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Toda Sigüenza en expresión eterna

 

Hacia uno de los hombres que más se ha distinguido, en un trabajo tenaz durante decenios, como educador y llama perenne en la tarea cultural de Sigüenza, va realizarse ahora un home­naje popular en la ciudad del Henares. Será mañana concreta­mente cuando se nutra, en aplauso unánime, la admiración de muchos hacia la persona de don Vicente Moñux Cabrerizo, que en dos líneas tan sólo puede condensar una vida de dedicación y entrega al mundo pecu­liar e irrepetible de Sigüenza: educador de generaciones en el Colegio de la «Sagrada Familia», y vicario de la diócesis en el úl­timo período de sede vacante de la misma.

Como homenaje a su tarea y a su figura, van estas líneas, que tratarán de reavivar en todos un aspecto de esa Sigüenza eterna en la que don Vicente ha vivido y trabajado. De esa ciudad que posee tallada en mil diversos monumentos, el aliento de Espa­ña en sus más espléndidas épo­cas. Quizás pudiera ser expresión de esa Sigüenza que ahora se vuelca en homenaje al señor Moñux Cabrerizo, la cúpula en­cañonada y pálida de la sacris­tía mayor catedralicia: la cúpu­la «de las cabezas», como tam­bién se la conoce, y que posee ta­llada en su repetida piedra la galería más ancha de seguntinas personalidades que se conoce. El rumor de aquellos rostros traen ahora la voz, pausada y centena­ria, de la Sigüenza de siempre. Será el rumor de tantos perso­najes el que entronque con los aplausos y las felicitaciones de hoy, con ánimo sincero hacia don Vicente.

Esta maravillosa obra del ar­te renacentista español, es pro­ducto genial de Alonso de Cova­rrubias, artista castellano de la primera mitad del siglo XVI, que supo imprimir un aire propio a su quehacer, y vigorizar el arte de las Alcarrias y tierras de To­ledo con su firma y su ímpetu novedoso. En Sigüenza actuó desde muy temprano en su ca­rrera: se sabe que en 1532 el Ca­bildo seguntino decide construir una sacristía nueva, amplia, y el 12 de enero deciden en reunión conjunta enviar por Covarrubias que a la sazón se encontraba tra­bajando en Toledo. En marzo se firmó el contrato según las tra­zas y diseños que ya había elabo­rado el artista. Trabajó rápido Covarrubias, y trabajó bien. Pla­nos y detalles ornamentales de­bió elaborarlos sobre el terreno en el mismo Sigüenza. El perso­nalmente dibujó las trescientas cabezas que habían de decorar el techo.

Durante dos años dirigió Covarrubias esta obra. Pero en 1534, al ser nombrado maestro mayor de la catedral de Toledo, se vio obligado a suspender su directa intervención en Sigüenza, rescindiendo el contrato, y propo­niendo como sucesor suyo a Ni­colás de Durango, quien fue ad­mitido como tal por el Cabildo. Las obras que Durango fue lle­vando a cabo en esa catedral adolecieron de un excesivo enlentecimiento, provocado en par­te por lo reducido del presupues­to. Hasta 1554, fecha de su muer­te, no se hizo otra cosa que pro­fundizar cimientos, levantar pa­redes y cubrir las bóvedas. Estas se iniciaron en 1545, y el Cabildo dio poder a Durango para que las modificara y construyera de la manera y forma que le pareciere. Esto, que a primera vista puede llevarnos a fijar la pater­nidad de esa gloria del Renaci­miento español, que es la bóveda de la Sacristía de las Cabezas, en Nicolás de Durango, no tiene por qué ser categóricamente exacto. Pues puede muy bien ha­ber ocurrido que Covarrubias trazara también esta parte de la obra en su inicial proyecto de 1532, y Durango, fiel discípulo suyo, se limitara a seguir el pri­mitivo diseño.

A Durango sucede en la direc­ción de esta obra, así como en el cargo de maestro mayor de las obras de la catedral, el artista seguntino Martín de Vandoma, a quien cabe la gloria suprema de haber concluido lo que ya iba durando excesivo tiempo, así co­mo haberle dado el definitivo se­llo de grandiosidad y magia con el onírico y a la vez aquilatado mundo de la decoración de esta sala. Sin embargo, cabe hacerse la misma pregunta respecto a la tarea de Vandoma que trabaja en esta Sacristía entre 1554 y 1563, y a quien el señor Pérez Vi­llamil atribuía todo el diseño dibujo y aun talla de lo decora­tivo de ella. ¿No trazaría previa­mente Covarrubias estas 304 ca­bezas, estos 16 medallones de las enjutas de los arcos estos 10 ca­piteles, este friso inacabable y tantos otros detalles de florido plateresco que hoy son la admiración del mundo entero? Solo la confirmación documental podría darnos la respuesta definitiva, de la que, hoy por hoy, carece­mos. Bástanos elucubrar, par­cialmente además, sobre los ca­piteles de esta sacristía, en los que la mano de Alonso de Cova­rrubias parece indudable. Véan­se, si no, los capiteles de Lupia­na, los de la Piedad de Guadala­jara, etc., tan semejantes, que confirman ser obra de una mis­ma cabeza pensante e inspirada.

