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noviembre, 1981:

Un viaje a Tendilla

Uno de los numerosos lugares que en nuestra tierra de Alcarria muestran el suficiente interés histórico, y conservan el patrimonio artístico en cantidad tal que bien merecen una visita detenida, es sin duda la villa de Tendilla, famosa desde antiguos siglos por su emplazamiento en caminos transitados, por ser núcleo de famosa feria, y por ser sede preferida y bien tratada de una de las potentes ramas de los Mendozas alcarreños: los condes de Tendilla. Como recuerdo para quienes ya la conocen, y como acicate para cuantos deseen visitar un nuevo enclave alcarreño, son estas líneas de nuestro semanal Glosario.

Asienta la villa en lo profundo del valle de su mismo nombre, por donde corre un arroyo entre huertas y arboledas, escoltado de los páramos olivareros en que se derrama la Alcarria.

De antiquísimo origen, las primeras noticias hacen referencia a su pertenencia al Común de la tierra de Guadalajara. A finales del siglo XIV, Enrique III de Castilla la dio el título de villa, y se la entregó en señorío al almirante mayor de su reino, entonces cabeza de la ya pujante estirpe mendocina, don Diego Hurtado de Mendoza. Intentó de varios modos recuperar Guadalajara esta parte de su territorio desmembrado, pero tras largos pleitos se confirmó la merced real. En la familia de Mendoza permaneció, pues, desde el año 1395 hasta la desaparición de los señoríos en el siglo XIX. Y estuvo en ella ligada a los bienes de mayorazgo como una de sus más distinguidas posesiones El hijo del primer marqués de Santillana, también llamado don Iñigo López de Mendoza, recibió del rey Enrique IV el título de condado para lo que había heredado como señorío de Tendilla, recibiendo también el beneficio de las rentas reales de esta villa y de los otros pueblos de su estado: Loranca, Fuentelviejo, Aranzueque, Armuña y Meco. Ocurrió esto en 1468. Fue este primer Conde de Tendilla, junto a su mujer doña Elvira de Quiñones, quienes más favorecieron y ayudaron a esta villa. También el hijo de éstos, don Diego Hurtado de Mendoza, obispo de Palencia, y luego patriarca de Antioquía y Cardenal‑Arzobispo de Sevilla, hizo importantes donaciones al pueblo y monasterios en él asentados. La cadena de gloriosos nombres de la familia Mendoza que llevó los títulos de Conde de Tendilla y Marqués de Mondéjar, están unidos, año tras año, al devenir de la cotidiana historia del pueblo.

Fue especialmente desde la Baja Edad Media, un lugar dedicado a la agricultura y muy especialmente al comercio, dado su emplazamiento estratégico en un valle bien comunicado de la Alcarria. Fue poblado de judíos y fueron famosísimas sus ferias, que se celebraban en torno a la fiesta de San Matías, llenándose la calle principal, y sus castizos soportales, con todo el bullicio y la multicolor algarabía del comercio castellano: paños velartes, finos paños traídos de Segovia; paños de subidos y cendrados colores de las serranías de Cuenca, de Molina, de Medinaceli, de Sigüenza y de Soria; cordellates de Aragón; paños de la Alcarria y el Infantado; granas, sedas y terciopelos de Toledo, de Alcalá, de Medina del Campo, de Flandes… y frente a cada columna de la calle, un puesto o tienda de joyería, de mercería, de lienzos e hilos portugueses, de especería, de añil y drogas y conservas de la India, cereros, plateros, pescaderos, alabando todos la buena disposición de tan ancha y magnífica calle, y de los bajos impuestos a que el Conde les sometía, favoreciendo así la feria, que duraba quince días. La villa, además, era industriosa en muchas artes durante el resto del año. En el siglo XVI tenía entre sus vecinos importantes bordadores, plateros, carpinteros, organistas, tracistas, ensambladores y hasta arquitectos, todos con taller propio y ancha clientela repartida por la región.

