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mayo, 1983:

El humanismo mendocino en Guadalajara

 

Guadalajara fue corte de la familia Mendoza durante los siglos XIV al XVII. A lo largo de esos años, es­ta poderosa y numerosa familia, que asentó en la ciudad del Henares pro­cedente de la llanada alavesa, fue marcando una progresiva influencia en Guadalajara. Construyó diversos palacios, que culminan con el edifi­cio de sus «casas mayores» o pala­cio del Infantado obra de finales del siglo XV. Formó en su torno una corte de nobles e hidalgos que ocu­paron puestos en su Tribunal de Justicia, en sus Contadurías y otras instituciones administrativas pro­pias. Especialmente en el siglo XVI, surgió en su derredor un denso y lú­cido plantel de escritores, poetas, historiadores y pensadores que lo­graron para Guadalajara en aquellos días el título de la Atenas alcarreña. Y aunque los Mendoza no llegaron nunca a tener el señorío jurisdiccio­nal sobre Guadalajara, gracias a di­versos privilegios estuvieron tam­bién varios siglos poniendo alcaldes y regidores en su Concejo.

El impulso que los Mendoza die­ron a la cultura en Guadalajara fue sumamente importante. En este sen­tido, puede hablarse de un humanis­mo mendocino de corte muy pecu­liar, en el que la construcción cons­tante de palacios, iglesias, monaste­rios y obras públicas, se combina con el apoyo a fiestas literarias, y el mantenimiento mediante el sistema de mecenazgo de un nutrido grupo de intelectuales.

En cuanto a la construcción de edificios, el humanismo mendocino tendrá sus paladines en el cardenal don Pedro González de Mendoza, el primer conde de Tendilla don Iñigo López de Mendoza, el segundo du­que del Infantado don Iñigo López de Mendoza, y el primer marqués de Mondéjar, don Iñigo López de Men­doza. Ellos toman a su servicio a Lorenzo Vázquez, a Lorenzo de Tri­llo y otros arquitectos y artistas, que traerán sus conocimientos adquiri­dos en Italia, y construirán edificios mendocinos de acuerdo con las nor­mas ya imperantes en la península del Lacio. Se puede así considerar a los Mendoza como introductores de la arquitectura del Renacimiento en España. A sus expensas se constru­yeron el palacio del Infantado en Guadalajara, el convento de San Antonio en Mondéjar, el convento de Santa Ana, en Tendilla; el monaste­rio de Sopetrán en Hita y otros mu­chos notables edificios, hoy ya des­aparecidos.

El impulso que, con el primer marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, reciben las le­tras y el cultivo de la poesía en Guadalajara, es también muy rele­vante. A este personaje podemos adscribir los primeros destellos del Renacimiento literario en España. Él pone en sus palacios de Guadalajara una gran biblioteca, en la que añade obras raras de autores griegos y la­tinos, que hace copiar en ediciones propias especialmente miniadas con sus escudos. Estudioso de la anti­güedad clásica, toda su vida se col­ma de actitudes que tratan de imi­tar a los antiguos. Le siguen luego una pléyade de figuras, algunos formando parte de su propia corte alcarreña. Pero fue muy especialmente en la segunda mitad del siglo XVI, en la época en que don Iñigo López de Mendoza, cuarto duque del Infantado, tuvo el título máximo ostentado por los Mendoza, cuando Guadalajara ve crecer el número y calidad de su Academia. En el palacio viven y traban un buen número de intelectuales, que han pasado por méritos propios a la historia de la literatura española. Así Luís Gálvez de Montalvo, poeta y novelista, autor de la famosa obra «El pastor de Filida», en que con técnica de clave literaria retrata a la corte mendocina y sus persona­jes en esa época; don Francisco de Medina y de Mendoza, autor de unos «Anales de la ciudad de Guadalajara», que, hoy perdidos se con­sideran la primera fuente histórica de la que vivieron posteriores estu­diosos; Luís de Lucena, médico y arquitecto, recopilador de antigüe­dades romanas, pensador y escritor; Alvar Gómez de Castro, magnífico estilista latino, biógrafo príncipe del cardenal Cisneros, poeta también; el mismo duque don Iñigo, contagiado en ese ambiente de erudición y hu­manismo, se dio a escribir e inves­tigar, componiendo una obra titula­da «Memorial de cosas notables» que fue impresa en el propio palacio del Infantado por los alcalaínos Ro­bles y Cormellas.

