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marzo, 1983:

San Vicente de Sigüenza, una visión del románico

 

En el contexto, tan amplio y variado, del estilo románico de Guadalajara, hemos llegado a distinguir tres zonas netas de influencia, diríamos que tres su­bestilos dentro del mismo: el románico de Sierra Pela, el de Si­güenza y el de Molina. En cada uno de ellos puede clasificarse posteriormente el resto de las construcciones románicas exis­tentes en la provincia.

Dentro del románico segunti­no, surgido al calor y la potencia económica y social de los obis­pos, destacan diversos edificios que pueden considerarse los ejes de ese estilo románico‑seguntino tan peculiar. Don Bernardo de Agen, en 1124 conquista la ciu­dad del alto Henares, de larga tradición ibérica y latina, (ha­bía sido la Segontia de arévacos y romanos) y en ella inicia in­mediatamente la construcción de una iglesia catedral que sea la sede de un gobierno religioso-­civil que inmediatamente im­pondrá a los numerosos pobladores que al calor de una «carta repoblacional» acudirán al nue­vo burgo.

El estilo de vida aquitano que tras don Bernardo y sus cuatro inmediatos seguidores, france­ses como él, llegan a reflejarse nítidamente en variadas áreas de la vida: una de ellas la construcción del templo mayor dedicado a Santa María. Netamente románica, la catedral seguntina refle­ja en planta y alzados, en deta­lles y estructura, el estilo románico francés. Y de ese edificio, ya iniciado en su construcción mediado el siglo XII, copiarán los tracistas el diseño en otras iglesias parroquiales que han de ir surgiendo por la parte alta, la parte vieja, de la ciudad.

El obispo don Cerebruno, ha­cia 1260, ordena la erección de dos parroquias nuevas, las de Santiago y San Vicente: una en honor del santo más apetecido de los franceses en ese momen­to. Otra para recordar y venerar al patrón de la ciudad. Ambas se construyen con celeridad, en po­cos años. Y lo hacen, de manera muy parecida, los mismos constructores de la catedral. Con idénticas y aportando similares soluciones estéticas.

La iglesia románica de San Vi­cente, en Sigüenza, sobre la que hoy nos detendremos con espe­cial atención, está recibiendo en la actualidad un tratamiento de restauración integral que nos la ha devuelto a su primitivo esta­do y estructura. La iniciativa y entusiasmo desplegado por su párroco para conseguir esta restauración, le ha llevado a con­seguir diversas ayudas oficiales, siempre insuficientes, y que de­berán ser mantenidas o aumen­tadas con objeto de llevar a buen fin el que se ha propuesto: con­seguir restaurar totalmente San Vicente, devolver a la ciudad de Sigüenza una iglesia románica perfectamente conservada, con la estructura original de cuando fue construida. La diferencia en­tre haber visto San Vicente hace cuatro años y verla ahora, es to­tal. Y lo será aun más cuando esa restauración, que como digo merece todos los apoyos, se consume.

Gracias a lo ya realizado, pode­mos interpretar de forma total este edificio religioso. Vemos que su estructura se parece todavía más que antes a la de Santiago, hermanas «gemelas» en época y estilo. San Vicente se abre en su portada a la «trabesaña alta» de Sigüenza, estrecha y alargada callejuela que junto con su para­lela la «trabesaña baja» atraían el movimiento comercial de la Sigüenza primitiva. Sobre el pa­ramento de fachada, y bajo un gran arco de piedra, se abre la portada, netamente románica, con estructura a base de arco se­micircular, subdividido en varias arquivoltas que van a su vez cargadas de decoración geométrica y vegetal. Vemos tres grandes arquivoltas, que llevan (de fuera adentro) rosáceas amplias, ho­jas dobladas simétricamente y un fino taqueado. Por fuera, se arropa con cinta de estrellas y picos. Todo ello carga sobre fina imposta lisa, que a su vez des­cansa sobre una fila de tres ca­piteles a cada lado, capiteles de sencilla decoración vegetal, y so­bre columnas.

Traspasado el portón, el visi­tante se encuentra con un recin­to de mágico ambiente. Una na­ve única protagoniza la tensión arquitectónica. La luz que pene­tra por la cabecera entrechoca con los muros, y da al ámbito una irreal opacidad, una especie de muro continuo del que poco a poco se va saliendo tras perma­necer un rato en su contempla­ción. Aunque aún falta la eli­minación de algunos elementos (techo falso de escayola y ador­nos barrocos, y pilares falsos la­terales) puede hablarse en tonos generales del edificio. La nave única se escolta de haces de pi­lastras delgadas, que acaban en pequeños capiteles vegetales si­milares a los de la portada. De ellos surgen fuertes arcos torales que sujetan la techumbre. Lo más imponente es el presbiterio, el ámbito sagrado por excelencia. Su planta es muy irregular, tra­pezoidal. Quizás se hizo así para aprovechar las condiciones del terreno. Ello le hace, indudablemente, perder en equilibrio y grandiosidad, pero le aporta al templo un aire distinto, de mu­cha personalidad.