De su primitivo aspecto y obras de arte, aún quedan algunas cosas que admirar. Es la primera su conocida «calle mayor», declarada como Conjunto de interés histórico­-artístico de carácter nacional. Más de un kilómetro de soportalados racimos de casas, con un sabor tradicional castellano, ensanchando a trechos su cauce con una plaza, con la iglesia parroquial, con el ayuntamiento, con algún palacio, etc.

De sus primitivas murallas y castillo nada queda. Estuvo cercada en todo su ámbito por fuerte muro, y a la entrada de la villa existió hasta el siglo pasado una puerta de fuerte aspecto, con arco apuntado y torreones adyacentes, llamada «la puerta de Guadalajara». En un cerro al sur del pueblo, y en el lugar que aún la tradición señala con el nombre del Castillo, se conservan mínimos restos de lo que fue una magnífica fortaleza, construida en el siglo XV por los primeros Mendozas que aquí asentaron. Sobre abrupta roca, rodeado de foso, el castillo se componía de muros, varios torreones y, en su cogollo, de un edificio con cuatro torres, una de las cuales, más fuerte y ancha, era la del homenaje. En su interior se guardaban importantes pertrechos de los ejércitos mendocinos. Estuvo casi entera hasta el siglo XIX, en que toda su piedra fue aprovechada para construir en el pueblo.

Una magnífica fuente de corte popular, y ancho pilón se ve en una plaza al extremo norte del pueblo, ostentando un gastado escudo de armas de los Mendoza.

En un respiro que la calle mayor se da a sí misma, surge la gran iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, obra inacabada, pero que fue trazada con ideas de sobrepasar con mucho a lo que en toda la Alcarria hasta entonces, y era el siglo XVI, se conocía. De su gran edificio sólo se terminó la cabecera y parte de la nave, quedando tan sólo iniciados los arranques de muros y pilastras de los pies del templo, que hoy pueden verse penetrando a un patiecillo desde la iglesia. Su tamaño y calidad da idea de la pujanza económica del pueblo en el momento de iniciarse la obra. De su primer impulso, en el siglo XVI, es el ábside de paramentos robustos, contrafuertes moldurados, y ventanales con dobles arcos de medio punto, lo mismo que se observa en los muros laterales. La portada es obra de comienzos del siglo XVII con severidad de líneas, achatada proporción, y un exorno lineal de cuatro columnas jónicas, un frontoncillo y varias hornacinas vacías de estatuas. De las dos torres proyectadas, sólo se terminó una, en el siglo XVIII, bajo la dirección del arquitecto Brandi. En su interior se pueden admirar algunas losas sepulcrales con escudos de armas en ellas tallados, y la imagen de la Virgen de la Salceda, de unos diez centímetros de altura, tallada en madera, y procedente del cercano monasterio de franciscanos de La Salceda.

En la calle mayor se encuentra también el palacio que construyó el secretario real de Hacienda don Juan de la Plaza Solano, nacido en Yélamos de Arriba, y muerto en Madrid en 1739. Es obra sencilla de arquitectura barroca, con portón de almohadillados sillares y escudo cimero. Anejo al palacio está el oratorio o capilla de la Sagrada Familia, obra suya, y de la misma época y estilo. El interior del palacio, conserva intacta su primitiva estructura, y en él se conservan interesantes recuerdos, muebles y retratos de varios miembros de esta familia.

En la calle Franca, paralela por el sur a la calle Mayor, pueden admirarse varias casonas nobles con escudos nobiliarios, grandes portones y hermosas rejas de hierro labrado.

En una de ellas, junto al escudo de un hidalgo, cubierto de yelmo y con el símbolo de la cruz, la palma y la espada, significativo de ser de «familiar» de la Inquisición, se lee esta frase: «Siendo inquisidor general el Ilmo. Sr. Diego de Arze y Reynoso, obispo de Plasencia» puesto en honor del máximo gerente del Santo Oficio por su agente alcarreño.