Ese ambiente culto, de protección y fomento del estudio y la ciencia, de práctica continua de la poesía y la literatura, cuajará incluso en una de las facetas que hoy se muestran más curiosas al visitante de Guada­lajara: los techos pintados del pala­cio del Infantado. A partir de 1570, el quinto duque don Iñigo López de Mendoza, a imitación del rey Feli­pe II, quiere transformar su caserón arriacense en alcázar manierista. Una serie de reformas arquitectóni­cas, dirigidas por Acacio de Orejón, se complementarán con la decora­ción pictórica de varios salones de la planta baja, tarea encomendada poco después, hacia 1580, al artista florentino Rómulo Cincinato.

En dichas salas, se exponen muy variados temas de mitología e historia mendocina. Así, sus títulos son sala de Cronos, sala de las Batallas o de don Zuria, sala de Atalanta, es­calera del Olimpo, sala del Día y sala de Escipión el Africano. La se­cuencia de imágenes dentro de cada sala, y el engranaje iconológico y simbólico de todas entre sí, vienen a resaltar un mensaje humanista que los cortesanos del duque quieren manifestar como afirmación de la gloria antigua, la nobleza y el poder de la familia.

Rómulo Cincinato aplica en su pintura los m o dos manieristas aprendidos de Vasari y los florenti­nos del siglo XVI. En el salón de Batallas del palacio del Infantado, pinta en numerosos paneles del te­cho, al modo del gran salón del Cin­quecento de la Señoría de Florencia, los fastos mendocinos, desde su afirmación como familia poderosa en la batalla de Arrigorriaga, a las diver­sas acciones guerreras desplegadas en la reconquista de Granada. Todo ello adobado con imágenes del Ho­nor, la Gloria, la Fama, la Victoria militar y otras. Es en estas pinturas del palacio del Infantado donde se afirma y culmina el humanismo mendocino, que viene a poner en la clave de unas pinturas murales toda una teoría del poder y la fama, con­siderando como templo de ella al palacio, y como representación y justificación de su gloria, todas las imágenes e historias desplegadas. Con posterioridad al quinto duque, y ya desde comienzos del siglo XVII, los Mendoza trasladan su residencia y actividades hacia la Corte. El cen­tralismo de la Monarquía de los Austrias, contra el que ellos se re­sistieron durante toda la XVIª cen­turia, por fin les absorbe. Acabarán siendo cortesanos ellos mismos, y su gloria y resplandor se apagará len­tamente. Las pinturas del palacio del Infantado de Guadalajara, en de­finitiva, quedan como el último y más llamativo destello de un modo de vida peculiar: el de los Mendozas alcarreños.

Bibliografía:

HERRERA CASADO, A.: El arte del humanismo mendocino en la Guadalajara del siglo XVI, en Revis­ta «Wad‑al‑hayara» 8 (1981), pp. 345‑384, LAYNA SERRANO, F.: Historia de Guadalajara y sus Men­dozas, Madrid 1942, 4 tomos; NA­DER, H.: The Mendoza Family in the Spanish Renaissance, New Brun­swick, USA, 1979; HERRERA CA­SADO, A.: El palacio del Infantado en Guadalajara, Guadalajara, 1975.

Guadalajara: el capitel renacentista

 

El Renacimiento italiano hace su entrada en España de la mano de los Mendoza. Será esta poderosa fa­milia alcarreña, en la que destacan figuras de las artes, -como el pri­mer marqués de Santillana- de la política y la Iglesia, -como el gran cardenal Pedro González de Mendo­za- y de la diplomacia, como el gran Tendilla don Iñigo López de Mendoza, quienes hagan venir de Italia artistas e intelectuales que si­túen en esta tierra los primeros fru­tos visibles del renacimiento hispa­no. Ciudades y villas como Guadala­jara, Cogolludo, Mondéjar y Lupia­na verán, junto a Valladolid y Gra­nada, surgir esos albores, plenos ya de fuerza y belleza, del arte rena­centista.

