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octubre, 1982:

Reivindicación de un gran escritor católico: Alfonso de Guadalajara

 

La tradición de catolicismo en la ciudad y tierra de Guadalajara ha quedado cuajada en diferentes épocas sobre las páginas de los libros y en las manos de los escritores. Muchos sabios e intelectuales que a lo largo de las centurias han ido conformando la historia de nuestra ciudad, han sido al mismo tiempo cimas parciales de la religión, y con su pensamiento y escritos han ido elevando el catolicismo hacia dimensiones nuevas.

De entre esos personajes y escritos, hemos de destacar hoy a uno de los más preclaros, hijo de la ciudad en el siglo XIV, y que hasta ahora no había sido presentado con la auténtica figura de pensador, de teórico y de escritor «a lo grande» que en realidad tuvo. Me estoy refiriendo a Alfonso de Guadalajara o Alfonso Fernández Pecha, cuyo era su nombre auténtico, aunque con el primero fue con el que pasó a la historia de la literatura religiosa y como es conocido más allá de nuestras fronteras. La verdadera dimensión de este autor la ha marcado recientísimamente el escritor alcarreño José María Revuelta Somalo en su libro Los Jerónimos (una orden religiosa nacida en Guadalajara) que acaba de editar la Institución Provincial de Cultura «Marqués de Santillana». De dicha obra (págs. 112‑124) extractamos las siguientes noticias.

Hermano de Pedro Fernández Pecha, el creador de los jerónimos en España, y erector de su primer monasterio en Lupiana, Alfonso fue como él hijo de Fernán Rodríguez Pecha y Elvira Martínez de la Cámara, ambos muy favorecidos en la corte real de Castilla, pero con casa en Guadalajara, y posesiones abundantes por la tierra alcarreña de Guadalajara y Madrid. Mientras Pedro el primogénito fue destinado a los oficios cortesanos, Alfonso como segundo fue remitido a la Iglesia. El primero alcanzó los puestos de tesorero real, canciller del infante y otras sonoras prebendas. El segundo llegó pronto a obispo de Jaén. Pero uno y otro, en plena juventud todavía, desengañados del mundo en que vivían, se retiraron a hacer vida eremítica por los valles de la Alcarria, concretamente en la parte inferior del Tajuña, retirándose finalmente a Lupiana donde surgiría más adelante la orden jerónima.

Sobre Alfonso de Guadalajara existían hasta ahora fragmentarias noticias, aportadas fundamentalmente por algunos cronistas jerónimos, como fray José de Sigüenza y Vega, o por el cronista de Guadalajara Juan Catalina García. La referida obra de Revuelta, tras la consulta de documentos originales, aporta las fechas concretas de su vida y los resultados fructíferos de su biografía viajera. En primer lugar nos aclara la identidad de Alfonso Fernández Pecha con el Alfonso de Vadaterra tan conocido en el Medievo italiano, y que explica ese apellido por la italianización que sufrió el lugar geográfico de su nacimiento: «Wada» de Guada‑lajara, y el sufijo «terra», venía a jeronimizar su nombre, como le ocurrió a su hermano el fundador de la orden, que también quedó en muchas historias nominado como Pedro de Guadalajara.

En cuanto al controvertido período de su episcopado jiennense, Revuelta también logra concretarlo con precisión, limitándose entre los años 1359 al 1368. En ese período, consta la relación que Alfonso de Guadalajara tuvo con los eremitas del Tajuña, tanto en Villaescusa como en Lupiana, y la intervención que él tuvo para que se trasladaran a este último lugar, en unos terrenos propiedad de sus padres. A ese mismo período final de su episcopado (1366‑1367) es cuando corresponde el momento de la retirada de la Corte de su hermano Pedro. Coinciden, pues, los caminos vitales de ambos hermanos, al salirse de los puestos cómodos y entrar en los del sacrificio.

Y es finalmente el período último, el más denso e interesante de la vida de Alfonso de Guadalajara, el que el historiador Revuelta nos define y desvela con minucia en su obra Los Jerónimos. Desde 1368, Alfonso figura en compañía de Santa Brígida de Suecia, acompañándola en sus viajes de peregrinación, intercediendo por ella en los ambientes aviñonenses. Uno de los escritores que con mayor nitidez, en cuanto a fechas, aunque escaso en detalles, revela la trayectoria de Alfonso por Europa, es el padre Damiani, quien escribe así de él en su obra sobre la Espiritualidad de Santa Brígida de Suecia: «Alfonso de Vadaterra, español, pero de origen sienés por parte de padre, había sido obispo de Jaén… Después, en 1368, se encontró con Brígida, poniéndose a su servicio. Revisó completamente el texto de las Revelaciones y dio una mano en la redacción oficial. Se dedicó incondicionalmente a la canonización de nuestra santa, y convenció a Santa Catalina de Siena a continuar la obra para que tornase el Papa a Roma. Murió el 9 de septiembre de 1389 en el convento olivetano de San Jerónimo in Quarto, fundado por él».

Es finalmente otro autor español, Arce, en su estudio sobre Santa Brígida como peregrina a Tierra Santa quien define la verdadera capacidad de Alfonso de Guadalajara como escritor católico, y nos hace suponer su dimensión magna en cuanto a conocimientos teológicos que poseía, y también en cuanto a estilo latino, pues este autor confirma el papel fundamental del alcarreño en la edición de las Revelaciones de Santa Brígida, que fueron escritas por ella en sueco y en un latín muy defectuoso, siendo Alfonso de Guadalajara encomendado de ponerla en su versión definitiva, en latín ejemplar, y, es de suponer, que introduciendo correcciones no sólo de estilo sino de conceptos, por lo que de este modo queda bien expuesto, a nuestro entender, el valor capital de nuestro coterráneo como escritor católico de alta significación.

Aparte de esta revisión gene­ral y puesta a punto de los ocho libros de las Revelaciones brigidianas, escribió una Epístola solitari ad reges, en que hace afirmación de las ideas, con las quel él comulgaba, de los eremitas alcarreños que capitaneaba su hermano Pedro.

Otras actividades, aparte de las literarias, también revela Revuelta en su obra respecto a Alfonso de Guadalajara. Así, el papel de acompañante de Santa Brígida a Tierra Santa, en una peregrinación llena de peligros y fructífera de espíritu para la marcha de la Iglesia Católica. También su actividad capital en la vuelta del Papado desde Aviñón a Roma. Y, por fin, dada su cabida en la corte pontificia, el apoyo a la creación de la Orden Jerónima por Bula del Papa Gregorio XI, con quien mantuvo Alfonso siempre una gran amistad.

Son todas estas noticias, algunas de ellas anteriormente vislumbradas, pero ahora netamente precisadas por la documentación estudiada por José Maria Revuelta, las que nos centran la figura y la obra literaria de éste que ya podemos considera gran escritor católico de nuestra tierra: Alfonso de Guadalajara.