También sobre una eminencia que al mediodía del pueblo se levanta, pueden visitarse las hoy escuetas ruinas del monasterio jerónimo de Santa Ana, que fue erigido en el lugar donde desde siglos antes asentaba una ermita con esa advocación, por el primer Conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza Fue fundado en 1473 y entregado a la rama isidra de los jerónimos, con sede en Sevilla. Pronto se enriqueció el monasterio, con donaciones de sus señores y de todas las gentes de la comarca. Poseyó una iglesia fastuosa, de estilo gótico flamígero. La sacristía, levantada a instancias del hijo del conde, a la sazón obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla, don Diego Hurtado de Mendoza, era obra «que paresce nave de Yglesia principal de mucha autoridad», según antiguos cronistas, y pertenecía sin duda a lo primero y mejor del Protorrenacimiento castellano‑mendocino. Dos claustros y múltiples dependencias embellecían este monasterio, en cuya iglesia se enterraron los fundadores, don Iñigo y doña Elvira, en sendos mausoleos a ambos lados del altar mayor. Obra gótica de exquisita fortuna, tras quedar abandonado el cenobio en el siglo XIX fueron trasladados a la iglesia de San Ginés de Guadalajara, donde hoy se conservan sus restos. El altar mayor del monasterio jerónimo de Santa Ana, como tantas otras obras de arte que atesoraba, fue malvendido a raíz de su abandono, y hoy se puede admirar en el Museo de Bellas Artes de Cincinati, en los Estados Unidos de Norteamérica: se trata de un retablo renacentista con tablas magníficas del círculo que creó en España, en el segundo cuarto del siglo XVI, el flamenco Ambrosio Benson, destacando las figuras centrales de San Jerónimo y el Calvario, así como las de la predela con San Francisco, Santa Isabel y San Sebastián.

La familia Mendoza protegió muy especialmente este monasterio así como otros naturales de Tendilla, entre ellos don Tomás López Medel, un rico indiano, quien fundó una capilla con reja, altares, tallas y ornamentos, dejando muy curiosas disposiciones en su testamento para el mantenimiento de su fundación. Hoy sólo queda de todo ello el hastial de levante del presbiterio, en el que se aprecian los góticos arranques de sus nervadas techumbres, sostenido por recios contrafuertes: en revuelto caos yacen por el suelo sillares y dovelas, talladas claves y restos de capiteles: todo un mundo perdido lastimosamente.

Jodra del Pinar: tierras y gentes

 

La historia de muchos de nuestros pueblos (algunos, como el que hoy nos trae, Jodra del Pinar, casi desiertos) es mínima y siempre puesta en relación con las villas y ciudades de su cercanía. Un cúmulo de pocas casas, en el silencio de la emigración sumidas ahora, cobijadas bajo el bello templo parroquial románico, parecen dar poco de sí a la hora de hacer una historia de Jodra. Su origen en el momento de la repoblación su inserción desde el siglo XII en el Común de Villa y Tierra de Medinaceli, y el silencio secular solo poblado de trabajos agrícolas, ganaderos y ritos familiares o religiosos, parecen ser lo máximo a lo que una crónica de este breve enclave guadalajareño puede aspirar.

Pero cualquier papel, por ajado, viejo, ilegible y humilde en apariencia que sea, puede dar razón bastante de otros detalles de un pueblo, y abrir los cauces de su conocimiento, sumar datos que amplíen tan breve historia, poner palabras y referencias que vayan haciendo a nuestra tierra, por mejor conocida, más amada. Hace algunos meses cayó en mis manos, de manera casual, uno de estos papeles, que por estar casi ilegible, polvoriento y sucio, llevaba el seguro destino de la basura. Leyendo con paciencia, no fue el relato de una batalla ni la declaración de un siglo crucial lo que apareció, sino un rutinario apeamiento de las tierras pertenecientes a la «memoria de las Animas» del lugar de Jodra del Pinar. Sencillo capital documental del que aún se han podido rescatar nombres (que siempre encierran la objetiva belleza de su sonido al viento) personas, instituciones y, en fin, un breve y dulce trago de historia sencilla, real, cotidiana y firme de nuestra tierra.