Una de las facetas más personales de ese «protorrenacimiento» en Guadalajara han de ser los capiteles que aparecen en monumentos civiles y religiosos, y que vienen a recupe­rar el perdido aire clásico de la ar­quitectura antigua. Los primeros ar­quitectos y tallistas que trabajan en el estilo por esta tierra, pondrán en esos capiteles su más equilibrada firma. Son elementos inconfundibles, bien proporcionados, sencillos pero con los elementos todos del nuevo quehacer.

Así, será Lorenzo Vázquez quien inicie con sus edificios alcarreños la trayectoria del capitel renacentista. En el palacio de Cogolludo los pone en la portada y en los arcos del pa­tio mayor. Más recargados y todavía gotizantes en la primera, serán los capiteles del claustro los que defi­nen con justeza este nuevo modo de hacer. También este autor pone su vigoroso trazo personal en los capi­teles del patio principal del palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara, donde surgen los mis­mos esquemas de sencillez y elegan­cia. Y de él son también los que aparecen en las -hoy ruinas-pa­redes y fachada de la iglesia del mo­nasterio franciscano de San Anto­nio de Mondéjar, en las que alter­nan soluciones plásticas todavía tos­canas con elaboraciones clásicas de Vázquez. Son todos ellos monumen­tos señeros del arte provincial, diri­gidos por la misma mano inspirada, y obra de los últimos años del si­glo XV o primeros del XVI. Instante equilibrado en el que nace un nuevo arte.

Ese «capitel alcarreño», como se ha querido denominar, en esencia podríamos definirlo como un capitel con corona de prominentes hojas de roble, con su tambor cubierto por estrías perpendiculares, y el toro adornado con ovas y dardos.

Con rapidez se extiende el ele­mento por la arquitectura de Guadalajara del primer tercio del siglo XVI. Y así vemos cómo hace su aparición en ámbitos civiles, en los que la firma personal está ausente, y entra a jugar un papel destacado la «moda» del momento. Este tipo de capitel se encuentra en los sopor­tales de la plaza mayor de Guadala­jara: en el atrio renacentista de la iglesia de Santa María la Mayor, y aun en el patio renacentista del pa­lacio de los Dávalos, en la misma ciudad. De Guadalajara pasará al resto del estilo renacentista en Espa­ña.

A lo largo del siglo XVI, el capitel renacentista de corte nítidamen­te alcarreño evoluciona y adquiere una nueva dimensión, de riqueza y significado. La sencilla estructura geométrica y floral introducida por Lorenzo Vázquez, va a ser elabora­da y mejorada por otros autores, muy especialmente Alonso de Cova­rrubias. Este arquitecto y tallista, que ejerce un influjo gigantesco so­bre el arte renaciente de Toledo y su zona de influencia, dejará en la tierra de Guadalajara y Sigüenza al­gunas muestras exquisitas de su ins­piración. En ellas, como complemen­to al equilibrio sabio de su estructura arquitectónica, aparecen numero­sos capiteles que tras su silueta rica de imaginación y plena de equilibrio, llevan sin dudar la firma del genial artífice.

De Alonso de Covarrubias son la iglesia de la Piedad, en Guadalajara, construida por doña Brianda de Mendoza y Luna junto al palacio que años antes había construido su tío Antonio de Mendoza. También el claustro mayor del monasterio jerónimo de San Bartolomé de Lupia­na. Son obras de hacia 1535, y en ellas deja Covarrubias numerosas muestras de su vigoroso estilo. Ca­bezas de carneros, calaveras, angeli­llos en racimos, volutas complejas y valientes grutescos se entremezclan en una complejidad que nunca can­sa, y que revelan la maestría de su mano y lo inspirado de su genio. También tuvo participación este au­tor en varias obras de la catedral de Sigüenza, y así pone capiteles, por él diseñados, en la Sacristía nueva o «de las Cabezas» y en el «altar de Santa Librada». La variedad de mo­tivos que despliega en frisos, enju­tas o zapatas, queda también refle­jada en sus personalísimos capiteles.

