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Pintores Alcarreños del siglo XIX

 

Habrá sido la luz, o el viento, o esa atmósfera que pende limpia sobre la tierra de Guadalajara, cuando en invierno pasó la lluvia o el celliscón destemplado, o habrá sido el espíritu, aún renaciente y delicado, de muchos de sus hombres, lo que procuró que en el siglo XIX fuera legión el número de grandes pintores que de aquí, de esta tierra alcarreña salió. Una u otra causa, sin especificación posible, da portón amplio para que pasen ahora, a nuestra evocadora página los nombres de los más afamados pintores que la pasada centuria produjo entre nosotros. Unos pocos en representación de tanto pincel vibrante, de tanta imaginación y rica profusión de temas. Si el siglo XIX en Guadalajara fue el segundo y quizás más interesante de sus Renacimientos, en el capítulo de los pintores surgen nombres de relieve que ahora vemos.

Casto Plasencia nació en Cañizar, el 1 de julio de 1848; era su padre el médico de la localidad, pero quedó huérfano muy pronto, y le asistió el amigo de su padre, el brigadier Sandoval y Arcaiva, quien dio cumplimiento a las aficiones del joven, llevándole, a estudiar a la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado (en la Academia de Bellas Artes de San Fernando) donde desarrolló por entero su potencial genio, recibiendo enseguida una beca del Ministerio de Fomento. Muerto en 1868 su protector, Plasencia se vio precisado a valérselas por sí solo. Estaba ya decidido a hacer la pintura su vida, y en 1874 tomó parte en las oposiciones para conseguir entrar en la Academia de Bellas Artes de España en Roma, que el año anterior había fundado Emilio Castelar. Por unanimidad consiguió una de las dos plazas convocadas, presentando para ello el lienzo de El robo de las Sabinas, que había sido el tema propuesto. Su primera obra como pensionado en la Academia latina fue una copia exquisita del Isaías de Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina. La segunda, en tema de cuadro original, fue una composición de Venus y el Amor, y poco después realizó una de sus más conseguidas obras, en el tema histórico que siempre dominó: El origen de la República romana, que levantó oleadas de admiración, no sólo en Italia, sino en toda Europa. Fue Medalla de Oro en la Exposición Nacional de España de 1878, y luego consiguió también un principal galardón en la Exposición Universal de París de ese mismo año, recibiendo al mismo tiempo la Cruz de la Legión de Honor. Hoy está ese cuadro en el Museo de Arte Moderno de Madrid.

Durante su estancia en Roma, Casto Plasencia pintó retratos de la mejor sociedad latina, y, por supuesto, de altos dignatarios vaticanos. Vuelto a España, instalado ya en Madrid con estudio propio, sus cotas de fama alcanzaron puestos de primera fila. Alfonso XII le llamó para ser retratado por él, y produjo una colección de cuadros de caballete, retratos, escenas rurales, -especialmente asturianas-muy numerosas. Pronto se dedicó a una tarea que le iba a dar definitivo renombre, y a ganar para él los anaqueles más anchos del arte español del XIX. La pintura mural, aspecto complicado y que requiere una dotes extraordinarias de composición, luz y color, fue campo abierto para que el genio de Casto Plasencia se explayara. Así, recién acabado el palacio de Linares, en la castiza plaza de La Cibeles, fue llamado nuestro pintor para decorar sus techos y muros. Escenas alegóricas y muchas figuras de la mitología puso el artista sabiamente combinadas y compuestas. Poco después fue llamado a su mayor empresa: la decoración de los techos de San Francisco el Grande, de Madrid, junto a una buena pléyade de pintores de la época (Ferrant, Muñoz Degrain, Moreno Carbonero, etc.) De Casto Plasencia es por entero la techumbre de la Capilla de la Orden de Carlos III, en la que centenares de figuras se agolpan armónicamente en una atmósfera de transparencia suma. El realismo más exacerbado, el color vibrante y certero, la composición sabia e impecable: esas son las características primordiales de este gran pintor alcarreño, que murió en Madrid el año 1890, estando enterrado en la Sacramental de San Justo.

Otro de los grandes de nuestro arte pictórico fue Alejo Vera, que nació en Viñuelas el 14 de julio de 1834. Se inició muy joven en la pintura, y fue becado por la Excma. Diputación Provincial accediendo, gracias a ella, al estudio de las Bellas Artes en la Escuela de San Fernando, de Madrid, donde tuvo por maestro, entre otros, a Federico Madrazo. Su gran capacidad de trabajo y su buen hacer pictórico le hicieron llegar a ser director de esa misma Escuela de Bellas Artes madrileña en que se formó, ingresando, en 1892, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En esta ocasión, su discurso de ingreso versó sobre el tema «Realismo y naturalismo en la pintura y sus diferencias e importancia comparadas con el idealismo». Anteriormente, había estado largas temporadas en Italia. Primero como estudiante, luego como profesor, y finalmente como director, fue mucho tiempo el alma de la Academia Española de Bellas Artes en Roma. Recorrió el país apuntando y estudiando con minuciosidad su historia, su arquitectura, sus artes todas. Miles de apuntes de su etapa latina le formaron en el campo de la pintura histórica, de temas antiguos. En 1869 realizó la gran composición La Comunión de los antiguos cristianos en las Catacumbas que hoy se conserva en el madrileño Palacio del Senado. Otros cuadros de enormes dimensiones son El rapto de las Sabinas, Coro de monjas, Dama pompeyana en el tocador. El entierro de San Lorenzo y Los últimos días de Numancia, estos dos en el Museo de Arte Moderno de Madrid. Quizás sea la más completa colección de obras de este autor alcarreño, la que posee hoy la Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, formada por numerosos dibujos, apuntes al óleo, bocetos, fragmentos de cuadros, e incluso un interesante autorretrato de Vera. Se le puede incluir entre los más prolíficos pintores del realismo decimonónico, y de los cultivadores del tema histórico. Murió en 1923.