El documento es de la segunda mitad del siglo XVIII. En esos momentos, Jodra es todavía un «lugar» y pertenece a la jurisdicción de la «villa» de Medinaceli, dependiendo de ella en lo administrativo y teniendo territorios de aprovechamiento común con otros lugares de lo que en el Medievo fue su alfoz o «Común de Villa y Tierra». El lugar de cejo, que tenía su sede en la Casa Consistorial. Las autoridades de este Concejo o ayuntamiento, siempre surgidas de una elección entre los vecinos, eran en ese momento: dos regidores (Bartolomé Albir y José Guijarro) un procurador general (Vicente Delfa) y un jurado (Santiago del Amo). El esto eran simples vecinos. En esa época había solamente quince vecinos u hogares. También, como autoridad religiosa, había un cura, que residía en Saúca. Y nada más. Las ocupaciones de sus gentes eran, casi con exclusividad, la agricultura. Poca ganadería y alguna escasa explotación del pinar.

Las tierras del término de Jodra eran escasas, muy pequeñas, estando su propiedad realmente atomizada. La mayor parte sólo era susceptible de ser medida en fracciones de fanega: o bien en medias, o bien en celemines. De algo más de una fanega, había escasas propiedades y de dos o más, casi ninguna. Había prados comunales y otros de los propios del Concejo. La vega (o «val» como entonces se la llamaba) era lo único productivo del término, con porciones de huerto. Las formas de medir la capacidad de una tierra, como digo, eran: la fanega, su fracción la media, y el celemín. Las distancias se medían en pasos o varas. La forma de delimitar una propiedad era denominando el nombre de su dueño, la cabida de la tierra, los linderos que tenía, y la señalización de mojones en sus límites o extremos.

La propiedad del término de Jodra estaba repartida entre no muchas personas o instituciones. Por supuesto, todos los vecinos empadronados en el lugar tenían tierras en él. También poseían terrenos agrícolas algunos vecinos particulares de Saúca, Estriégana, Sigüenza, Sotodosos, Alcuneza y Tartanedo, así como el curato de Horna, y, por supuesto, el propio concejo de Jodra. Otras instituciones, todas ellas religiosas, se repartían la gran mayoría del término. Eran éstas: el Cabildo catedralicio de Sigüenza, el Colegio Seminario de Sigüenza, la capellanía de San Valero de la Catedral de Sigüenza, la parroquia del lugar de Jodra, las monjas de Santiago de Sigüenza, las monjas de San Román de Medinaceli, y las ermitas de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona y de Nuestra Señora de los Quintanares en Horna. Este detalle tan explícito, de que la tierra de un pequeño término como Jodra estuviera en más de un cincuenta por ciento bajo la propiedad y administración de la Iglesia (por lo tanto, sin pagar impuestos al Estado) explica que, repetido a nivel de la nación toda, la Desamortización puesta en marcha en el siglo XIX por Mendizábal era una salida prevista ya desde muchos decenios antes.

Cuando un día de enero del siglo XVIII, varios hombres de Jodra se lanzaron al campo -que ellos tan bien conocían, pues se trataba sencillamente de una extensión de sus propios hogares-para realizar el «apeo, deslinde y amojonamiento» de la «memoria de las Animas» (que alguien, siglos atrás, había instituido, y luego se había ido aumentando por donaciones y añadidos de los piadosos vecinos del lugar, que ya habían tomado costumbre de dejar, a la hora de su muerte, algún pedacito de sus posesiones, como para con ella rescatar una temporada de purgatorio) lo hacen manejando el simple, bello y monumental idioma castellano con el que a diario denominaban sus tierras, lo que en realidad venía a ser su íntimo y personal espacio vital. Ellos describen su ambiente con esos trazos concretos: hay arreñales, heras, cercados de piedra seca; hay una cabezada rocosa, una acequia (o varias) un barranco y algunos prados; unos cendachos también. Y hay senderos y sendas, hazas y arboledas. Pero todas ellas, además, elevan sus nombres propios, con nombres que la tradición ha bautizado con la sonoridad del uso, con el cariño de lo tradicional y realmente querido. De ese viejo, casi inservible y polvoriento papel, surgen las cuatro esquinas de Jodra, los nombres con los que, todavía hoy, algunos hombres y mujeres ponen términos a su nostalgia. Esta es, ya para terminar, la relación escueta, sonora, bellísima: el manzano, la solana del val, la fuente del val, la cabezada del val el portillo, la muelezuela, matarranas, caramedina, valrrubio, la pililla, el alto de la varga, la hoya cardosa, el mojonazo, la canalilla, navafría, los tajones de navafría, el lomo de la umbría, la hoya en la calera, las gallegas, la cuesta de la villa, la entrada del pozuelo, la fuente del pozuelo, el horcajo, carratortonda, la hondonada del río y la hoya de Álvaro.