De seguidores de Covarrubias, gentes formadas en el ambiente artístico toledano y alcarreño de la primera mitad del siglo XVI, son otros muchos capiteles que adornan señalados edificios del renacimiento en Guadalajara. En este círculo re­saltan los capiteles de la iglesia de El Cubillo de Uceda, tantos los del interior como los de la fachada: en ellos se repiten motivos concretos aparecidos antes en Lupiana. Pedro de la Riba es un equilibrado cons­tructor de iglesias en la Alcarria, que hacia 1540 se encarga de levan­tar los templos parroquiales de Lo­ranca y Galápagos. En las fachadas de ambos, y especialmente en el atrio del segundo, coloca unos capiteles muy sencillos, con ciertos tra­zos manieristas, de personalidad acusada. Otros seguidores de Covarrubias, como Pedro de Bocerráiz (a destacar la iglesia de El Olivar como obra suya) y Acacio de Orejón (que se responsabiliza de la iglesia de Los Remedios en Guadalajara) ponen también en sus obras capiteles que están en la línea iniciada por el gran maestro, aunque paulatinamente van adquiriendo la sobriedad y sencillez de líneas que el posrenacimiento trentino introduce a todos los niveles.

De todos modos, la evolución del capitel renacentista en el arte de la provincia de Guadalajara, es una pista valiosa y que merece la pena observar. Aquí hemos visto los tipos más destacados y sus autores más relevantes. Pero, obviamente, en tan breve nómina no acaba el aspecto amplio y rico de esta parcela del ar­te alcarreño, que el lector debe au­mentar y corregir con su búsqueda personal.

Llegar a Milmarcos

 

Llegar a Milmarcos y buscar el arte de pasados siglos es tarea que realizan muchos viajeros, y aun otros muchos debieran rea­lizarla. Sus propios habitantes saben apreciar ese legado impor­tantísimo de su historia, y por eso es Milmarcos una de las vi­llas del Señorío molinés que con mayor cuidado y buen animo conservan su patrimonio históri­co‑artístico, y aun buscan for­mas para mejor mantenerlo y usarlo.

La iglesia parroquial de San Juan, sabido es de todos, presen­ta una arquitectura de estilo re­nacentista realmente magnífica de gran arte. Sus dimensiones y estructura la hacen similar a una catedral en pequeño. Su portada es un gran ejemplo de arte del siglo XVI en sus finales, y todas sus piedras, bien talladas y asentadas, completan un con­junto perfecto de arquitectura del Renacimiento hispano de la época de Felipe II.

En su interior hay gran canti­dad de obras de arte para admi­rar, conservar y aprender de ellas. Son varios los retablos, con esculturas y pinturas; el órgano extraordinario del coro; la pila bautismal románica; las cerrajas de hierro labrado, etc. Pero de todo el conjunto destaca el gran retablo mayor, obra bellísima del Renacimiento que se conserva en muy buen estado, y que me­rece ser más conocido, y divulga­do, entre los ambientes cultura­les del Señorío y de la provincia.

Se forma este retablo, que mi­de 9 metros de alto por 8 de an­cho, de tres calles en vertical, y un banco un piso y un ático en horizontal. Se mantienen su es­tructura a base de columnas co­rintias de fustes decorados en su tercio inferior y entorchados a arpón los dos restantes. Arqui­trabe, frisos y cornisas con fron­tón curvo partido rematan el conjunto principal. Se trata de un «retablo ‑ fachada», y su iconografía muestra, en el banco, dos escenas de la vida de San Juan: la «Degollación del Bau­tista» y el «Bautismo de Jesús». En los plintos del banco se mues­tran buenas tallas de cuerpo en­tero, de algunos santos: San Vi­cente, San Lorenzo, San Francis­co y San Antonio. En el Sagrario central, hay dos escenas talladas que representan a David tocan­do la lira ante el Tabernáculo, y el sueño de Jacob. Las estatuas del retablo propiamente dicho son las de San Juan Bautista, en el centro, de magnífica calidad artística, y otras cuatro de los Evangelistas. El ático alberga un calvario, con Santa Lucia y San­ta Apolonia a los lados, y a los extremos San Pedro y San Pa­blo. También son interesantes las credencias laterales que des­cansan sobre grandes ménsulas. Se ven en ellas escenas represen­tando a dos virtudes (la Justicia y la Fortaleza) en posición hori­zontal, y sobre dichos cuerpos las representaciones de San José y San Miguel. Se trata, en defi­nitiva, de un grandioso conjun­to de arquitectura y escultura, joya de la parroquia de Milmar­cos.

