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mayo, 1984:

El escudo de Fontanar

 

Ha celebrado su día grande de fiesta, su San Matías anual y apiñado, el pueblo entero de Fontanar, lugar campiñero por excelencia, en el que se han vis­to caras alegres por muchos motivos, pero pienso que especial­mente por el agua que en abundancia caía, también ese día, desde el cielo a las cosechas. Fontanar fue una fiesta grande el pasado 14 de mayo, y hasta tuvieron inauguración de Ayun­tamiento, concursos culturales y baile. Sin olvidar la vaquilla.

En esta ocasión, Fontanar re­salta a la actualidad provincial por un hecho al parecer anodino trivial, pero que en el fondo lle­va una carga de esperanza, abre un camino y pone los pilares de lo que pudiera ser una nueva vía de desarrollo cultural para los pueblos de nuestra provin­cia. En Fontanar, al menos se ha dado un primer paso que con­sidero importante.

Puestos a inaugurar Ayunta­miento, construcción agradable y muy bien dispuesta en el en­torno de su castellanísima plaza Mayor (lo trazó el arquitecto Antonio González Mata con su ya acreditado buen hacer, los munícipes de Fontanar se en­contraron con que la villa no tenía, al menos que ellos supieran, un escudo de armas que la identificara y, en definitiva, actua­ra de blasón, de símbolo emblemático del pueblo. Y es que, efectivamente, no poseía ese elemento tan característico de los pueblos que, como él, poseen una larga historia de siglos.

La tarea que me encomenda­ron fue de lo más agradable y también espinoso que un histo­riador puede tener. Elaborar un escudo «ex‑novo» par a un lugar, siempre tiene sus apasionantes oportunidades, pero también una serie de peligros en los que es preciso andar cautos para no caer.

Fontanar tiene una historia limpia, larga, sencilla, como lo son y los han sido siempre sus gentes, pero bien acoplada a los avatares de España y de Casti­lla, en consonancia con la tie­rra en que asienta. Y no quiere renegar de ella, de su tierra y de su historia. Fontanar ha queri­do tener toda su dinámica secu­lar prendida en el símbolo con­creto de un escudo. Por ello re­vivimos en cuatro frases su his­toria y explicamos el motivo de por qué puede y debe tener es­cudo, sólo por eso, porque tiene historia propia.

Discurría por este lugar de la campiña la «vía romana» de Mérida a Zaragoza, y durante los siglos de dominación romana fue un lugar muy frecuentado, un punto donde los caminos, las vi­llas y las posadas tenían su asiento. También había, lógica­mente, ya por entonces múlti­ples fuentes, que le pusieron nombre fácilmente al lugar. Un nombre latino por excelencia.

Desde la reconquista de la co­marca a cargo de las tropas castellanas de Alfonso VI, hacia 1085, Fontanar se constituyó co­mo una aldea más del Común de Villa y Tierra de Guadalaja­ra. Reconocía en la ciudad amu­rallada y castillera, levantada sobre los barrancos que otean la campiña, su cabeza jurídica y administrativa. Y Fontanar se encontraba a gusto formando parte de aquella comunidad, en la que, a cambio de algunos di­neros para arreglar puentes y murallas, tenía la seguridad de una defensa, y los beneficios fiscales que a Guadalajara, prote­gida al máximo por los reyes, le cabían.

Fue en 1580 cuando Felipe II la concedió el titulo de Villa para tener desde entonces justicia propia, y llevar una vida más independiente que hasta entonces. Pero la querencia de los de Fontanar hacia Guada­lajara fue siempre tenaz, y en 1741 volvieron a pertenecer al Común de la ciudad, a los efec­tos fiscales y de aprovechamien­to de pastos, leñas, etc.

Uno de los datos más significativos de la historia de Fontanar es el hecho de no haber pertenecido, durante los largos siglos medios y modernos, a nadie en señorío. Frente a la común adscripción de muchos pueblos de nuestra tierra a los señoríos privarlos de grandes señores Fontanar se mantuvo siempre al margen de tal práctica y reco­noció siempre como único señor al rey de Castilla y de España.

En el pueblo y en su término residieron y tuvieron pertenen­cias, campos anchos y bienes de producción importantes, muchos de los magnates de Guadalaja­ra en el siglo XVI, cuando la ciudad del Henares era un em­porio de riqueza. Entre otros, los Mendoza también tuvieron cam­pos y molinos aquí en Fontanar. Incluso una de sus casonas, la de don Diego de Mendoza, aún se conserva hoy, con escudo de armas al frente, y rodeada de un ancho jardín. En 1761, una rama de los Mendoza adquirió el tí­tulo de marqueses de Fontanar. También los Pecha tuvieron pro­piedades en su término. Y mu­chos otros.