Brihuega: albores históricos

 

Brihuega es, sin duda, uno de los lugares más interesantes y de rica historia que podemos encontrar en nuestra provincia, y es por ello que nunca viene mal refrescar la memoria de algunas de las numerosas parcelas de su pretérito que todavía resultan de interés conocer. Por una parte, su historia antigua, sus avatares medievales y modernos, su participación señalada en el desarrollo social de la tierra alcarreña; por otra, su patrimonio arquitectónico, rico y numeroso a pesar de haber sido muy dañado en el transcurso de los siglos. Aún quedan en pie varias iglesias, testimonio de la Edad Media creadora y fértil en esta parcela arquitectónica (el estilo de transición entre el románico y el gótico queda fielmente expresado en San Miguel, en San Felipe, en Santa Maria de la Peña) y el mismo castillo voz fuerte de epopeyas antiguas; y sus plazas, edificios barrocos, la textura misma de la villa; todo el aspecto homogéneo del burgo alcarreño, colgante sobre la rojiza peña en un riente valle vegetal, es capaz de entusiasmar a cualquiera que hasta este lugar viaje en busca de entronques nítidos con el pasado.

De su historia hay muchos pasajes interesantes a recordar. Vamos hoy a entrar en la rememoración de los primeros hechos conocidos de su historia, y de algunos detalles sociales que aclaran aquel nebuloso primer camino de la villa. Sobre el asiento en su entorno de algún castro ibérico y posteriormente alguna estación militar romana se ha escrito mucho y no se ha concretado apenas nada. Se encontraron restos cerámicos de alguna necrópolis primitiva, fechable en algunos siglos antes de Jesucristo. El nombre que hasta la misma Edad Media cristiana utiliza el lugar, es plenamente evocador de su origen ibérico, pues todavía en el siglo XII a Brihuega se le nombra «Brioca» o «Castrum Brioca», con etimología yacente de tipo autóctono, pues sabido es que este apelativo quiere decir «fuerte» o «fortaleza» y quizás aún se recordaba su origen en un fuerte castro ibérico o romano, quizás situado donde luego (y hoy todavía) asentaría el castillo medieval.

La historia real de Brihuega comienza en la Edad Media, que es de cuando proceden los primeros documentos a ella referentes. Señala entonces la «Crónica de España» que mandó escribir el rey Alfonso X el Sabio que aquel lugar, entonces prácticamente deshabitado, fue ocupado a finales del siglo XI por Alfonso (que luego sería VI de Castilla‑León) en calidad de préstamo de] rey moro de Toledo, Almamún, al haber refugiado en este territorio por huir de su hermano D. Sancho. Hablando de este Alfonso, dice la referida «Crónica de España»: «En aquel tiempo avié en ribera de Tajo mucha caça de ossos, e de puercos, e de otros venados, e don Alfonso, andando a caça Tajo arriba, falló un logar de que se pagó mucho, que avíe nombre Bryuega: e porque era lugar vicioso e de mucha caça, e avie y buen castiello para contra Toledo, pidió al Rey Alimaimon aquel logar, e diógelo: e puso él allí sus monteros a sus caçadores cristianos: e finco el logar por suyo, e el linage de aquellos finco ay fasta don Juan, el tercero Arçobispo que fue de Toledo, que ensancho el logar a los pobradores, e pobló el barrio de San Pedro». Este es el primer dato objetivo de la historia medieval de Brihuega, y de él debemos partir para cualquier otro examen histórico posterior.

