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mayo 25th, 1984:

El escudo de Fontanar

 

Ha celebrado su día grande de fiesta, su San Matías anual y apiñado, el pueblo entero de Fontanar, lugar campiñero por excelencia, en el que se han vis­to caras alegres por muchos motivos, pero pienso que especial­mente por el agua que en abundancia caía, también ese día, desde el cielo a las cosechas. Fontanar fue una fiesta grande el pasado 14 de mayo, y hasta tuvieron inauguración de Ayun­tamiento, concursos culturales y baile. Sin olvidar la vaquilla.

En esta ocasión, Fontanar re­salta a la actualidad provincial por un hecho al parecer anodino trivial, pero que en el fondo lle­va una carga de esperanza, abre un camino y pone los pilares de lo que pudiera ser una nueva vía de desarrollo cultural para los pueblos de nuestra provin­cia. En Fontanar, al menos se ha dado un primer paso que con­sidero importante.

Puestos a inaugurar Ayunta­miento, construcción agradable y muy bien dispuesta en el en­torno de su castellanísima plaza Mayor (lo trazó el arquitecto Antonio González Mata con su ya acreditado buen hacer, los munícipes de Fontanar se en­contraron con que la villa no tenía, al menos que ellos supieran, un escudo de armas que la identificara y, en definitiva, actua­ra de blasón, de símbolo emblemático del pueblo. Y es que, efectivamente, no poseía ese elemento tan característico de los pueblos que, como él, poseen una larga historia de siglos.

La tarea que me encomenda­ron fue de lo más agradable y también espinoso que un histo­riador puede tener. Elaborar un escudo «ex‑novo» par a un lugar, siempre tiene sus apasionantes oportunidades, pero también una serie de peligros en los que es preciso andar cautos para no caer.

Fontanar tiene una historia limpia, larga, sencilla, como lo son y los han sido siempre sus gentes, pero bien acoplada a los avatares de España y de Casti­lla, en consonancia con la tie­rra en que asienta. Y no quiere renegar de ella, de su tierra y de su historia. Fontanar ha queri­do tener toda su dinámica secu­lar prendida en el símbolo con­creto de un escudo. Por ello re­vivimos en cuatro frases su his­toria y explicamos el motivo de por qué puede y debe tener es­cudo, sólo por eso, porque tiene historia propia.

Discurría por este lugar de la campiña la «vía romana» de Mérida a Zaragoza, y durante los siglos de dominación romana fue un lugar muy frecuentado, un punto donde los caminos, las vi­llas y las posadas tenían su asiento. También había, lógica­mente, ya por entonces múlti­ples fuentes, que le pusieron nombre fácilmente al lugar. Un nombre latino por excelencia.

Desde la reconquista de la co­marca a cargo de las tropas castellanas de Alfonso VI, hacia 1085, Fontanar se constituyó co­mo una aldea más del Común de Villa y Tierra de Guadalaja­ra. Reconocía en la ciudad amu­rallada y castillera, levantada sobre los barrancos que otean la campiña, su cabeza jurídica y administrativa. Y Fontanar se encontraba a gusto formando parte de aquella comunidad, en la que, a cambio de algunos di­neros para arreglar puentes y murallas, tenía la seguridad de una defensa, y los beneficios fiscales que a Guadalajara, prote­gida al máximo por los reyes, le cabían.

Fue en 1580 cuando Felipe II la concedió el titulo de Villa para tener desde entonces justicia propia, y llevar una vida más independiente que hasta entonces. Pero la querencia de los de Fontanar hacia Guada­lajara fue siempre tenaz, y en 1741 volvieron a pertenecer al Común de la ciudad, a los efec­tos fiscales y de aprovechamien­to de pastos, leñas, etc.

Uno de los datos más significativos de la historia de Fontanar es el hecho de no haber pertenecido, durante los largos siglos medios y modernos, a nadie en señorío. Frente a la común adscripción de muchos pueblos de nuestra tierra a los señoríos privarlos de grandes señores Fontanar se mantuvo siempre al margen de tal práctica y reco­noció siempre como único señor al rey de Castilla y de España.