Pero quien quizá marcó con mayor constancia el rumbo de la economía en esta villa a lo lar­go de los siglos fueron los mon­jes cartujos, los de Rascafría los del monasterio del Paular, en la Sierra central. Estos recibie­ron del rey Juan II, en propie­dad para su utilización perma­nente, grandes bienes en el tér­mino de Fontanar viñas, campos de pan llevar, todo lo producido por el río, molinos harineros y aceiteros, etc. Incluso los cartujos pusieron en el centro del pueblo una enorme mansión, que aún hoy se conserva con el nom­bre de «Casa‑Cartuja» y que muestra los severos y hermosos perfiles de las construcciones ru­rales de siglos pasados. Y esa permanencia de los monjes en el pueblo marcó con su sello la historia de Fontanar.

De unos y otros datos, todos ciertos y bien demostrados, he­mos podido obtener un escudo para Fontanar. Un conjunto de símbolos, en un orden preciso y con unos colores adecuados, que sirvan para identificar al pue­blo con sus historias. El deseo del Ayuntamiento ha sido eso y cree­mos que ha sido conseguido ple­namente.

La descripción del blasón de Fontanar, tal como ha quedado definitivamente estructurado, es la siguiente: escudo partido y con punta. En el campo capitán arriba y a la derecha, aparece una fuente de plata sobre fondo verde. La fuente es de tipo manadero o manantial, saliendo un gran chorro de agua de una pa­red de sillar y cayendo el líqui­do elemento sobre un pilón an­cho. La razón de esta fuente es la de tener el pueblo su origen tanto en el nombre como en el asentamiento, en las varias fuen­tes del lugar. Las relaciones to­pográficas que los ancianos del lugar enviaron a Felipe II en 1575 hablaban de cinco fuentes a tiro de ballesta desde la plaza Mayor. Es, por lo tanto, la ra­zón de ser, de nacer y crecer, de Fontanar.

En el segundo de los campos, arriba y a la izquierda, aparece el emblema de la Orden Cartuja, muy simplificado. Consiste en una cruz esbelta a la que es­coltan las letras C y R adosadas a dicha cruz. Puede ir este sím­bolo también sobre una bola del mundo. El color del emblema cartujano es negro y va puesto sobre un campo blanco, que pue­de hacerse de plata.

En la punta del escudo, como razón histórica más importante aparece el símbolo heráldico de Castilla: el castillo de oro, con tres torres, más alta la central y portalón y ventanas de color azul. Todo ello sobre un fondo o campo rojo, carmesí.

Este emblema, que el pueblo de Fontanar ha adoptado con total entusiasmo, ha sido ya re­producido en dos lugares, que le han puesto de manifiesto al pueblo. El día grande de la fies­ta fueron ambos escudos inau­gurados, correspondiéndome el inmerecido honor de descubrir el grande en piedra que preside la fachada del edificio del Ayun­tamiento. Uno de estos escudos, tallado en madera con primor extraordinario por el vecino de Fontanar señor Moro, preside el salón de actos de la Casa Con­sistorial. El otro, gigantesca mo­le de más de cien kilos de peso tallada en piedra con arte ex­celente, se muestra sobre la fa­chada del Concejo; fue tallado en tiempo record por el también hijo de Fontanar Juan de Dios Sánchez López. Ambas muestras de la heráldica han sido elogia­das unánimemente, y merecen ser admiradas.

En definitiva, un tanto muy importante que se ha apuntado Fontanar, y ojala que este gesto suyo, este tratar de recuperar, auténticamente, las propias raí­ces, cunda como ejemplo por otros pueblos de nuestra provin­cia, alentando otra vez, aunque sea en estas parcelas concretas un aire cultural que bien se ne­cesita. Recuperar los escudos los emblemas, la historia en defini­tiva  de todos y cada uno de nuestros pueblos, es una tarea que siempre tiene su recompen­sa, al menos en el corazón se­reno de las gentes de nuestros pueblos.

El Folclore en Sigüenza

 

Al comenzar a hablar del folclore o costumbrismo de Sigüenza, es preciso dedicar cuatro líneas a San­ta Librada, prodigiosa y querida pa­trona de la ciudad. Hay numerosas leyendas en torno a ella, y en su figura confluyen tradiciones europeas antiquísimas, en las que forman los Cristos de Lucca, los Wilgeforte o Virgen barbuda crucificada, con la leyenda de los partos múltiples.