El presbiterio de San Vicente es más elevado que la nave. Se penetra a él por arco triunfal escoltado de columnas adosadas y rematadas en capiteles vegeta­les. Posteriormente al arco, el recinto se ensancha. Se constituye por haces de tres pilares muy delgados adosados en cada esqui­na, rematados en capiteles, que a su vez sujetan una cúpula de crucería muy simple. En la pa­red del fondo, el hastial mayor, en el que no hay ningún tipo de ábside, se abren tres vanos. El central es más amplio y en él se ha incluido hoy el altar. Se bor­dea de un baquetón sencillo. A los lados, sendos arquillos per­miten el ingreso a otras depen­dencias posteriores. En su ini­cio, esos arquillos laterales hi­cieron el oficio de pequeñísimos ábsides, como reservorio del sa­grario, capilla mínima, etc. Es curioso que esta iglesia de San Vicente reproduzca, de forma tan original, la planta típica del templo medieval románico. Es como un resumen de lo catedra­licio que más abajo, a media la­dera de la ciudad, se está cons­truyendo. Nave única, y emergiendo del muro final tres pequeños ábsides, que no llegan a reflejarse en la planta. Son casi solamente hornacinas. Pero la cabecera del templo tiene las mismas funciones de las grandes catedrales: alberga el altar, las reliquias y sagrario. Es, de todos modos, el punto máximo del rito.

Al mismo tiempo de la recu­peración de estructura tan ori­ginal el párroco de San Vicente está remodelando y ornamen­tando su templo con algunos de­talles de la época. El Cristo gó­tico de San Vicente permanece presidiendo el muro principal. Obra magnífica de la estatuaria medieval. Sobre los muros del presbiterio se abren dos roseto­nes y un ventanal de arco semi­circular. En definitiva, la visi­ta de esta iglesia, para cuantos no la hayan realizado desde ha­ce años, constituirá de seguro una sorpresa agradable, tanto más importante por cuanto vie­ne a ser la recuperación, y al mismo tiempo el hallazgo, de una obra muy interesante de nuestro románico que estaba in­suficientemente estudiada.

Desde aquí, desde nuestra vo­luntad de divulgar en lo posible la riqueza artística y monumen­tal de nuestra tierra, recomen­damos muy vivamente la visita a San Vicente de Sigüenza, y ani­mamos a su párroco a continuar en su tarea, ardua y perseveran­te, de restauración y embellecimiento. La provincia entera se lo agradecerá.

La Puerta: un paraíso en la Alcarria

 

En el fondo del profundo valle que forma el arroyo de la Solana, que baja desde las sierras de su nombre, y de Umbría Negra, hacia el ancho Tajo, asienta el caserío de La Puerta, mínimo enclave, aun más empequeñecido ante lo soberbio del paisaje, en el que altas rocas y man­chas espesas de pinar y carrascales forman un conjunto de gran belleza. Un enorme murallón de rocas empi­nadas que surge, como portón o em­palizada, en este valle, dio en lo antiguo nombre a este pueblo. Para cuantos gusten de admirar soberbios aspectos de la naturaleza, solo la visión de La Puerta colmará sus de­seos.

De su historia podemos decir, brevemente, que tras la reconquista de la zona en 1177, cuando Alfonso VIII conquistó la ciudad de Cuenca, el caserío de La Puerta quedó seña­lado en los límites occidentales del territorio asignado al Común de Vi­lla y Tierra de Cuenca: dicho límite lo formaban los lugares de Mantiel, Cereceda, La Puerta, Viana, Escami­lla, Peralveche y Arbeteta, todos en la actual provincial de Guadalajara.

Siempre incluida en la jurisdic­ción conquense, y gobernada por su Fuero, figura en el siglo XV como parte del señorío feudal de don Pe­ro Núñez de Prado, noble alcarreño a quien se lo arrebató mediante cier­ta componenda con visos de legali­dad el arzobispo don Alfonso Carrillo, primado toledano y alborotador político en el reinado de Enrique IV. Este purpurado se lo donó a su so­brino don Lope Vázquez de Acuña, y su hijo, don Lope de Acuña, ter­minó vendiéndoselo en 1485 a Iñi­go López de Mendoza, primer Con­de de Tendilla, en cuyos sucesores, luego marqueses de Mondéjar, permaneció hasta el siglo XIX.