En el pueblo y en su término residieron y tuvieron pertenen­cias, campos anchos y bienes de producción importantes, muchos de los magnates de Guadalaja­ra en el siglo XVI, cuando la ciudad del Henares era un em­porio de riqueza. Entre otros, los Mendoza también tuvieron cam­pos y molinos aquí en Fontanar. Incluso una de sus casonas, la de don Diego de Mendoza, aún se conserva hoy, con escudo de armas al frente, y rodeada de un ancho jardín. En 1761, una rama de los Mendoza adquirió el tí­tulo de marqueses de Fontanar. También los Pecha tuvieron pro­piedades en su término. Y mu­chos otros.

Pero quien quizá marcó con mayor constancia el rumbo de la economía en esta villa a lo lar­go de los siglos fueron los mon­jes cartujos, los de Rascafría los del monasterio del Paular, en la Sierra central. Estos recibie­ron del rey Juan II, en propie­dad para su utilización perma­nente, grandes bienes en el tér­mino de Fontanar viñas, campos de pan llevar, todo lo producido por el río, molinos harineros y aceiteros, etc. Incluso los cartujos pusieron en el centro del pueblo una enorme mansión, que aún hoy se conserva con el nom­bre de «Casa‑Cartuja» y que muestra los severos y hermosos perfiles de las construcciones ru­rales de siglos pasados. Y esa permanencia de los monjes en el pueblo marcó con su sello la historia de Fontanar.

De unos y otros datos, todos ciertos y bien demostrados, he­mos podido obtener un escudo para Fontanar. Un conjunto de símbolos, en un orden preciso y con unos colores adecuados, que sirvan para identificar al pue­blo con sus historias. El deseo del Ayuntamiento ha sido eso y cree­mos que ha sido conseguido ple­namente.

La descripción del blasón de Fontanar, tal como ha quedado definitivamente estructurado, es la siguiente: escudo partido y con punta. En el campo capitán arriba y a la derecha, aparece una fuente de plata sobre fondo verde. La fuente es de tipo manadero o manantial, saliendo un gran chorro de agua de una pa­red de sillar y cayendo el líqui­do elemento sobre un pilón an­cho. La razón de esta fuente es la de tener el pueblo su origen tanto en el nombre como en el asentamiento, en las varias fuen­tes del lugar. Las relaciones to­pográficas que los ancianos del lugar enviaron a Felipe II en 1575 hablaban de cinco fuentes a tiro de ballesta desde la plaza Mayor. Es, por lo tanto, la ra­zón de ser, de nacer y crecer, de Fontanar.

En el segundo de los campos, arriba y a la izquierda, aparece el emblema de la Orden Cartuja, muy simplificado. Consiste en una cruz esbelta a la que es­coltan las letras C y R adosadas a dicha cruz. Puede ir este sím­bolo también sobre una bola del mundo. El color del emblema cartujano es negro y va puesto sobre un campo blanco, que pue­de hacerse de plata.

En la punta del escudo, como razón histórica más importante aparece el símbolo heráldico de Castilla: el castillo de oro, con tres torres, más alta la central y portalón y ventanas de color azul. Todo ello sobre un fondo o campo rojo, carmesí.

Este emblema, que el pueblo de Fontanar ha adoptado con total entusiasmo, ha sido ya re­producido en dos lugares, que le han puesto de manifiesto al pueblo. El día grande de la fies­ta fueron ambos escudos inau­gurados, correspondiéndome el inmerecido honor de descubrir el grande en piedra que preside la fachada del edificio del Ayun­tamiento. Uno de estos escudos, tallado en madera con primor extraordinario por el vecino de Fontanar señor Moro, preside el salón de actos de la Casa Con­sistorial. El otro, gigantesca mo­le de más de cien kilos de peso tallada en piedra con arte ex­celente, se muestra sobre la fa­chada del Concejo; fue tallado en tiempo record por el también hijo de Fontanar Juan de Dios Sánchez López. Ambas muestras de la heráldica han sido elogia­das unánimemente, y merecen ser admiradas.

En definitiva, un tanto muy importante que se ha apuntado Fontanar, y ojala que este gesto suyo, este tratar de recuperar, auténticamente, las propias raí­ces, cunda como ejemplo por otros pueblos de nuestra provin­cia, alentando otra vez, aunque sea en estas parcelas concretas un aire cultural que bien se ne­cesita. Recuperar los escudos los emblemas, la historia en defini­tiva  de todos y cada uno de nuestros pueblos, es una tarea que siempre tiene su recompen­sa, al menos en el corazón se­reno de las gentes de nuestros pueblos.