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Pastrana iba para ciudad

 

Uno de los restos que en nuestra edad (pleno cuarto final del siglo XX) de liberalismo y democracia, todavía perviven del Antiguo Régimen, es la diferenciación de los núcleos urbanos por títulos y calidades. Se trata de una rémora medieval, de cuando la sociedad toda estaba dividida en clases, y la separación de las gentes y las cosas por estamentos estratificados colocaba a cada uno en su lugar (siempre, o casi siempre, por razón de nacimiento) del que ya no podía salir, hiciera lo que hiciese. Si la Revolución Francesa y el movimiento liberal burgués consecuente establecieron la desaparición total de las clases sociales, no ocurrió lo mismo con la división y títulos de las agrupaciones humanas: y así permaneció, y todavía permanecen, una diferenciación de los núcleos de población españoles según su título: Hay ciudades, villas, aldeas y lugares. Otras clasificaciones, ya derivadas de antigua costumbre local, se añaden a esto en la cornisa cantábrica de Es­paña. Pero también allí a los núcleos de agrupación humana le queda esa rémora clasista por la que cada uno sabe muy bien a qué atenerse en cuanto al título e historia de su pueblo.

Y así ocurren cosas curiosas, como por ejemplo que la más grande de las localidades españolas, concretamente Madrid, su capital, tiene el título de Villa, mientras que por ejemplo Alcalá de Henares lo tiene de ciudad. Eran títulos que fueron naciendo en la Edad Media, con los que los monarcas castellanos recompensaban a los núcleos que surgidos de la primitiva repoblación, no pasaban de ser lugares, y finalmente ascendían al rango de villa o aún de ciudad, por sus merecimientos o sus aportaciones económicas importantes.

En nuestra provincia hay solamente tres núcleos con el título de ciudad: Sigüenza, desde la Edad Media; Guadalajara, desde que en el siglo XV el rey Enrique IV la entregara tal denominación; y Molina de Aragón, cuando en el siglo XIX, después de la Guerra de la Independencia, obtuvo de Fernando VII tal galardón por su heroico comportamiento frente a los franceses.

Hoy quisiera recordar un dato curioso de la historia de la villa de Pastrana: es la anécdota de cuando en el siglo XVII estuvo a punto de conseguir también e] título de ciudad. Fue concretamente en 1635, cuando su señor natural, el duque de Pastrana don Rodrigo de Silva, intentó sacar dinero al vecindario pastranero con el ofrecimiento de gestionar, y conseguir, en la Corte el título ciudadano para el enclave alcarreño.

Dice del cuarto duque de Pastrana la historiadora mendocina Sor Cristina de Arteaga y Falguera: «Genio vivo el de don Rodrigo de Silva, buen tipo, elegancia en el vestir, suerte en los pleitos y en otras lides». De su viveza veremos ahora algunos datos complementarios. De su fortuna, sólo mencionar el hecho que nos refiere el puntual cronista Barrionuevo, que en 1655 le daba al duque como poseedor de una renta anual de 60.000 ducados (unos 60 millones de pesetas de las actuales, al año) para gastos y mantenimiento de su persona, familia y casas, y ello sin tener que trabajar…

En 1635, don Rodrigo escribió una carta al concejo de Pastrana pidiéndole dinero. Así de sencillo. Lo que ocurrió fue que se lo presentó como ofrecimiento de un gran favor. En el pleno del ayuntamiento de 15 de febrero de dicho año, fue leída la carta enviada por el señor duque, en la que sin precisar cantidad concreta, pedía que el pueblo le enviara una cantidad en metálico para «pedir (al Rey) que se haga ciudad esa villa», pensando respecto de los vecinos «que todos lo llevarán muy bien por ser interesados con este luzimiento». Ni decía cuánto costaría comprar ese titulo, ni precisaba lo que el pueblo debía mandarle. Pero él se ofrecía «gentilmente» a pagar el resto que faltara de su propio bolsillo.

Tan malos estaban los tiempos (en esto de las economías municipales siempre fueron malos cualesquiera tiempos) que el concejo pastranero rechazó de plano la proposición del duque. Primero se le argumentó «que no hallan que por hazerse ciudad se le sigan utilidad ni probecho, ni que tenga Pribilegios considerables», e incluso argumentan luego que más bien lo que pudiere ocurrir con ese título es que le asignaran mayores impuestos, y a eso ya no podían llegar, «porque los propios de este concejo son muy cortos y están empeñados y aún no alcanzan a pagar a su Excelencia «el duque) el situado que tiene sobre ellos de mesa maestral y clavería». En definitiva, que con el rigor lógico y el miramiento certero y responsable en los intereses del pueblo y sus vecinos, los ediles de Pastrana le dijeron «no» a su señor duque, rechazando la propuesta que les hacía de conferir a la villa el honroso título de ciudad. El prurito de los honores no alcanzaba a ponerse por delante de la realidad de los dineros. No eran tontos, no, los pastraneros, del Siglo de Oro. No se dejaban deslumbrar por brillos falsos.

La verdad es que aún con el título sencillo de villa, Pastrana tiene hoy, en su densa historia y en su rico y hermoso patrimonio, razones más que sobradas para obtener la admiración de cuantos la conocemos. Y precisamente aquel rasgo, aquella breve y simplísima diatriba con su duque, rechazando un título honorífico por defender la economía del pueblo, la hace todavía más simpática y admirada a nuestros ojos. Dos simples frases, la aduladora del duque Rodrigo, y la sensata y realista del concejo, centran esta pequeña anécdota que pienso ha de resultar curiosa y evocadora a los pastraneros de hoy.

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