Del antiguo castillo o torre vigía que para guardar esta parte del valle pusieron sus señores en la Edad Media, no queda resto alguno. Es de sumo interés la iglesia parroquial, obra del siglo XII, a poco de ser re­conquistada la zona. Es de una sola nave, rematada a levante por ábside semicircular con medias columnas adosadas, y alero sujeto por caneci­llos y modillones, algunos con representaciones antropomórficas y foliáceas. En el centro de este ábsi­de aparece una ventanilla aspillera­da cuyo arquillo descansa en robus­tas columnas de capitel decorado con hojas de acanto. La puerta de ingreso se abre en el muro sur, y hoy se oculta bajo atrio o portal ce­rrado que le priva de su normal y bella perspectiva. Consta el ingreso de cinco arquivoltas semicirculares, en tres de las cuales se ven baque­tones rotos o zigzagueantes, con de­coración muy típica del románico castellano; en la más exterior aparecen cabezas de clavo o flores cuadrifolias Estas arquivoltas apoyan en sendas columnas adosadas, rematadas en capiteles de vegetación fo­liácea. En el interior se reproduce la planta semicircular del ábside; se presenta un gran arco triunfal de ocultos capiteles, y se ven restos ín­fimos de antiguo artesonado mudé­jar. Todo el templo sufrió reformas en el siglo XVI, pero aún así muestra ser una de las buenas iglesias del románico rural alcarreño.

En la iglesia parroquial de La Puerta, se conserva una de las joyas de la orfebrería provincial. Se trata de la cruz procesional, obra perso­nal de Francisco Becerril, realizada en 1545. Está construida en plata repujada, y mide 97 cms. de altura y 47 cms. de envergadura. Toda su superficie aparece cuajada de figu­rillas g grutescos, detalles ornamen­tales y roleos que la confieren el aspecto denso y espectacular de las más características obras de la orfebrería hispana del Renacimiento. En su anverso presenta, al centro, una impresionante talla en plata de Cris­to crucificado, y en el reverso se corresponde con un gran medallón en el que figura el arcángel San Miguel acuchillando al Demonio. En los ex­tremos de la cruz figuran diversas figuras, todas ellas en escorzos va­lientes y bien resueltos: arriba Se ve al pelícano simbólico alimentando a sus crías, y en los extremos apare­cen las santas mujeres, y los cuatro evangelistas, con sus atributos. En la macolla, dividida en dos pisos, aparecen los doce apóstoles cobija­dos bajo foseles sostenidos por co­lumnas y cariátides. Decenas de car­telas, grutescos, trofeos y arreos militares se engarzan con roleos sin fin. Es la suma total del buen hacer orfebre. Distribuidas por la cruz, se ven las marcas y punzones del artista y de su ciudad: el cáliz conquense y una F montada sobre un becerro.

Francisco Becerril es la figura más relevante de una familia dedicada al arte de la platería. Nacidos y residentes en Cuenca, trabaja du­rante el siglo XVI junto a su her­mano Alonso, y luego junto a su hijo Cristóbal. Los tres forman un taller de gran crédito, del que salie­ron obras comunes de extraordina­ria factura, con aportaciones de for­mas muy originales a la orfebrería española. Francisco Becerril fue ac­tivo entre 1528 y 1572. Obra suya personal conocemos, además de la cruz de La Puerta, la custodia de Villaescusa de Haro (hoy en la ca­tedral de Cuenca) y las coronas de la Virgen del Sagrario y su Niño, con esmaltes y piedras preciosas. Eran suyas la impresionante custo­dia de la catedral de Cuenca y el portapaz de los caballeros santia­guistas de Uclés, desaparecidos en guerras. Del taller común salieron las espléndidas custodias de La Ventosa y Buendía (Cuenca) y como obra personal de Cristóbal puede destacarse la custodia de la iglesia ­de San Juan, en Alarcón (Cuenca).

El recorrido por La Puerta debe completarse admirando los interesantes ejemplos de rejas populares, y por el término, si el viajero tiene tiempo suficiente, y junto a la ori­lla izquierda del río Tajo, debe ver­se la antigua y bella ermita de Nuestra Señora de Montealejo, a la que se tiene gran devoción en la comarca, y en la que se celebran todos los años alegres romerías. Es, en defi­nitiva, un rincón más, interesante como pocos, de nuestra inacabable provincia de Guadalajara.

