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Gremios de Molina

 

Es tema actual el de los sindicatos y las asociaciones profesionales, en que las gentes se agrupan para al defensa de unos intereses comunes. Pero no es, ni mucho menos, cosa de ahora, sino que tiene sus raíces en muy antiguos tiempos, concretamente en los siglos de la Baja Edad Media, y, en nuestra región castellana, a partir de la repoblación tras la conquista de la zona a los árabes. La Campiña, a fines del siglo XI; Molina, a comienzos del XII, y la Alcarria, a finales de esta centuria, son reconquistadas y en ellas va asentando el régimen social imperante en la época, en el que las villas grandes, cabezas de comarca y capitales del Señorío ven surgir las clases de artesanos y comerciantes que serán, siglos más tarde, el germen de otro cambio social más profundo, en el que ahora estamos inmersos.

Esos artesanos se reúnen en gremios desde el siglo XII, con plena autonomía en cada lugar, y van adquiriendo formas diversas a lo largo del tiempo, pues desde un interés meramente profesional se pasa a la institución ligada a la religión, en forma de hermandades o cofradías, para, posteriormente, en el centralismo político del Renacimiento, ser gobernados por disposiciones emanadas del poder central. En nuestra provincia hay ejemplos preclaros de estas hermandades o gremios, como «La Caballada», que los arrieros de Atienza instituyeron, y muchas otras.

Hoy nos detenemos en Molina, la de los Caballeros, feudo de los Lara que va creciendo desde el tercer decenio del siglo XII al cobijo de su gallarda y elegante fortaleza. Allí comenzó, en el momento de la repoblación, la creación de gremios. En una sociedad de nítido corte clasista, en el que los nobles y caballeros dominan el territorio y los bienes todos, surge bajo la protección de una condesa, doña Blanca de Molina, en 1284, el Cabildo de Ballesteros, en el que forman parte hombres de a pie, del estado llano o pechero. En su primitiva relación encontramos ya las ocupaciones de estas gentes, profesionales y artesanos de la Molina del siglo XIII: Juan Martínez, pellejero; Jayme, cuchillero; Domingo, carpintero; Domingo Pérez, cerrajero; Pascual Martínez y Martín Páez, zapateros, Martín López, odrero…

La asociación de estas gentes se reflejaba no sólo en una actividad corporativa y de defensa de sus intereses y producto. Generalmente se llevaba este aspecto asociativo al extremo de agruparse en zonas de la villa, en calles y barrios concretos. En una antigua relación de calles molinesas nos encontramos con estos nombres: la calle de Tejedores, que corría desde la puerta de Valencia hasta San Pedro, y la calle de la Viñadería, paralela a la anterior, pero en la parte alta de la cuesta. Hubo también una calle de la Albardería, y otra de la Zapatería, que se transformó con el tiempo en la calle de las Tiendas, nombre que ha pervivido hasta nuestros días. Aún queda el recuerdo de la calle de los Manteros, que iba desde San Gil al Arbollón.

Otro aspecto de los gremios de Molina eran las actividades extralaborales de sus miembros. Por una parte, las religiosas, cuajadas en múltiples cofradías que luego veremos. Por otra, las festivas y mundanas, que consistían en formar rondallas, grupos de bailes y representaciones de cuadrillas graciosas. Es lástima que nada de estas actividades haya quedado en concreto. Tenemos el testimonio de que el año 1534, cuando vino a Molina la mujer del emperador Carlos V, doña Isabel de Portugal, salieron a recibirla, entre otros grupos, todos los oficios, cada uno con su Ynvención entre ellos sacaron en unos carros unos Molinos moliendo las Muelas. Esto viene a darnos una idea de que la actividad festiva de estos gremios llegaba a montar carrozas con alusiones a sus oficios.

Otros cronistas del siglo XVI hacen referencia a los plebeyos, que con su trabajo de cada día, y su habilidad, hacían próspera a la sociedad molinesa. Así dice de ellos Núñez, en el capítulo 25 de su «Historia de Molina»: Hay mercaderes muy ricos, que con su comercio y grangeria enriquecen a la República y la hacen abundar de mercaderías necesarias; y también que hay oficiales muy primos en sus artes.

Veamos finalmente la forma en que los gremios fueron transformándose en cofradías religiosas, perdiendo luego, poco a poco, su primitivo carácter profesional y quedando diluidos en una actividad religiosa y humanitaria muy general. El origen clasista de estas cofradías es claro, fiel traducción de la sociedad en esos siglos: es de notar que en los Cabildos del Santísimo Sacramento y de San Blas no podía admitirse gente plebeya o que tuviere oficio servil o mecánico. Y, sin embargo, en otros se prohibía, en principio, la entrada a quien fuera ajeno a determinada profesión o actividad manual, para luego, con el transcurso del tiempo, quedar relegada esta imposición a la obligatoriedad de ser del oficio solamente a los miembros rectivos, piostres, etc., y luego quedar totalmente abiertas a todos. Una de las más antiguas cofradías de carácter gremial en Molina era la de San Mateo o de las Ánimas, que se sabe existía a comienzos del siglo XIV. Era «el cabildo de los Texedores y se imponía que sólo a este oficio podían darse los cargos de alcoldes, oficiales y piostre de la cofradía. Abierta ésta, en el siglo XVI volvió a formarse nuevo cabildo en exclusividad para los tejedores: el de San Joaquín y Santa Ana, con sede en el templo de San Martín, y cuyas constituciones fueron aprobadas en 1586. En ellas se estipulaba que sólo pudieran ser sus miembros oficiales de dicha artesanía, y que sus fondos se obtendrían con las tasas que se recaudaban en los exámenes para entrar en el oficio.

Noticias del siglo XVI tenemos de varias otras cofradías, quizás más antiguas, de otras profesiones: en el Cabildo de San José se encuadraban los carpinteros: sus constituciones fueron aprobadas en 1590. En el de San Miguel estaban inscritos los peinadores y cardadores, siendo sus constituciones de 1571. Reservada para los zapateros era la cofradía de San Crispín y San Crispiniano, con sede en la iglesia de San Martín, y su fecha de renovación, el año 1585. La cofradía se reservaba las dos terceras partes de las tasas de exámenes para el oficio, y, aunque luego se admitió a gentes  diversas, el cargo de piostre lo debía ocupar siempre un zapatero. Finalmente, los sastres fundaron el Cabildo de San Pedro, llamado «de los viejos», para diferenciarlo de otro «de los mozos» que se constituyó posteriormente.

Muchos otros oficios existían en Molina en siglos pasados, pues la capitalidad de un ancho y poblado territorio proporcionaba trabajo a gran cantidad de gente en los más variados oficios. Los relacionados con la lana y los tejidos eran los más abundantes. De arrieros, carreteros, hortelanos, albañiles, etc., también sabemos había en gran número, pero de ellos no nos ha llegado noticia de su afiliación en gremios o asociaciones. Quede, pues, este tema como uno más que vaya perfilando el interesante aspecto convivencial de la Molina de viejos tiempos.

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