La portada de la sacristía se terminó en 1574, y fue trazada por Juan del Pozo, ya en un es­tilo más herreriano, más frío que el interior de la sala. La puerta de este Sagrario, en noble made­ra tallada con figuras de márti­res y santas, es obra segura de Martín de Vandoma, lo mismo que el diseño de las dos cajone­rías más antiguas que hoy se conservan junto a la Capilla de las Reliquias.

También actuó, durante una breve temporada, como maestro de obras de esta sacristía segun­tina, Francisco Baeza, otro de los grandes diseñadores del pla­teresco en la Ciudad Mitrada. El costo total de la obra ascendió a tres millones y medio de mara­vedíes. El peso constante, más anónimo, y, sin embargo, más efectivo, de toda la talla de esta pieza, fue cargado en los hom­bros de varios hombres cuyos nombres, afortunadamente para nosotros, se han conservado: Diego y Adriano de Lande, Alon­so Velasco Villalba, Briones Zarza Guillén, Aguilera, Jeróni­mo de Daroca, Fernando Cara­sa, Martín de Elgueta, Pierres, y sobre todos ellos, el maestro Es­teban, tallista principal e «imaginario»; que por entonces gana­ba la alta cifra de cinco reales diarios por su trabajo, que, de todos modos, ha conseguido la definitiva revalorización de la admiración imperecedera.

El aspecto más interesante pa­ra el visitante y admirador de la ciudad de Sigüenza, es la icono­grafía del techo de esta sacristía. El significado de todas y cada una de las cabezas que pue­blan el recinto. En una interpretación apresurada y fácil de ese ámbito, que está precedido por una puerta cuajada de santas y mártires y que despliega en una techumbre un rimero denso de cabezas y angelillos, hemos de pensar que dicha cúpula quiere ser representación del cielo, de la Gloria, en su aspecto espiritual y cristiano. Se desconoce el texto teórico y programático que, indudablemente, algún canónigo entregó a Covarrubias para que realizara la decoración del nue­vo «Sagrario». Es más, existe en un acta capitular el encargo del Cabildo a uno de sus miembros para que elabore esa «disposi­ción» o programa a realizar en la misma. Creo que es muy lógi­ca esa interpretación de enfren­tarse al recinto como un ámbito sacro, trasunto de estancias su­periores. En esa bóveda están pues, «glorificados» más de 300 personajes. Masculinos y feme­ninos. Cristianos, moros, judíos civiles, militares, eclesiásticos, ricos, pobres, autoridades, pueblo y todo el contraste llamativo que se pueda imaginar en cuanto a personalidades. Sería tarea útil tratar de identificar a todos, uno por uno. En el primer sector, el más externo, aparecen, entre otros, los rostros de un cónsul romano, un viejo con casco, un monje joven, varios efebos y muchos viejos de alborotadas barbas. También aparecen algu­nas jóvenes. En el segundo sector de la bóveda aparecen cuatro figuras totalmente deterioradas por las filtraciones de la bóveda en su pared sur, y otra a medio deteriorar. Son también clérigos (uno muy gracioso, con dos formidables orejas, signo evidente de ser retrato de algún canónigo de la época) profetas, algún moro, etc. También se ve a un hombre ya viejo, con gorro de simi­lares características al que el emperador Carlos V llevaba en sus últimos días. Una mujer de suaves facciones y tocado muy concordante pudiera representar a la emperatriz Isabel, su mu­jer. Téngase en cuenta que esas caras se tallan en los últimos años del reinado de Carlos. En el tercer sector hay una figura totalmente estropeada y otras cinco en las que la humedad ha dejado su huella destructora. Aparecen, entre otros, un monje con el capuchón puesto, varias figuras femeninas (una de ellas, coronada) un viejo franciscano, tres obispos, un rey joven (¿el príncipe Felipe?), varios clérigos, árabes, esclavos, etc. En el cuar­to sector merece destacar la pre­sencia de un pontífice con su tiara, varios clérigos, un guerre­ro con prolijo casco renacentis­ta, un padre de la Iglesia con su sombrero de anchísimas alas, vie­jos melenudos, etc.

En esa colección suprema de expresiones y seres se encuentra un mundo palpitante, vivo, atra­yente. La conjunción de misio­nes vitales que cada medallón comporta, forma un retablo úni­co y de inigualable disposición. Las altas esferas de la sociedad se mezclan con los niveles ínfi­mos, pero todos se unan en el carácter unánime de su sitial privilegiado: están ya en el cie­lo, son compañeros de destino. No sólo el emperador o el Papa, los cardenales y jeques, las di­versas jerarquías de la Iglesia o la universidad se entrevistan por la altura sino que hasta una mezcla de razas parece entrever­se como una posible, lógica y de­seada entonces estructura ecu­ménica de la sociedad hispana. Tal idea no es ajena a los teóri­cos erasmistas que en esos años del cuarto decenio del siglo XVI pueblan en elevado número el territorio de la archidiócesis to­ledana. Quizás Covarrubias fue­ra de ellos. Quizás entre el Cabil­do seguntino se sentaran algu­nos clérigos de avanzado pensa­miento. En todo caso, y con la mano en el pomo de la puerta abierta a las conjeturas y opi­niones, es toda Sigüenza en ex­presión eterna la que se encuen­tra brillando en la altura. Como un homenaje a este hombre ex­cepcional que es don Vicente Moñux Cabrerizo, tanta belleza y tan hondo mensaje se extienda ahora en su torno y nos habla a todos, en llamada perpetua y hondura cordial.

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