La más firme de las tradiciones dice que Librada nació, junto con ocho hermanas, en un solo parto de su madre: todas tienen representa­ción en el altar catedralicio del lado del Evangelio del crucero. Su padre Catelio, jerarca romano en la penín­sula ibérica, hacia el siglo I de nuestra Era, mandó ejecutarlas por haberse hecho cristianas. De Libra­da se dicen dos martirios: la cruci­fixión y la decapitación, que es el representado en la catedral segun­tina. Esta es la versión incluida en el «Leccionario» seguntino de don Rodrigo, obra de 1192 a 1221. Se cuenta que las reliquias de Santa Librada, que permanecen en un arca de plata en la parte alta de su retablo catedralicio, fueron traídas de Aquitania por el primer obispo don Bernardo. En aquella región france­sa también existe gran devoción por esta santa mujer, hasta el punto de existir un pueblecillo, en la región del Lot, denominado Sainte Libra­de. Es tenida por patrona de las mujeres gestantes y abogada de la esterilidad.

Las fiestas que celebran los se­guntinos a lo largo del año son numerosas. La fiesta mayor se organi­za en honor de San Roque, el día 16 de agosto. Durante algunos días antes y después de esa fecha, se ce­lebran los festejos habituales de una fiesta mayor de pueblo: desfile de carrozas con Reina y Damas‑ pre­gón oficial desde el balcón del Ayuntamiento; oficios religiosos y procesión del santo; fuegos artificiales‑ salida de peñas a la calle con su proverbial alegría; y alguna que otra corrida de toros, con un famo­so, veterano y ejemplar «encierro» de los astados por las calles de la ciudad. Últimamente, se remata la fiesta con una multitudinaria «co­mida de los huesos» en la que el Ayuntamiento pone pan, vino y carne.

A lo largo del año, Sigüenza ce­lebra muchas otras fiestas. A todas ellas les pone su contrapunto musi­cal y alegre la revitalizada «Ronda­lla seguntina», de recia tradición en la creación de coplas ingeniosas, alusivas a hechos de actualidad, y que van por las evocadoras calles y plazas, con sus negras capas y sus bandurrias, almireces y botellas de anís, dando serenata y cantando la ronda. Fue muy popular la fiesta en honor de San Antón, con tradición de siglos, en la cual una Hermandad repartía panotas de maíz rellenas de queso, y una rifa de un cerdo. Se celebra asimismo a San Juan, exis­tiendo la costumbre de poner arcos adornados por calles y barrios, mientras que las niñas del burgo pe­dían por las casas donativos para to­mar chocolate la tarde de ese día, saliendo por la noche la «Rondalla» a tocar las «sanjuaneras» a las mo­zas casaderas.

En honor del patrón de la ciudad, San Vicente, que se celebra el 22 de enero, hay también sonora bullanga. Es tradición que ese día fue el de la reconquista de la ciudad por el obispo D. Bernardo. Se hace novena y se cantan los «gozos» del Santo; también una procesión que acompaña el obispo y el ayunta­miento, sonando la castellana melo­día de la dulzaina y el tamboril. An­te la casa del Doncel, por la noche se enciende gran hoguera, y al día siguiente, el «San Vicentillo», se marcha en procesión a las eras del castillo, donde se celebra el «bibi­toque», repartiéndose vino, naran­jas y caramelos entre los asistentes.

También la Semana Santa es muy celebrada, con oficios religiosos y solemnes procesiones; y luego la Pascua se solemniza con la «procesión de la Torreznera» o del «en­cuentro». Los hermanos «armados» de la Cofradía de la Vera Cruz lle­van un «paso» hasta la plaza de las Clarisas, delante de cuyo edificio conventual se hace la tradicional «quema del Judas». Cada barrio suele colgar un monigote, hecho con viejos trapos y relleno de paja, y luego los queman todos, estallando los cohetes que suelen poner dentro.

La Pascua de Navidad también se celebra, especialmente con el recorrido de las calles por la Rondalla seguntina, que canta unos villancicos tradicionales, y otros alusivos a la actualidad, con una música pro­pia, muy característica. Finalmente, es muy vistosa y conocida la «procesión de los faroles», en el mes de agosto, en honor de la Virgen de la Mayor.

