desveló el significado de «empresa» y «leyenda» La celada significaba la muerte, «porque en aquella hora es quando el enemigo está en celada, y emboscada para dar assalto re­pentinamente al Alma». De esa ma­nera, y aunque nunca lo desveló hasta la hora postrera, el marqués sabía que tenía como norte de sus acciones la idea de la muerte cier­ta. En cuanto a la frase que acom­pañaba a la «empresa», él mismo di­ce así: la verdad es que mi propósi­to e entención siempre fue teniendo gran esperança en Nuestro Señor Dios que avía misericordia de mí, yo tomé por devoçion, por tener continuamente en mi memoria a Nuestra Señora, de traer este mote Dios e Vos, entendiendo por aquel Vos a Nuestra Señora et queriendo decir que la misericordia de Dios e la devoçion a Nuestra Señora e su interçesión e ruego me avían de traer en camino de salvación».

El hijo del marqués poeta, don Diego Hurtado de Mendoza, fue nombrado por los Reyes Católicos primer duque del Infantado. También él tomó empresa y leyenda, imitando a su padre, poniendo así nueva imagen de grandeza, y am­pliando la impresión literaria que a su vida quiso también dar. El adop­tó como emblema de sus escudos una tolva de molino, en un intento filosófico de expresar su concepto de que solamente unos pocos, los elegidos pasarán el tamiz final del juicio último. Repetido por todas partes, en el patio y la fachada del palacio del Infantado, se ve este emblema de la tolva, escoltada por largos cordones. Su leyenda fue és­ta: «Dar es señorío, recibir es servi­dumbre», que Hernando Pecha, en su «Historia de Guadalaxara» in­terpretó mal, y así nos dice que el primer duque había adoptado en su leyenda la frase Dar es señorío y recivireys servidumbre, lo cual cambia por completo el sentido au­téntico y primigenio. Sólo conocien­do la mentalidad de mecenas que este hombre tuvo, es pensable que fueran la primera frase la auténtica. Aun de otro modo la interpreta Cristina de Arteaga en su «Historia de los Mendoza», diciendo que don Diego puso de mote a su tolva la frase de «Dar es Señoría, recibir es servidumbre» Esa frase la ha hecho suya, y la ejerce con creces, el Nú­cleo Pedro González de Mendoza, organización cultural de nuestra provincia, que en muchos aspectos revive el espíritu mendocino.

El segundo duque del Infantado, don Iñigo López de Mendoza, constructor del gran palacio arriacense del que acaba de cumplirse el quin­to centenario, tomó un curioso motivo por «empresa» personal. Tomó como símbolo unos «detalles» o espe­cie de guadañas que sirven para cortar la hierba de los prados, que­riendo con ello, por una parte, sig­nificar que «la guadaña de la muer­te corta la vida de los justos, y pe­cadores, y que éstos se condenan al tiempo de morir, y aquéllos se sal­van». Y aun interpreta Pecha qu­e este emblema quería ser significativo de la justicia con que trataba a todos sus súbditos, «pro­curando que la espada de la justicia se arrimase por igual a Amigos y enemigos, así en lo civil como en lo criminal de los que estaban debajo de su jurisdicción». Y él mismo, añadió, junto al símbolo, la frase: «amigos y enemigos, dalles», que puede tomarse en varias acepciones una de ellas, indudable, interpre­tando la última palabra como impe­rativo del verbo «dar» en forma ar­caica: sabia recomendación para el triunfo.

A su hijo, el tercer duque, don Diego Hurtado de Mendoza, no se le conoce emblema o frase propia. Hombre en exceso religioso, se ale­jó voluntariamente de las pompas humanas. En su tiempo se añadió al escudo verdi‑rojo de los Mendoza, el astro pálido y plateado de los Lu­na.

Y al cuarto duque, don Iñigo Ló­pez de Mendoza, el más literato y culto de toda la serie, debemos el emblema, la empresa y frase más cabalísticos, más elaborados, más renacentistas, en una palabra. Nos lo explica la historiadora Arteaga, quien descubre la «empresa» ducal como una esfera celeste (y hay que acentuar ese significado, el de no ser una «bola del mundo», sino el cielo mismo en forma de esfera, al­go muy normal en el Medievo) re­presentativa de la gloria: tanto la Gloria de los bienaventurados, co­mo la gloria mundanal de los triun­fadores, de los virtuosos al modo humanista. Junto a la esfera, una frase: «Meruisse satis», que podría­mos interpretar como «haber mere­cido suficientemente», pues satis es adverbio que significa «bastante, su­ficientemente» y meruisse es termi­nación de infinitivo perfecto del verbo mereo, que significa «mere­cer, ganar». En definitiva, el duque literato y escritor, autor de un famoso libro de interpretación clási­ca, venía a poner en dos palabras y una imagen, reducida al máximo la norma de su vida el intento conti­nuo de alcanzar la gloria; pero de alcanzarla con merecimiento y jus­teza

Después de estos cien años de figuras repletas de perfiles y persona­lidades extraordinarias, los Mendo­zas de Guadalajara parecen apagar la llama de su ingenio, olvidar el ca­mino de sus antepasados. Vanse a la Corte, al Madrid que relumbra, y se hacen satélites de otros soles. Di­ferentes a aquellos brillantes astros, que en la Guadalajara medieval o renacentista habían puesto su sello y su trazo latiente de su ingenio y se humanidad.

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