En cuanto a los autores de es­te retablo, sabemos que en 1636 o poco antes fue encargado de componerlo el escultor Juan Ar­nal vecino de Medinaceli (So­ria), y lo empezó, pero pronto cedió la obra al escultor Francis­co del Condado, vecino de la ciu­dad de Calatayud (Zaragoza), que fue quien realmente lo cons­truyó y esculpió todas sus tallas. Finalmente, el ensamblador Pe­dro Virto, ayudado de Antonio Bastida, ambos también de Ca­latayud, terminaron de ajustar piezas y de colocar el retablo en su sitio. En 1640 estaba concluida la obra y puesta tal como hoy todavía, 340 años después, la contemplamos con admiración.

Distribuidos por el pueblo de Milmarcos existen otros diver­sos monumentos que el viajero no debe dejar de admirar. La er­mita de la Muela y la del Cristo; el teatro Zorrilla, las diversas ca­sonas, como la de los López Oli­vas, López Guerreros, Angulos, la Inquisición o sobre todas la de los García Herreros.

Sobre él muro severo del viejo ayuntamiento que ya ha cumpli­do su tercer siglo de existencia, se ve y se admira el antiguo es­cudo de armas de la villa, que tallado en pálida piedra caliza explica en breve frase –una buena imagen vale más que mil palabras– quien fue el monarca (Carlos II) que con su munifi­cencia ayudó a la construcción del comunal edificio, y cuál el año (1679) en que creció a la luz la «Casa del Ayuntamiento de la Villa de Milmarcos».

Para ocasión tan solemne y única en la historia, se pidió a la Corte un escudo municipal, un símbolo con que representar los afanes comunes del pueblo mil­marqueño. Quizás a instancias de algún letrado, de algún cura, bachiller o licenciado de ya naciente y barroco espíritu ilustrado, o puede ser que surgido del práctico y experimentado discu­rrir de algún «rey de armas» de la corte madrileña, nació el es­cudo de la villa, en fruto sazona­do de cavilaciones y lógicas de­ducciones. No es éste, pues, un escudo de armas consagrado por antiquísima costumbre, teniendo en cuenta especialmente que Milmarcos fue durante la Edad Media aldea del Común de Cala­tayud, primero, y luego del de Villa y Tierra de Molina, por lo que su escudo sería en esas oca­siones el de su villa y cabeza. Pe­ro en esta ocasión del siglo XVII se decide dar a la villa, con jus­ticia y autoridades propias, su emblema definitivo y propio. Es éste.

En el cuartel central se ven un castillo de tres torres (sombrea­do en lontananza, eco de si mis­mo) con gran portón y múltiples ventanas, a cuyos muros llega un rapante león. En la bordura lu­cen dos letras mayúsculas, «M» y «C», y diez elementos semejan­tes que pueden identificarse co­mo grandes recipientes o jarro­nes. Se cubre el escudo de corona real muy esquemática, y apoya el conjunto en profuso lambre­quín barroco de ajado pergamino y pieles.

¿Cuál es el significado de todo ello? ¿Qué viene a decir -resu­men y símbolo de un pueblo- este escudo del Ayuntamiento de Milmarcos? Basándonos en la interpretación popular y tradi­cional de su nombre (otro día veremos que no es exacta, y que conviene meditar aún mas en las raíces históricas del mismo) que dice venirle porque alguien lo compró en mil marcos de oro («suma desigual» en el decir de Sánchez Portocarrero), puede colegirse que su razón central (castillo y león) le viene de esos dos reinos que fundamentaron la corona de los Austrias españoles: Castilla‑León, núcleo central de las Españas, a las que Mil­marcos pertenece desde siglos ha. Y en derredor, las letras: M y C, iniciales de dos de las sílabas del nombre de la villa, y lue­go diez «medidas», que pueden simbolizar y resumir los «mil marcos» anecdóticos, pues no otra cosa sino una medida de oro y una base de cálculo en moneda era el «marco» en esos años. Un castillo y un león, rodeados de diez marcos y ayudados en su re­buscada representación por las letras claves del nombre del pue­blo.

No es ésta, ni mucho menos una interpretación definitiva del escudo de la villa de Milmarcos. A falta de otra ésta puede ser buena. La correcta la dará siem­pre el documento escrito y con­temporáneo. Pero a falta, por el momento, de tal hallazgo, se puede tomar este significado como bueno, y andar con él por casa, que pera ello se basta.