Tras la reconquista de Toledo y todo su reino (Talavera, Guadalajara, Hita, Uceda, etc.) por Alfonso VI en el año 1085, también Brihuega quedó incluida en el territorio conquistado. El hecho de haber vivido allí algún tiempo, hacía que el rey castellano tuviera una especial predilección por el lugar de las riberas del Tajuña. Y cuando al año siguiente, en 1086, crea la diócesis toledana y la dota abundantemente de bienes, y señoríos, concede el de Brihuega a los obispos de Toledo. Así, pues, desde el primer momento de su historia occidental, y tras unos meses de ser pertenencia real, Brihuega es Villa y territorio del Señorío de la mitra episcopal de Toledo. Esto marcaría en adelante toda su historia

Es de todos modos necesario insistir en una cosa: la organización social y territorial de Brihuega y su comarca fue, desde 1085, la similar a los Comunes de Villa y Tierra que en esos momentos marcaban la estructura socio‑económica de Castilla entera. Únicamente, que su señorío lo ostentaba, en lugar del propio rey castellano, como ocurría en otros comunes de los de la Transierra (Guadalajara, Atienza, etc.), un señor, en este caso el obispo de Toledo (igual que en seguida ocurrió con los comunes de Villa y Tierra de Uceda y Alcalá, pertenecientes en señorío a estos mismos obispos). Pero la estructura de la población y su territorio era similar. Los hombres que poblaban Brihuega se distinguen en dos grupos, según lo atestigua el fuero dado en el siglo XIII por el arzobispo D. Rodrigo Ximénez de Rada (y que en realidad venía a ser una confirmación de los usos y costumbres más antiguos del burgo). Estos grupos eran: los hombres de la villa y los hombres de palacio. En el fuero queda clara la definición de «como deve entenderse palacio» o quiénes eran los «hombres de palacio»: «Palacio sea assí entendido: Nos (el obispo de Toledo) et nostras personas (sus representantes) et nostros canónigos et nostros clérigos: mientras morasen en brihuega». El resto de los habitantes briocenses eran «hombres de la Villa» y estaban organizados conforme a la tradición castellana comunera: el pueblo elegía a sus «aportellados» anualmente, el día de San Miguel, y de entre ellos surgía el juez o máximo representante, guardián del sello concejil, así como los alcaldes, jurados, regidores y oficiales del concejo.

El Común de Brihuega fue siempre reducido. Desde el momento de la reconquista, la villa queda adscrita al Señorío de los obispos toledanos, por carta de donación hecha por Alfonso VI el día 15 de las kalendas de enero del año 1086. Las primeras entregas a la mitra son: «Alcoleia in terra de Alcalá, Lousulus in terra de Guadalhajara, Brioca et Almunia». Años después, en el 1230, el arzobispo D. Rodrigo menciona en un documento algunas de las aldeas del Común de Brihuega: Gajanejos, Castilmimbre, Ferreñuela Valdesaz, Tomellosa y San Andrés. La repoblación de este territorio se hizo pronto, y según es tradición, el propio Alfonso VI se encargó de traer mozárabes andaluces para ocupar la villa y su entorno. En el siglo XII ya figura el dato de que un obispo toledano fundó la iglesia y barrio de San Pedro, que quedaban a la parte baja y por el sur de donde asienta e] castillo. Esta última edificación se comenzó a construir en dicho siglo, y ya es del siguiente del XIII, especialmente del generoso gobierno del arzobispo D. Rodrigo Ximénez de Rada, de cuando procede la total repoblación de la villa de Brihuega, con la concesión de su notable Fuero, y con la construcción de varios de sus más hermosos templos parroquiales.

De este modo, la Edad Media veía surgir en nuestra tierra una población, Brihuega, que supo granjearse la preferencia de sus habitantes y de sus señores.

Del inicio del señorío de los obispos toledanos en ella hemos hecho hoy memoria. La semana próxima continuaremos con el tema.