El alto valle del Cañamares

 

Una de las comarcas más recón­ditas, encantadoras y poco conoci­das de nuestra provincia es el alto valle del río Cañamares, que nace escuálido y humilde en las secas pa­rameras de la Sierra Pela, en el lí­mite con la provincia de Soria, en tierras cidianas de cantos y nieves. Discurre el arroyo, en temporadas seco, por barrancas y campos de cereal, entre huertecillos y choperas.

Las distancias se reducen en el ho­rizonte y parecen las voces sonar con eco íntimo, en un paisaje dulce, humano, de cordiales dimensiones.

El viajero que quiera conocer esta provincia de Guadalajara con la po­livalente fuerza de saber de monu­mentos únicos y de mínimas presen­cias ha de subir a este alto valle del Cañamares. Y allí recorrer -se pue­de hacer en una sola jornada- las callejas y rincones de Miedes, Higes, Ujados y Cañamares. Son cuatro en­claves de palpitante encanto, cada uno con su peculiaridad monumen­tal, con su detalle especial de es­tructura urbanística, con su escudo, fiesta o su perspectiva particular. Recordaremos ahora uno por uno los entornos, estos mínimos pue­blos de Guadalajara.

Miedes se encuentra en uno de los naturales pasos entre la meseta inferior de Castilla la Nueva y la su­perior de la Vieja, al pie de los mu­rallones pétreos de Sierra Pela, por donde asciende la carretera, entre bellos paisajes y altísimos cortados, hacia Soria.

Es precisamente de su ancha vega pueblerina que nace el río Cañamares. Ya existía Miedes en siglos muy remotos, y en la época árabe, tam­bién, pues el «Cantar de Mío Cid» la nombra y dice cómo Rodrigo Díaz de Vivar pasó a Castilla la baja por el angosto camino que guarda Miedes.

Tras la reconquista de la zona por Alfonso VI, este pueblo quedó incluido en la jurisdicción del Co­mún de Atienza, pasando en el siglo XIV al Señorío del magnate castellano Iñigo López de Orozco, de quien heredó su hija María López, en 1375.

Un siglo adelante aparece como señor de Miedes don Iñigo López de la Cerda y Mendoza, hermano del primer duque de Medinaceli, quedando ya en el Señorío de esta pre­potente casa.

Estando en posesión de doña Ana de la Cerda, casó esta señora con don Diego Hurtado de Mendoza, a quien los Reyes Católicos dieron, entre otros, los títulos de príncipe de Mélito, duque de Francavilla, marqués de Argecilla y conde de Miedes. En este condado de Miedes se incluyeron desde un principio la propia villa de Miedes y los lugares de Ujados, Hijes, Somolinos, Torrubia, Albendiego, Campisábalos y ambos Condemios.

Todos esos títulos y lugares pasaron a la hija de estos señores, doña Ana de Mendoza y de la Cerda, que, al casar con don Gómez de la Silva, tomó el título, con el que es más conocida, de princesa de Éboli, y luego ambos obtuvieron el de duques de Pastrana, en cuyo esta­do, y luego en el del Infantado, si­guió Miedes y su entorno hasta el siglo XIX, en qué por su población e importancia fue catalogada como cabeza de partido judicial, cediendo más adelante tal prerrogativa en be­neficio de Atienza. La población de Miedes durante los siglos VI al XIX fue numerosa y contó con gentes de la nobleza y algunos letrados. Un cura de la villa, en el siglo XVII, llamado Francisco Somolinos, fundó una cátedra de Gramática para los jóvenes del pueblo, siendo su pri­mer profesor don Jerónimo de Có­zar.

Cuenta Miedes con un caserío amplio y bien distribuido. Buenos ejemplares de casas, de arquitectura po­pular, y otros que son verdaderos palacios, de sillería, del siglo XVIII, con escudos nobiliarios sobre las portadas. Así, la de los Beladíez Truxillo, en la Plaza Mayor; la de Juan Recacha, cerca de la iglesia, y otra con gran escudo de la Inqui­sición. La iglesia parroquial presen­ta algunos restos, en su estructura interna y en detalles del exterior, de época románica, como por ejemplo el gran arco sobre el presbiterio y el correspondiente ábside. Lo demás es moderno, del siglo XVIII. De esta época es la talla del llamado «Cris­to del Miserere» y un altar con pin­turas fundado por Juan Recacha. En el suelo del presbiterio está el en­terramiento, cubierto por tallada lá­pida y escudo nobiliario de algunos miembros de la familia Beladíez Truxillo. Guarda esta iglesia también una grande y estimable obra de or­febrería, que es una lámpara votiva.