Es muy rica en especialidades, la gastronomía seguntina, y son varios los restaurantes y fondas que tienen acreditado su purismo y fama en punto a la preparación perfecta de unos y otros platos que forman el acervo gastronómico de la ciudad y su comarca. Como mera orienta­ción para el viajero, deben anotarse los platos hechos a base de cordero y cabritillo, los asados se realizan en barreños de barro, puestos al horno tan sólo con agua; al cabri­tillo se le echa algo de manteca; y, por encima de ambas, la salsa de Jadraque, hecha a base de «vinagre aromático», de misteriosa fórmula. Las «judías alcarreñas» preparadas con ajos, cebolla, chorizo y morro o pata de cerdo, con laurel y pimienta negra, son exquisitas, y en entra­das hay que mencionar también las «migas de Sigüenza» con huevos fritos, a las que saben dar un punto justo. «Codornices estofadas» y los «conejos de monte» son también merecedores de una atención. No olvidarse de las » truchas del río Dulce» con jamón o escabechadas, y de los cangrejos de los ríos serra­nos, que van rehogados en su pro­pio jugo y aderezados con ajo-perejil, más las «setas de otoño» especialmente las de cardo y los níscalos del pinar, sabrosísimos todos. En dulces, deben probarse las «yemas del Doncel», los «bizcochos borrachos» típicos de la Alcarria, y el «letuario de miel con nueces» para terminar cualquier comida.

Alfonso X El Sabio y Guadalajara

 

Se celebra este año el cente­nario del rey Alfonso X el Sa­bio, quien nacido en Toledo en 1221, murió en Sevilla en 1284. Se trata, indudablemente, de una de las figuras señeras de nues­tra historia, destacado especial­mente en el impulso que, de un modo personal y general, dio a la cultura hispana durante su reinado. Aparte de los hechos de armas, que repercutieron en el avance de la Reconquista y de los avatares políticos, reflejados especialmente en un avance ha­cia la idea de unidad y centra­lización administrativa, el perío­do de reinado de Alfonso X, com­prendido entre 1252 y 1284 se caracteriza por un aumento de la actividad cultural, transformándose la Corte castellana en un núcleo vivo de trabajo e inves­tigación, abierto al mundo oc­cidental, en contacto con las otras cortes europeas, mante­niendo artistas, investigadores y poetas de otros países, de otras razas y religiones. La «Escuela de Traductores de Toledo» será ese faro luminoso de cultura que expresa bien el significado de este monarca. Y su propia obra, admirable, como historiador, científico, poeta y músico, le po­ne a una altura que muy difí­cilmente alcanzó ningún otro monarca medieval castellano.

Guadalajara tuvo una presen­cia destacada en la vida del rey Alfonso. Como tierra de paso y cruce de civilizaciones que es la nuestra, mereció una atención destacada del monarca. Además, y siguiendo la tradición política desde el momento de su recon­quista en 1085 por Alfonso VI, Guadalajara era por entonces ciudad comunera y sólo reconocía el señorío directo del rey. Así, Alfonso X siempre trató de ayudarla y mejorar sus condiciones de vida, estimulando su comercio, creando vehículos pa­ra que este comercio fuera adelante y rebajando los impuestos de sus habitantes, de tal forma que al ser una ciudad «barata» se poblara más rápida y cumpli­damente.

En cierta ocasión, concreta­mente el año 1274, Alfonso X en­tregó el señorío de Guadalajara a su hija la infanta doña Beren­guela. Lo hacía por medio de una carta extendida el 4 de junio de dicho año. Esta señora lo era también de Pastrana, Hita y Ayllón. Vivió durante gran parte de su vida entre las murallas arria­censes, y aquí fundo un conven­to, muy dotado por ella, del que aún queda la iglesia conventual como testigo elocuente de aque­lla época, en estilo gótico‑mu­déjar de gran belleza: me estoy refiriendo a la iglesia de San­tiago, construida a fines del si­glo XIII para templo del con­vento de Santa Clara. La ciudad protestó entonces enérgicamen­te por haber sido entregada en señorío a persona distinta del monarca castellano, y éste, re­conociendo su error, extendió un privilegio rodado, fechado en Burgos, el 27 de mayo de 1277, prometiendo no apartar en ade­lante a la villa del señorío directo y personal del rey de Cas­tilla. Dice así Alfonso X: «Otorgámosles que nunca les demos otro sennor sino nos, o los otros Reyes que regnaran despues de nos en Castiella e en Leon.»