Más moderno es Antonio Ortiz de Echagüe, nacido en Guadalajara el año 1885, de la conocida familia de militares y aviadores de la que surgió el universal fotógrafo José Ortiz de Echagüe, gloria de la cámara oscura española. El pintor fue un aventajado discípulo de José Villegas, marchando muy joven al extranjero a perfeccionar su arte: en París, y luego en Italia, Holanda y Buenos Aires vio y pintó a su aire. Fue un consumado retratista y pintor de época y costumbres. De la mejor sociedad europea hizo retratos, ganando repetidas medallas en las Exposiciones Nacionales de 1904 y 1906, así como en el Salón de Otoño de 1929, y consiguiendo una Medalla de Oro en el Salón de París. Muy cotizado en los ambientes aristocráticos madrileños, se dedicó también a la pintura de género, logrando composiciones perfectas. No hace muchos vimos en el mercado de arte madrileño, una Alcarreña, obra de Ortiz de Echagüe de hacia 1925, que se salía del cuadro. Como todos los demás pintores nuestros del siglo pasado, bien merecería este autor un estudio más profundo y una revisión exhaustiva de su obra. Quede aquí de momento, su escueta ficha.

Otros pintores alcarreños de la pasada centuria que debemos citar, son Luís Fuente y Almazán, nació en Guadalajara, en 1850. Estudió en la Escuela de San Fernando, obteniendo una Medalla de Plata en la Exposición Provincial celebrada en Guadalajara en 1876. Como sus obras más notables, son de mencionar La Virgen amparando bajo su manto a la Orden del Cister, hoy colocado en el altar mayor de la iglesia de monjas bernardas, en Madrid: Regimiento de Ingenieros desfilando ante el Palacio Real; La fuente de hierro de la Casa de Campo, que fue presentada en la Exposición Nacional de 1878; y un País nevado que lució en la Exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid, en 1880.

Tres buenos pintores nacieron en Budia el siglo pasado: Félix Pardo, cuya especialidad fueron los estudios de naturaleza muerta; Manuel Pardo Pérez, que estudió en la Escuela de Artes y Oficios y se dedicó a la especialidad de la pintura arquitectónica. Su mejor obra, sin duda, es una pintura de El Claustro del Convento de Santo Tomás de Ávila. Nació también en Budia, y muerto en Madrid, en 1890, fue Pablo Pardo González, uno de los buenos pintores que la provincia de Guadalajara ha dado a la historia del arte español. Se formó en la Academia de San Fernando, recibiendo enseñanzas y tomando el saber de Vicente López. El, por su parte llegó a profesor de Dibujo artístico en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. Su especialidad fue el retrato, llevando fama de ser los más notables por él pintados los del Conde de Oñate, y de la Reina María Cristina. Otros retratos, perfectos de técnica, presento a las Exposiciones Nacionales de 1858, 1862 y 1864, obteniendo por ellos varias menciones honoríficas. En 1876, con su cuadro El Viático de Santa Teresa de Jesús, obtuvo un señalado éxito, siendo adquirida su obra Por el Estado.

Del siglo XIX son también Juan Baquero y Zarza, natural de Imón, dedicado a la pintura de género. En la Exposición Nacional de 1881 envió varios óleos de este tipo. Y finalmente, Benito Palacios Herranz, nacido en Molina, estudiante de las formas y los colores en la Escuela Especial de Pintura dedicado también a los asuntos de género, destacó como un buen pintor del realismo decimonónico, pudiendo mencionar entre sus obras principales Orfandad y asilo, merecedor de una mención honorífica en una Exposición Nacional de Pintura, así como Principio de una partida, Horas de calma, El cuento del abuelo y Tarde de Otoño (1899).

Bibliografía: 

Diges Antón ‑ Sagredo Martín: Biografías de hijos ilustres de la provincia Guadalajara, Guadalajara 1889.

Herrera Casado, A.: Notas para una biografía de Alejo Vera, programa de su exposición antológica en la Caja de Ahorro Provincial de Guadalajara, Guadalajara, S.A.

Pascual, Saturio: Guadalajara y su provincia, inédito, 2 volúmenes. Archivo familiar, en Muduex.

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