Al sur del pueblo, sobre una pe­queña colina, se alzan los restos mí­nimos de un antiguo castillete, que ya sirvió de fortificación a moros y cristianos. Hoy está convertido en palomar, pero es buen ejemplo de torre vigía en lugar de paso y cami­nar frecuente.

Higes se encuentra al pie de la Sierra Pela, bajo el airoso cerro de «La Muela» en la orilla derecha y elevada del río Cañamares. Asienta el caserío sobre firme pedestal rocoso, que sirve de sustentación de muchos de sus edificios.

Perteneció, tras la reconquista, al Común de Atienza, y siguió en todo las vicisitudes históricas del Señorío de Miedes.

Aparte del curioso aspecto urba­nístico de su caserío, destaca el edi­ficio de la iglesia parroquial, dedicada a la Natividad de la Virgen. Su estructura y ornamentación pertene­cen totalmente al período románi­co, pudiendo señalar su época de construcción entre los siglos XII y XIII. Lo más interesante es la enor­me espadaña, orientada a poniente, con tres vanos muy sencillos, y un pequeño capitel por remate. Su in­greso es al sur, bajo breve pórtico renacentista.

Lleva esta portada huellas del ro­mánico y arreglos del siglo XVI. Sus cuatro archivoltas presentan deco­ración de entrelazo, rosetones, estrellas floreadas y roleos. Las jambas se decoran también con entrelazo y en cada lado aparece un capitel ro­mánico, en uno de ellos motivo geométrico, y en el otro, cuatro guerre­ros medievales.

En el interior del templo se ven buenas piezas de retablos, escultu­ras y cuadros. «La Morenita» mere­ce especial relieve. Se trata de una talla románica de la Virgen, de proporciones grandes.

Para los que buscan espacios de interés paisajístico, es recomendable hablar de los vallejos del Reguero y de San Bernabé, así como el lugar de «el Placedero», por donde el agua surge de la roca en varios puntos, formando luego un arroyo.

Ujados aparece a continuación, siguiendo el curso descendente del Cañamares Las mismas vicisitudes históricas que Miedes e Higes pueden contarse de este caserío mínimo. Se constituye de un breve con­junto de casas, todas ellas de muy peculiar estilo rural, construidas en piedras y pizarra, destacando su iglesia parroquial, humilde edificio de estilo románico, en el que des­taca la espadaña de tosca hechura y silueta triangular, y el ábside cua­drado, con portada, simplísima, ado­velada. En su interior se conserva una buena pila, también románica.

De Ujados no debe el viajero de­jar de ver las diversas cavernas que se suceden talladas en la roca are­nisca a lo largo del vallejo de Paja­res, compuestas de salones y pasa­dizos, muy bien conservadas y de oscuro origen. Parecen tratarse de lugares rituales de las vecinas po­blaciones arévacas de Termancia, o quizás relacionadas con el poblado que existió en el cerro de «La Mue­la» sobre Higes.

Pueden visitarse algunas de ellas, en especial las llamadas «Del tío Gorillo, «De la Puentecilla», Peña Gorda», Mingolario» y «La Sepultura».

Cañamares, finalmente, en la misma orilla del río, que bajo anti­guo y sonriente puente corta en dos al pueblo. Perteneció desde la reconquista, allá por el siglo XI, al Común de Villa y Tierra de Atien­za, estando siempre bajo su Fuero y jurisdicción.

Destaca del caserío la silueta sor­presiva de su puente antiguo, que puede considerarse como uno de los escasos restos de este tipo de cons­trucciones que de tal época quedan en la provincia. El conjunto del pue­blo está formado por constricciones de arquitectura popular rural del grupo de la tierra atencina, muchas de ellas en magníficas condiciones y fiel exponente de un modo de hacer tradicional. La iglesia parroquial es un antiguo edificio del siglo XIII, con espadaña y otros detalles que demuestran sus orígenes románicos. Sucesivas reformas la privaron de su primitivo encanto. Un ábside semicircular le añade interés.

Y con esta visita final a Cañamares acaba este recorrido mínimo pero denso en sorpresas y encuen­tros, por el valle del alto Cañamares, receptáculo de la historia más antigua, de la forma de vida más genuinamente serrana, de la senci­llez y la autenticidad de una forma de ser única.

Es, en definitiva, una parcela más de esta multiforme y variada pro­vincia.