Una de las manifestaciones más claras de la ayuda que el «rey Sabio» prestó a Guadalaja­ra, es la concesión de sus dos fe­rias anuales, de las que carecía hasta ese momento. En la política general del rey, entraba esta medida de conceder ferias con importantes beneficios fiscales a quienes participaran en ellas, para estimular el comercio, el tránsito de mercancías, la comunicación entre las gentes del Reino y, en definitiva, hacer ele­varse el nivel de vida de los cas­tellanos. Guadalajara obtuvo de Alfonso la concesión de dos fe­rias anuales, amplias y con exen­ción del pago de impuestos para quienes en ellas participasen; la primera sería en primavera, duraría once días y se realizaría alrededor del domingo de la Quincuagésima. La segunda, que fue luego, andando los siglos, la más tradicional y aún mantenida, sería en el otoño, alrededor de San Lucas siete días antes y siete después de su festividad. La creación de estas ferias la hi­zo Alfonso X en 1260, y la basa en esta razón: «Porque avemos de fazer bien e merced, a todos los vesinos e moradores de la villa de Guadalhaiara por mu­chos servicios que hizieron a nos e a nuestro linaje.» A los que acudían a dichas ferias, tanto a comprar como a vender, les pro­tege con mercadurias mediante este privilegio, castigando a quienes les hicieran daño o per­juicio de un modo u otro, e in­cluso les exime del pago del im­puesto de portazgo en todo el Reino, a excepción de las ciuda­des de Toledo, Sevilla y Murcia, sus grandes protegidas. Esta con­cesión de ferias hizo aumentar decididamente la población y el comercio de Guadalajara, y bien podríamos considerar que el de­sarrollo medieval de nuestra ciu­dad está basado en esta ayuda del rey Alfonso X el Sabio.

Finalmente, y como exposición detallada y documental, paso previo para otros posibles estu­dios Y consideraciones, quiero hacer relación de los privilegios y concesiones que el rey Alfon­so X concedió a Guadalajara in­terviniendo así de una forma di­recta en la vida de la ciudad y, en todo caso, mejorándola y ha­ciéndola más grande y respeta­da. Valgan, pues, estas líneas finales como paso inicial en este «año alfonsino», en el que Guadalajara debería conmemorar tan señalado centenario, demos­trando cómo, una vez más, la importancia de nuestra ciudad se generó en el corazón de la tierra castellana.

Documentos alfonsíes para Guadalajara

1253 (16 enero, Sevilla): Con­cesión de una feria de quince días de duración para que se ce­lebre en Guadalajara durante la primavera, a contar desde la Pascua.

1260 (4 julio, Córdoba): Con­cesión de dos ferias, una más corta en la primavera; otra más larga, de quince días, en el oto­ño, para San Lucas (pergamino conservado en el Archivo Muni­cipal de Guadalajara).

1262 (18 Julio, Segovia): Con­cesión para que los vecinos de Guadalajara anden seguros con sus ganados, paños, ropas y cualesquiera mercancías, por todos los caminos del reino castellano (albalá conservado en el Archi­vo Municipal de Guadalajara).

1262 (25 agosto, Sevilla): Con cesión del «Fuero Real» a Guadalajara para que sirva de có­digo jurídico en adelante. Concesión también de exención de impuestos a los caballeros arriacenses, siempre que cumplan de­terminadas condiciones que los acrediten como «caballeros vi­llanos, prestos a acudir en de­fensa del rey siempre que lo ne­cesite. Exención de impuestos a todos los habitantes de la ciu­dad el año en que tengan que acudir «en hueste» a batalla al llamado del rey (privilegio roda­do conservado en el Archivo Mu­nicipal de Guadalajara).

1264 (27 abril): Decreto orde­nador sobre el pago de diezmos por los de Guadalajara.

1271 (3 enero, Guadalajara): Sentencia arbitral sobre un plei­to que mantuvo la ciudad de Guadalajara con el lugar Alba­tajar, de su tierra.

1273 (13 septiembre, Brihue­ga): Concesión de una exención en el pago de ciertos impuestos a los caballeros, escuderos y due­ñas de la ciudad.

1277 (27 mayo, Burgos): Privilegio para que la ciudad de Guadalajara nunca pueda ser apartada del señorío directo del rey (pergamino con sello de plo­mo conservado en el Archivo Municipal de Guadalajara).

1278 (14 febrero, Burgos): Concesión, en cuanto a liberta­des y franquezas, de privilegios a los miembros del Cabildo de Clérigos de Guadalajara, de modo que los equipara a los caballeros de la ciudad ordenándoles una serie de requisitos piadosos en memoria de la familia real (conservado en el Archivo Municipal de Guadalajara)